El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 57 de 64

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El bebedor

Capítulo 57

57

En mi relación con el médico se produjo un cambio cuando un día a una hora completamente inhabitual, es decir, a primera hora de la tarde, me fue a visitar a mi celda. Yo acababa de fumar, lo que está prohibido en las celdas de trabajo, aunque, a pesar de que el aire aún estaba lleno del humo del tabaco, no hizo ninguna observación al respecto, por muy severo que fuera en general con el cumplimiento de las ordenanzas de la casa. Ese día no vestía su bata de médico clara y tampoco iba acompañado de su eterna sombra, el supervisor. El doctor Stiebing observó un momento mi trabajo y entonces preguntó algo distraído:

—¿Qué, qué tal lleva lo de confeccionar cepillos, Sommer?

—Muy bien, señor médico jefe —le respondí yo—. Creo que el inspector de trabajo está contento conmigo.

Afirmó con la cabeza, de nuevo bien disperso, pues mi destreza con el trabajo parecía no interesarle más. Sacó de su bolsillo una pitillera de plata e hizo algo que me sorprendió completamente, que casi me hizo caer de espaldas: me la ofreció.

—¡Por favor, señor Sommer!

Lo miré incrédulo, su rostro mostraba una sonrisa amable y ligera cuando me dijo:

—Puede usted coger tranquilamente uno, Sommer, si es su médico el que se lo ofrece.

Incluso me ofreció fuego y entonces se quedó un rato fumando callado bajo la alta ventana de la celda. Entonces dijo:

—Ayer mantuve una buena conversación con su mujer sobre usted, señor Sommer. Le rogué que pasara a verme y ayer lo hizo.

No le respondí, solo lo miraba, mi corazón latía con fuerza. Que ese hombre hubiera estado ayer junto a Magda, me tocó, me conmovió mucho. No podía articular palabra, creo que todo mi cuerpo temblaba.

—Sí —dijo el médico reflexionando—. Le rogué a su mujer que me lo contara todo en su conjunto, desde el principio de su matrimonio hasta esa fatal noche. Un psiquiatra puede sacar muchas cosas de las palabras de los familiares, que ellos mismos no pueden ni intuir.

Una ola de airada indignación quería alzarse de nuevo dentro de mí. Así que también has querido engañar a Magda y seguramente lo has conseguido, pensé yo. ¡Magda es tan inocente, ella no tiene ni idea de la clase de hombre que eres tú! Aunque esa ola disminuyó de nuevo. Él añadió:

—No tengo en absoluto una impresión desfavorable después del informe de su mujer. Opino que es posible que lo logremos con usted, Sommer. Tiene usted una mujer muy valiente y eficiente…

De nuevo apareció en mí un sentimiento defensivo: hubiera preferido que el médico jefe no hubiera utilizado justamente la palabra «eficiente» en relación con Magda.

—Sí, Sommer, naturalmente hoy mismo no le puedo decir nada definitivo; quisiera tenerle aquí unas cuantas semanas más en observación. Pero si usted se sigue comportando con tranquilidad y trabajando como hasta la fecha y si no se produce nada extraordinario…

—¡No se producirá nada extraordinario, señor médico jefe! —le dije yo excitado —. Quiero seguir viviendo aquí completamente tranquilo y laborioso…

El médico sonrió de nuevo, incluso en ese momento en el que él era muy bondadoso conmigo, prefería que no sonriera con esa superioridad.

—Bueno —opinó él—, ¡aquí le mantenemos también alejado de todas las tentaciones, Sommer! Que usted sepa defenderse de ellas aquí no significa mucho. Debe estar usted seguro de que también podrá hacer frente a esas tentaciones en el exterior, especialmente a la del alcohol…

—Nunca más volveré a tomar alcohol —le aseguré—. Hace tiempo que me lo he propuesto. Ni siquiera un vaso de cerveza. Viviré en completa abstinencia, me comprometo, señor médico jefe.

—Bah, Sommer —dijo él sombrío—, ¡mejor que no me prometa nada! ¿Usted sabe las promesas que tengo que oír cuando la gente lo que quiere es irse de esta casa? Y solo llevan tres meses fuera, un mes, y ya se han olvidado de las promesas, y uno vuelve a robar y el otro vuelve a beber. No, no doy nada por las promesas, ya he caído en la trampa muchas veces.

—Pero yo he cambiado —dije y por primera vez podía hablar libremente con el médico—. Antes nunca hubiera creído que me podría pasar esto. Pensaba que me lo podía permitir todo y Magda también me acostumbró. Pero ahora he podido ver en qué ha acabado mi afición al alcohol y ello será una enseñanza para el resto de mis días. Si caigo en la tentación de pensar en las semanas y meses que he pasado en esta casa…

Me estremecí. El médico jefe me observó atentamente.

—Ahora ha sido sincero, Sommer —dijo entonces—. Si esta experiencia ha supuesto tal conmoción para usted que le ha apartado completamente del alcohol entonces habrá que arriesgarse. Aunque usted también tiene que arreglar en su interior la relación con su mujer. Es usted un hombre con una enfermedad muy leve, señor Sommer, pero debo decirle muy abiertamente que en su matrimonio su mujer es la que lleva las riendas y es superior. Ha sido su buen espíritu; en cuanto se separó usted de su mujer, usted mismo se vino abajo. Hágase usted a la idea de que su mujer solo quiere lo mejor para usted, subordínese usted un poco a ella… Ello no tiene nada despreciable en sí, no va a ser usted un calzonazos. Está bien cuando el más débil se deja proteger y guiar por el más fuerte…

Así me siguió hablando el médico jefe durante un buen rato. No fue fácil para mí ni mucho menos escucharlo sin contradecirle en nada. Pues tampoco era tal como él lo describía. Seguro que Magda era eficiente, pero yo solo había sabido llevar el negocio desde que teníamos la casa, muy bien y sin su ayuda. Seguro que en los últimos tiempos no había ido tan bien como antes, tenía otros motivos, se debía a unas cuantas casualidades desgraciadas, no era debido a mi labor de dirección. Pero en todo caso, si gracias a ello podía salir de esta maldita casa, estaba dispuesto a aceptarlo. Si Magda quería dirigirlo todo, no iba a ser yo quien se lo impidiera. Así que callé y también me hermanó con mi nueva actitud hacia Magda el pensamiento de que le hubiera hablado tan bien al médico de mí. ¡Así que aún me seguía queriendo!

—Así que —dijo finalmente el médico—, no le he podido prometer nada aún, es algo que no puedo hacer. Digamos que en tres o cuatro semanas elaboraré mi informe, entonces el juzgado pondrá fecha a la vista, usted recibirá una pequeña condena, quizá de cuatro semanas, quizá de catorce días…

—¿Tan poco? —le pregunté muy sorprendido.

—Bueno, pregúntele mejor a un jurista, no quiero darle falsas esperanzas, solo soy médico. Y cuando haya recobrado usted la libertad…

—¡Pensaré siempre en esta casa, señor médico jefe, se lo prometo! —dije yo para finalizar.