El bebedor
Capítulo 10
10
En el tiempo que siguió fui a la oficina con bastante regularidad e incluso llegué a trabajar algo, no porque me hiciera ilusión, sino siguiendo una vieja costumbre que no podía abandonar así de repente y por timidez frente a Magda. Ella se había vuelto muy callada, entre nosotros solo hablábamos ya lo imprescindible. Nuestra relación se animaba cuando había terceros presentes, Hinzpeter, Else o los clientes. Entonces incluso nos hacíamos bromas, parecía que volvía el placentero tono de los primeros años de nuestro matrimonio. Sin embargo, apenas se cerraba la puerta tras esa tercera persona nosotros callábamos de golpe, mi humor se helaba y Magda empezaba a rasgar laboriosa el papel. Durante ese tiempo siempre estaba cerca de mí. No era que fuera conmigo hasta y desde la oficina, pero tres o diez minutos después de llegar yo aparecía ella seguro, por lo que las labores de casa estaban completamente en manos de Else. Por supuesto ese control no tuvo la menor influencia sobre mí, pues yo hacía lo que quería, es decir: bebía lo que necesitaba. De la costumbre de los pequeños vasitos había pasado a los largos tragos de la botella. Siempre tenía a mano una botella en mi escritorio de la oficina y una segunda en casa en una esquina del armario del cuarto de baño. En cierta manera me resultaba placentero pasar de contrabando esas botellas bajo las mismas narices de Magda, ya fuera en mi cartera o incluso en el bolsillo del pantalón, tapándolas con la chaqueta. Cuando acababa de renovar el avituallamiento me invadía un verdadero sentimiento de felicidad, como si fuera más rico. A la menor señal de sed ya podía tomar un trago. En el cuarto de baño de casa era muy sencillo, mientras que en la oficina, que Magda compartía conmigo, en ocasiones se hacía más difícil. Entonces yo permanecía sentado durante muchos minutos y cavilaba sobre cualquier pretexto para hacer que se fuera. En una ocasión en que no se me ocurrió nada llegué incluso a descorchar la botella, a escondidas y en su presencia, y dejarla en el suelo —el escritorio le tapaba la visión—, para después dejar caer la goma de borrar y buscarla prolijamente, finalmente a cuatro patas, y escondido bajo el hueco del escritorio y muy complacido por mi perspicacia, meterme en el gaznate una cantidad considerable de coñac.
Cambiaba de parecer casi cada hora, hasta que Magda me veía el plumero. Casi siempre estaba completamente convencido de que ella no intuía nada, aunque en ocasiones estaba casi convencido, sobre todo cuando yo estaba de mal humor o tenso, que ella me escrutaba. Entonces yo volvía a cavilar. A veces recorría el despacho de arriba abajo pensativo durante largo tiempo, pasando siempre por donde estaba sentada Magda; en ese momento yo estaba enojado, tal como yo decía, no por nada en concreto, ni siquiera con Magda, sino que simplemente estaba enojado, como una persona puede ser mala y malvada, desde sus raíces, alguna vez es así, estaba tan enojado y buscaba una razón para iniciar una pelea con ella. A partir de esa pelea yo quería alcanzar la certeza de si no sabía nada o lo sabía todo, y si lo sabía todo quería librarme ya del último destello de decencia. Justamente en su presencia, en la presencia de mi mujer sobria, limpia y eficiente, quería pillar una borrachera de órdago, colocar los pies sobre el escritorio y cantar canciones marranas y utilizar expresiones vulgares, qué deleite arrastrarla hacia la porquería, mostrarle: a este lo quisiste una vez y bajo tu amor mira en lo que se ha convertido… ¡Así es! ¡Adelante!
Cada vez iba más deprisa arriba y abajo, ya no me avergonzaba, le lanzaba miradas malvadas y provocadoras, pero entonces, justo antes de que yo estallara, ella siempre se ponía de pie y abandonaba el despacho. Yo me la quedaba mirando mientras se iba, miraba rabioso la puerta veteada en marrón, cerraba los puños y rechinaba con los dientes: «¡No huyas, cobarde, esto es lo que has hecho de mí, tú, tan eficiente que eres!».
Finalmente me volvía a sentar frente a mi escritorio, daba largos tragos a la botella y me entraba el cansancio y el sopor.
