El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 49 de 64

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El bebedor

Capítulo 49

49

Vuelvo ahora a mis propias vivencias. Estamos en el día en que llegué a este sanatorio psiquiátrico; acaba de finalizar mi tiempo libre, he echado un primer vistazo alrededor y he hecho mis primeros conocidos. Ahora vuelvo a estar en este largo y sombrío corredor, que sigue siendo sombrío el día de verano más bonito y soleado. Hora tras hora recorro el pasillo de arriba abajo, sin nada en que ocuparme, torturado, pero al mismo tiempo embotado. Me pongo contento cuando el supervisor o un guardián pasa por ahí, con un enfermo, llevando la ropa a la habitación, o con una pila de viejos expedientes. ¡Por lo menos pasa algo! No es de mi incumbencia lo que ocurra, y además nunca ocurre nada, pero así me distraigo de mí mismo y de mi incierto destino: ¡me gusta cuando ya no me ocupo de mí mismo! En ocasiones me coloco también frente a una de las ventanas abiertas —la otra tiene ensamblada una garita acristalada— y observo absorto hacia el exterior, más allá del muro protegido con alambre de espino, hacia la libertad, que está allá «fuera» bajo el brillo del sol. Frente a mí se alzan, de nuevo «fuera», los altos árboles. Son tilos; dan sombra a una avenida por la que pasan raudos los coches, veo pasar a muchachas en bicicleta en vestidos claros, pero vuelvo la cabeza y entro de nuevo al fondo del sombrío pasillo. La vida allá fuera me tortura, ya no me pertenece, he sido separado de ella, ¡ya no quiere saber nada de mí! ¡Pasad todos de largo e idos lejos, que el paisaje se vacíe de vosotros! Que los árboles se sequen, que la arena cubra los prados y los campos de labranza, alrededor de una casa de los muertos como esta solo debería haber desierto, un desierto reseco y muerto.

En ocasiones entro en una de las dos salas de estar, en la grande o en la pequeña, y me siento allí cinco o diez minutos junto con mis compañeros de penas. ¿Compañeros de penas? No pueden sufrir lo que sufro yo, su destino ya está decidido, ¡es la incerteza lo que me tortura a mí! Algunos duermen, con la cabeza apoyada sobre la mesa (¡pues está prohibido dormir en las camas!), otros dormitan abotargados, un pequeño y completamente fracasado en su concepción, aunque aún joven, lote de personas, que bizquea de ambos ojos (¡pero de manera completamente diferente!), y con cabeza en forma de pera, tiene un juego de cartas increíblemente sucio frente a sí, lo observa largamente y se ríe estúpidamente. Uno está frente al periódico, aunque mira fijamente a lo lejos. Otro incluso se ha quitado los pantalones e investiga con un gesto contraído de dolor los furúnculos purulentos y sanguinolentos que le han salido en la pierna, ¡en la mesa donde comemos!

Me voy de ahí asqueado y me quedo de nuevo en el pasillo. Leo los nombres de las pizarras que cuelgan de las celdas: Gother, Gramatzki, Deutschmann, Brandt, Westfahl, Burmester, Röhrig, Klinger. Y mientras sigo paseando los repito para mí, los repito como las vocales cuando las aprendía de pequeño: Gother, Gramatzki, Deutschmann, Brandt… Los repito una y otra vez hasta que me los aprendo. Y voy hasta la siguiente pizarra… Así me aprendo los nombres de memoria, hago pasar el tiempo, este tiempo que nunca pasa, ¡dos horas y media interminables! ¿Qué suponen en el exterior dos horas y media? ¡Y lo que suponen aquí dentro! Aunque finalmente los trabajadores de la casa salen de sus celdas de trabajo, los tejedores de alfombras y los fabricantes de cepillos; se cierran las puertas, los gritos suben de tono, en el lavabo corre el agua, se encienden las pipas. ¡Gracias a Dios, vida, un poco de vida! Y ya se oye la llamada:

—¡Vuelven los de la fábrica!

