El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 16 de 64

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El bebedor

Capítulo 16

16

Estoy en calcetines en el recibidor de mi casa, los zapatos los he dejado en el descansillo. Aún está oscuro, pero mi mano tantea en busca del interruptor, un pequeño chasquido y se hace la luz. Sí, ya estoy de nuevo aquí en mi casa, ¡aquí es donde pertenezco, en este orden y esta limpieza! Con un respeto casi piadoso contemplo este pequeño y coqueto vestíbulo con la alfombra verde reseda, de la que hace tiempo han eliminado las horribles manchas de esa noche de noviembre; observo el perchero, de donde cuelgan ordenados y planchados, uno junto al otro, la chaqueta del traje verde de Magda y un abrigo de verano azul. Entonces me acerco a hurtadillas al espejo, al gran y largo espejo en el que uno se puede mirar de arriba abajo y me observo de arriba abajo. Y me sobrecoge un terrible susto, viéndome allí de pie en mi ropa arrugada y sucia, con el cuello de la camisa negruzco, el rostro sin afeitar y lívido, los ojos enrojecidos. ¡En esto me he convertido!, grita mi interior y mi primer impulso es ir corriendo hasta Magda, caer ante ella de rodillas y suplicarle: ¡Sálvame! ¡Sálvame de mí mismo! ¡Llévame a salvo junto a tu corazón! Sin embargo, esa inclinación se volatiza y me río de mi reflejo en el espejo de forma astuta. Eso es lo que ella querría, pienso yo. ¡Y entonces encerrarme en un centro de internamiento para alcohólicos y meterse de lleno en mi negocio y mis propiedades! Hay que ser astuto. Siempre hay que ser astuto. Así que rápidamente acerco una silla al gran armario ropero de la entrada, me subo a ella y bajo una maleta, la mejor maleta que tenemos, una de cuero vacuno; en realidad le pertenece a Magda, en un ocasión se la regalé para su cumpleaños. Pero ahora eso no tiene importancia y además, ¿los matrimonios no lo comparten todo? En el siguiente cuarto de hora desempeño una febril actividad, meto dentro mi abrigo, dos trajes, ropa. En el cuarto de baño busco mis cosas de aseo. ¡Mañana por la mañana Magda se sorprenderá! Del armario zapatero saco dos pares de zapatos, unas zapatillas y lo preparo todo como si fuera a iniciar un largo viaje. Y siento como si me fuera de viaje por un largo tiempo, quizá, quizá esta ocasión Elinor sea más accesible. Cuando he terminado con todas esas cosas y antes de ocuparme de lo más pesado, me siento un momento en la entrada, bebo y me tranquilizo. Siento cómo en las últimas semanas me he debilitado mucho; ese rato que he dedicado a hacer la maleta me ha agotado excesivamente, tengo el corazón agitado y estoy cubierto de sudor.

