El bebedor
Capítulo 46
46
Pertenecía a las incoherencias de nuestra administración que con este grupo de cincuenta y seis decrépitos, brutales y criminales hombres también compartieran su vida dos jovencitos, uno de diecisiete y otro de dieciocho años. Uno podía pensar que esta casa, en cuyas paredes repercutían continuamente obscenidades, improperios y peleas, cuya atmósfera estaba bañada de odio e infamia, no era el lugar más idóneo para educar a una juventud a la que aún le quedaba toda la vida por delante. Pero se encontraban entre nosotros y no de forma pasajera, sino por mucho tiempo, compartían nuestro dormitorio, nuestra mesa y nuestro trabajo. No dudo que compartían nuestra manera de pensar y de sentir y si algo les diferenciaba de nosotros los adultos era que su maldad era una cara de su fulgor, aunque más interesada y afinada que la nuestra. Ambos eran jóvenes y guapos; uno, de apellido Kolzer, se aparta completamente sobre lo que he contado del extravagante estilo de vida de Hans Hagen, quizá hable de él más adelante en otro contexto. El otro, de dieciocho años, de apellido Schmeidler, pertenecía al más estrecho círculo de Hans Hagen. También pertenecía a este estrecho círculo Liesmann, al que ya había mencionado antes, ese pendenciero sombrío y lacónico con un parche de cuero negro en el ojo derecho; además de un personaje alto, extraño, algo donquijotesco, de veintinueve años de edad, un medio polaco, de apellido Brachowiak. Ellos tres, y a diferencia de Hans Hagen, tenían en común que desde los seis años habían estado internados en instituciones públicas. Los habían internado en un orfanato y en centros de asistencia social, habían tenido que ir a la cárcel y habían aterrizado finalmente en esta casa. A pesar de que siempre se habían rebelado contra esta presión social y gruñían sobre ello, se sentían más que bien viviendo en este tipo de instituciones, su atmósfera envenenada suponía para ellos el aliento de la vida. Todos ellos habían sido puestos en libertad en repetidas ocasiones a modo de prueba y los tres no habían sabido salir airosos: tras cuatro, seis semanas ya habían vuelto a sus seguras casas, generalmente primero a la cárcel, pues fuera rechazaban todo trabajo y solo querían vivir del robo.
Con un asombro inaudito escuché primero que Liesmann, al que veía siempre en la radiante cercanía de Hagen, que era su amigo más íntimo, con el que lo compartía todo, era aquel con quien el rey Hagen se había peleado tan salvajemente, lo que le había supuesto ocho semanas de riguroso arresto. Pero tuve que creérmelo, pues lo oí en boca del mismo supervisor, que aparte de sus pequeñas peleas, Hagen ya se había pegado tres veces «con éxito» con Liesmann: en una ocasión le había dislocado la mandíbula, en otra ocasión le había perforado la mano y, en la última ocasión, le había malherido de tal forma el ojo que a raíz de ello Liesmann casi perdió la vista. Sí, debía creerlo, pues el mismo Hagen fue quien en una ocasión levantó el parche negro del ojo de Liesmann, me mostró el ojo fijo y oscuro y dijo:
—Ahí es donde le he soltado una al muy majadero. ¿Ya puedes volver a ver un poco, majadero?
Sonaba como si estuviera tiernamente preocupado.
—Bueno, como si hubiera estado mirando demasiado rato el sol… —contestaba Liesmann pacífico.
Sí, eran los mejores amigos, cuidaban el uno del otro. Liesmann se puso en marcha y consiguió tabaco, extorsionaba a los más débiles sin consideración, les pegaba y entonces ellos dos se repartían el botín. Cuidaban el uno del otro, y de repente se pegaban, no se pegaban un poco, sino que se peleaban a vida o muerte, convencidos de que «este tiene que diñarla», incitados por unos celos coléricos. Pues ahí estaba ese pequeño y guapo joven de dieciocho años, Schmeidler, ese chapero, que en general ambos compartían pacíficamente. Pero en cuanto favorecía un poco a Georg o a Otsche Schmeidler, entonces se encendía la mecha de la disputa. Todo era como allí afuera, como en la bonita libertad, no hubiera sido Hans Hagen sino se hubiera procurado también en esta casa de los muertos los deleites del amor, un amor depravado y oscuro, pero amor al fin y al cabo, con todas sus delicias y todos sus peligros. Este joven con el cabello rubio y ondulado, ojos azules, un perfil casi griego con una nariz bien perfilada y el mentón firme, se paseaba entre estos hombres, por las mañanas llamaba la atención en el baño con una camisa corta, sus delgados miembros blancos aún no estaban cubiertos por los furúnculos y ellos volvían las cabezas hacia él, en su mirada se adivinaba una luz, sus corazones latían más rápido, ¡en esa casa tan desolada ese día ya no era tan desolado! El amor, una flor sobre un montón de basura, perturbaba esta casa; otros hombres se deslizaban lascivos alrededor de este círculo y no se atrevían a acercarse, ya que temían la violencia cruda de Liesmann y los golpes astutos de jiu-jitsu de Hagen. Aunque Schmeidler, el niño, la puta, tampoco descuidaba a estos lejanos y mudos admiradores, «los cocinaba», les cogía lo que les quedaba de tabaco, a cambio de una sonrisa recibía pan, por agarrarlos rápida y tiernamente se quedaba con lo mejor del paquete de comida que acababa de llegar. Oh, Otsche Schmeidler también se preocupaba de los asuntos del hogar, no solo se dejaba mantener, también contribuía. Y sus dos amigos eran generosos, eran vividores, hacían la vista gorda, dicho en plata, también el encantador Hans Hagen era un chulo, nada más ni nada menos. Dejaba que sus chaperos se pasearan por ahí en cuanto los adquiría. ¿No he dicho ya que vivíamos en un infierno? No faltaba de nada en este infierno, tampoco el amor, ¡aunque también el amor estaba podrido, apestaba!