Y seguidamente:

—¡A formar los repartidores de comida!

Poco más tarde volvemos a estar sentados en una sala de estar de nuevo completamente llena; los que han estado en la fábrica informan de las novedades y cuentan de forma prolija que en esta ocasión han acarreado cajas que pesaban un quintal y medio, mientras que ayer fueron cajas que solo pesaban un quintal y un cuarto. Enseguida se arma una pelea de furioso encono por cómo se explica esa diferencia. Durante la pelea no debemos preocuparnos mucho por nuestra comida, pues se come por sí misma, solo es agua con algunos trozos de colinabo. Yo sigo siendo tan educado que dejo esos trozos, completamente estropajosos, junto a mi fuente. Una gran y trabajada mano se desliza por la mesa, agarra los trozos y se los lleva hacia una boca bien abierta. Enseguida una voz furiosa me grita desde el otro lado:

—¿Maldita sea, por qué le tienes que dar a Jahnke tu colinabo?

¡El tipo se mete dentro todo lo que ve, podría comerse hasta la mierda, ese tipo!

Y Jahnke contesta furioso con un gruñido:

—¿Qué tienen que decir los niñitos sobre lo que yo como? ¡Si el nuevo me quiere dar su colinabo es su problema! ¿O es que tú eres su tutor? Aunque cada uno de los niñitos de aquí quisiera ser tutor…

Gracias a Dios no me veo involucrado en esta pelea que se va desarrollando, en la que naturalmente se entrometen otros («¡A ver si terminas de una vez con ese parloteo, hijoputa! ¿Es que no podéis callar nunca?». «¿Y a ti quién te ha llamado a este entierro?». «¡Pero si tiene razón! ¡Queremos estar tranquilos!». «¡Pues yo grito lo que me da la gana!»), gracias a Dios soy olvidado completamente en todo el tumulto que se ha organizado. Sin embargo, el guardián de la garita, que también dispone de una ventana que da a nuestra sala de estar, no alza la cabeza a pesar del griterío y sigue leyendo tranquilamente su periódico.

Ya hemos comido, y hoy he conseguido lo que ayer consideraba como imposible: me he tragado a cucharadas casi un litro de agua caliente. Por el momento estoy lleno. Sin embargo, de noche los sonidos de mi estómago me enseñarán que no estaba lleno ni mucho menos. Para ello tendré que convertirme a partir de entonces en uno de los muchos niños que utiliza el cubo.

El supervisor reúne a la gente que debe o quiere ir al médico, a los últimos solo si él lo permite. De nuestra sección de unos veinte hombres yo no pertenezco a ellos. Básicamente se trata de heridos en el brazo y en la pierna, heridas producidas en el desempeño del trabajo. Sorprendentemente se producen muchas de estas heridas, o bien no sirve para nada la prevención de los accidentes en la fábrica o bien estos trabajadores débiles de espíritu son especialmente torpes. (¿Pero en ese caso no debería ofrecérseles un trabajo menos peligroso?).

Frente a la reja que separa nuestro pasillo de la escalera se han reunido otros enfermos de las dos casas de enfrente, cuento más de treinta. Y ahora se acercan «las mujeres», la mayoría muchachas, también unas veinte, guiadas por su celadora. Las colocan bien pegadas a la pared y la celadora vigila con mucho celo que ninguno de nosotros intercambie una palabra con ellas. ¡Pero hay más de setenta enfermos y ya son más de las siete de la tarde! ¿Recibirá el médico hasta bien pasada la medianoche? ¡Las probabilidades de que me reciba son mínimas!

—¿Siempre hay tantos? —le pregunto a otro enfermo.

—¿Tantos? —me pregunta escandalizado—. ¡Pero si hoy han venido pocos! En esta maldita casa todo el mundo está enfermo. Aunque yo hace ya tiempo que no me presento, no tiene ningún sentido.

