El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 29 de 64

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El bebedor

Capítulo 29

29

Así que me ofrecí voluntariamente para trabajar. El sargento de policía Splittstößer me entregó una chaqueta azul completamente nueva de uniforme y me condujeron junto con otros diez o doce al patio de la cárcel rodeado de altos muros, donde había pilones de leña. También antes habíamos tenido que llevar la madera para nuestra calefacción central, que habíamos comprado en brazadas al guardabosques, hasta la cárcel para cortarla. Yo nunca me había parado a pensar quién cortaba la leña y la desbastaba. Ahora me pasaba ocho horas al día junto a la sierra, frente a mí un ladrón reincidente, de apellido Mordhorst; juntos pasábamos durante ocho horas la sierra por la madera de pino, haya y roble. Un guardia se paseaba por el patio de arriba abajo y vigilaba que no habláramos demasiado y trabajáramos demasiado poco, pero ahora era yo quien cortaba la leña para los ciudadanos de mi ciudad natal y ahora sería el comerciante Hölscher, para el que trabajábamos, quien se pararía a pensar que Sommer, su cliente de hacía años, estaba realizando ese trabajo para él. Al principio me molestaba mucho que el patio estuviera cerrado por su cuarto lado por el edificio de la Audiencia Provincial, había muchas ventanas que miraban hacia mí y mis brazos que serraban embutidos en el uniforme carcelario azul, pero en pocos días me habitué y apenas volvía la cabeza cuando Mordhorst murmuraba:

—El fiscal está de nuevo junto a la ventana y quiere ver si nos estamos ganando las lentejas. Sierra más lentamente, colega. Cuando está ojo avizor prefiero no trabajar.

Mordhorst era un hombre pequeño y nervudo con un rostro amargado y arrugado y el cabello gris pimienta. Había pasado más de la mitad de su vida en presidios y cárceles. Para él era tan natural que no hablaba de ello. No se arrepentía de nada, ni anhelaba una vida diferente. Nunca hablaba de sus delitos, igual que un maestro artesano tampoco habla de su profesión. Para él robar un piso era como para un sastre coser un pantalón. Solo por otros presos supe que Mordhorst era un hombre famoso en el así denominado mundo criminal, era capaz de abrir la caja fuerte más moderna y era conocido porque siempre trabajaba sin «colegas», sin ayuda. Era un solitario, un enemigo típico de la sociedad. A él solo le daba rabia haber ido a parar a este «asqueroso agujero», tal como denominaba mi ciudad natal, simplemente por la «mala suerte». Estaba viajando a Hamburgo, donde quería dar un golpe grande, y pasó un día aquí y de noche, borracho y sin nada que fumar en el bolsillo, se le ocurrió reventar el estanco de nuestra plaza del mercado. Y entonces lo cogieron.

—Date cuenta, chaval —se alteraba Mordhorst—. Llevaba tres billetes de cien marcos en el bolsillo, así que en el hostal podría haberme comprado todos los cigarrillos que hubiera querido. ¡Simplemente por burro! Y ahora por la mierda esa me van a endosar cinco años de trullo. ¡Si lo pienso soy capaz de salir volando!

A mí me daba completamente igual si a Mordhorst le caían cinco años de presidio por dar un golpe grande reventando una caja fuerte o por haber robado tabaco en un estanco, en todo caso no se libraba de esos cinco años. Sin embargo, me cuidaba muy bien de decirlo en voz alta, pues Mordhorst también era un hombre impetuoso e irascible, que al principio me acosaba violentamente con ataques de ira cuando, siendo un principiante sin experiencia, aplicaba tan mal la sierra que se trababa. En una ocasión, incluso quiso atizarme con un leño en la cabeza y solo la intervención del guardián me salvó de la agresión.

Aunque pasados cinco minutos, Mordhorst volvía a comportarse con normalidad y sensatez, creo que tantos años de cárcel le habían transformado en un tipo sin escrúpulos y salvaje. Seguro que un gusano le corroía el cerebro; quien se ha pasado años y años recorriendo una celda, esperando siempre el día de la excarcelación, el día que llegue la libertad, y quien en su más profundo interior sabe que incluso la estancia más larga en libertad es únicamente una función extra que se alargará como máximo unos meses, y a la que le seguirán de nuevo años y años de la espera más dura, no puede seguir siendo una persona normal.

