Betsy

Harold Robbins · Capítulo 52 de 57

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Betsy

Capítulo 7

siete

 

Marlon Stevenson, jefe de seguridad de la Bethlehem Motors, tenía el aspecto impersonal propio del agente del FBI que había sido en otro tiempo. El traje de color gris oscuro y una corbata anodina no ayudaban a disipar tal impresión. Pertenecía a esa clase de hombres en los que nadie repara en medio de una multitud. Era una persona anónima en todos los aspectos excepto en uno: poseía los ojos más claros que yo hubiera visto jamás. Casi se podía contemplar el fondo de la cabeza a través de ellos.

—¿Quería usted verme, señor Perino?

La voz era tan inexpresiva como el resto de la persona.

—Sí, señor Stevenson. Gracias por venir. —Yo no tenía costumbre de mostrarme tan formal, pero recordaba la forma en que se había molestado cuando yo situé a los hombres de la agencia Burns en la pista de pruebas. Le quedaba lo suficiente de J. Edgar como para tomarse aquello a modo de una afrenta personal—. Siéntese, por favor.

—Gracias —contestó de un modo igualmente formal.

El teléfono comenzó a sonar. Lo cogí. Era Max Evans, del Departamento de Compras. Al parecer tenía un problema.

Mientras le escuchaba cubrí el auricular con la mano.

—Perdone —le dije a Stevenson—. Solo tardaré un momento.

El jefe de seguridad asintió y yo continué hablando por teléfono.

—Acabamos de recibir los nuevos presupuestos del fabricante de los sensores electrostáticos para el cinturón de seguridad del asiento del conductor.

—¿Por qué los han cambiado?

—A causa del aislamiento adicional que necesitan para mantenerse dentro de los límites de seguridad que han establecido las compañías de seguros.

—¿No estaba ya calculado en nuestros presupuestos? —le pregunté.

—Sí. Pero las compañías aseguradoras han variado los requisitos que exigían hace dos semanas.

No se podía hacer nada al respecto. El cinturón de seguridad del asiento del conductor era una de las piezas con que el coche iba equipado de fábrica, y por tanto no podía considerarse como un extra. Entraba en funcionamiento electrónicamente al mismo tiempo que el regulador del motor. Con todas sus partes desabrochadas, el coche no podía alcanzar más que los quince kilómetros por hora. Si se abrochaba solo la tira del asiento, la velocidad subía hasta cuarenta kilómetros hora. Si se abrochaba también la parte que sujetaba los hombros, el regulador se liberaba por completo. Pero aquel cambio suponía mucho dinero. Más de un millón de dólares en trescientos mil automóviles.

—¿Has hablado con otros contratistas? —le pregunté.

—Sí, cuando pedimos las ofertas. Pero ahora ya es demasiado tarde. A cualquiera de ellos les llevaría al menos ocho meses preparar las cosas para poder trabajar con nosotros.

—Entonces no queda otro remedio que aceptar —le dije.

—En efecto —respondió.

—Espera un momento —le indiqué—. Esto concierne directamente al apartado de costes. ¿No es lo normal que este tipo de cosas se pasen para su aprobación al departamento de Weyman?

—Sí. —La voz adquirió un tono de disculpa—. Pero esta mañana nos han dicho que todo lo referente al nuevo coche teníamos que hablarlo con usted.

—Ya veo.

Había más cosas que empezaba a ver con claridad. Cada semana era necesario despachar un montón de asuntos como aquel. Si Weyman se los sacaba de encima y me los endosaba a mí, aquello me tendría tan ocupado que apenas me quedaría tiempo para hacer nada más.

—¿Le parece conveniente que sigamos adelante, señor Perino?

—Está bien, Max —asentí—. Envíame una orden de compra y la firmaré.

Colgué el teléfono y me volví hacia el hombre que me esperaba. Cogí un paquete de cigarrillos y le ofrecí uno.

—He dejado de fumar, gracias.

