Betsy

Harold Robbins · Capítulo 56 de 57

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Betsy

Capítulo 11

once

 

Como a mí me era imposible conducir con las costillas vendadas, Cindy me dejó en el edificio de administración de la Bethlehem a las ocho y media de la mañana.

—¿Quieres que vuelva luego a buscarte? —me preguntó.

Contuve la respiración. No es fácil salir de un Maseratti con un par de costillas rotas.

—No —le contesté—. Vuelve al hotel. Cuando acabe llamaré a un taxi y te pasaré a recoger para ir a cenar.

—Muy bien —dijo ella sonriendo. Cerró el puño y me hizo un gesto con el pulgar hacia arriba.

Sonreí a mi vez y le devolví el gesto; ella dio la vuelta con el coche y se alejó carretera abajo. Entré en el edificio y me encaminé directamente a mi despacho. La secretaria no había llegado aún, lo que me resultaba muy conveniente. Me senté ante su escritorio, puse una hoja en la máquina de escribir y empecé a mecanografiar unas cuantas notas.

Justo en el momento en que terminaba entró la muchacha; eran las nueve menos diez. Saqué la última hoja de la máquina, la firmé y me la guardé en el bolsillo interior de la americana.

—¿Qué tal se encuentra, señor Perino? —me preguntó—. ¿Va usted mejor?

—Mucho mejor.

—A todos nos ha impresionado mucho saber lo que le había sucedido —dijo.

—Más me impresionó a mí. —Cogí el portafolios y me dirigí hacia la puerta—. Voy al despacho de Número Uno.

—No olvide que a las nueve tiene la reunión con los accionistas.

—No lo olvidaré —dije. Como si necesitase que me lo recordaran.

Número Uno todavía no estaba en el despacho.

—Llegará un poco más tarde —me dijo la secretaria—. Tenía que hacer una visita antes de venir.

Regresé a mi despacho, me tomé una taza de café y, exactamente a las nueve, bajé a la sala de juntas para la reunión de accionistas. Estaba abarrotada. Todos se hallaban presentes excepto Número Uno.

Loren III dio unos golpecitos sobre la mesa con el mazo. Las conversaciones cesaron.

—Me acaban de informar de que mi abuelo llegará con unos minutos de retraso —dijo—. Mientras lo esperamos, les explicaré brevemente ciertos cambios de procedimiento que hemos instituido exclusivamente para las reuniones de hoy, tanto para la de accionistas como para la del consejo de dirección. Mi abuelo está al corriente de estos cambios y se muestra de acuerdo con todos ellos.

Hizo una breve pausa y miró en torno a la mesa. No creo que me reconociese a primera vista, porque me miró por segunda vez antes de continuar.

—Tanto a los accionistas como a los ejecutivos se les ha invitado a asistir a ambas reuniones. En la de accionistas, aquellos ejecutivos que no sean al mismo tiempo accionistas se retirarán de la mesa y ocuparán los asientos dispuestos a tal fin en la sala. Sentados a la mesa con los accionistas estarán también los fideicomisarios de la Fundación Hardeman, que hoy ostentarán los votos de dicha fundación. Me gustaría presentarles a los señores fideicomisarios que están presentes en la reunión además de mí mismo.

Hizo otra pequeña pausa.

—Mi hermana, la princesa Anne Elizabeth Alekhine.

Anne, con aspecto de princesa y vestida con un elegante traje parisiense, hizo una protocolaria inclinación de cabeza y se sentó de nuevo en la silla al lado de su hermano.

—Tengo que decir también —continuó Loren— que mi hermana ostenta además el voto de las acciones que posee personalmente en la compañía.

Hizo un ademán con la mano.

—Sentado a su derecha se halla el doctor James Randolph, director ejecutivo de la Fundación, y más allá el profesor William Mueller, director administrativo de la misma. A los accionistas les asiste el derecho legal de tener al lado a sus consejeros legales, si así lo estiman oportuno. Dichos consejeros no podrán dirigirse directamente a ningún accionista que no sea su cliente o clientes.

Volvió a hacer una breve pausa.

—Para la reunión del consejo ejecutivo se seguirá el procedimiento opuesto. Es decir, los accionistas que no son ejecutivos de la compañía se levantarán de la mesa de modo que tales ejecutivos puedan proceder sin demora a tratar aquellos asuntos de la compañía por los que se ha convocado la reunión. Si los no accionistas tienen ahora la bondad de retirarse de la mesa, podremos proceder con la reunión tan pronto como llegue mi abuelo.

