El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 32 de 64

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El bebedor

Capítulo 32

32

El señor abogado doctor Husten, que hasta la fecha solo conocía de vista, era un hombre cercano a los cuarenta, algo lento, con el rostro arrugado y lívido de un inocente con éxito. No hacía mucho que ejercía en mi ciudad natal y era conocido por ser astuto, algo inofensivo y muy caro. En mis asuntos de negocios naturalmente que nunca lo hubiera elegido para que me asesorara, pero en un asunto penal como ese me parecía el hombre adecuado. Me llamaron cuando estaba trabajando con la leña y me encontré esperando al doctor Husten en el despacho del director; había reaccionado casi instantáneamente a mi escrito. El doctor Husten me estrechó la mano casi enfáticamente, me aseguró con voz grave y una «r» rotada que se alegraba enormemente de conocerme. Se dirigió al director con el cómico ruego de dejarnos un sitio íntimo donde poder hablar en privado. El inspector sonrió y le ordenó al sargento que nos condujera hasta mi celda. Al indignado Düstermann lo enviaron a pasear al patio.

—¡Que a nadie se le ocurra tocar mis cosas! —dijo antes de irse.

En lugar de ocuparse de mi asunto, el doctor Husten me preguntó murmurando quién era ese imponente y maleducado hombre que acababa de ver y afirmó con una profunda inclinación de la cabeza en cuanto le orienté brevemente.

—¡Ah, es él! He oído hablar de él. Me pregunto quién se debe ocupar de su defensa, pues el tipo está forrado. Aún se puede hacer algo con lo suyo.

A mí me interesaba más qué se podía hacer con mi caso, así que me permití recordárselo al doctor Husten algo irritado.

—Ah, ¿su caso me dice? —me preguntó sorprendido y retórico—. Su asunto está bien encauzado. Acabo de ver el expediente, se le asignará el parágrafo 51 y saldrá libre de condena, ¡usted deje que me ocupe yo de ello, querido señor Sommer!

Le pregunté aún más irritado:

—¿Y qué será de mí cuando me asignen el parágrafo 51?

El abogado me contestó sorprendido:

—¿Qué será de usted? Legalmente para usted el asunto estará finalmente finiquitado. ¿Y personalmente? Supongo que le ingresarán por un tiempo en un sanatorio. ¡Y por motivos de salud es lo mejor que usted podría esperar!

—¿Y por cuánto tiempo se supone que permaneceré ingresado en un sanatorio como ese, señor doctor Husten? —le pregunté malicioso—. ¿Cinco años? ¿Diez años? ¿Para toda la vida?

El abogado rio.

—¡Ajá! ¡Alguno de los presos le ha puesto la mosca tras la oreja! ¡Para toda la vida! ¡Lo que me faltaba oír! Es imposible que le pase a usted eso. Usted es una persona juiciosa, dueño por completo de sus facultades mentales…

—Eso es lo que pienso yo —le corroboré— y no es de recibo que me apliquen el parágrafo 51. No, señor doctor Husten, soy completamente responsable de lo que he hecho y estoy dispuesto a acarrear con las consecuencias.

—¡Pero mi querido señor Sommer! —me dijo solemnemente—. ¡Entonces le condenarían a un año de cárcel! ¡Saldría usted siendo un hombre deshonrado! ¡La gente lo señalaría con el dedo!

—¡Aun así! —me reafirmé yo como un fiel alumno de Mordhorst—. Prefiero sin duda pasarme un año en la cárcel que toda la vida en un sanatorio…

—¡Sin duda alguna! Se pasará usted medio año, un año en la cárcel, señor Sommer…

—¿Me lo dará usted por escrito, señor doctor Husten? ¿Con su palabra de abogado…?

—Naturalmente que no puedo hacer eso, mi querido amigo —dijo el abogado. Ahora parecía muy enfadado y tamborileó nervioso con los dedos sobre la mesa—. Yo no soy médico. Solo un médico puede juzgar hasta dónde alcanza su nivel de alcoholismo y cuánto tiempo hace falta para una sanación total y sin reincidencia. ¡Pero mi querido señor Sommer! —me dijo de nuevo con dominio de sí mismo y mantuvo ese optimismo vencedor que había aprendido—, deje usted de lado esa oscura desconfianza. Confíe usted sin pensarlo en las manos sanadoras de los médicos. Piense usted también que no está usted preparado ni mental ni físicamente para soportar las exigencias de una larga estancia en la cárcel. Y tampoco puedo creer que una estancia de este tipo, que una elección así, teniendo en cuenta a su querida esposa, sea…

¡Con esas palabras había metido la pata completamente!

