El bebedor
Capítulo 55
55
Los días pasaron, uno tras otro, y uno de ellos, antes de lo que yo había pensado, me había convertido en un fabricante de cepillos bastante aceptable. Había aprendido, confeccionaba cepillos para las uñas y normales, cepillos para el cabello y para cepillar vacas, toneles de cerveza y marcos de ventana. También sabía hacer escobas, escobas de piasava y finas escobas de cabello. Finalmente también aprendí a hacer pinceles, brochas de afeitar, pinceles para quitar el polvo y todo tipo de pinceles para pintor. Mis dedos ahora ya eran tan ágiles como los de Lexer, cogían exactamente las cerdas necesarias, ni una más ni una menos, y el alambre ya no me daba quebraderos de cabeza. Cuando ahora me encontraba con Lexer al aire libre y este me gritaba con su voz chillona «¿Qué, Sommer, cuántos has conseguido hacer?», yo le respondía «Ochocientos agujeros», o también «Mil» o incluso «Mil cien». Entonces Lexer sonreía sarcástico y me chillaba furioso:
—¿Quieres hacerles la pelota a los de arriba, verdad? ¡Así no recibirás para jalar más de lo que nos dan a nosotros, lameculos!
Sin embargo, yo no trabajaba tanto para llamar la atención de los de arriba, sino que lo hacía por mí. El trabajo me ocupaba el tiempo, antes de lo que yo pensaba se oía la cerradura y la voz del guardián decía:
—¡Mediodía!
Los días, por muy largo que se hiciera en ocasiones un día en sí, pasaban lo suficientemente rápido: había pasado una semana, después un mes y yo me decía: Ahora ya llevo aquí un mes, ahora dos, pronto serán tres…
Ahora que mis manos ya hacían solas el trabajo, que no debía pensar ininterrumpidamente sobre ellas y que la tomaran conmigo, mi cabeza ya estaba libre para reflexionar y cavilar sobre mi propio destino. Aunque el mismo trabajo le confería a este cavilar una nota diferente. En ocasiones me apostaba un rato frente a la ventana y miraba fuera hacia el campo, donde ya estaban sembrando el grano, recogían las mieses, espigaban y lo transportaban todo hasta la segadora. Yo disponía de una buena e iluminada celda, que también en invierno se mantenía caliente, tal como me habían dicho. Yo miraba hacia fuera y cuando el corazón me atormentaba y me oprimía de nuevo con una impaciencia colérica para que yo pudiera recobrar finalmente la libertad, sin duda alguna era el trabajo lo que hacía que me dijera a mí mismo: Paciencia, todo llegará. ¡Por una vez estaría muy bien que esta frase consiguiera que terminara los cepillos de limpieza!
Sí, mi trabajo me hacía ilusión, era un trabajo sencillo, que podía hacer cualquier niño o camarada perturbado, pero cualquier trabajo bien hecho, por muy nimio que sea, consuela.
Ahora tampoco le tenía miedo a ser arrestado ni al inspector de trabajo; algunas veces se presentaba en mi celda y recogía lo que ya tenía listo, y nunca me dijo una palabra fea, sino al contrario y a menudo:
—Bien, bien, Sommer.
O también:
—No tiene usted que sobrepasar el trabajo que se le ha asignado, Sommer, no hace falta.
En una ocasión incluso me regaló también una rebanada de pan untada de mermelada.
