El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 6 de 64

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El bebedor

Capítulo 6

6

Me dirigí con precaución a la oficina, con precaución porque quería evitar a toda costa toparme con Magda de camino. Y entonces me encontré al otro lado de la calle, a la sombra de un zaguán, y miré hacia las cinco ventanas de mi oficina. Las dos que pertenecen a mi despacho de jefe estaban iluminadas y por momentos vi la sombra de dos figuras en el vidrio ahumado: la de Magda y la de mi contable Hinzpeter. «¡Están ocupados con el balance!», me dije a mí mismo realmente asustado, aunque ese espanto se mezclaba con un sentimiento de alivio, porque ahora sabía que la dirección del negocio estaba en manos de las manos activas de Magda. ¡Eso era propio de ella, justo después de recibir las funestas noticias lograr una visión clara de la situación repasando el balance! Con un profundo suspiro me di la vuelta y atravesé la ciudad para salir de ella, pero no en dirección a casa. ¿Qué tenía que hacer en la oficina, qué tenía que hacer en casa? ¿Ir en búsqueda de los reproches que me merecía, intentar justificarme cuando no había nada que justificar? Nada de eso, y a medida que me internaba en ese paisaje que se iba sumiendo poco a poco en la oscuridad, tenía cada vez más la dolorosa conciencia de que estaba acabado. Finalmente había perdido mi posición y el sentido en la vida y ya no me sentía con fuerzas de buscarme una nueva o incluso de luchar por la que había perdido. ¿Qué es lo que podía hacer? ¿Cuál era la razón de seguir viviendo? Así que me dirigía hacía allí, me alejaba de la oficina, mi mujer, mi ciudad natal, lo dejaba todo tras de mí, aunque algún día debería volver, ¿no es verdad? Debía enfrentarme a Magda, escuchar sus reproches, dejar que con razón me acusara de mentiroso y tramposo, debería admitir que había fracasado, ¡que había fracasado de una forma ignominiosa y cobarde! Este pensamiento resultaba insoportable y empecé a jugar con la posibilidad de no volver nunca más a casa, de viajar por el ancho mundo, de sumirme allá donde fuera en la oscuridad, en una oscuridad donde uno también pudiera hundirse sin dejar noticia, sin un último aviso. Y mientras me imaginaba todo eso — emocionándome ligeramente sobre mí mismo— sabía que en cierta manera me estaba mintiendo, pues nunca tendría el valor de vivir sin la persuasión, sin el sentimiento de seguridad del rebaño familiar. ¡Nunca podría renunciar a la mullida cama a la que estaba acostumbrado, al orden del hogar, a las puntuales y nutritivas comidas! ¡Volvería a casa, a Magda, a pesar de todos mis miedos, esa misma noche volvería, a mi cama de siempre, nada de una vida allá fuera en la oscuridad, una vida y una muerte en el arroyo!

Aunque, me dije de nuevo y aceleré mi paso rápido, ¿qué es lo que está pasando conmigo? Antes había sido una persona aceptablemente enérgica y emprendedora. Siempre he sido un poco débil, pero siempre he sabido disimularlo muy bien, de manera que hasta hoy en día incluso ni Magda se ha dado cuenta de ello. ¡De dónde viene la flojera, que desde hace un año me invade cada vez con más fuerza, que paraliza mis miembros y mi cerebro, que ha hecho de mí, siempre una persona aceptablemente decente, un impostor frente a su mujer, que observa con lascivia satisfecha los pechos de su criada! No puede ser el alcohol, es desde hoy que bebo aguardiente, y ya hace tanto que me ha invadido esta flojera. ¿De qué se trata?