El médico ha llegado mientras yo estaba al otro extremo del pasillo. No he podido verle la cara. Aunque es lo mismo, hoy no podrá recibirme. Mejor así, con más de setenta enfermos seguro que no me puede dedicar el tiempo necesario. Es mejor esperar a otro día en el que todo esté más tranquilo. Debo contarle mi historia detalladamente.

El supervisor grita:

—¡Que se descalcen los que tienen los pies heridos!

¡Y entonces se pone todo en marcha en un suspiro! Los hombres entran de seis en seis en la consulta y a más tardar un minuto después ya sale el primero de ellos: ¡visitado y tratado! El supervisor grita de nuevo:

—¡Los demás descubrirse el pecho! ¡Entrad uno detrás del otro!

Las muchachas miran cómo los hombres se quitan las camisas. Esto desata la ira de la celadora, una vieja ruda de rostro enrojecido. Se abalanza sobre una de las muchachas, de la que le cuelgan unos cuantos rizos bajo el pañuelo sobre la frente.

—¿Quién te crees que eres, desgreñada? —grita toda furiosa—. ¿Solo tienes a los hombres en la cabeza, eh? ¡Espera y verás, te voy a poner guapa yo!

Y le arranca a la muchacha el pañuelo de la cabeza.

—¡Qué! —grita entonces escandalizada—. ¡Incluso te has atrevido a esconderte los rizos! ¿No te he repetido cien veces que debes peinarte con una simple raya en medio? ¡Pero ahora te voy a enseñar!

Y agarra a la muchacha del cabello y le arranca esos escasos rizos que sobresalen. La muchacha mueve paciente, sin mostrar su rostro protesta o dolor, la cabeza de un lado a otro, a medida que su torturadora le va arrancando el cabello. Pero ya no disponía de tiempo de seguir ese escandaloso asunto (que solo parecía escandalizarme a mí). El supervisor me dijo:

—¡Rápido, Sommer, recoja su ropa de cama y sus cosas, va a ser usted trasladado!

Reuní rápidamente la ropa de cama y mis cosas en un hatillo y seguí al supervisor, que abrió la puerta de una celda cercana a la garita. La celda era más pequeña de la que tenía antes, aunque en ella solo había cuatro camas. Gracias a Dios aquí no se dormía en literas de dos pisos. La celda también era más clara, más aireada, no olía mal. Mi situación había mejorado decisivamente; con razón lo achaqué a la gestión del médico. Gracias a Dios, me quiere favorecer, pensé yo. Todo va bien.

Mientras tanto el supervisor estaba echando a un viejo de la cama:

—¡Vamos, Meier, de pie! —le dice—. ¡Dese usted un poco de prisa! Se muda usted al segundo módulo.

—¡Dios mío! —se quejó el viejo—. ¿Tengo que mudarme en cada ocasión, señor supervisor? ¡Cada dos por tres me llevan de un lado a otro! ¡Esta cama no hace ni unas semanas que la tengo! Y aquí se está tan tranquilo y el aire es tan bueno…

Sin embargo, el supervisor no estaba de humor para escuchar las jeremiadas de un viejo.

—¡Largo de aquí, Meier! —le gritó al viejo dándole un fuerte golpe—. ¡Deje usted de quejarse!

El viejo sale de la celda tambaleándose sobre sus piernas completamente resecas con el hatillo de su ropa de cama, mientras la corta camisa apenas tapa su trasero. (Por cierto, todas nuestras camisas eran demasiado cortas, algunas incluso no llegaban a tapar nuestros genitales; a menudo los hombres presentaban en los lavabos un aspecto tragicómico. Probablemente se trataba de nuevo de la avaricia de la administración, que incluso acortaba nuestras camisas para ahorrar tejido).

—¡Ya hará usted la cama más tarde! —me dijo el supervisor con prisas—. ¡Acompáñeme usted ahora a ver al médico! Ya le está esperando.