El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 28 de 64

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El bebedor

Capítulo 28

28

Durante mi vida como hombre de negocios en alguna ocasión había tenido que hacer gestiones en los juzgados, así que conocía las dependencias con bastante exactitud. Pero allí donde me conducía ahora el agente Schulze nunca había estado. Atravesamos todo el edificio del juzgado (forma un conjunto con el edificio de la Audiencia Provincial) hasta llegar a un patio interior bastante estrecho, que estaba cerrado a un lado por un alto muro de piedra, mientras que por los restantes tres lados estaba cercado por edificios altos; el edificio en que estábamos entrando solo tenía de arriba abajo pequeñas ventanas casi cuadradas, todas protegidas con fuertes rejas. Allá arriba es donde voy a vivir, casi durante semanas y semanas, pensé yo y me entró el miedo. Ahora mismo hubiera tenido ganas de preguntarle a mi acompañante muchas cosas sobre los servicios y las costumbres de una cárcel como esa, pero para ello ya era demasiado tarde: Schulze llamó a un timbre, se abrió una gran puerta de hierro y un funcionario uniformado de azul saludó a Schulze estrechándole la mano y a mí con una mirada fría y examinadora.

—Una entrega, Karl —dijo Schulze—. Los papeles llegarán esta tarde desde la fiscalía.

—¡Colóquese usted ahí detrás! —me dijo el uniformado y yo me coloqué obediente en el sitio donde me había ordenado.

Ambos uniformados cuchichearon entre sí y me miraron varias veces, en una ocasión también escuché la palabra «intento de asesinato», aunque no pareció impresionarle mucho. Entonces Schulze me dijo desde lejos:

—Mantenga la cabeza fría, Sommer. —Y la puerta se cerró tras él; había vuelto a la libertad y, a pesar de todo, era como si hubiera perdido a un amigo.

—Venga usted conmigo —dijo el uniformado de forma descuidada y me condujo a un despacho, donde no había nadie—. ¡Deje usted todo lo que lleve en los bolsillos aquí sobre la mesa!

Así lo hice, aunque apenas llevaba nada: un juego de llaves, una navaja y un pañuelo bastante sucio.

—¿Eso es todo lo que lleva? ¿Nada de dinero? Bueno, entonces suba usted los brazos.

Fui cacheado de arriba abajo, seguramente en búsqueda de algo que hubiera escondido en los bolsillos.

—De acuerdo —dijo el hombre de uniforme azul—. Primero le asignaré la número once, pues el inspector no está ahora aquí, está comiendo.

Le pregunté amablemente si no me podían dar también de comer.

—La hora del almuerzo ya ha pasado —me respondió fríamente—. Ya no queda nada.

—¡Pero si tampoco me han dado de desayunar! —le dije alterado.

Hasta entonces no había sentido hambre, pero ahora me torturaba de forma atroz.

Me sentía ofendido en mis derechos: ¡también un preso debe comer!

—Así le gustará más la cena —me dijo inalterable—. ¡Venga de una vez!

Me condujo a través de un pasillo, pasamos por una reja de hierro, subimos una escalera y cruzamos una puerta de hierro. Vi un pasillo largo, tenebroso, con muchas puertas revestidas de hierro, con cerrojos y cerraduras. Y de nuevo ascendimos por una escalera, de nuevo pasamos por una puerta de hierro y cada vez el hombre debía abrirla y cerrarla con llave y lo hacía como lo más normal del mundo… A mí, sin embargo, se me oprimió el pecho: todas esas puertas, que ahora se encontraban entre el mundo exterior y yo, sin duda me hacían ser claramente consciente de que estaba preso, de lo difícil que sería volver a recobrar la libertad. Desde el primer momento noté la verdad de la frase, que más tarde oiría tan a menudo en la cárcel: «Es tan fácil entrar, pero tan difícil salir».

Mi guía se había parado frente a una puerta de hierro, adornada con un «11» blanco. Detrás de esa puerta es donde yo iba a vivir. Abrió y tras la primera puerta apareció una segunda. También la abrió.

—Entre usted —me dijo mi acompañante impaciente y yo entré.

De un catre estrecho se alzó una figura enorme, un hombre de grandes proporciones, con una calva rubia y gafas.

—¿Un poco de compañía? —preguntó—. Eso está bien. ¿De dónde vienes?

Yo estaba tan estupefacto por tener que compartir mi celda que solo mucho más tarde me di cuenta de que el carcelero se había ido y que estaba encerrado definitiva e irrevocablemente.

—Siéntate hombre, allí en el taburete —dijo el gordo—. Yo seguiré echando una cabezadita sobre el catre. Está prohibido, pero Fermi no dice nada. Fermi es quien te acaba de traer.

Me senté sobre el taburete y miré absorto al hombre tumbado sobre la cama. Iba vestido de civil como yo, vestía un traje de buen corte, en su momento muy elegante, pero que ahora estaba arrugado y sucio.

—¿También usted está preso? —le pregunté finalmente.