Vagué por ahí. Pensé en que acababa de pasar los cuarenta; en una ocasión oí hablar de los «años de cambio del hombre», pero no sabía de ningún hombre de entre mis conocidos que hubiera cambiado tanto como yo al pasar la barrera de los cuarenta. Entonces recordé mi existencia falta de cariño. Siempre había sentido necesidad de reconocimiento y amor, naturalmente de forma secreta, y los había encontrado en gran cantidad, tanto en Magda como en mis conciudadanos. Y ahora poco a poco los había ido perdiendo, yo mismo no sabía cómo había ocurrido. ¿Había perdido este amor y este reconocimiento por dejadez, o yo me había vuelto lánguido porque me habían faltado esos estímulos? No hallé respuesta a ninguna de esas cuestiones: no estaba acostumbrado a pensar en mí mismo.

Cada vez iba más rápido, quería llegar de una vez allá donde reinara la paz frente a estas torturadoras preguntas. Finalmente llegué a mi destino, frente al hostal del pueblo, que había visitado esa misma calamitosa mañana; escruté por la ventana de la taberna para ver si veía a esa muchacha de ojos claros, que había calibrado tan estrechamente con una mirada desvergonzada mi virilidad. La vi sentada bajo la luz turbia de una única y pequeña bombilla, entretenida cosiendo algo. La miré durante largo rato, dudé y me pregunté por qué la había buscado cuando me invadía un sentimiento de autohumillación voluptuosa y dolorosa. Aunque tampoco encontré respuesta a esta pregunta.

Aunque todas estas cuestiones me habían cansado, recorrí con decisión el camino hacia el hostal, tanteé en el pasillo oscuro hasta encontrar el picaporte, entré veloz y exclamé con una vitalidad sobreentendida:

—¡Aquí estoy de nuevo, mi preciosa criatura! —Y me senté en un sillón de mimbre junto a ella.

Todo eso que había acabado de hacer era muy parecido a lo que solía hacer últimamente, pero se diferenciaba tanto de mi anterior serenidad, de mi comportamiento medido, que no pude más que asombrarme abiertamente de mí mismo, incluso con una perplejidad casi miedosa, como quizá se observa a un actor que ha aceptado un papel osado que ni él mismo está seguro de que podrá representar con convicción hasta el final.

La muchacha alzó la mirada de su costura, me miró por un momento con sus ojos claros y la punta de su lengua apareció rápidamente en la comisura de la boca.

—¡Ah, es usted! —dijo únicamente y esas tres palabras incluían nuevamente su sentencia sobre mi persona.

—¡Sí, soy yo, mi querida! —dije yo rápidamente con esa rapidez de lengua y arrogancia tan extrañas para mí—. Y me gustaría beberme uno o dos, o por qué no cinco, de esos chupitos suyos tan exquisitos. Y si le apetece puede acompañarme.

—Nunca bebo aguardiente —respondió fría y a la defensiva, aunque se puso de pie, se dirigió hacia la barra, cogió un vaso pequeño y una botella y me sirvió en la mesa. Se sentó y colocó la botella en el suelo a su lado.

—Por cierto —añadió volviendo a su labor de costura—, cerramos en un cuarto de hora.

—Pues beberé aún más rápido —dije yo, agarré el vaso y lo vacié de un trago—. Aunque si usted no bebe aguardiente —proseguí— me gustaría invitarle a una botella de vino o de champán, si es que tienen ustedes aquí algo así. Puede usted elegir.

Mientras tanto había llenado mi vaso de nuevo y yo volví a vaciarlo de un trago. Ya había olvidado todo lo pasado y lo que me acababa de ocurrir, vivía solo ese minuto, con esa muchacha frágil aunque compleja, que me trataba con un desprecio tan notorio.

—Champán tenemos —dijo— y además me gusta beberlo. Aunque tengo que avisarle de que ni me voy a emborrachar ni me dejaré llevar a la cama por una botella de champán.

Dijo eso mirándome, sus desvergonzadas palabras iban acompañadas de esa desvergonzada mirada. Tuve que seguir interpretando mi papel.