Yo encendí el mío y me recosté en el sillón. Dejé que el humo me escapara lentamente de los labios mientras, sentado, observaba a aquel hombre. Unos instantes después noté que empezaba a ponerse nervioso.

De nuevo sonó el teléfono. Lo cogí.

—No me pase ninguna llamada más, por favor —le dije a la secretaria.

Luego colgué y continué fumando en silencio.

Más o menos un minuto más tarde, Stevenson comenzó a mirar el reloj. No le hice caso hasta que terminé el cigarrillo y lo apagué en el cenicero.

—Ya sé que es usted un hombre muy ocupado, señor Stevenson —le dije—, pero tendrá que hacerse cargo si esta mañana doy la impresión de que le hago perder el tiempo. Tengo demasiadas cosas en la cabeza.

—Lo entiendo, señor Perino —me indicó con suavidad.

—He estado estudiando el cuadro organizativo de la compañía —comencé—; si no me equivoco, usted solo tiene que rendir cuentas al presidente y al vicepresidente ejecutivos.

—En efecto.

—Y sus responsabilidades abarcan todos los aspectos relativos a la seguridad de esta empresa, desde investigar a los empleados de conducta sospechosa, hasta ocuparse de la protección de archivos y secretos industriales.

Asintió.

—Sí, señor.

—Permítame que le plantee una pregunta hipotética —le dije—. En el caso de que usted descubriese una fuga en la seguridad aquí, en mi propio despacho, ¿informaría directamente de ello al presidente?

—No, señor. Primero se lo comunicaría al vicepresidente ejecutivo.

—¿Y si descubriera que hay un fallo en la seguridad del despacho de alguno de ellos?

—Si el fallo fuese en el despacho del vicepresidente, informaría al presidente, y viceversa.

—¿Y si el escape se diera al mismo tiempo en los dos despachos?

Se quedó pensando durante un momento.

—Entonces supondría que el fallo estaría relacionado con la política de la compañía, y que ellos lo habrían aprobado.

Empujé hacia él una copia del artículo de The Wall Street Journal.

—¿Ha leído usted este artículo?

Hizo un gesto afirmativo.

—¿Diría usted que la información contenida en él es producto de un fallo en la seguridad de la empresa?

—No sabría decírselo con exactitud, señor.

—Fíjese usted bien en la frase «fuentes bien informadas de la compañía». También me permito llamar su atención sobre ciertas cifras que se mencionan en este artículo. Se da la circunstancia de que son exactamente las mismas cifras que se guardan en los archivos secretos de la empresa. No hay más que una docena de ejecutivos en toda la compañía que tengan acceso a esa información. Y de pronto aparece en un periódico y de una forma que resulta contraproducente para la compañía. ¿No cree usted que se puede decir que ha habido un grave fallo en la seguridad de la empresa?

Comenzaba a ponerse incómodo.

—No podría decirlo, señor.

—¿Puedo suponer entonces que, en su opinión, este asunto se ha debido a lo que usted llama política de la compañía?

Ahora ya se sentía completamente incómodo. Los abogados y los policías son siempre los peores testigos. Odian que alguien les haga preguntas.

—No puedo responder a eso, señor Perino.

—Como usted mismo puede ver, la noticia no va firmada. ¿Por casualidad conoce usted el nombre del autor?

—Sí, señor —repuso.

—¿Quiere decirme quién es?

—Lo siento, señor Perino. Ya le he entregado el informe sobre este asunto al señor Weyman.

Hice una pausa durante unos instantes.

—¿Conoce usted a un hombre llamado Mark Simpson?

—Sí, señor.

—¿Qué sabe acerca de él?

—Es el presidente de una compañía llamada IASO y edita una publicación semanal dedicada a la industria del automóvil.

—¿Qué más puede decir de él?

—Ya le he entregado un informe al señor Weyman sobre ese caballero —dijo—. Y no me está permitido entregar copias de los informes.

—Ya. ¿Y va también contra el reglamento proporcionarme una relación de las distintas ocasiones en que el señor Simpson ha visitado esta fábrica durante los dos últimos años y a quién vino a ver?