—¡Eso creo yo! —rio el gordo—. ¿Te piensas que estoy en este búnker para descansar? Dicho sea de paso, puedes tutearme tranquilamente, aquí todos nos llamamos de tú. Sí —prosiguió y se estiró gimiendo— hace ya once semanas que estoy en este edificio, ¿y te piensas tú que han presentado alguna acusación contra mí? ¡Ni hablar! Los colegas no tienen prisa, por ellos puedes pudrirte y coger moho, por eso que no van más rápido. ¿Y tú qué marrón te has comido?

—El fiscal me ha encerrado por intento de asesinato contra mi mujer —le contesté con un orgullo discreto. Y añadí rápidamente—: Pero no es verdad. No hay ni una palabra de verdad.

El gordo volvió a reír.

—Claro que no es verdad —rio—. Si preguntas a la gente, aquí dentro solo hay inocentes.

—Pero es que en mi caso no es verdad —le aseguré yo—. Yo no quise asesinar a mi mujer, simplemente nos peleamos un poco.

—Bueno —dijo el gordo—. Con el tiempo no dejarás de charlatanear; cualquiera que no esté acostumbrado a estar encerrado con el tiempo empieza a charlatanear. Pero entonces anda con cuidado con quién hablas, la mayoría solo quieren hacerle la pelota al inspector, le informan de todo y entonces ya te han cogido.

Me miró a través de sus pequeños ojos entre protuberancias de grasa de forma cándida y añadió:

—Aunque conmigo puedes hablar abiertamente, soy una buena persona, no soy un chusquel.

—¿No es usted qué?

—Un chusquel, se dice aquí de alguien que calla como un muerto. No le doy a la lengua, ¿entiendes?

—Pero si no tengo nada que confesar —le aseguré de nuevo.

—Sí, eso ya lo veremos —dijo el gordo tranquilamente—. Quizá tengas suerte y el juez instructor comparta tu punto de vista y no firme una orden de detención contra ti.

—Pero si el fiscal ya me ha mandado detener.

—Eso no quiere decir nada —me enseñó el gordo—. Primero deberás comparecer mañana o el día siguiente ante el juez instructor. Te interrogará y si comparte tu mismo punto de vista entonces volverás a ser libre…

—¿Y eso es realmente así? —le pregunté excitado—. ¿Aún puedo salir libre?

—Pues claro que sí, aunque a menudo no sucede. Bueno, ya veremos.

Y volvió a tumbarse cómodamente. A mí me embriagaba la perspectiva de la posible y cercana libertad, me puse en pie y anduve por la celda imbuido en mis pensamientos. Si Magda declaraba en mi favor entonces saldría libre. Y yo presentía que ella declararía en mi favor. E incluso aunque estuviera furiosa conmigo, nunca podría decir que había intentado asesinarla. Yo no lo quise así. Recordé vagamente que le había dicho algo así como: «Esta noche vendré y te asesinaré», aunque solo se trataba de charlatanería de un borracho, no podía tenerse en cuenta.

—Escucha —dijo el gordo— ¡no recorras la celda de arriba abajo de esta forma, que me pones nervioso! Siéntate tranquilo en el taburete, pero antes saca el cojín, pues es un cojín de uso privado. Aún no te puedes tumbar sobre tu catre, Olle te traerá el colchón de paja esta noche. ¡Dios, cómo me revuelve el estómago esta pocilga!

El gordo bostezó de corazón y se pedorreó estruendosamente —yo me asusté— y gimió:

—¡Qué bien me ha sentado!

Y rápidamente se durmió.

No quisiera seguir hablando tan extensamente sobre los primeros días que pasé en la prisión provisional. Fueron tan atroces que por las noches me ponía en pie en silencio, iba hasta el armario del gordo y extraía la cuchilla de su maquinilla de afeitar: quería cortarme el cuello. Aunque después no reunía el suficiente valor; primero me hice un corte en la muñeca para probar, que sangró muy poco, pero que me tranquilizó. La voluntad de vivir venció y esa misma noche devolví la cuchilla a la maquinilla.

En general mi deshabituación del alcohol fue más sencilla de lo que yo había esperado. Yo no había sido precisamente un verdadero bebedor, hacía poco tiempo que ingería aguardiente y nunca había tenido alucinaciones. Para ello me ayudó mucho el hecho de que ya el tercer o cuarto día me apuntara al trabajo voluntario. Ya no aguantaba más estar sentado todo el día en la celda sin hacer nada y cavilando y sobre todo no aguantaba más la compañía del gordo, que por cierto se apellidaba Düstermann. Creo que si me hubiera visto obligado a pasar las veinticuatro horas con él hubiera acabado asesinándolo. Era como un pedazo de ganado, nunca he conocido a una persona tan abiertamente egoísta. Se había procurado todas las facilidades que por ley le corresponden a un preso preventivo: había colocado sobre el duro colchón de paja mantas y cojines, recibía regularmente para fumar y paquetes de comida, aunque nunca compartía ni lo más mínimo. Durante los primeros días, en los que aún no disponía de mis propias cosas de aseo en la celda, incluso me prohibía que utilizara su peine. No podía ni sostener en la mano su espejo y solo a regañadientes me permitía utilizar una hoja de sus viejos periódicos como papel de váter.