—¿Quién hubiera pensado eso, preciosa? —dije despreocupado—. Vaya a buscar su champán. Se lo puede beber usted sin preocuparse haciéndome compañía. Usted para mí es —dije en voz más alta y después de volver a beber— como un ángel de otra estrella, un ángel malo que ha puesto el destino en mi camino. Tengo suficiente con observarla.

—Mirar no cuesta nada —dijo ella riendo brevemente, una risa que sonó maliciosa—. Para mí usted es un extraño santo, aunque pienso que esta misma noche averiguaré por qué está usted tan alterado.

Me volvió a servir una copa y se fue a buscar el champán. Esta vez se entretuvo más tiempo. Corrió las cortinas de las ventanas, salió fuera de la casa y entonces oí cómo cerraba los postigos y después la puerta de entrada. Mientras cruzaba la taberna dijo al pasar junto a mí:

—Ya he cerrado, no vendrá nadie más. Y los dueños ya están durmiendo.

Esto último lo dijo al pasar, pero entonces se detuvo y añadió con tono de burla:

—¡Aunque no se haga usted muchas ilusiones!

Antes de que pudiera contestar ella ya se había ido. Aproveché el tiempo de su ausencia para servirme y beberme rápidamente dos o tres vasos seguidos de la botella. Entonces ella volvió con una botella de corcho dorado en la mano. Colocó un vaso alargado frente a ella en la mesa, quitó el alambre doblándolo con pericia y extrajo el corcho de la botella sin hacer ruido. La espuma blanca emergió del cuello de la botella y ella lo sirvió rápidamente, esperó un momento y volvió a servir. Entonces se llevó la copa a la boca.

—No beberé a su salud —dijo— porque entonces usted querrá brindar conmigo y por el momento ya ha bebido suficiente.

No la contradije. Todo mi cuerpo estaba tan lleno de alcohol, que todo lo que había bebido parecía zumbar dentro de él como un enjambre de abejas: no había parte que no estuviera ocupado por este. Ella volvió a dejar la copa, me miró con sus ojos hechizantes y me preguntó burlona:

—Bueno, ¿cuántos vasos de aguardiente se ha servido en mi ausencia? ¿Cinco? ¿Seis?

—¡Solo tres! —respondí y me reí. Ni siquiera se me ocurrió que debía avergonzarme de ello, ante esa muchacha esos sentimientos desaparecían de uno por completo—. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—¿Vendrás a menudo? —me preguntó como respuesta.

—Quizá —le respondí algo confundido—. ¿Por qué?

—¿Por qué si no quieres saber mi nombre? Para la media hora que llevamos sentados aquí es completamente suficiente con «pequeña preciosa» o como me quieras…

—Entonces no me digas tu nombre —le dije de repente irritado—. ¡Me da completamente igual!

Cogí la botella y volví a servirme. Ahora ya tenía claro que estaba completamente borracho y que no debía seguir bebiendo. Sin embargo, la atracción de seguir bebiendo era más poderosa. El tejido de colores de mi cerebro me seducía, las oscuras espesuras nunca visitadas de mi interior atraían mi pie; desde la lejanía una voz me llamaba, no sabía qué me decía, en todo caso era una atracción…

—No sé si vendré a menudo aquí —dije de forma apresurada—. No te puedo aguantar, te odio y, a pesar de todo, esta noche he vuelto a ti. Esta mañana me he tomado el primer aguardiente de mi vida, tú me lo serviste, tú te has colado con él en mi sangre, ¡tú me has envenenado! Eres como el espíritu del aguardiente: vaporosa, embriagadora, corrompedora…

La miré conteniendo la respiración, mayormente yo mismo asombrado por las palabras que había dicho, que yo había expulsado, no sabía desde dónde… Estaba sentada frente a mí. No había vuelto a coger su labor de costura. Tenía las piernas, calzadas con zapatos rojos y sin medias, cruzadas y con la falda un poco por encima de las rodillas. Sus piernas eran algo bastas, pero largas y bien proporcionadas. En la pantorrilla derecha vi un lunar marrón casi del tamaño de un céntimo, lo que encontré bonito. Sostenía un cigarrillo en la mano, expulsaba el humo a través de los labios casi cerrados, me miraba sin pestañear.