Se oyó un ruido de sillas mientras la gente se colocaba de la forma indicada. Cuando se disipó el rumor solo quedábamos cinco personas sentadas a la mesa; Loren III, Anne, los dos fideicomisarios de la Fundación y yo.

Me hallaba sentado solo a un lado de la mesa, pues todos los demás se habían situado en el lado opuesto. Loren me miró, pero no dijo nada. Había un enorme campo de batalla entre nosotros. Un rumor amortiguado se elevó de las sillas situadas por la sala. No pude evitar pensar que parecíamos dos gladiadores en la arena de un antiguo circo romano.

El silencio se hizo bruscamente en la sala cuando la puerta comenzó a abrirse. Número Uno entró el primero, empujando la silla de ruedas enérgicamente con los brazos. Detrás de él entraron Alicia, Artie Roberts y una impresionante mujer, alta y con el pelo gris, a la que yo no conocía.

Número Uno se detuvo un instante, miró en torno suyo por la estancia e impulsó la silla de ruedas hacia la mesa. Artie apartó un sillón para hacerle sitio. Número Uno les hizo una indicación a las mujeres, que tomaron asiento ante la mesa junto a él. Artie se sentó en un sillón detrás de Número Uno.

Loren III se había puesto pálido mientras observaba airado a su abuelo. Anne se puso en pie de prisa y se acercó al lugar donde se hallaba Número Uno. Loren, de mala gana, la siguió.

Anne se detuvo ante la mujer de pelo gris y le dio un cariñoso beso en la mejilla. La sorpresa se le reflejaba claramente en la voz.

—¡Madre! No esperaba verte. ¡Deberías haberme dicho que pensabas venir!

Ahora yo ya sabía quién era aquella dama impresionante. La esposa del almirante Hugh Scott. No era de extrañar que Loren III estuviera tan enfadado con su abuelo, pues este había traído a la reunión a su madre y a su ex esposa.

Anne saludó a Alicia dándole de mala gana un beso en la mejilla y diciendo aquello de «me alegro de verte otra vez»; en silencio, besó también en la mejilla a Número Uno y regresó a su asiento.

Loren se mostró mucho más reservado. Muy formal, le dio un beso en la mejilla a su madre, le hizo una inclinación de cabeza a Alicia y volvió a sentarse ignorando por completo a su abuelo.

Levantó el mazo y golpeó con elegancia en la mesa.

—Se inicia en este momento la reunión de accionistas de la compañía Bethlehem Motors, Inc. —Le echó un rápido vistazo a su abuelo—. Antes de entrar de lleno en el orden del día la presidencia cuestiona el derecho de la señora Scott y de la anterior señora Hardeman a sentarse a esta mesa. El argumento de la presidencia es que dichas personas no poseen intereses, ni en propiedad ni de ningún otro modo, en esta compañía, puesto que la presidencia ya ostenta un poder de la señora Hardeman para votar en su nombre según estime conveniente, y la señora Scott no posee ninguna participación en esta compañía, al menos que la presidencia sepa.

Artie se inclinó hacia delante, puso un papel en la mano de Alicia y le susurró unas palabras al oído. Ella asintió y se puso en pie.

—Señor presidente.

—Diga, señora Hardeman —respondió Loren con formalidad.

Mientras Artie le susurraba desde atrás, Alicia habló con un tono de voz bajo pero claro.

—Ruego que se someta a la consideración de esta presidencia la presente revocación del poder que previamente había sido otorgado por mí a favor de la misma; consiguientemente, también solicito la devolución del derecho a voto que otorgaba en dicho poder.

Colocó el documento sobre la mesa, lo empujó hacia su ex marido y se sentó.

Loren cogió el papel y lo leyó. Luego se dio la vuelta y se lo entregó a Dan Weyman, sentado tras él, que a su vez se lo pasó al asesor legal de la compañía. Sin esperar respuesta, Loren empezó a hablar.

—Considero que esta anulación es ilegal y contraria al acuerdo tomado anteriormente, por lo que la presidencia considera que el documento no es válido en esta reunión.

Artie se inclinó hacia delante y, rápidamente, le susurró a Alicia unas palabras al oído. Esta se inclinó hacia delante para hablar, pero en esta ocasión no se levantó.

