Betsy
Libro tercero. 1971
Libro tercero
1971
uno
Se hizo el silencio en la pequeña sala de vistas del viejo edificio de madera que servía de juzgado en el pueblecito situado a medio camino entre Seattle y Spokane. En silencio, el jurado entró en la estancia y tomó asiento en las sillas de madera situadas cerca de la mesa del juez. Este, un hombre alto con el rostro curtido por las inclemencias del tiempo, se dirigió sin prisa hacia el sillón y se sentó en él. Le hizo un gesto al alguacil, que se volvió hacia la sala.
—Se abre la sesión para examinar la causa acerca de la muerte del señor Sylvester Peerless, acaecida mientras conducía un coche de pruebas como empleado de la compañía Bethlehem Motors. —Miró una hoja de papel que sostenía en la mano —. El tribunal llama como testigo a la señorita Cindy Morris.
Cindy se removió en la silla y miró a Angelo, sentado a su lado.
—Estoy muy nerviosa. ¿Qué les digo?
Angelo intentó tranquilizarla.
—Diles la verdad. De ese modo no podrás equivocarte.
La muchacha se levantó. Un murmullo de admiración recorrió la pequeña estancia mientras ella se dirigía al estrado de los testigos vestida con un mono en cuya parte trasera llevaba impresas las palabras Bethlehem Motors y que le resaltaba evidentemente las formas, de modo que no cabía ninguna duda acerca de su feminidad.
El alguacil le tomó juramento y le preguntó el nombre.
—Cindy Morris.
—Tome asiento, por favor —dijo aquel antes de volver a ocupar su sitio.
La joven se sentó al mismo tiempo que el fiscal del condado se ponía en pie. Como casi todos los hombres de aquella parte del país, se trataba de un hombre alto que daba la impresión de haber salido de un anuncio de Marlboro Country. Pero el aspecto de vida sana al aire libre no ocultaba la mirada inteligente que se leía en los ojos grises del letrado.
Se detuvo delante de Cindy y comenzó a hablar con voz suave y el típico deje gangoso del Oeste, engañosamente gentil.
—¿Cuántos años tiene, señorita Morris?
—Veinticuatro.
—Veinticuatro —repitió él haciendo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—Sí.
—¿Está usted empleada en la Bethlehem Motors?
—Sí.
—¿En calidad de qué?
—Soy piloto de pruebas y asesora de diseño.
—Explique al tribunal en qué consisten sus obligaciones, por favor.
—Conduzco coches e informo al jefe del departamento de diseño e ingeniería de la opinión que me merecen, desde un punto de vista femenino, los automóviles que pruebo.
—¿Cuánto tiempo hace que desempeña este empleo en la Bethlehem Motors?
—Aproximadamente un año y medio.
—¿Cuántos coches ha probado en este tiempo?
—Creo que diecinueve.
—¿Considera que es un trabajo peligroso?
—No. En realidad, no.
El fiscal la miró.
—Es una curiosa respuesta. ¿Qué quiere decir?
—Me siento mucho más segura conduciendo un coche en una pista de pruebas, donde se toman toda clase de precauciones, que en medio del tráfico en cualquier carretera.
El hombre permaneció callado durante un momento, y luego asintió.
—Comprendo.
Se dirigió a la mesa y cogió de ella una hoja de papel. Sosteniéndola en la mano regresó junto a la muchacha.
—¿Conocía usted a Sylvester Peerless, el piloto fallecido?
—Sí.
—¿Hasta qué punto?
—Éramos buenos amigos.
El fiscal miró la hoja de papel.
—Tengo aquí una copia del libro de registro del motel Starlight. Reza así, y cito textualmente: «Señor y señora de Sylvester Peerless, Tarzana, California.» A continuación, y entre paréntesis, dice: «Cindy Morris.» ¿Ha estado usted alguna vez casada con el señor Peerless?
—No.
—Entonces, ¿cómo explica que conste así en este libro de registro?
—Ya le he dicho que éramos buenos amigos. Compartimos la misma habitación.
Yo no sabía hasta ahora bajo qué nombre nos había registrado [6] Fearless.
El fiscal sonrió.
—¿Quiere decir que solo eran compañeros de habitación? ¿Que no había nada más?
Cindy le devolvió la sonrisa, sin vestigios ya de nerviosismo. Entendía bien aquel tipo de conversación.
