El bebedor
Capítulo 3
3
Solo cuando se iniciaron nuestras peleas percibí cómo con los años Magda y yo nos habíamos vuelto unos extraños, ya que ella se ocupaba de la casa y yo llevaba los negocios. Las primeras veces noté algo de vergüenza por nuestro distanciamiento y cuando percibía que había herido a Magda, que ella incluso discutía con los ojos llorosos, me hacía casi tanto daño como a ella misma, así que prometí mejorar. Pero el ser humano se acostumbra a todo y me temo que a lo que más rápido se acostumbra uno es a vivir en un estado de humillación. Llegó el día en el que cuando veía los ojos llorosos de Magda ya no me prometía mejorar, sino que me decía con sorpresa aterradora, mezclada con cierta complacencia: «¡Esta vez sí que te he dado una lección! ¡Siempre ganas tú con tu lengua viperina, pero ahora no me ganarás la partida!». Encontraba terrible que sintiera eso, pero al mismo tiempo sentía que era lo correcto, me complacía ese sentimiento, por muy paradójico que pueda parecer. Desde entonces ya solo se trataba de dar un pequeño paso para que la hiriera conscientemente.
En ese momento ciertamente crítico de nuestra relación, la administración penitenciaria licitó de nuevo, como cada tres años, los suministros de alimentos. En la localidad donde vivimos, y no precisamente para alegría de sus habitantes, está radicada la cárcel central de la provincia, que tras sus muros aloja una población constante de unos mil quinientos presos. Hacía nueve años que nos concedían ese suministro, pues en su momento Magda hizo todo lo posible por conseguirlo. En las siguientes licitaciones solo se trataba de hacerle una breve visita de cortesía al inspector de la administración que tomaba las decisiones y el pedido adicional nos caía sin más. Yo veía este suministro como una parte natural de mi negocio, así que en ese momento no le presté más atención: hice transcribir el antiguo pedido, que mantenía los mismos precios desde hacía nueve años, y le di su curso. También pensé en visitar al inspector superior que tomaba las decisiones, pero como ya estaba todo encarrilado, no quise presentarme ante él con premura, pues sabía que el hombre estaba sobrecargado de trabajo. Resumiendo, tenía por lo menos diez buenas razones para postergar la visita.
Más adelante, cuando en un escrito de la administración de la cárcel me informaron con unas pocas palabras secas, de que mi oferta había sido rechazada y que habían concedido el suministro a otra empresa, fue como si me alcanzara de repente un rayo. ¡Mi primer pensamiento fue que sobre todo Magda no se enterara de ello! Entonces cogí mi sombrero y me fui, corriendo para ver al inspector superior, para hacer esa visita que hacía tres semanas hubiera tenido mucho más sentido. Fui recibido educada, pero fríamente. El inspector superior sentía que la vieja relación de negocios se hubiera interrumpido. Sin embargo, no había podido actuar de otra manera, pues una parte de los precios que le había facilitado yo habían caducado hacía tiempo y, o bien se habían reducido, o bien habían aumentado. En general, quizá todo se compensaba y debía disculparle su franqueza, pero mi oferta había causado simplemente una mala impresión a los señores correspondientes, pues parecía que a mi empresa le daba completamente igual si conseguía la licitación o no. A continuación supe que una empresa muy joven, que buscaba el éxito por todos los medios, y que ya me había dado más de un disgusto, en este caso también había resultado vencedora en la competición. Finalmente el inspector superior expresó con toda amabilidad la esperanza de que en tres años pudieran volver de nuevo a colaborar con mi empresa y se despidió de mí.
Sabía que en la oficina de la cárcel no dejé que se notara nada de mi consternación, incluso de mi desesperación, por esa decisión; adulteré la información por una parte con cortesía y por otra preguntando con curiosidad por la identidad del feliz vencedor. Pero cuando me encontré de nuevo en el exterior frente a los pesados portalones de hierro de la cárcel, cuando pasaron velozmente el último pestillo tras de mí, a la clara luz del sol de ese maravilloso día de primavera yo tenía la pinta de alguien que ha despertado de un sueño pesado y aún no sabe si está realmente despierto o si aún suspira bajo la pesadilla del sueño. Yo aún suspiraba a causa de la pesadilla; no había servido de nada cruzar el portal de hierro hacia la libertad, pues era preso de mis preocupaciones y fracasos.