—Sigue hablando, padrecito —me dijo—, cada vez lo haces mejor… sigue hablando…

Intenté reflexionar. ¿De qué acababa de hablar? La necesidad de abrazarla, de tocarla, era tremenda. Sin embargo, permanecí firme en mi sillón de mimbre, me agarré con las manos a los reposabrazos. De repente me oí hablar de nuevo, hablaba muy lentamente y con mucha claridad y, a pesar de todo, no tenía aliento por la excitación.

—Soy un comerciante —oí como yo mismo decía—. Tenía un negocio bastante bueno, pero ahora mismo estoy en bancarrota, todos se reirán de mí, todos, todos, mi mujer la primera… He cometido muchos fallos, Magda me los reprochará todos. ¿No lo sabes, verdad? Magda es mi mujer.

No me quitaba los ojos de encima, con su rostro muy blanco, como si estuviera empolvado, que tenía algo de hinchado; sus cejas oscuras altas y arqueadas por encima de esos ojos casi incoloros.

—Aunque aún puedo sacar algo de dinero del negocio, unos cuantos miles de marcos, lo haría incluso para hacer enfadar a Magda. Magda quiere salvar el negocio. ¿Es ella superior a mí? Yo podría vender el negocio, ya sé a quién, una joven empresa. Me darían diez mil, incluso doce mil marcos por la empresa, podríamos viajar… ¿Has estado alguna vez en París?

Me observaba, en su rostro no se podía leer una afirmación o negación. Yo seguía hablando, cada vez más rápido y sin aliento.

—Yo tampoco he estado allí —proseguí—, pero he leído sobre la ciudad. Es la ciudad de los bulevares arbolados, de las plazas amplias, de los parques frondosos… De joven aprendí un poco de francés, pero abandoné muy pronto la escuela, mis padres no tenían dinero suficiente. ¿Sabes qué quiere decir Donnez-moi un baiser, mademoiselle?

Ella no reaccionaba, no me decía ni que sí ni que no.

—Quiere decir Deme usted un beso, señorita. Aunque a ti habría que decirte Donnez-moi un baiser, ma reine! Reine significa reina, y tú eres la reina de mi corazón, tú eres la reina del veneno, que se envasa y tapa con un corcho en las botellas, dame la mano, Elsabe —te llamaré Elsabe, reina—, quiero besar tu mano…

Me volvió a llenar el vaso.

—Toma, bébete esto y después te vas a casa. Ya es suficiente, has bebido demasiado y yo estoy harta de ti. Te puedes llevar la botella de aguardiente, aunque deberás pagar toda la botella al precio de venta al público. No es una tomadura de pelo, no me vengas mañana con que te he tomado el pelo; tú mismo te has servido y yo no sé cuánto…

—No hables, Elsabe —dije yo fatuo y lloroso—. ¡Nunca haría algo así! ¿Qué es el dinero?

—¡No me enseñes tú cómo son los hombres! Cuando vais cargados y estáis cachondos entonces gritáis: «¿Qué es el dinero?». Y a la mañana siguiente venís con un gendarme y gritáis que os han tomado el pelo. El aguardiente, el champán y mis cigarrillos, todo junto son…

Me nombró una suma.

—¡Aunque fuera más! —volví a decir fatuo y saqué mi cartera—. ¡Aquí tienes!

Le entregué el dinero.

—Y este… —Y cogí un billete de cien marcos y lo puse a su lado— es para ti. Porque te odio y porque tú me desprecias. Cógelo, cógelo ya. ¡No quiero saber nada de ti, nada! Vete. Ya te tengo metida en mi sangre, ya nunca podré poseerte, pues te llevo en mi interior. Seguramente eres sosa y aburrida, no debes de ser de aquí, probablemente de otra ciudad grande, donde lo has dejado todo, ¡estos son únicamente los restos!