—Ha sido usted el que ha dicho eso, no yo. Si lo que le interesa saber es si Fearless y yo manteníamos relaciones sexuales, ¿por qué no me lo pregunta directamente?
—¿Las tenían? —inquirió el fiscal.
—De vez en cuando —contestó ella con calma—. Cuando nos apetecía.
El fiscal quedó en silencio unos momentos. Luego se encogió de hombros y regresó a la mesa. Dejó allí de nuevo la hoja de papel y volvió a acercarse a la muchacha.
—¿Se hallaba usted presente en la pista de pruebas el día en que el difunto sufrió el accidente?
—Sí.
—¿Observó usted aquel día alguna circunstancia anormal?
—Sí.
—¿Qué fue, exactamente?
—Que Fearless se mató.
Una pequeña oleada de risas recorrió la sala. El fiscal torció el gesto y esperó a que se apagaran.
—¿No hubo nada más?
La muchacha se quedó pensando durante unos instantes.
—Creo que no. Aquello ya fue bastante anormal.
De nuevo se oyeron las risas. El fiscal esperó otra vez a que cesaran antes de proseguir.
—Me refiero a si hubo algo raro en el comportamiento del coche que estaba probando.
—A mí no me lo pareció —repuso ella—. Le entregué el coche después de hacer un turno de dos horas y todo funcionaba perfectamente.
—¿Le comentó a usted algo que pudiera indicar que le preocupaba algún aspecto en particular del funcionamiento del automóvil?
—No.
—¿No le dijo nada?
—Sí.
—¿Qué le dijo?
—Me hizo un comentario. Una broma, ya sabe.
—No sé a qué se refiere —indicó el fiscal.
—Una broma que solíamos hacer entre nosotros —aclaró ella comenzando a sentirse incómoda. Paseó la mirada por la habitación—. Del tipo que no está bien explicar en público.
—¿Qué le dijo exactamente? —insistió el fiscal.
La muchacha se sonrojó y bajó la mirada hacia el suelo. Habló casi en un susurro.
—Que se encontraba muy excitado y que confiaba en no pillarse las partes con el volante.
El fiscal enrojeció mientras un murmullo se extendía por la estancia.
—¿Y usted le dijo algo a él?
—Solo le hice la recomendación habitual.
—¿Qué era?
—Que condujera con cuidado.
El letrado se quedó callado.
—¿Qué quería usted decir con eso?
—Nada —contestó ella—. Es algo que siempre digo cuando alguien se sienta al volante de un coche.
—¿No le dijo eso para indicarle que existía la posibilidad de que podría ir mal algún elemento del coche que estaban probando?
—No —replicó ella—. Siempre digo eso.
—¿Vio usted cómo ocurrió el accidente?
—No, no lo vi —dijo—. Volví al motel y me fui a dormir.
El fiscal la miró durante un momento y después regresó a su sitio.
—No tengo más preguntas que hacer.
El juez se inclinó a través de la mesa.
—¿Tiene usted alguna idea u opinión sobre lo que pudo haber causado el accidente en el cual el señor Peerless encontró la muerte?
—No, señor —contestó Cindy.
—Tengo entendido que el coche estaba dotado de un nuevo tipo de motor —dijo el juez—. Uno de turbina a gas. Tengo entendido igualmente que esa clase de motores pueden explosionar bajo determinadas condiciones. ¿Cree usted que algún problema de este tipo pudo causar el accidente?
Cindy lo miró, pensativa.
—Podría ser, pero lo dudo. Ese motor había recorrido casi cincuenta mil kilómetros y, caso de explosionar, lo habría hecho mucho antes.
—Pero ¿entra dentro de lo posible? —insistió el juez.
La voz de Cindy era juiciosa.
—No lo sé. Pero ¿no es ese precisamente el propósito de este juicio? ¿Determinar lo que sucedió?
El juez la miró y habló con voz fría.
—Eso esperamos, jovencita. —Miró al jurado—. ¿Quieren hacer alguna pregunta?
Un murmullo de respuestas negativas se elevó de entre los miembros del jurado; a continuación el juez se volvió hacia Cindy.
—Eso es todo, señorita Morris. Gracias. Ya puede bajar del estrado.
La sala quedó silenciosa mientras Cindy volvía a su asiento. Una vez acomodada en él, miró a Angelo.
—¿Lo he hecho bien?
Él le dio unos golpecitos en la mano.
