El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 44 de 64

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El bebedor

Capítulo 44

44

Antes de que retorne finalmente a mis propias vivencias tengo que dedicarle espacio a un hombre, un personaje ambiguo, que estuvo con nosotros durante pocos días en la primera época de mi estancia aquí, y que después desapareció para siempre, una señal del gran y para mí tan extraño mundo. Ya el primer día oí en boca de un preso que este ya llevaba ocho semanas de estricto arresto por una pelea, a base de agua y pan racionado y bajo unas duras condiciones. Cuando imaginaba —me recorría un escalofrío cuando pensaba en la, según mi parecer, inaguantable duración del arresto en aislamiento— cómo sería ese hombre, yo veía un tipo como Liesmann, de unos treinta años, un tipo con un rostro brutal y afilado, que llevaba un parche negro en un ojo y que vivía en la galería mudo y oscuro. Todo el mundo se apartaba de su camino, incluso los más peleones no se atrevían a meterse con Liesmann, pues era conocido por liarse a golpes y no parar hasta que el otro estuviera completamente acabado a la mínima que le insinuaran una palabra ofensiva.

Y entonces apareció en nuestra galería ese hombre, Hans Hagen, un hombre guapo y exuberante, aún joven a sus treinta años, con la figura entrenada de un deportista, el cabello negrísimo, un poco ondulado y peinado hacia atrás y un rostro del color del marfil, con unas líneas limpias tan clásicas y una belleza tan sorprendente que espontáneamente —sobre todo en esta casa de monstruos— uno se moría de admiración. Había recibido del supervisor un traje completamente nuevo en lugar de los harapos que debían utilizar los demás y vestía el pantalón marrón de pana y la chaqueta del color del junco con tal elegancia como si el mejor de los sastres le hubiera hecho el traje a medida. Todos sus movimientos eran rápidos, precisos, bonitos. Su manera de hablar, con sus ojos oscuros resplandeciendo, transmitiendo a la palabra más insignificante encanto y gentileza, en ese ambiente miserable era simplemente encantador. ¿Cómo ha llegado este joven dios a un infierno como este?, me preguntaba yo. Y en voz alta:

—¿Una aparición?

—No —me respondían—. ¡Este es el preso que por culpa de una pelea se ha pasado ocho semanas en arresto!

No me lo podía creer, tampoco quería. Más tarde me iba a pasear a veces durante unos pocos minutos al pasillo de la galería o al césped con Hans Hagen y escuchaba su charla con un entusiasmo renovado, ya me contara sus travesuras de juventud en Rochester —se educó durante años en Inglaterra— o me hablara de sus audaces travesías en barco hasta Cabo Norte. Por lo que me contó, esta pasión por navegar terminó con él, cada vez se compraba yates más grandes y lujosos y parece ser que en la compra del último cometió un fraude con el seguro, lo que le llevó a tener problemas con la ley e ir a parar primero a la cárcel y después a esta triste casa. Como ya he dicho, esta es la versión que él me contó por encima y sin entrar en detalles. Tal como me enteré más tarde, con otros presos había sido más sincero y honesto. Era uno de los tres hijos de un comerciante de Rostock, dueño de una tienda de deportes excelente, un hombre acaudalado, que podía ofrecerles a sus hijos una buena educación. Sin embargo, con el más pequeño, justamente Hans, no había manera de que la historia terminara bien. Ya en sus tiempos de estudiante de bachillerato algunos sucesos en la ciudad hicieron necesario que saliera rápidamente de Alemania y viajara hasta Inglaterra. Allí parece que tampoco llevó una vida seria y dedicada al trabajo; me habló de sus salidas nocturnas desde Rochester a las afueras de Londres y, si estaba de buen humor, Hans Hagen me canturreaba con su bonita voz de tenor pequeñas canciones de negros que había aprendido allí en los bares y en las salas de baile. Naturalmente en inglés, aunque yo encontraba muy bonito cómo se esmeraba por entretenerme y animarme. Cuando finalmente pudo volver a Rostock oficialmente se dedicó a estudiar medicina, aunque en realidad descubrió su pasión por el mar y el navegar. Se compró su primer yate y dudo que fuera su padre quien financiara esa compra. Tampoco un negocio de artículos de deporte que funciona bien puede producir treinta mil marcos para un solo hijo, ya que el yate era simplemente el medio que justificaba el fin: Hans Hagen quería darse la buena vida en este yate, hacer largos y costosos viajes con sus amigas, salir cada noche de su puerto natal y no mirar nunca el dinero. Es entonces cuando descubrió qué fácil es para un hombre atractivo hacer negocios en la buena sociedad, aunque no disponga ni de un céntimo de capital. Se dedicó a hacer de corredor de fincas, procurar letras de cambio, hacía de intermediario en la venta de automóviles, cerraba seguros de vida y conseguía comisiones de aquí y de allá. Su cabeza brillante, inventiva y rápida como un rayo le permitía conseguir buenos negocios en cada ocasión y cerrarlos rápidamente. Sin pensarlo utilizaba su poder sobre las mujeres, tampoco hubo pocos hombres que no se pudieran resistir a su encanto. Sin embargo, a medida que aumentaban los abundantes ingresos también lo hacían sus necesidades y estas siempre iban un paso por delante, así que nunca tenía fondos. Aunque solo le quedaba una salida: y es que quería proseguir a cualquier precio con esta vida de placer, la única posible para él, y cada vez tuvo menos reparos a la hora de elegir los medios que podían proporcionarle dinero: se dedicó a robar coches en la calle, incluso se atrevía a meter la mano en los bolsos de las señoras que bailaban con él. Resumiendo, se convirtió en un estafador y un ladrón. El asunto no podía salir bien durante mucho tiempo. Un primer caso fue archivado, teniendo en cuenta que se trataba del hijo de un hombre reputado, el segundo le llevó a la cárcel y desde la cárcel a esta triste casa, en la que ya llevaba viviendo seis años.