El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 2 de 64

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El bebedor

Capítulo 2

2

Más adelante a menudo me he preguntado si esa noche estaba en realidad completamente borracho. Está claro que no lo estaba, sino tanto Magda como yo lo hubiéramos notado, pero esa noche tuve, a pesar de todo, la primera curda de mi vida. No es que me tambaleara y me cayera al suelo. Eso no podría haberlo provocado ese vaso y medio de vino tinto aguado en una persona tan sobria como yo, aunque el alcohol había transformado todo mi mundo. Me hizo creer que entre Magda y yo no se había producido ningún distanciamiento ni ninguna pelea, transformó mis preocupaciones laborales en éxitos, en tales éxitos que incluso estaba dispuesto a regalar cien marcos; seguro que no era una suma importante, pero en mi situación no era, al fin y al cabo, una suma a despreciar. Cuando a la mañana siguiente me desperté y mi memoria recorrió todos los hechos que habían sucedido, desde el felpudo olvidado hasta el billete de cien marcos que le regalé, tuve claro de qué forma había humillado a Magda. No solo la había engañado sobre mi situación laboral, sino que además había tapiado ese engaño regalándole dinero con el fin de que fuera más creíble, algo que en términos jurídicos se llamaría, sin duda alguna, «estafa». Aunque el aspecto jurídico era insignificante, lo importante era el humano, y el aspecto humano de ese asunto era simplemente terrible. Por primera vez en nuestro matrimonio había engañado a Magda conscientemente. ¿Y por qué? ¿Por qué demonios? Sin razón alguna, pues podría haberme callado todas esas cosas, sin ningún problema, como había hecho hasta la fecha. Nadie me forzó a hablar. ¿Nadie? Bueno sí, el alcohol me llevó a ello. Cuando lo reconocí por primera vez, cuando comprendí en todo su alcance qué farsante es el alcohol y cómo convierte a personas sinceras en farsantes, me juré no beber nunca más una gota de alcohol e incluso prescindir del vaso de cerveza que disfrutaba de vez en cuando.

Pero ¿qué son los propósitos, qué son los proyectos? Esa mañana del desengaño también me juré aprovechar por lo menos ese acercamiento que se había producido la noche anterior con Magda y no permitir que se produjera de nuevo un distanciamiento o incluso una pelea. Sin embargo, no tuvieron que pasar muchos días para que volviéramos a pelearnos. En realidad era algo completamente incomprensible: durante catorce años de matrimonio apenas habíamos tenido una pelea y ahora que cumplíamos quince no podíamos vivir sin pelearnos. En ocasiones incluso a mí me parecían cómicas las razones por las que nos peleábamos. Parecía que tuviéramos que pelearnos en determinados momentos, no importaba la causa. La pelea también parecía ser como un veneno, al que uno se acostumbra rápidamente y sin el que uno ya no puede vivir más. Al principio conservábamos miedosos las formas, intentábamos en la medida de lo posible ser imparciales en relación con el motivo de la pelea y evitar todo lo que pudiera perjudicar al otro. El hecho de que estuviera presente la joven Else también nos inhibía. Sabíamos que era curiosa y que informaba de todo lo que se enteraba. Por entonces para mí hubiera sido realmente terrible que cualquiera de la ciudad supiera de mis preocupaciones y de mis peleas. No mucho más tarde, claro está que lo que pensaran o hablaran las personas de mí me daba completamente igual y, lo que aún es peor, había perdido toda vergüenza.