—Estupendamente.
—¡El muy hijo de perra! —susurró la muchacha—. No tenía por qué hacerme todas esas preguntas.
—Le has dicho la verdad —le dijo Angelo—. No te preocupes.
La voz del alguacil resonó en la habitación.
—¿Quiere subir al estrado el señor John Duncan?
El escocés se levantó. No aparentaba los sesenta y cinco años que ya tenía mientras caminaba con seguridad hacia el estrado y prestaba juramento.
—¿Quiere decir cómo se llama, por favor? —le preguntó el alguacil.
—John Angus Duncan —contestó; después tomó asiento.
El fiscal se levantó y se aproximó a él.
—¿Tiene la bondad de explicarnos qué puesto ocupa en la Bethlehem Motors?
—Soy vicepresidente del departamento de ingeniería.
—¿Cuánto tiempo hace que ocupa ese cargo?
—Un año y medio.
—¿Y antes?
—Durante veinte años he sido vicepresidente de producción en la misma compañía. Me jubilé al cumplir los sesenta años. Dos años después regresé a la compañía para ocupar el puesto que desempeño en la actualidad.
—¿Hace el favor de definirnos cuáles son sus responsabilidades?
—Estoy a cargo de toda la parte técnica y de ingeniería del proyecto Betsy.
—¿Qué es el proyecto Betsy?
—Es el diseño de un nuevo coche cuya fabricación la compañía está considerando en estos momentos.
—¿Puede usted explicárnoslo con más detalle?
—No. —El escocés se puso tenso—. Eso sería revelar información confidencial, lo que solo es privilegio de la persona que me emplea.
El fiscal echó un vistazo a las anotaciones que sostenía en la mano.
—Tengo entendido que usted posee ciertas patentes relacionadas con un motor a turbina. ¿Es así?
—Sí —asintió Duncan—. Son mías y de mi patrón.
—¿Es ese motor a turbina el que utilizaba el coche en el que el señor Peerless encontró la muerte?
—Una variación del mismo.
—¿Puede aclararnos eso?
—No. —Duncan hablaba con firmeza—. Por la misma razón que mencioné antes y también porque ciertas patentes están en la actualidad pendientes de aprobación, y revelarlas sería proporcionar información confidencial a nuestros competidores.
El fiscal se sentó ante la mesa.
—¿Estaba usted presente en el lugar de los hechos en el momento en que el señor Peerless encontró la muerte? —le preguntó.
—Sí, en efecto.
—¿Puede hablarnos de cómo ocurrió?
—El señor Peerless entró en la curva número cuatro, a pesar de todas nuestras advertencias, a una velocidad de doscientos setenta kilómetros por hora, y se salió de la pista chocando con la valla de seguridad.
—Dice usted que le avisaron. ¿Cómo le hicieron las advertencias?
—Cuando se prueban los coches permanecemos constantemente en contacto por radio con el conductor.
—¿Se encontraba usted en situación de juzgar la velocidad del vehículo?
—Sí. Nuestros coches de pruebas están equipados con dispositivos que transmiten por radio todo tipo de información a la computadora central, que se encarga de analizar el rendimiento de cada una de las partes del automóvil.
—¿Sería posible ver el resultado de esos análisis?
—No —repuso Duncan—. Por la razón que le he expuesto antes.
—Pero… ¿esos dispositivos indicaban que no existía ningún fallo mecánico en el automóvil?
—El coche funcionaba perfectamente.
—¿Tiene usted alguna grabación de las advertencias hechas al señor Peerless?
—Sí, conservamos la cinta de aquella conversación.
—¿Podemos oírla?
Duncan miró a Angelo y este, que se encontraba situado entre el público, se volvió hacia Roberts, el abogado, el cual hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—Sí —dijo Duncan—. Tengo un magnetófono en el maletín que he dejado en mi asiento. Si lo desean, pueden escucharlo ustedes ahora mismo.
El juez se inclinó hacia delante.
—Alguacil, ¿quiere hacer el favor de traer el maletín del señor Duncan?
El alguacil se lo llevó al viejo escocés. Este lo abrió y sacó el magnetófono. Miró inquisitivamente al juez.
—Está bien, señor Duncan. Colóquelo sobre la mesa, delante de mí.
Duncan se levantó y situó el pequeño aparato encima de la mesa. Apretó el botón y un débil sonido inundó la habitación. Subió el volumen y el murmullo se hizo más fuerte.
