El bebedor
Capítulo 39
39
También una mañana interminable tiene su fin. Llegó la hora de comer y los presos sonrieron: estaban pasando un buen día y ahora recibirían un buen almuerzo. Cada hombre recibió en una bolsa de cuerda una libra y media de patatas hervidas con piel y dentro de una fuente de aluminio un cazo con una salsa picante, en la que nadaban algunas fibras de carne. Yo pelé con dificultad mis patatas con la cuchara; en esta casa en la que se producían continuamente peleas no estaban permitidos ni el tenedor ni el cuchillo. Cuando observaba a los que me acompañaban comiendo veía a algunos que hacían como yo, dejaban sus patatas en la salsa y no empezaban a comer hasta que las habían pelado todas. Aunque, sin duda alguna, éramos minoría, pues muchos de los peladores de patata tenían tanta hambre, que no podían esperar: la mayoría de las patatas desaparecían en sus bocas nada más pelarlas y pocas de ellas llegaban a bañarse en la salsa. Todos pelaban las patatas tal como yo veía, aunque cerca de mí había un hombre gordo y rechoncho, con la cabeza gris como el hierro y el rostro quemado pardo rojizo de un trabajador del campo, que mientras las pelaba lo engullía todo, piel y patata. Apenas había terminado yo de pelar mis patatas me lanzaba una mirada interrogadora y su mano callosa surcaba la mesa, cogía de una sola vez todos mis restos y se los metía en la boca.
—¡Pero hombre! —le decía yo—, ¡había una patata completamente podrida!
—No te preocupes, compañero —me decía masticando con pasión—. Me paso el día segando, así que nunca me harto de comer. Quizá esta noche pueda robar las patatas de los cerdos. ¡Eso espero!
No era sin embargo el único glotón, pues todos tenían hambre, siempre, incluso justo después de haber comido. Vi a enfermos pasearse y coger hasta el más pequeño resto de patata de la mesa, otros rascaban las fuentes ya tan limpias; vi a uno en el pasillo repasar la fuente de la salsa con el dedo, que lamía una y otra vez. Todo eso ocurría a los ojos de los guardianes, que lo veían como algo normal. A mí me pareció indescriptiblemente deplorable e infame dejar a los enfermos pasar hambre, pero también degradarse a lamer las fuentes y devorar los restos de esa forma. Solo tuvieron que pasar unos días para que yo lo viera de otra manera y yo mismo empecé a ser muy generoso pelando las patatas, es decir, que dejaba partes de la patata sin pelar. Se trata de una frase muy sencilla: «El hambre hace daño», pero su sencillez no le quita un gramo de su verdad. Quien noche tras noche no puede dormir por pasar hambre, quien de día se marea por pasar hambre, termina teniendo poca consideración para con los alimentos con los que puede saciar su hambre.
Aquí me estoy anticipando, pero quisiera acabar de una vez con este capítulo sobre el comer en un «sana» torio, aunque para mí toda esta historia aún no haya terminado. En toda la clínica imperaba una avaricia sucia. Nunca nos dieron carne fresca para comer, en ocasiones únicamente hilachos fofos —¡tampoco nunca aunque solo fuera un pedazo!— de una carne roja y vieja en salmuera junto con la comida o dentro de la salsa, ¡en todo caso unos hilachos muy extraños! Nunca nos daban mantequilla, ni salchichas, ni queso. Nunca una manzana. Y todo lo que nos daban era siempre insuficiente, mezclado sin fin con agua, mal preparado. El porqué de ello, aún hoy en día no tengo ni idea. Los presos mantenían que el inspector superior se lo zampaba todo. Pero incluso el más comilón de los inspectores superiores no puede consumir la comida de cientos de personas. Quizá no querían que comiéramos en abundancia y debo admitir que incluso con esta falta de alimentos las pasiones aún estaban a flor de piel.