Ya he dicho que Magda y yo nos acostumbramos a pelearnos prácticamente cada día. Naturalmente se trataba solo de lloriqueos, pequeños enfrentamientos por tonterías, hecho que aliviaba un poco las tensiones que surgían entre nosotros una y otra vez. También eso era en realidad un milagro, aunque no agradable: durante años Magda y yo habíamos disfrutado de un matrimonio bastante bueno. Nos habíamos casado por amor, por entonces ambos teníamos un empleo muy modesto, íbamos por ahí con nuestra pequeña maleta como vendedores. Ah, esos maravillosos tiempos llenos de privaciones de nuestros primeros años de matrimonio, ¡cuando pienso hoy en ellos! Magda era una verdadera artista con la economía doméstica, algunas semanas nos arreglábamos con diez marcos y nos parecía que vivíamos como príncipes. Entonces llegaron los tiempos temerarios, repletos de tensión, en los que yo me instalé por mi cuenta, pues con ayuda de Magda pude montar mi propio negocio. ¡Todo era gloria, oh Dios mío, qué bien nos iba todo entonces! Solo teníamos que proponernos algo, aplicar nuestro esfuerzo y nuestro celo a un proyecto, y ya se hacía realidad, florecía como una flor bien cuidada, nos daba sus frutos… Tuvimos prohibidos los niños, por mucho que los deseáramos. Magda abortó en una ocasión, así que desde entonces perdimos todas las esperanzas en tener niños. Pero no por ello nos queríamos menos, durante muchos años de nuestro matrimonio nos quisimos como el primer día, nunca he deseado a otra mujer que no fuera Magda. Me hizo completamente feliz y a ella le pasaba lo mismo conmigo.

Cuando el negocio empezó a funcionar, cuando llegó a prosperar tanto que cubrió toda nuestra ciudad y nuestra provincia, una progresión que si iba a más solo podía consolidarse cambiando completamente nuestras condiciones de vida y obligándonos a mudarnos de nuestra ciudad natal, cuando la explosión de interés inicial empezó a relajarse, la reemplazamos con la compra de un terreno en las afueras de la ciudad, la construcción de nuestra villa, el diseño de nuestro jardín, el mobiliario, todo aquello que nos acompañaría el resto de nuestras vidas, todas esas cosas que nos unirían estrechamente y que no dejaban aflorar el enfriamiento que se había producido en nuestra relación matrimonial. Si ya no nos queríamos como antes, si ya no nos deseábamos tan a menudo y con tanto ardor, nosotros no lo veíamos como una pérdida, sino como algo completamente natural: poco a poco nos habíamos convertido en un viejo matrimonio, lo que nos ocurría les pasaba a todos, era algo normal. Y, tal como ya he dicho, el compañerismo a la hora de planificar, construir y decorar sustituía completamente lo perdido, una pareja que se quería se había convertido en un par de camaradas, no nos faltaba nada.

Por esa época, Magda ya había cesado la ayuda tan activa que había prestado en mi negocio, un paso que por entonces se nos antojó natural. Ahora tenía muchas más cosas de las que ocuparse en casa; también el jardín y algunas aves de corral requerían cuidados, y además el alcance del negocio exigía sin más emplear a una persona. Más tarde se demostró cuán fatal fue el hecho de que Magda se desligara de mi negocio. No solo que de esa manera ambos perdimos buena parte de nuestros intereses comunes, sino que se demostró que su ayuda era insustituible. Era mucho más activa que yo, tenía más ilusión por el negocio y además era mucho más hábil en el trato con la gente y sabía llevarla a donde ella quería de una forma simple y divertida. En nuestra unión, yo había sido el elemento más precavido, en cierta manera el freno que guiaba y aseguraba un viaje demasiado arriesgado. En el transcurrir de los asuntos comerciales yo mismo tenía inclinación por contenerme el máximo posible, a no presionar a nadie y nunca rogar por nada. Así que tras el abandono de Magda era inevitable que los negocios se desarrollaran al mismo ritmo, que no se produjera apenas nada nuevo y que entonces, gradualmente, muy poco a poco, año tras año, se redujera su alcance. De todo esto me di cuenta, claro está, mucho más tarde, demasiado tarde, cuando ya no había nada que hacer. Entonces, cuando Magda lo dejó, yo más bien estaba aliviado: un hombre, que lleva su empresa solo, disfruta de más reconocimiento entre la gente que cuando la mujer se le puede entrometer en todo.