—No, no, Sommer —me decía entonces— aquí es válido el lema: ¡Ayúdate a ti mismo y te ayudará Dios! ¿Qué puedo hacer yo por ti? ¿Y qué puedes hacer tú por mí? Solo me pones nervioso.

Ese también era un aspecto que me ponía histérico: todo lo que yo hacía ponía nervioso a Düstermann. No podía andar por la celda; si por la noche me giraba sobre mi colchón de paja entonces me recriminaba que no le dejaba dormir; si quería abrir el pequeño ventanuco entonces me gritaba que se le iba a helar la calva, así que debíamos seguir en cuclillas entre el calor y el mal olor. Sin embargo, él se lo permitía todo. Devoraba hasta la última miga los paquetes de comida que le enviaba su mujer dos veces por semana, seis veces al día se sentaba sobre el cubo, se pedorreaba continuamente con unas ganas auténticas y por las noches roncaba tan fuerte y seguido que durante muchas horas yo permanecía tumbado despierto, entregado a los pensamientos más turbios. Si alguna vez en mi vida he odiado a alguien desde lo más profundo de mi corazón es a Düstermann. Muy a menudo he pensado cómo a un pedazo de animal como este se le había permitido vivir fuera en libertad e incluso había llegado a casarse, hasta el punto de que su mujer aún le seguía siendo fiel. Tras reflexionar sobre ello me decía que en libertad Düstermann debía de haber interpretado el papel de un gordo hombre de negocios vital, al que le gustaba disfrutar de la vida y aparentemente era de fiar, considerado por la gente con una sonrisa benevolente. Seguro que en el exterior no se hubiera desenfrenado conmigo como en la celda, pero yo no dejaba de ser un colega de la trena y ya no dependía de mí. Más adelante, en mi largo tiempo de penitencia, he compartido espacio con gente mucho más sencilla de lo que era Düstermann, con trabajadores, incluso con vagabundos, y ninguno me ha tratado tan mal como este Düstermann, que dejaba ir tan abiertamente sus impulsos. De profesión no era más que propietario de inmuebles, era el hijo de un hombre rico, que había fallecido hacía tiempo, del que había heredado una considerable serie de casas de inquilinos y otros bienes inmuebles. Düstermann había vivido hasta entonces administrando esas propiedades. Y administrando esas posesiones es como le había sobrevenido la desgracia que le había conducido a la cárcel y a ser mi compañero de celda. Como también fuera se lo permitía todo, pero no a los demás, y se arrogaba toda libertad, había prendido personalmente una de sus casas de inquilinos, cuyo estado ruinoso hacía tiempo que le disgustaba, con el fin de cobrar una alta suma del seguro para cubrir los costes de restauración. Sin embargo, durante el incendio, una mujer y su hijo perdieron la vida.

—¡Pobre condenada! —se quejaba sin más Düstermann—. ¿No podía salir corriendo a tiempo como todos los demás? Pero no, la muy idiota tuvo que meter primero no sé qué asqueroso trapo en la maleta y entonces el humo le impidió huir. ¿Qué puedo hacer yo si una vieja es estúpida? ¡Naturalmente el fiscal quiere ponerme la soga al cuello! Pero no conoce bien a Düstermann. He contratado a los mejores abogados y si todo sale mal me acogeré al parágrafo 51, me declararán enfermo mental y viviré como rentista en un bonito manicomio.

Düstermann reconocía abiertamente ser el autor de ese incendio.

—Claro, hombre, por qué iba a mentir. ¡Si me pillaron con el bidón de gasolina en la mano! ¡No tiene ningún sentido mentir! Sí, si estuviera en tu situación, mentiría hasta reventar, ¡pero así soy incluso un demente! —Rio todo campanudo—. En el fondo —prosiguió y se compadeció de sí mismo— a ello me condujo simplemente mi benevolencia. Simplemente soy un bonachón. No podía seguir viendo vivir a la gente en esas barracas ruinosas e inhabitables. Quería facilitarles viviendas decentes, ¡y esto es lo que he conseguido con mi benevolencia!

Así que este Düstermann fue capaz de que yo me presentara voluntariamente para trabajar y ya contara con su sarcasmo punzante. Cuando por la noche volvía a la celda de trabajar, con los huesos molidos, pero más tranquilo de espíritu, me saludaba normalmente así:

—¡Ahí llega el chico modelo! ¿Qué, has trabajado mucho? ¿Ya te has camelado al cerdo del inspector? ¡Estoy convencido de que te has vendido bien! ¡Pero si el fiscal te condenará igualmente a cárcel estando sentado tranquilamente aquí en la celda! Son los lameculos como tú los que echan a perder toda la trena. ¡Gente como tú es la que conseguirá que nos obliguen a trabajar! ¡Pero espera, ya procuraré yo que estés ocupado!

Apenas escuchaba sus palabras y ya no cruzaba ninguna con esa mala persona. Naturalmente eso no le molestaba, tenía una piel de rinoceronte y seguía hablando muy tranquilo conmigo, le respondiera o no.