Estábamos el uno frente al otro, el dinero sobre la mesa, la luz era tenue. Yo me balanceaba silencioso sobre mis pies, con la mano agarraba del cuello la botella medio vacía de aguardiente. Me miró.

—¡Guárdate el dinero! —me dijo murmurando—. Recoge el dinero de la mesa… No quiero tu dinero… Vete…

—No me puedes obligar a volver a coger el dinero, lo dejaré allí… Te recompenso, reina del aguardiente claro, llamada Elsabe, me voy…

Me dirigí penosamente hacia la puerta, estaba la llave echada, me esforcé en girarla dentro de la cerradura…

—Tú —me llamó ella de forma hermética—, tú…

Me volví. Su voz se había vuelto baja, pero llena y tierna, de ella había desaparecido toda fragilidad.

—Tú —repitió ella y en sus ojos ahora se reflejaba el color y la luz—, tú, ¿quieres?

Ahora era yo el que la miraba en silencio.

—Descálzate, no hagas ruido en la escalera, los dueños del local no te pueden oír. Ven, rápido…

En silencio hice lo que me ordenó. No sabía por qué lo hacía. Ahora no la deseaba, así no la deseaba.

—¡Dame la mano!

Apagó la luz y me condujo de la mano, en la otra yo seguía llevando la botella de aguardiente. La taberna estaba sumida en la oscuridad, así que me arrastré tras ella. A través de una pequeña y polvorienta ventana la luz de la luna caía sobre la estrecha y tortuosa escalera. Yo trastabillaba, pues estaba muy cansado. Pensaba en mi cama de casa, en Elsabe llena de deseo, en el largo camino hasta casa, era demasiado para mí. El único consuelo era la botella de aguardiente en mi mano, que me conferiría fuerzas. Hubiera preferido quedarme ahí de pie y haberle dado un trago a la botella, así de cansado estaba. Los escalones crujían, la puerta de la habitación chirrió un poco al abrirla.

La habitación también estaba inundada por la luz de la luna. Había una cama, toda revuelta, un palanganero de hierro, una silla, un clavijero en la pared…

—Desvístete —le dije yo en voz baja—, ahora mismo vengo.

Y para mí mismo:

—¿Aquí se ven las estrellas?

Me acerqué a la ventana, que daba a un frutal. Abrí una de las alas de la ventana; se coló el aire primaveral, templado como una tierna caricia, repleto de fragancias y un viento tierno. Bajo la ventana había un tejado inclinado de tela asfáltica sobre un cobertizo.

—Está muy bien —volví a decir en voz baja—, este tejado inclinado está muy bien…

No podía alcanzar a ver la luna, estaba detrás del tejado de la casa por encima de mi cabeza. Pero su luz le confería una apariencia blanca al cielo, solo se veían las estrellas más brillantes, aunque también lánguidas. Estaba descontento e irritado.

—A ver si vienes de una vez —dijo ella enfadada desde la cama—. ¡Date un poco de prisa! ¿Te piensas que no necesito dormir?

Me di la vuelta y me agaché por encima de la cama. Estaba tumbada de espaldas y tapada hasta el cuello. Alcé la colcha y coloqué por un momento mi rostro sobre sus pechos desnudos. Estaban fríos y firmes. Respiré suavemente, fríos y firmes. Olía bien, a cabello y carne.

—¡Cierra la ventana! —murmuró impaciente—. ¡Quítate la ropa y deja de hacer tonterías, que ya no eres un colegial!

Me alcé emitiendo un profundo suspiro, agarré la botella y salí por el tejado del cobertizo. Detrás de mí oí una llamada de enfado y rabia. Aunque yo me deslicé hasta el jardín.

—¡Viejo borracho imbécil! —gritó ella arriba y entonces cerró la ventana. Yo me encontraba entre los arbustos, aspiraba el aroma de las lilas. La noche de primavera era completamente limpia. Me llevé la botella a la boca y le di un buen trago…