A continuación me pongo de nuevo al trabajo. Hasta ahora todo ha salido a la perfección, no he hecho ningún ruido que pudiera despertar a alguien que duerme con normalidad, nada se me cayó de las manos. Pero, como ya he dicho, tenía lo más difícil por delante. Abro el cajón que hay debajo del espejo y ¡la linterna que buscaba está allí! ¡La enciendo y funciona! ¡No hay nada como tener la casa bien ordenada, gracias Magda! Apago todas las luces y me adentro con la linterna en nuestra sala de estar. Está pegada al dormitorio y solo lo separa de este una puerta de dos alas con vidrios de color, que dejan ver cualquier halo de luz y oír cualquier ruido. En la oscuridad tanteo para alcanzar el escritorio, en cuyo cajón del medio está nuestra pequeña hucha con el dinero en efectivo. Generalmente solo guardamos allí el necesario para las cosas de casa, es decir, poco; pero si por la noche han llegado pagos en efectivo a la empresa que no hemos tenido tiempo de ingresar en el banco, entonces nos llevamos el dinero a casa. Estaba ansioso por saber cuánto dinero encontraría. Conseguí abrir el cajón sin hacer ruido y sacar la hucha, para lo que no tuve ni que encender la linterna. Incluso a oscuras encontré junto a la hucha el talonario. Me lo metí en el bolsillo y llevé la hucha cuidadosamente paso a paso hasta el vestíbulo, la dejé en el suelo, cerré la puerta y encendí la luz. Puede sonar extraño, pero procedí como si rezara antes de abrir la hucha. Recé al durante tanto tiempo olvidado Dios, pues él podría procurar que hubiera mucho dinero en la hucha. Mucho dinero para poder seguir durante mucho tiempo con esa vida entre la bebida y las náuseas, mucho más dinero para seducir a Elinor, la reine d’alcool, para irse de viaje conmigo. No dediqué ni un pensamiento a pensar a qué situación llevaría a mi propio negocio con esa retirada de dinero. Sí, yo creo que si hubiera reflexionado me hubiera regocijado aún más cuanto mayores fueron los daños para mi negocio. Así que acabé con mi rezo y abrí la hucha. Alcé la bandeja superior, donde solo habían efectos, y busqué ansioso los billetes. Mi decepción no tenía límites. Allí solo había muy pocos billetes; cuando los conté vi que no había más de cincuenta marcos. Aún me veo allí de pie, con los pocos billetes en la mano, y un sentimiento helado en el corazón. Este es el final, pensé, esto no llega ni para Elinor ni para Polakowski. En dos, tres días se acabará el dinero y entonces no quedará más que entregarse, claudicar, el sanatorio con su agua fría, la renuncia definitiva a todas las esperanzas. Así estaba yo allí, con la muerte en el corazón, tanto tiempo, oh, tanto tiempo…

Entonces la vida volvió a mí. Vi de nuevo el rostro amarillento de Polakowski con su barba oscura frente a mí, oí su suave voz que me murmuraba algo sobre las joyas y la plata… No valía la pena perder el tiempo con las joyas. Las pocas que tenía Magda no tenían apenas valor y además las guardaba en el tocador del dormitorio. Pero la plata —sí, nosotros teníamos plata—. Una bonita, pesada y vieja bandeja de plata, que compramos en una ocasión en una subasta. En la maleta tenía sitio suficiente… Bebí rápido y mucho, de un trago me bebí toda la botella. Aún quedaba por lo menos un tercio. Por un momento la afluencia repentina y en tromba de alcohol inundó mi cuerpo como con una onda roja, cerré los ojos y temblé. ¿Tendría que vomitar? Sin embargo, el acceso pasó y de nuevo tenía el control sobre mí. Rápidamente me dirigí a la despensa y allí encendí la araña de luz. Ya no necesitaba de esa precaución que hasta entonces había aplicado con tanto miedo. Abrí el aparador y saqué la cubertería de plata, que estaba guardada por docenas en fundas de franela (solo la utilizamos en ocasiones festivas). Primero la amontoné junto a mí, después la fui sacando, las cucharas soperas, los cuchillos y tenedores, los cubiertos de postre, los de pescado… Lo metí todo en la maleta tal como iba saliendo. Ya solo faltaban las cucharas de plata para servir, las palas de servir ensalada y los cubiertos de trinchar, que se guardaban sueltos en un cajón especial. ¡Los cogí rápidamente, pues de repente algo me azuzaba, debía irme de esa casa! Una cuchara se precipitó al suelo haciendo ruido, maldije en voz alta, la cogí y dejé caer una segunda cuchara. Impaciente abrí de golpe el cajón para sacarlo del todo y llevármelo entero en la maleta con la cubertería de plata suelta. El cajón salió sorprendentemente rápido y cayó sobre la cubertería de plata haciendo un ruido de mil demonios. Me hice con todo más o menos como pude, esta vez sin tener en cuenta el ruido que pudiera hacer y me dirigí corriendo hacia la maleta. Al hacerlo se cayeron al suelo dos o tres cucharas. Lancé lo que llevaba dentro de la maleta y volví a buscar lo que se me había caído. ¡Me quedé petrificado mirando a Magda, que estaba en medio del comedor frente al aparador abierto de par en par!