Sin embargo, cuando transcurrió el primer mes de mi trabajo, me dirigí con los otros trabajadores a la garita y allí me entregaron el tabaco que habían comprado con mi «salario» (cuatro céntimos por día, un marco al mes), es decir, un paquete de tabaco para liar y otro de picadura. Por la mitad del paquete de picadura me agencié con una pequeña pipa de fumar, pues no quería liarme como otros los cigarrillos con papel de periódico, que siempre o bien ardía en llamas o bien ardía sin llama o tenía un sabor asqueroso. La cabeza de mi pipa era muy pequeña y en ella no cabía más tabaco que para diez o doce caladas; ya me estaba bien, pues así podía fumar cinco veces al día y me duraba todo el mes. Ciertamente no el primer mes, pues aún era estúpido y yo solo dejaba que de todas las formas posibles me lo quitaran o yo lo diera prestado y no lo viera nunca más. También conocí el miedo de todos los poseedores de tabaco frente a los ladrones; nada de lo que había en las celdas estaba a salvo de ellos, por muy bien que uno lo escondiera. Siempre se oía en el edificio por todo lo alto la queja rabiosa:
—¡Me han robado el tabaco!
Así que uno estaba obligado a llevar todas sus pertenencias, empezando por la cuchara, que era nuestro único instrumento para comer, en los bolsillos, lo que no le gustaba al supervisor, que nos reprendía por las protuberancias en nuestra ropa. Yo me agencié una pequeña caja de cartón, en la que metí todos mis efectos, un poco de sal, un trozo de pan que había conseguido ahorrar, la pipa y el tabaco. Yo siempre llevaba esa cajita conmigo, ya fuera comiendo o en el retrete, en la cama e incluso cuando iba a visitar al médico. Más tarde, el bienintencionado Qual, que trabajaba en la carpintería, me confeccionó una pequeña caja de madera con una tapa deslizante y un asa de cuerda y no quiso nada a cambio.
Sí, yo estaba integrado y pertenecía al grupo, y si debo confesar la verdad, tras las primeras semanas de aclimatación ya no me sentía tan mal. Me había acostumbrado al hambre y a las continuas peleas, al aire viciado y a los furúnculos, y ya no me daba cuenta del completo desequilibrio y apatía de muchos de mis camaradas. Yo pertenecía a ellos, aunque al mismo tiempo tampoco del todo, pues estaba «internado provisionalmente» y más adelante incluso me habían internado «para observación». Un día me citarían, me impartirían mi condena por la amenaza y entonces —¡así lo espero, así lo espero!— recobraría de nuevo la libertad. Aún no sabía lo que haría cuando la recobrara. Estaba casi seguro de que no volvería a mi casa y a Magda, tampoco quería volver a trabajar en mi viejo negocio. Mi estancia en la celda me había vuelto un poco tímido, ese continuo aislamiento, me gustaba estar en ese estrecho espacio con mis cepillos y pensaba con aversión en las calles ruidosas y bulliciosas de mi ciudad natal. Yo tenía la vaga idea de mudarme a un pueblo tranquilo y pasar allí mis últimos años como un hombre desconocido y prematuramente envejecido, en una habitación tranquila en la que pudiera seguir haciendo cepillos. Esa era la idea que me rondaba por la cabeza. Sí, yo había recuperado algo de alegría, me invadía una casi agradable modestia, lo más acertado es comparar este tiempo con el que pasé en el patio de la madera durante mi prisión preventiva. Ciertamente aquí faltaba Mordhorst, aunque en el fondo yo no lo echaba de menos. Mordhorst siempre había incitado, reprendido y metido cizaña, y a mí ahora me encantaba la paz. El edificio con su suciedad y avaricia era horrible, pero era así, de qué servía rebelarse contra ello. ¡Nosotros los presos, nosotros los enfermos no valíamos nada!
A finales del segundo mes cambié todo mi paquete de tabaco para liar por una lupa sin soporte y así podía encender mi pipa, también en mi celda de trabajo, siempre que luciera el sol. Entonces me sentí más rico y más feliz que nunca en mi vida, cuando me inclinaba frente a mi ventana y con una honda alegría daba mis diez o doce caladas a la pipa. Tenía la sensación de que nunca en la vida había disfrutado y me había alegrado tanto como en esta caliente celda. Quizá ya había dejado huella en mí la modestia de mi camarada de dormitorio Holz, su don de saber alegrarse con las cosas más pequeñas.