En ese momento se me hizo imposible ir a la ciudad y acudir a mi oficina, antes que nada debía sobreponerme para enfrentarme a Magda. Así que me fui lejos de la ciudad y de las personas, me fui a los campos y praderas, cada vez más lejos, como si pudiera huir de mí mismo y de mis preocupaciones. Aunque ese día no vi nada del fresco verde esmeralda de las jóvenes semillas, no oí la rápida alegría de los arroyos y el redoble de las alondras en el aire azul dorado: estaba inmensamente solo conmigo mismo y con mi percance. Mi corazón estaba tan impregnado de todo eso que ya no suponía un pequeño inconveniente para mi negocio que se pudiera lamentar simplemente encogiendo los hombros: el suministro de los alimentos para mil quinientas personas suponía en su modesta utilidad una parte tan importante de mis ingresos que no podía afrontar su pérdida sin realizar cambios drásticos en todo mi negocio. No podía pensar en sustituir esa pérdida, pues no es que abundaran posibilidades parecidas en nuestra ciudad de provincias. Un impulso externo hubiera podido aumentar el número de los negocios aislados en una docena, pero descartando completamente que estos pudieran arreglar ni de largo ese traspié, por lo que justamente entonces me sentí totalmente incapaz de juntar esas fuerzas externas. Por no sé qué motivo desde hacía ya casi un año me sentía fatigado. Cada vez me inclinaba más a dejar que las cosas siguieran su curso y a no alterarme en demasía. Necesitaba calma, el porqué lo desconozco. Quizá me había hecho viejo antes de tiempo. Tenía claro que debía despedir por lo menos a dos empleados, aunque eso tampoco me afectaba tanto, sabiendo incluso lo mucho que daría que hablar. En ese momento no me preocupaba el negocio, sino Magda. Una y otra vez se convertía en mi pensamiento central, en mi preocupación principal: ¡sobre todo que Magda no se enterara! Aunque yo me repetía que ante ella no podría esconder para siempre el despido de dos empleados y la pérdida de esa licitación. Pero me mentí a mí mismo y me dije que todo dependía de que no se enterara ya de ello y que en unas pocas semanas quizá yo podría encontrar una alternativa. Entonces, de repente, tuve un momento de lucidez. Me paré, le di con fuerza una patada a una piedra en el polvoriento camino y me dije: ya que Magda se va a enterar, es mejor que lo sepa gracias a mí y no a través de otro y aun es mejor que se entere hoy mismo que no sé cuándo. A medida que la posponga, más difícil me resultará la confesión. Al fin y al cabo no he cometido ningún delito, simplemente ha sido una negligencia. Volví a darle una patada a la piedra y pensé: simplemente le rogaré a Magda que vuelva a ayudarme con el negocio. Eso la reconciliará con mi fracaso y redundará en beneficio mío y del negocio. No estoy muy en forma y una ayuda me vendrá muy bien… Aunque esos momentos de claridad pasaban muy rápido. Siempre había dependido tanto del aprecio de las personas y sobre todo del de Magda. Yo siempre había vigilado escrupulosamente que se me respetara como jefe. Y ahora, justamente ahora, tampoco era capaz de renunciar lo más mínimo a ese honor y humillarme ante Magda. No, estaba decidido a dirigir yo mismo la situación, pasara lo que pasara. Tampoco quería que me ayudara una mujer, con la que casi cada día me peleaba. Ya podía preverse claramente, que esas disputas tendrían su continuación en la oficina: ella perseveraría en su opinión, yo le llevaría la contraria, ella me echaría en cara mis fracasos, ¡no, imposible!
De nuevo di una patada con el pie, aunque en esta ocasión al polvo del camino. Miré al frente. No tenía ni idea de adónde me habían llevado mis pies, tan imbuido había estado en mis preocupaciones. Me encontraba en un pueblo, no muy lejos de mi ciudad natal, un pueblo que debido a su encantador bosquecillo de abedules y un lago es el destino preferido de las excursiones primaverales de mis conciudadanos. Pero esa tarde de mediados de la semana no había aún ningún excursionista, somos demasiado trabajadores para ello. Me encontraba justamente frente al hostal y noté que estaba sediento. Entré en la taberna baja y ancha, aunque oscura. Siempre la había visto a rebosar de la gente de la ciudad, los vestidos primaverales y claros de las mujeres convertían el lugar en más alegre y, a pesar de su estrechez, le conferían algo de animación. Cuando los de la ciudad lo llenaban las ventanas permanecían abiertas, las mesas se cubrían con manteles de colores y por todas partes había jarrones altos con claros ramos de flor de abedul. Ahora la habitación estaba oscura, sobre las mesas había manteles de hule de un amarillo pardo, olía a ambiente sofocante, ya que las ventanas estaban cerradas a cal y canto. Detrás de la barra había una joven con el cabello despeinado y el delantal sucio, cuchicheaba con fruición con otro joven, que por su vestimenta salpicada de cal blanca debía de ser un albañil. Mi primer impulso fue el de largarme de allí, pero la sed que tenía y sobre todo la sensación de tener que volver a afrontar enseguida mis preocupaciones, hicieron que me acercara hasta la barra.