Por cierto, aunque acabo de decir que hacía más o menos mi trabajo, como una vieja rutina, no es del todo correcto: uno no debería ser tan modesto, no se debe colocar una luz bajo el almud. El alcohol hizo que en esa época perdiera mucho de mi contención a la hora de actuar como jefe, charlaba con los parroquianos mucho mejor que antes, nos dábamos palmadas en el hombro, nos contábamos chistes, procurábamos que Magda no estuviera cerca, y de esa forma conseguí algunos acuerdos inusualmente beneficiosos. Ahora hacía con mucho gusto lo que antes no había hecho nunca y para lo que me había mostrado demasiado educado y considerado para con mi empresa: me iba con los campesinos a una pequeña tasca y allí hablábamos de todo, bebíamos y muchas cosas más sobre una mesa de madera de tilo llena de muescas y donde nuestros chupitos dejaban círculos de humedad, y entonces yo compraba la mercancía a los campesinos, a menudo muy borrachos, a los precios más favorables. Cuando después volvía a la oficina y le entregaba esos acuerdos a Hinzpeter para que los contabilizara veía sin duda las miradas que el seco contable intercambiaba con mi mujer, pero yo solo me reía de ello.
Sin embargo, una mañana que alcancé un acuerdo como esos, enjabonando bien al capataz de una gran finca y acordando la compra de todo un vagón de guisantes a la mitad del precio usual en el mercado, es decir, la mañana tras esa beneficiosa compra, oí una conversación agitada en el patio de la empresa y cuando me acerqué a la ventana vi al ahora muy desengañado capataz que intentaba convencer de algo a mi mujer y a Hinzpeter de manera enfática. Observé complacido a través del cristal un buen rato al furioso hombre y pensé para mí mismo: sí, habla ahora y desilusiónate todo lo que quieras. ¡No puedes anular el contrato que firmaste ayer por la noche!
Ahora hablaba Magda y el capataz afirmaba y negaba con la cabeza y golpeaba el suelo con el pie, hasta que de repente miró hacia donde estaba yo y me descubrió tras el cristal y el hombre, es toda la verdad, alzó el brazo y agitó el puño contra mí, frente a los ojos de mi mujer y de Hinzpeter, e incluso me gritó un insulto, que no era otro que: «¡Viejo estafador!». Esperé y esperé a que Magda despachara en el patio a ese descarado, pero ella no dejaba de hablar con él y después de un rato el capataz volvió a bajar el puño y siguieron negociando. Me asqueó la apatía de mi mujer y tras un rato, mientras ellos seguían negociando, me senté ante mi escritorio, abrí el cajón en cuestión y me tomé un reconstituyente. De nuevo pasó el tiempo, mientras yo estaba sentado y pensaba en las musarañas, hasta que se abrió la puerta y Magda entró toda pálida. Llevaba una carpeta en la mano. La dejó sobre la mesa y empezó a hojear los papeles, por lo demás reinaba un silencio total en la oficina, y el alcohol entraba suavemente en todo mi interior y me procuraba paz y satisfacción.
Sin embargo, Magda dejó caer de repente los papeles, soltó la cabeza sobre el escritorio y empezó a llorar furiosa y desconsoladamente. Yo estaba indefenso, no sabía qué hacer, y en ese agradable estado estaba demasiado cómodo para hacer algo. Así que me limité a decir algo lánguido:
—Pero ¿qué es lo que pasa? ¡Tranquilízate, Magda, seguro que no es tan grave como lo pintas!