—No, señor —dijo. Comprobé que se sentía satisfecho de que al fin pidiera algo que él pudiera hacer—. Esta misma tarde se la enviaré al despacho.

—Gracias. Me ha sido usted de gran utilidad.

Se sonrojó. Sabía exactamente lo útil que había sido. Solo era una frase hecha. Se puso en pie.

Lo miré.

—Tiene usted mi permiso para informar de esta conversación a sus superiores, si así lo considera conveniente.

—Señor Perino, si yo pensase que debía de informar de esta conversación a mis superiores, lo haría con o sin el permiso de usted —afirmó muy estirado—. Me gustaría hacerle constar que estoy a cargo de la seguridad de esta compañía, y no de su política.

Me puse en pie.

—Señor Stevenson, le pido disculpas —dije al tiempo que le ofrecía la mano.

Él dudó durante un momento y luego la estrechó.

—Gracias, señor Perino.

En cuanto aquel hombre hubo salido del despacho, llamé a Weyman. Por el tono de voz me atrevería a decir que se mostró casi agradable. Creo que lo que esperaba era que yo expresara mi disconformidad por el hecho de que me hubiera remitido la aprobación de los nuevos presupuestos. Pero ni siquiera se lo mencioné.

—Número Uno me está metiendo prisa con el informe que solicitamos hace tiempo acerca de Mark Simpson —le dije—. Acabo de hablar con Stevenson, el de seguridad, y me ha dicho que ya te lo ha entregado.

Aquel hombre se ponía nervioso con facilidad.

—Sí, recuerdo haberlo visto. Lo buscaré y te lo enviaré inmediatamente.

Colgué el teléfono con la absoluta certeza de que aquel informe nunca llegaría hasta mis manos; pero al menos así quedaría constancia de que yo estaba al corriente de que obraba en su poder.

Aquella misma tarde a primera hora recibí el informe de Stevenson sobre las visitas que Simpson había realizado a la fábrica. En los últimos años habían sido poco frecuentes y, con excepción de una visita a Bancroft, del departamento de ventas, todas las demás habían sido para ver a Weyman.

Decidí marcharme del despacho a fin de hacerle una visita al señor Simpson, pero una cosa me ha llevado a otra y no conseguí salir hasta las cuatro. Llamé a Cindy al hotel.

—¿Te apetece cenar en el Dearborn Inn?

—¡Claro! Nunca he estado allí y he oído hablar mucho de él. Está justo en medio de los terrenos de Ford, ¿no es así?

—Exactamente, en el centro —dije riendo—. Pero no se lo tengas en cuenta. Realmente es un sitio bastante bueno. De camino tengo que detenerme a ver a alguien, pero no tardaré mucho. Espérame en la entrada de coches dentro de quince minutos. Pasaré a recogerte.

—Quince minutos exactos —convino ella—. Allí estaré.

Y estaba. Incluso se había puesto un vestido para la ocasión. La miré detenidamente mientras el portero le abría la puerta del Maseratti para que subiera. Era la primera vez en casi dos años que la veía llevar puesto algo que no fuesen unos pantalones.

—¡Vaya! Si resulta que eres una chica —exclamé al tiempo que engranaba la primera velocidad.

Se volvió hacia mí sonriendo mientras acababa de abrocharse el cinturón de seguridad.

—Hombre, eres muy lento. Ya pensaba que no lo descubrirías nunca.

 

Las oficinas de la IASO estaban enclavadas en la avenida Michigan, a la salida de un barrio residencial que había camino de Dearborn. Era un edificio impersonal al lado de un negocio de coches usados. El piso de abajo estaba ocupado por la imprenta; tenía las grandes ventanas pintadas a fin de que el interior no se viera desde la calle. Posiblemente en otro tiempo aquella planta se había utilizado como salón de exposiciones de coches nuevos. Las ventanas del piso de arriba tenían escritas las letras IASO en un color azul ya descolorido.