—No oigo ningún ruido de motor —indicó el juez.
—Casi no se oye —le explicó Duncan—. Es un motor de turbina, y el ruido es insignificante comparado con los motores normales. Los sonidos que se perciben al fondo son los producidos por el aire y los neumáticos.
Una voz de hombre salió de la cinta.
«—El velocímetro marca doscientos setenta kilómetros. Verifíquenlo. Cambio.»
A continuación se oyó la voz de Duncan.
«—Doscientos sesenta y nueve con nueve. Verificado. Será mejor que empieces a reducir. Te estás acercando a la curva número cuatro. Cambio.»
Durante un instante no se oyó nada más que el ruido de fondo de la cinta. Luego sonó de nuevo la voz de Duncan.
«—Vas a doscientos sesenta y cinco. Reduce la velocidad. Te queda poco tiempo para hacerlo. Cambio.»
De nuevo el silencio, y luego la voz de Duncan. Esta vez se notaba claramente la urgencia del tono.
«—Duncan a Peerless. Vas a doscientos sesenta. ¡Reduce! ¡Es una orden! Cambio.»
Silencio; luego otra vez la voz de Duncan, firme e irritada.
«—¡Estás loco, Peerless! ¡Reduce antes de que te mates! Cambio.»
La voz de Peerless se dejó oír entre risas.
«—No seas tan chapado a la antigua, hombre. Yo sé cómo manejar este trasto.»
La voz de Duncan sonó por encima de la otra.
«—El peralte es solo del cuatro por ciento. ¡No conseguirás pasar!
»—No tienes fe en tu propia máquina, viejo —contestó Peerless, riendo—. Déjalo todo en manos de Fearless Peerless. Yo sé lo que me hago. Conduzco como los mismos ángeles.»
Durante un momento no se oyó más que un murmullo; después hubo un débil estallido. A continuación nada más que silencio.
No se oía una mosca en la sala mientras Duncan extendía la mano para desconectar el magnetófono. Miró al juez.
Este se aclaró la garganta.
—¿Lo han oído todo con claridad? —les preguntó a los miembros del jurado.
El portavoz se puso en pie.
—Sí.
El juez se volvió hacia Duncan.
—Ha mencionado usted un peralte del cuatro por ciento en aquella curva. ¿Cuál es la velocidad que estima conveniente para pasarla con seguridad? Diga usted lo que considera el máximo.
—Ciento setenta y cinco kilómetros por hora.
—¿Había avisos situados en la pista a tal efecto?
—Sí, señor. Cada doscientos metros desde tres kilómetros antes de la curva.
—En resumen, ¿considera usted que el señor Peerless tomó la curva a casi cien kilómetros más de lo que la prudencia aconsejaría en aquellas circunstancias?
—Sí, señor.
—¿Puede decirme en qué momento hizo explosión el motor?
—El motor no hizo explosión —contestó Duncan.
El fiscal intervino rápidamente.
—Pero los testigos anteriores han afirmado que hubo una explosión seguida de grandes llamas. ¿Cómo explica usted eso, señor Duncan?
El escocés se volvió hacia él.
—La explosión no se produjo en el motor. Tuvo lugar en el depósito de combustible, que se incendió a causa de una chispa producida al romperse.
—Así pues, ¿cabe dentro de lo posible que hubiera un defecto en el depósito de combustible?
—No había ningún defecto en el depósito. Estaba construido y equipado con las máximas garantías de seguridad que se conocen hoy día. Pero la actual tecnología no está capacitada para construir un depósito capaz de resistir un choque a doscientos setenta kilómetros por hora.
—¿Cómo puede usted estar seguro de que fue el depósito y no el motor el que causó la explosión?
—Porque el motor obra en nuestro poder. Ha quedado inservible, pero la mayor parte ha quedado en una sola pieza. Si hubiese hecho explosión se habría desintegrado prácticamente en su totalidad.
El fiscal hizo un gesto de asentimiento y volvió a sentarse. El juez habló dirigiéndose a los miembros del jurado.
—¿Tienen ustedes alguna pregunta que hacer?
El portavoz se puso en pie; pareció dudar antes de hablar.
—Yo también conduzco coches, señor Duncan. Y a causa del alto rendimiento que les exigen a los motores que ustedes prueban, supongo que necesitan usar gasolina de alto octanaje. ¿Estoy en lo cierto?