Aunque entre nosotros había los que no pasaban hambre, que, hasta cierto punto, se lo pasaban en grande. Estaban, por ejemplo, los ordenanzas, que tenían el cometido de cortar el pan para nosotros, pesarlo y untarlo. Oficialmente les acompañaba un guardián para vigilarlos, pero si sonaba el teléfono el agente debía abandonar la cocina e ir a la garita de cristal, y entonces se untaban bien unas cuantas rebanadas y se hacían desaparecer. Los presos tienen una vista aguda y el hambre la hace todavía más aguda; era inevitable que estos se enteraran de estas apropiaciones indebidas. Este había visto cómo un ordenanza mascaba una rebanada en el lavabo, otro cómo le pasaba una disimuladamente a un «amigo» o la intercambiaba por tabaco. Pero denunciarlos no tenía sentido. En primer lugar era muy difícil demostrarlo, sí, resultaba casi imposible, pues incluso aunque se volviera a recuperar el pan, lo que casi nunca ocurría, simplemente porque no se lo buscaba, el ordenanza podía argumentar: «Me lo había reservado del desayuno». Y por otra parte, los ordenanzas eran los niños bonitos de los funcionarios, sus soplones; los funcionarios no quieren oír nada en contra de sus ordenanzas. Así que prácticamente nunca se hacía nada contra ellos, aunque la envidia y el odio se mantenían siempre vivos. Eternamente se daban discusiones, se lanzaban indirectas, se producían riñas. Cuando se llegaba a ese punto los castigadores se llevaban la peor parte, eran arrestados; no podían demostrar nada. Tengo que reconocer que yo también me ponía a menudo casi enfermo de envidia cuando veía que nuestro ordenanza, que cada vez estaba más gordo, dejaba el almuerzo a un lado después de comer unas cuantas cucharadas, ese mismo almuerzo que yo comía a bocados con avaricia; él, sin embargo, se lo regalaba a otro o lo cambiaba por una carga de tabaco para la pipa, una cebolla o dos cerillas.
¡Tú, lobo solitario!, me decía a mí mismo, igual que los demás te has hartado de comer mi pan y mi margarina y ahora desdeñas la valiosa comida, que tan necesaria sería para mi organismo. ¡Que revientes con tu grasa! Así es como me sentía yo y me avergonzaba de esos celos mezquinos por una rebanada de pan, que en casa hubiera dejado de lado sin más, y aprendí a odiar a los que me habían conducido a sentir de esa manera, ¡con tanta bajeza y envidia!
En el fondo, aun peor que esa forma oculta de agenciarse más comida era una completamente legal, aprobada por la administración, incluso fomentada por esta. A aquellos reclusos que aún disponían de parientes dispuestos en el exterior les estaba permitido recibir paquetes con provisiones, tan a menudo y en las cantidades que ellos quisieran. Hay que pensar que casi cada enfermo tenía un pariente de este tipo en el exterior, que por lo menos le habría enviado de vez en cuando un pan, pues incluso el pan seco era una mercancía muy ansiada en esa casa. Sin embargo, eso no pasaba. Aparte de que muchos de los reclusos no sabían ni leer ni escribir (en esta horrible casa se reunía el último desecho de la humanidad) o eran demasiado estúpidos y obtusos para hacerlo, los parientes no querían saber nada de la mayoría de ellos. Ya les habían procurado suficientes preocupaciones y deshonra mientras permanecieron fuera, y ahora llevaban cinco o diez o incluso veinte años en esta casa; para los de fuera estaban ya terminados y olvidados, para los de fuera estaban muertos, muertos y enterrados. No, eran muy pocos los que recibían estos paquetes; de los cincuenta y seis hombres que residían en mi galería, quizá solo cinco o seis. Aunque estos se sentaban a comer con nosotros imponentes y bien alimentados, junto a las fuentes llenas de sopa aguada, ellos tenían a su lado rebanadas de pan bien untadas con salchicha y queso, que nosotros nunca pudimos probar; sí, yo incluso lo he vivido, que un gordo campesino, al que habían encerrado con nosotros porque siempre estaba en permanente litigio, se tragaba tranquilamente un pato asado en nuestra compañía, mientras roía hueso a hueso. Chorreaba grasa y nosotros estábamos allí al lado, nuestros ojos se hacían cada vez más grandes, la boca se nos hacía agua y al final la saliva nos goteaba, nuestras manos temblaban y nuestros corazones rebosaban únicamente de codicia y envidia.