Sin embargo, ella alzó la cabeza y se me quedó mirando con los ojos anegados en lágrimas para decirme:
—¡Es mucho peor que eso! ¡Es cien veces peor que eso! No es suficiente con que cada día te emborraches, sino que además quieres desacreditar nuestro negocio. Por todas partes cuenta la gente que actuamos de forma poco seria y que nos dedicamos a engañar…
—Detente, quieta ahí, Magda —le dije con lentitud y de repente me iba muy bien que finalmente debatiéramos nosotros dos y estaba firmemente decidido a no ahorrarme nada de lo que le quería decir…—. Detente, quieta ahí, Magda —le dije—. ¡Vayamos por partes! En lo que se refiere a que todos los días supuestamente estoy borracho como una cuba, querría preguntarte si en alguna ocasión me has visto tambalearme o balbucear. Admito sin más que de vez en cuando me tomo una copa, pero también lo sé llevar. Me aclara la mente. El alcohol es perjudicial cuando uno no lo sabe llevar, pero no es mi caso. Mira —le dije pausadamente y volví a abrir el conocido cajón del escritorio—, aquí tenemos una botella de coñac, a las nueve de la mañana aún estaba llena y ahora falta cerca de un tercio, digamos que más de un tercio. ¿Balbuceo acaso? ¿No soy dueño de mis miembros? ¿No tengo la cabeza clara? ¡Estoy diez veces más lúcido que tú! Yo no permitiría que un cabrón cualquiera acuse a mi mujer de ser una estafadora, ¡a un tipo así le daría en todos los morros! —le grité de repente. Y proseguí más calmado:
—Tú, sin embargo, negocias con él y le apaciguas y si os conozco bien a ti y a esa gallina miedosa de Hinzpeter, seguramente habéis anulado ese buen acuerdo por los guisantes o habéis aumentado el precio…
La miré todo irónico.
—¡Pues claro que lo hemos hecho! —dijo ella y ahora había dejado de derramar lágrimas y su mirada no era ni de amor ni de afecto—. Pues claro que lo hemos hecho. Hemos anulado el acuerdo, aunque hemos perdido a ese buen cliente para siempre.
—Vaya —contesté yo aún más irónicamente—. Habéis anulado el acuerdo. ¡Se ve que yo aquí soy el último comparsa y todo aquello donde pongo mi nombre es papel mojado! Sin embargo, quiero decirte algo, Magda: si el capataz Schmidt de Fliederhof no cumple con el acuerdo hasta el último quintal, lo denunciaré y se me hará justicia. Pues un acuerdo es un acuerdo, eso te lo puede decir ahora mismo cualquier abogado y si él ha aceptado mi oferta a la baja es su culpa, no la mía. Yo no le emborraché, sino que él quiso emborracharme a mí y si ha caído en su trampa no es culpa mía. Y, Magda —le dije y me alcé de la silla—, quiero decirte además que aquí soy yo el que manda, yo solo y, si hay que anular algún acuerdo, se me preguntará a mí y a nadie más. Ya no puedo tolerar que tú te atribuyas estas responsabilidades y que quieras pasar por encima de mí y además digas que estoy borracho como una cuba, cuando estoy más sobrio que una anguila en el agua y soy diez veces más inteligente y trabajador que tú. Aquí yo soy el jefe y a mí no me vas a suplantar. Vuelve a tus cazos de cocina, ahí no me meto yo. Yo no te he pedido que vengas aquí, pero ahora te ruego que te vayas.
Había hablado de forma muy seria y calculada y mientras yo hablaba cada vez estaba más seguro de que yo tenía razón en todo y ella no tenía razón en nada. Así que me volví a sentar.
Magda me había estado observando con mucha atención mientras yo le hablaba, igual que si quisiera leer cada una de mis palabras de mi boca. Ahora que yo había terminado asintió y me dijo:
—Veo que ya no se puede hablar contigo, Erwin. Has perdido todo sentido de lo que es justo y lo que no. El conde le ha dicho a su capataz que perderá su trabajo si este acuerdo firmado bajo los efectos de la embriaguez no se anula ahora mismo, y además que a ti deben denunciarte por estafa…
—¡Que lo haga! —exclamé yo todo irónico—. A ti naturalmente te impone ese conde, simplemente porque te echa la bronca con su sangre azul, ¡pero a mí no me impresiona! —exclamé chasqueando los dedos—. ¡Que me denuncie, ya verá como le gano la jugada!
—Sí —volvió a decir Magda—, a ti te da completamente lo mismo si tu honroso nombre es arrastrado por el barro en los juzgados; ahora, por desgracia, lo he comprendido todo. Pero me rindo, ya no quiero hablarlo contigo, el aguardiente ha destruido todo sentido de justicia en ti. Aunque quisiera preguntarte otra cosa, Erwin…
—Pregunta —le respondí malhumorado, aunque me mantuve en mis trece, ya que tenía el presentimiento de que no iba a decirme nada bonito—. Quien mucho pregunta, muchas explicaciones recibe.
—No necesito muchas explicaciones —volvió a decir Magda—, únicamente necesito que me respondas con un simple y claro sí o no. —Respiró hondo y me miró fijamente. Entonces dijo—: ¿Sigues siendo un hombre de palabra, Erwin? Me refiero, ¿vas a cumplir lo que me prometiste en su momento?