—Deme usted algo de beber, lo que sea que quite la sed —le dije.
Sin mirarme, la muchacha sirvió cerveza en un vaso y yo me fijé en cómo la espuma desbordaba el vaso. La joven cerró el grifo de cerveza, esperó un momento a que la espuma se hubiera aposentado y sirvió un poco más de cerveza. Entonces me acercó, de nuevo sin decir palabra, el vaso sobre la roma barra. Se dedicó de nuevo a cuchichear con el joven albañil, hasta entonces no me había dirigido ni una sola mirada.
Alcé el vaso hasta mi boca y me lo bebí lentamente, trago a trago, hasta dejarlo vacío. Era refrescante, burbujeante y algo amarga, y a medida que pasaba por mi boca parecía dejar en ella algo de la claridad y levedad que antes no tenía. Quise decirle que me pusiera otra, pero cambié de opinión. Vi que frente al joven había un vaso corto, transparente y pequeño, lo que nosotros llamamos una «Stange» y en el que generalmente se sirve aguardiente.
—Yo también quiero un chupito como ese —le dije de repente.
No sabría decir cómo a mí, que en toda mi vida no había bebido ni un aguardiente, cuyo solo olor me producía un rechazo profundo, me dio por pedir uno. Durante esos días estaban cambiando todas las costumbres de mi vida, estaba expuesto a extrañas influencias y no disponía de las fuerzas para hacerles frente.
Por primera vez la muchacha se fijó en mí. Lentamente alzó los párpados algo granulosos y me miró con ojos claros y despiertos:
—¿De aguardiente? —me preguntó.
—De aguardiente —le contesté.
La muchacha agarró una botella y yo pensé si en mi vida una mujer me había mirado de forma tan desvergonzada y consciente. Esa mirada parecía penetrar hasta los fundamentos de mi virilidad, como si quisiera experimentar hasta qué punto yo era un hombre; encontré en la mirada algo corporal, algo ofensivo de una manera dulcemente dolorosa, como si esa mirada me hubiera desnudado.
El vaso estaba lleno, me lo pasó por encima de la barra, los párpados habían vuelto a bajar, la muchacha volvía a hablar con el joven: yo ya había dicho la mía. Alcé el vaso, dudé y vertí el contenido con un gesto repentino en mi boca. La quemazón me quitó el aliento, entonces me atraganté, aunque obligué a que el líquido me bajara por la garganta. Noté cómo se deslizaba ardiente y acre y en mi estómago surgió una sensación repentina de calor, un calor agradable y sereno. Después tuve que sacudir todo mi cuerpo.
El albañil dijo a media voz:
—Quienes se sacuden así son los peores. —Y la muchacha se rio por lo bajo.
Puse una moneda sobre la barra y me fui de la taberna sin decir una palabra.
El día de primavera me recibió con el calor del sol y un viento ligero y sedoso, pero como un converso le di la espalda. Una claridad se emparamó desde la calidez del estómago hasta la cabeza, mi corazón latía libre y fuerte. Ahora veía el verde esmeralda de los jóvenes campos, ahora oía el redoble de las alondras sobre el azul. Mis preocupaciones se habían desprendido de mí. Me dije sereno que todo se solucionaría y cogí el camino de vuelta a casa. ¿Por qué jorobarse ya ahora con eso? Antes de llegar a la ciudad me metí en otras dos tabernas y en cada una de ella me tomé un chupito como ese, con el fin de repetir y reforzar ese efecto que se volatizaba tan rápidamente. Llegué a casa justo a la hora de la comida con un ligero, aunque no desagradable, aturdimiento.