—Esta accionista está dispuesta a solicitar un aplazamiento de la reunión hasta que el juzgado se pronuncie sobre la validez del documento. Diría que el derecho que poseo como accionista a votar por mis propias acciones no tiene menos valor que el derecho que la presidencia reclama para la Fundación, puesto que en circunstancias similares ya se ha emitido un veredicto que ha sido aceptado por todas las partes implicadas.

Loren se dio la vuelta y habló en voz baja con el consejero legal de la compañía. Al cabo de un momento se volvió de nuevo hacia delante y encogió los hombros con desprecio. Aquello solo representaba el cinco por ciento de los votos de la compañía. Él aún ostentaba una clara mayoría si incluía las acciones de la Fundación. El cincuenta y cuatro por ciento, para ser precisos.

—La presidencia acepta la revocación del poder —dijo—. Pero continúa poniendo objeciones a la presencia en la mesa de la señora Scott.

Esta vez fue Número Uno quien arrojó un papel sobre la mesa, ante Loren.

—De acuerdo con el título constitutivo de la Fundación Hardeman, tengo derecho a designar un sucesor como fideicomisario de la Fundación en el caso de que yo renuncie a desempeñar tal cargo. Es lo que hago en este preciso momento. Aquí, en este documento, consta mi dimisión formal como fideicomisario de la Fundación y la designación de la señora Sally Scott como mi sucesora en el cargo.

Loren cogió el papel y se lo tendió al director ejecutivo de la Fundación, que lo leyó rápidamente e hizo un gesto de conformidad. Loren se volvió de nuevo hacia los reunidos.

—La Fundación reconoce a la señora Scott como fiduciaria y la presidencia le da la bienvenida a esta mesa.

La señora Scott sonrió.

—Gracias, Loren.

Este hizo una inclinación de cabeza. Al fin y al cabo, aquello no le resultaba perjudicial. Aún conservaba cuatro de los cinco votos de los fideicomisarios.

—¿Podemos proceder ahora a tratar los asuntos por los que nos hemos reunido? —preguntó con sarcasmo.

Número Uno, complacido, hizo un gesto afirmativo.

—Supongo que sí, hijo.

Loren echó una rápida mirada en torno a la mesa, comprobando que todos los presentes asentían sucesivamente con la cabeza. Hasta que llegó a mí. Yo la moví en sentido negativo. Loren se detuvo.

—Señor presidente —comencé.

—Diga, señor Perino.

—Antes de entrar de lleno en los asuntos por los que se ha convocado esta reunión, ¿sería posible celebrar previamente una reunión privada para aquellos accionistas que poseen dividendos personales en la compañía y los miembros, pasados o presentes, de la familia Hardeman?

Hasta Número Uno me miró ahora con curiosidad.

Loren estaba confuso.

—Es una petición muy extraña, señor Perino.

—En vista de cierta información que tengo a su disposición, señor presidente — continué con calma—, creo que es bastante razonable. La información que poseo atañe personalmente a algunos miembros de la familia Hardeman. No veo la necesidad de airearla en público.

—¿Puede la presidencia examinar esa información para tener elementos de juicio y considerar con más exactitud si su petición es o no procedente?

—No tengo nada que objetar a ello —le dije al tiempo que abría el portafolios. Saqué las dos carpetas y separé los originales de las fotocopias que había hecho a primera hora de la mañana. Se las entregué.

Las observó durante unos segundos. El rostro le fue cambiando de color, abarcando desde el rojo que le produjo la ira hasta una palidez cadavérica. Finalmente me miró con la cara desencajada.

—¡No permitiré que me hagas chantaje! —exclamó con voz ronca—. ¡Lo que hice fue por el bien de la compañía!

—Déjame ver eso —le pidió Número Uno.

Loren arrojó con ira los documentos sobre la mesa, ante su abuelo. Este los cogió y los leyó detenidamente. Al cabo de unos minutos me miró. Vi que el dolor se reflejaba en aquellos ojos y lo sentí por él. Al fin y al cabo se trataba de alguien de su propia sangre.

Miró lentamente en torno suyo.

—Creo que será mejor que tratemos este asunto en privado. Vayamos a mi despacho —dijo con voz cansada.

Y aquel fue el final de la reunión de accionistas.