—Señor doctor Husten —salté escandalizado—. ¿Se puede saber qué está usted representando aquí: mis intereses o los de mi mujer? ¿Cómo sabe usted cuáles son los deseos de mi mujer? ¿Quizá ha hablado usted con mi mujer antes de visitarme?

Todo mi cuerpo temblaba de excitación.

—Pero querido señor Sommer —quiso tranquilizarme y me puso la mano sobre el hombro—. ¿Por qué se altera usted de esta manera? Naturalmente que le he hecho una visita a su mujer; como su abogado es algo que debía hacer. Y le puedo informar de que su mujer piensa en usted con pena, pero sin ningún rencor. Estoy convencido de que lamenta en lo más profundo su destino…

—¡Sí, y ese pesar nada rencoroso lo expresa claramente en su declaración incluida en mi expediente! —le grité cada vez más escandalizado—. ¿Es que no ha leído usted el expediente, señor doctor Husten? No, encuentro irresponsable que como defensor mío y sin consultarme se haya usted entrevistado con la principal testigo de la acusación.

—Pero tuve que hacerlo, querido amigo —se opuso el abogado sonriendo levemente ante mi inocente falta de mundología—. Tuve que consultar quién se iba a hacer cargo de mis honorarios. En cierto modo ahora mismo usted no dispone de medios…

—Se equivoca usted, doctor Husten —le dije yo muy fríamente—. Todo lo de ahí fuera: el negocio, las cuentas bancarias, los intereses, la casa, todo me pertenece a mí, solo a mí. No a mi mujer. Y aún no me han ingresado en un sanatorio, todavía no me han inhabilitado…

—Seguro, seguro —dijo el abogado tranquilizándome—. Tiene usted toda la razón. Siento haberme expresado incorrectamente, no debería haber dicho que no dispone usted de medios. Digamos que ahora mismo usted en cierta manera tiene restringido el acceso a sus propiedades, mientras que su mujer, como su fiel representante…

—Voy a hacer todo lo posible, doctor Husten —dije yo y me puse de pie definitivamente—, para que mi mujer no ejerza más este cargo como mi representante. Así seguramente se enfriará rápidamente su interés en encerrarme en un sanatorio para toda la vida. Le voy a comunicar a mi mujer que su visita me ha convencido completamente de la necesidad de separarnos lo antes posible.

—Mi querido amigo —dijo el abogado rotundamente y activó su gran capacidad mímica—. ¡Qué inocente llega a ser usted a sus cuarenta años! (¿No es cierto que tiene usted cuarenta años?). ¡Siempre dándose con la cabeza en la pared! ¡Siempre sacando las cosas de quicio! ¡Bueno, bueno, bajo un correcto tratamiento médico se tranquilizará usted!

Su amistosa y repugnante sonrisa tenía ahora algo de sarcasmo impronunciable.

—Por lo demás concluyo que no me va a confiar usted su caso, ¿cierto?

—Exacto, doctor Husten.

—Pues lo siento de veras; no lo siento por mí (su caso es para mí muy insignificante, señor Sommer, muy insignificante), ¡sino que lo siento por usted y por su mujer! Se dirige usted ciego hacia la desgracia, señor Sommer, y cuando abra usted los ojos será demasiado tarde para usted. Es una pena.

Me estrechó rápidamente la mano.

—Pero no nos separemos como enemigos, señor Sommer. Nos hemos conocido, nos hemos saludado y volvemos a separarnos. Barcos que se encuentran de noche.

¿Conoce usted el exquisito libro de la baronesa Heyking?[3] ¡Quizá le iría bien leerlo, señor Sommer!

El señor doctor Husten abandonó mi celda con la cabeza alta; yo, sin embargo, le seguí a cierta distancia y volví a mi trabajo con la sierra en el patio de la leña. Así le informé hasta el último detalle a Mordhorst sobre la conversación que habíamos mantenido; por primera vez me elogió, lo que reforzó mi postura de dedicarme a acelerar la separación de Magda y privarle así de la administración de mis bienes.