Nunca he entendido por qué se permite algo así. Si por lo menos hubieran dejado que estos privilegiados consumieran sus comidas especiales en completa privacidad, pero no, ¡debían hacerlo frente a nuestras propias narices! Sin duda alguna en nuestra galería no existía ningún tipo de privacidad, en las celdas de esta casa llegaban a dormir seis u ocho hombres, no había ningún sitio al que uno pudiera retirarse, incluso los lavabos no contaban con un pestillo, siempre alguien abría la puerta cuando uno se acababa de sentar sobre la taza. Pero a raíz de todo ello, de la sensación eterna de hambre y del odio contra los ordenanzas ladrones y de la envidia de los que vivían a cuerpo de rey, nacían esas eternas irritaciones, disputas, peleas, castigos. No había ni un solo día de tranquilidad en el edificio, siempre ocurría algo. Uno ya no escuchaba cuando dos se insultaban de forma maleducada. Uno se iba de allí cuando se ponían los ojos morados y se hacían sangrar las narices. Uno mismo estaba contento cuando no lo arrastraban a la pelea. Uno debía prestar atención a cualquier palabra que decía, pues enseguida se interpretaba, enseguida se volvía en contra de quien la había pronunciado.
En lo que respecta a mí debo confesar que al principio no solo veía con envidia a los devoradores de paquetes. Yo lo tenía muy fácil: solo tenía que escribirle una carta a Magda y me convertiría en uno de esos poseedores de paquetes de comida. ¡No sería Magda la que dejaría pasar hambre al mismo hombre con el que se había casado! Durante una semana estuve luchando conmigo mismo, pero entonces venció el hambre y me decidí a escribir la carta. No tenía ni papel de carta ni un sobre y la institución apenas te daba nada; pero aparté una de mis rebanadas de pan y conseguí a cambio lo que necesitaba. Escribí la carta y una vez enviada esperé. Por las noches en la cama me imaginaba todo lo que podría contener el paquete; cuando pensaba en una rebanada de pan untada con generosidad con paté de hígado bien grasiento casi me mareaba de hambre y deleite. Había calculado el día más cercano en el que podía llegar el paquete; pero el día pasó y algunos más tras este y el paquete seguía sin llegar. Entonces me enteré de que la carta debía pasar primero por la censura del médico jefe, después iba a la oficina de la administración para ser franqueada y que desde allí las cartas no se enviaban enseguida, sino solo de vez en cuando, cuando se habían reunido suficientes.
—Se lo toman con mucha tranquilidad —decían los presos—. ¿Tú te crees que van a correr si quieres algo? ¡Primero se sentarán bien rectos sobre sus culos!
Así que yo seguí esperando y albergando esperanzas. Hasta que un día me dijo el supervisor, de paso:
—En el despacho hay una carta suya, Sommer. Me han dicho que no la pueden enviar, que usted no tiene dinero para pagar el franqueo.
—¿Cómo? —grité yo—. ¿Por doce céntimos de franqueo no van a enviar mi carta? ¡Y eso que desde la prisión preventiva le hice llegar de vuelta a mi mujer cuatro mil marcos!
—Pues debería haberse quedado usted unos cuantos marcos —dijo el supervisor con la intención de proseguir su camino.
—¡Pero señor supervisor! —dije yo—. Esto no puede ser. ¡Por doce céntimos! Pueden ustedes llamar a mi mujer y comprobar…
—¡Una llamada telefónica también cuesta doce céntimos, que usted no tiene, Sommer! —dijo el supervisor fríamente—. Tranquilícese usted, la carta ya saldrá el mes que viene, ¡cuando reciba usted su primer salario por trabajar aquí!
No tengo ni idea de si mi carta dirigida a Magda salió finalmente o no o si en el entretiempo se perdió por ahí. En todo caso, nunca recibí un paquete de comida, siempre me quedé entre los hambrientos, los ávidos envidiosos. Pues cuando recibí mi primer salario hacía ya tiempo que estaba decididamente desalentado para volver a escribirle a Magda. Estaba verdaderamente desesperado porque alguien tuviera buenas intenciones para conmigo.