—No, señor —repuso Duncan—. Esa es una de las ventajas del motor de turbina. La gasolina no necesita tener un porcentaje elevado de octanos ni de plomo para conseguir que los motores rindan al máximo.
—¿Y qué clase de gasolina utilizaban? —preguntó el portavoz del jurado.
—No usábamos gasolina.
—¿Qué utilizaban?
—Keroseno —respondió Duncan.
—Gracias. —El portavoz se sentó.
El juez se inclinó hacia adelante por encima de la mesa.
—¿Cree usted, señor Duncan, que de haber usado gasolina en vez de keroseno la explosión y el incendio consiguiente habrían podido evitarse?
—No, en aquellas circunstancias. —Duncan estaba muy seguro de sí mismo—. De hecho, habría sido más fácil que se produjera la explosión y el incendio. El porcentaje de octanos indica el grado de combustibilidad de la gasolina, de modo que cuanto más elevado sea aquel, más posibilidades tiene esta de incendiarse.
El juez echó una rápida ojeada por la sala, y luego volvió a mirar al escocés.
—Parece que no hay más preguntas. Gracias, señor Duncan. Puede bajar del estrado.
La sala se mantuvo silenciosa mientras el escocés regresaba a su asiento. Angelo le estrechó la mano, y Cindy le dio al viejo un beso en la mejilla.
—Ha estado usted maravilloso.
El escocés se ruborizó, complacido.
—Pero todavía estoy furioso —dijo en un susurro—. Lo que me gustaría saber es quién nos ha metido en todo este asunto.
—Ya lo descubriremos —le indicó Angelo con calma—. Primero veamos lo que sucede ahora.
El juez y el fiscal mantuvieron una conversación en voz baja. Un momento después el fiscal volvió a sentarse y el juez miró hacia el público presente.
—Ya no se llamará a más testigos —dijo. Se volvió hacia el jurado—. Ya han oído el testimonio de los médicos que llevaron a cabo la autopsia del cadáver del señor Peerless; creen poder afirmar con cierta seguridad que la muerte se produjo a causa de las lesiones recibidas en el accidente, y que las quemaduras tuvieron lugar cuando ya estaba muerto. También han oído la declaración de otros testigos que han aportado información en torno a las circunstancias que rodearon a la muerte del señor Peerless. ¿Tienen alguna otra pregunta concerniente a este asunto?
El portavoz movió negativamente la cabeza.
—No.
El juez asintió y prosiguió:
—Lo que se les pide a ustedes ahora es que lleguen a una conclusión respecto al motivo y responsabilidades de la muerte del señor Peerless. Permítanme que se las enumere. En primer lugar, si ustedes opinan que la muerte del señor Peerless se debe a causas ajenas a su persona, deben hacerlo constar. Si además piensan que hubo negligencia por parte de alguien, también tienen que indicarlo. En ninguno de estos dos casos es necesario que indiquen quién es la persona sobre la que, en su opinión, recae la responsabilidad del accidente, aunque pueden hacerlo si así lo desean. En segundo lugar, y en el supuesto de que opinen que la muerte del señor Peerless se debió a su propia imprudencia, deben manifestarlo así. En este caso pueden declarar simplemente que la causa de la muerte se debió a un error del piloto.
Hizo una pausa y miró al jurado, cuyos miembros permanecían en silencio.
—¿Desean retirarse ahora para considerar el veredicto?
El portavoz se inclinó hacia sus compañeros. Durante breves momentos cambiaron impresiones en voz baja; luego aquel se levantó.
—No, señor.
El juez lo miró.
—Damas y caballeros del jurado, ¿desean hacer pública su decisión?
El portavoz asintió.
—Sí, señor.
—Bien. ¿Cuál es?
La pequeña sala permaneció silenciosa hasta que el portavoz comenzó a hablar.
—Es decisión unánime de este jurado que la causa de la muerte del señor Sylvester Peerless radica en sus propios errores como piloto y en la evidente temeridad de que hizo gala.
Se oyó en la estancia un estallido de voces al tiempo que los periodistas se levantaban y se precipitaban hacia la puerta. El juez golpeó repetidamente en la mesa con el mazo. Apenas se le podía oír por encima del ruido.
—La decisión del jurado ha sido oída y este tribunal da por cerrado el caso de la muerte del señor Sylvester Peerless.