Metí el coche en un pequeño aparcamiento para clientes que había en una calle lateral, junto a la imprenta, y me dispuse a bajar.

—No tardaré mucho.

Cindy asintió. Abrió el bolso y sacó una cassette.

—No te importa que use el radio-cassette, ¿verdad?

Cuando acabé de salir del coche ya tenía a Credence Clearwater[9] sonando a todo volumen por los cuatro altavoces y se había recostado para tomar el sol con una expresión beatífica en la cara.

A simple vista no había una entrada independiente para el piso de arriba, así que entré por la imprenta. El sonido de las rotativas me golpeó los oídos nada más abrir la puerta. Un maltrecho mostrador de madera separaba la entrada del resto del local. Un timbre oxidado se hallaba situado sobre el mostrador, y a su lado había un letrero que indicaba: «toque el timbre para que le atiendan.»

Golpeé la campanilla, pero el sonido apenas se oyó en medio del estruendo de las rotativas. Insistí.

Algunos operarios asomaron la cabeza por detrás de las máquinas para ver quién era.

—¿IASO? —les grité por sobre el ruido al mismo tiempo que señalaba hacia el techo con la mano.

Un hombre corpulento de pelo negro, cuyo rostro y peludos brazos se hallaban cubiertos de tinta de imprenta, salió de detrás de la prensa y me hizo un gesto con el brazo indicándome que diera la vuelta.

—Gracias —le grité. Salí de allí aliviado de alejarme del martilleo de las prensas. Cindy me vio y me sonrió al tiempo que empezaba a bajar el cristal de la ventanilla.

Hice un gesto negativo con la cabeza y le indiqué que iba a dar la vuelta al edificio. Ella asintió y volvió a subir el cristal, recostándose en el asiento y sumergiéndose de nuevo en la música.

Encontré una escalera negra de acero oxidado en el callejón. Sobre el edificio un pequeño cartel con una flecha señalaba los escalones. IASO, decía. Subí el tramo de peldaños y entré por una puerta de acero pintada de gris que estaba descolorida casi por completo.

Fui a dar a una sala de recepción que se encontraba vacía. Las paredes se hallaban pintadas de un color verde apagado y se veían cubiertas de carteles: «¡para su seguridad, abróchese el cinturón!, ¡la velocidad mata!» Todos eran del mismo estilo. Desde algún lugar en la parte trasera me llegó el sonido de la campanilla que anunciaba mi presencia.

Poco después apareció una corpulenta muchacha rubia vestida con un jersey negro y una minifalda.

—¿En qué puedo servirle? —me preguntó con una voz tan aburrida como la expresión que se le veía en la cara.

—¿Está el señor Simpson?

—¿Tiene usted una cita?

—No —respondí al mismo tiempo que movía la cabeza haciendo un gesto negativo.

—¿Cómo se llama usted, por favor?

Se lo dije. No hubo cambio alguno en la aburrida expresión de aquella voz o de aquel rostro.

—Tome asiento, por favor. Veré si puede recibirle.

Abandonó la recepción y la oí cerrar la puerta con llave tras ella. Me senté en un banco de madera junto a una mesa cuyo tablero se hallaba cubierto de ejemplares del último número de la revista semanal de la IASO.

Encendí un cigarrillo y hojeé con desgana un ejemplar de la publicación. Me enteré de todas las mejoras que la GM había introducido en el nuevo modelo del Vega del setenta y dos, que no se veían a simple vista, y de las mejoras de rendimiento que era posible obtener en el Pinto con la nueva carrocería Boss, cosas de las que uno también podía enterarse leyendo los anuncios gráficos y viendo la televisión, pues los fabricantes ya se encargaban de hacerlos públicos. Al llegar a la última página me encontré con un artículo que trataba sobre la seguridad en los automóviles.

Busqué un cenicero en donde apagar el cigarrillo. No había ninguno a la vista, así que me levanté, abrí la puerta y arrojé la colilla al callejón. A través de las delgadas paredes oí el sonido de una campanilla.