—Naturalmente que lo haré —le dije de mal talante—. Yo, por ejemplo, respetaría un acuerdo, aunque al aceptarlo estuviera sobrio o borracho. —Ella no hizo caso de mi mofa.
—Cuando te fuiste de viaje a Hamburgo me prometiste solemnemente que a la vuelta visitarías conmigo al médico. ¿Quieres cumplir con tu palabra e ir conmigo esta tarde a ver al doctor Mansfeld?
—¡Espera un momento! —le dije alterado—. ¡Ya estás dándole la vuelta a las cosas, Magda! Yo nunca te he prometido ir bajo cualquier circunstancia al médico a mi vuelta de mi viaje a Hamburgo, yo solo dije que lo haría si volvía enfermo. Pero volví completamente sano.
—Sí, tan sano —dijo amargamente Magda— que la noche después de tu llegada vaciaste todas las botellas de la despensa. Y desde entonces no has estado ni un minuto sobrio. Pero ya veo que no vas a respetar tu palabra.
—Yo respeto mi palabra, pero en este caso nunca te prometí nada, no como tú pretendes.
—Pero Erwin —volvió a decir Magda, esta vez tierna—, ¿por qué te da tanto repelús someterte a un examen médico? Si las cosas son como tú dices y el médico lo corrobora, entonces todo está bien… Pero si no es así…
—Entonces, ¿cómo son las cosas? —pregunté irónico.
—… entonces tendremos que hacer algo por tu salud. Porque estás enfermo, Erwin, estás mucho más enfermo de lo que piensas…
—Ay —exclamé aburrido— déjalo estar ya. Así no conseguirás nada. Me hablas con ternura, pero en tus ojos veo que tienes malas intenciones. Pero no permitiré que mi mujer me dé órdenes, aunque sea todo lo eficiente que quieras.
—Yo no quiero imponerte nada…
—Por favor: primero revocas los contratos que acuerdo yo, después debo visitar al médico porque te imaginas insensateces y finalmente aquí quieres ocupar mi puesto de jefe, ¿qué si no? ¿No es verdad que ya hace tiempo que te has acomodado en mi sillón estando yo ausente?
—En fin —dijo ella, y ahora sí que sus ojos eran como llamas de maldad y en su voz no quedaba ni rastro de ternura—. No quieres. No quieres más que beber y hacer daño. Aunque no permitiré que me arruines a mí y a la empresa. Arruínate tú solo, todo lo que quieras. Pero entonces tendré que adoptar otras medidas.
—Ya voy entendiendo, ya voy entendiendo —dije yo irónico—. Ya verás cómo eso supone tu ruina. ¿Tendrías en todo caso la amabilidad de decirme qué medidas vas a adoptar?
Mi ironía la sacó de sus casillas.
—Pues claro que te lo voy a decir —gritó montada en cólera—, en primer lugar me voy a divorciar de ti…
—¡Mira tú, mira! —Reí yo—. ¡Así que te vas a divorciar de mí! No sabía que ya te había dado un motivo para el divorcio. Pero lo que no es puede llegar a serlo. ¿Y qué más pretendes hacer?
Pero no quiso decirme más.
—Ya lo verás —contestó y se sentó a su escritorio y empezó a mirar sus papeles.
—Puedo esperar —le respondí yo.
Agarré la botella de coñac y la puse en mi cartera junto con el desayuno todavía intacto.
—Pero que tengas claro que según la ley todo me pertenece a mí, ya que tú no has aportado nada al matrimonio: ¡la casa, los muebles y la empresa son míos!
Reí al ver su reacción colérica.
—Sí, infórmate en cualquier abogado, así te pensarás muy seriamente la idea de separarte. Y ahora —le dije y cogí mi sombrero del perchero— dejo por una vez la empresa en tus manos. Querida Magda, trabaja mucho, y consigue muchos contratos beneficiosos… ¿Y ahora qué? ¿Quieres darme un motivo para el divorcio?
Mi ironía le había sacado de sus casillas. Cogió lo primero que tenía a mano, el disolvente de tinta, y me lo arrojó. Conseguí evitarlo por los pelos. Me miraba blanca como la nieve y colérica. Decidí que era mejor no irritarla más, coloqué el disolvente en su lugar y abandoné el despacho y la empresa.