Yo mismo he aprendido mucho de Mordhorst. Lo sabía todo sobre juzgados, cárceles y presidios. Era sorprendente, cómo ese hombre pequeño y silencioso, que parecía no relacionarse con nadie, sabía tanto sobre tantas cosas. Sabía qué carne nos darían de comer el domingo y qué había comido el hombre que acababa de entrar en la celda 21. Conocía el estado familiar, el sueldo y las preocupaciones de cada uno de los guardianes. Era capaz de prender un cigarrillo con un botón de pantalón, un hilo y una piedra. Siempre tenía para fumar y siempre algo extra para comer, aun cuando nadie entregara paquetes de comida para él. Siempre llevaba dinero en el bolsillo, lo que estaba estrictamente prohibido, tenía un cuchillo (también prohibido) y sabía la forma de sacar de contrabando cartas de la cárcel sin que pasaran por la censura del fiscal. También se conocía todos los caminos subterráneos, que con el tiempo se abren en toda sociedad humana, aunque sea vigilada estrechamente. Para él yo siempre fui un principiante, un verdadero lactante, me regalaba un poco de su experiencia vital, aunque nunca se entusiasmaba hasta el punto de hacerme una confesión. Sin embargo, yo veía que con otros presidiarios se relacionaba de otra forma. Los viejos colegas de la trena se entienden solo con una mirada y el guiño de un ojo. Van uno detrás del otro, apenas han movido los labios y ya se han pasado algo de una mano a otra. Los guardianes le dejaban mucha más libertad a Mordhorst que, por ejemplo, a mí. Le guiñaban un ojo y le permitían muchas cosas. Quizá algunos de ellos le tenían miedo, porque sabía tantas cosas, pero yo pienso más bien que temían las molestias que suponía estar ligado a un hombre tan peligroso. Cuando llevaba cinco minutos sin hacer nada junto a la sierra yo le susurraba:

—¡Tú, Mordhorst, sigue serrando! El guardián no deja de mirarnos.

Pero él no hacía ni caso.

Y entonces el guardián se acercaba y decía:

—¡Bien, Mordhorst! ¡Ya has hecho el vago durante demasiado rato, ponte a trabajar!

Y él respondía impetuoso:

—¿No trabajo ya como un negro por treinta céntimos al día?

(Nos daban treinta céntimos al día como «salario», que se iban acumulando hasta el día de nuestra excarcelación).

—¿Quieres que me deje la piel trabajando como un negro para esos arribistas?

Y miraba enojado hacia las ventanas de la Audiencia. El agente reía la mayoría de las veces y decía:

—¡Ya estás de nuevo de mal humor, Mordhorst! El fiscal no engordará ni adelgazará por tu trabajo con la sierra…

Sin embargo, Mordhorst gruñía:

—Uno sabe lo que sabe. —Y cogía la hoja de la sierra que yo le había sostenido y seguíamos serrando, corte a corte, leño a leño, hora a hora.

En el fondo, las horas que pasábamos allí en el patio de la madera estaban bien, hoy no las recuerdo con desagrado, por muy interminables y pesadas que me parecieran entonces. Tras el inevitable dolor en los miembros que me supuso un trabajo al que no estaba habituado, mi cuerpo se acostumbró rápidamente al trabajo con la sierra y el trabajo me ayudó a sobrellevar más fácilmente las apariciones que me sobrevenían con la abstinencia. La primavera avanzaba lentamente hacia el verano, en el patio había frutales altos, perales y manzanos, bajo cuya sombra le dábamos la espalda a la hoja de la sierra cuando el sol quemaba demasiado; las sierras crujían y gritaban en ocasiones, cuando una astilla chocaba contra la hoja, el golpeo de los leñadores nos llegaba monótono; al otro lado del muro, invisibles, los niños hacían ruido en la calle con sus juegos. Primero nos quitábamos la chaqueta y después los chalecos; algunos trabajaban también con el torso completamente desnudo, a lo que yo nunca me decidí; las horas iban fluyendo, la vida se deslizaba, yo vivía con una sensación —engañosa— de seguridad y regularidad. Habían pasado los tiempos del desorden y el peligro y me resultaba muy sencillo imaginarme esta vida también fuera, una vida tranquila, pacífica, casi exenta de futuro. Mordhorst y yo conversábamos en voz baja de lo que habría para cenar esa noche y qué tal había estado el almuerzo de ese mediodía: en nuestras conversaciones, la comida tenía un papel principal y, como Mordhorst, yo tampoco recibía paquetes de comida desde el exterior y dependía mucho más que él del rancho de la cárcel. Sin duda, en ese aspecto era mucho mejor camarada que Düstermann, el bien provisto, casi cada día me traía algo, una pequeñez que allá fuera no hubiera tenido ninguna importancia, una cebolla por ejemplo, que hacía trozos con una cuchara y me ponía sobre el pan, o un cigarrillo y una cerilla; entonces, de noche, cuando nos retirábamos y todo estaba tranquilo, me fumaba mi pitillo en paz. Sí, en la cárcel había empezado a fumar, lo que enfadó mucho a Düstermann, que siempre invadía el aire con el humo espeso de sus cigarros y consideraba que fumar cigarrillos era de afeminados. Yo le deja hablar tranquilamente, por entonces ya me daba igual lo que dijera.

Sí, Mordhorst, a pesar de ser un enemigo declarado de la humanidad, me ayudó mucho, también fue un consejero excelente en «mi asunto», mejor que el abogado que vino a visitarme. Desgraciadamente, durante la primera declaración frente al juez instructor no contaba con el consejo de Mordhorst y yo cometí un fallo muy grave, tal como advertí más adelante.