Al mismo tiempo percibí una tenue vibración en el suelo y el lejano ronroneo de las máquinas del piso inferior. De repente se detuvieron. Miré el reloj. Eran las cinco menos cuarto. Ya hacía más de diez minutos que me hallaba allí.

La muchacha rubia volvió a aparecer por la puerta. Al verme, la expresión de aburrimiento se le trocó por otra de sorpresa.

—¿No ha entrado nadie?

—No —respondí—. He sido yo, que me he asomado para tirar una colilla.

Se quedó mirándome.

—¿Espera usted a alguien más?

—No. Sigo esperando al señor Simpson.

—¿Todavía no ha venido aquí su secretaria para hablar con usted?

—No.

—¡Maldita sea! —exclamó con la desesperación reflejada en el rostro—. Este es el sitio peor organizado de todos en los que he trabajado. Hace rato que tendría que haber venido para comunicarle a usted que el señor Simpson se halla fuera de la ciudad.

La observé con curiosidad.

—Mire, señor —me confió con voz disgustada—, de la forma en que aquí llevan las cosas, no me extrañaría nada que el próximo hombre que llegue a la Luna sea él.

Se marchó pisando fuerte hacia las oficinas interiores, y yo salí del edificio. Durante la espera casi se había acabado la luz del día. Me detuve para encender un cigarrillo antes de comenzar a bajar las escaleras. Había sido un ingenuo al pensar que Simpson me recibiría en aquellas circunstancias. No, después de la forma en que se había marchado del despacho de Weyman días antes. Desde la parte de abajo de las escaleras me llegaban las voces de los empleados de la imprenta, que salían del trabajo en aquel momento.

Una voz me llamó desde atrás cuando llegué al último peldaño.

—Eh, compadre. ¿Tiene una cerilla?

—Claro —dije al tiempo que me daba la vuelta. Por el rabillo del ojo alcancé a ver un enorme puño que me habían lanzado directo hacia la cara.

El instinto me movió a esquivarlo, pero no lo hice con la suficiente rapidez. El puño me dio de lleno en la cara con la fuerza de un martillo pilón. Sentí que me caía de espaldas mientras una lluvia de estrellas brillaba ante mis ojos. Sacudí la cabeza de un lado a otro, atontado, en un intento por recuperar la visión.

Unas manos me cogieron por los hombros y empezaron a arrastrarme hacia el interior del callejón. Ni siquiera entonces sospeché que se tratase de otra cosa más que de un atraco. Intenté decirle que llevaba la cartera en el bolsillo trasero del pantalón, pero sentí los labios paralizados y no acerté a moverlos.

Noté que me apoyaban contra la pared. Conseguí vislumbrarlos de soslayo por entre los párpados semicerrados. Eran tres, pero no pude verles la cara. Aquel callejón estaba demasiado oscuro.

Los golpes comenzaron a caer sobre mí. Lentos, deliberados, metódicos y muy profesionales. En las costillas, en el estómago, en el vientre, en los testículos. Fui resbalando lentamente pared abajo y los golpes comenzaron a dirigirse de nuevo a la cara. Notaba que me machacaban los oídos, la nariz y la boca, y sentí el sabor acre de la sangre que me salía de entre los labios mientras me desplomaba en el suelo.

Aún no había perdido el conocimiento, por lo que sentí perfectamente todas las patadas. Había un pensamiento distante, pero machacón, que no dejaba de bullirme en lo más profundo de la mente.

Alguien me había advertido de que tuviera cuidado. Pero no conseguía recordar quién había sido. Alguien que había afirmado que yo me enteraría de que ellos también sabían jugar duro y sucio. Pero no era capaz de recordar quién.

Intenté levantarme. Conseguí ponerme de rodillas y ya empezaba a incorporarme cuando vi venir hacia mí aquella enorme bota.

No pude hacer nada. Me acertó de pleno en el mentón y noté que me elevaba del suelo, daba un salto mortal en el aire y me estrellaba contra la pared.

Casi me alegré de que por fin se hiciera la oscuridad a mi alrededor.