El bebedor
Capítulo 38
38
Fue el supervisor quien me vistió, me entregó una chaqueta marrón y un pantalón a rayas de paño, además de unas zapatillas de cuero. La ropa que me entregaron estaba nueva y el supervisor me trató con distinción. Aunque quizá hubiera sido mejor que me hubiera entregado unos viejos harapos como a los demás; ellos vieron cómo me entregaban ropa nueva y eso reforzó su aversión contra mí.
—¡El lobo solitario quiere ser más que nosotros! —decían y me lanzaban miradas envenenadas.
Además, hice algo extraño con mi vestimenta. Me dejaron coger de mi maleta jabón y el cepillo de dientes y así conseguí, en un momento en que no me observaban, hacerme con una maquinilla de afeitar. Ya lo había intentado una vez, pero en esa ocasión aún era demasiado flojo y cobarde y aún no intuía toda la desgracia que me esperaba a la vuelta de la esquina. Ahora procedería de manera diferente y me cortaría sin miedo al dolor. No, no ahora mismo, pues mi acción, el coger en secreto esa maquinilla de afeitar, me había sorprendido a mí mismo. Aún no, primero lucharía. Pero en el caso de que mi lucha no diera fruto… Bueno, en cuanto tenga la vista y ordenen mi traslado permanente a esta clínica psiquiátrica entonces sí, entonces… Lo que sé seguro es que en este infierno no voy a pasar mi vida.
Por primera vez he desayunado con mis compañeros de desgracias, a las seis y media de la mañana; a la luz del primer sol sus rostros tenían un aspecto completamente desconsolado. Rostros toscos, rostros animalescos, rostros obtusos. Barbillas superdesarrolladas o inexistentes. Personas bizcas, personas con joroba, personas achaparradas. Tan pálidas y sombrías como sus gastados uniformes. El supervisor me ha indicado un sitio en la última mesa, al final del todo, junto a la pared. Está bien así, de esta forma los puedo ver y observar a todos y sentado nadie me molesta. He ido a buscar al ordenanza un cuenco con café caliente de achicoria y el supervisor me ha entregado tres gruesas rebanadas de pan, dos untadas con margarina, la otra con mermelada. Las como lentamente y con gran apetito, las mastico a conciencia, quién sabe lo que habrá al mediodía para almorzar. El caldo de col me ha asustado mucho. Algunos reciben más pan y también «relleno»; el relleno consiste en cebollino, cebolla o requesón. ¡Tal como he sabido se trata de los trabajadores externos, como deben trabajar todo el día duramente reciben por lo tanto un relleno tan valioso!
Poco después del desayuno suena el aviso «¡A formar!» y todos los que trabajan forman y son acompañados por el agente al cruzar la puerta de rejas y solo quedamos los que se ocupan de las labores en el edificio, los así llamados ordenanzas, los enfermos y yo. Hay tantos enfermos…
Me coloco junto a la ventana y observo cómo la gente sale de todas las casas al patio. Es mucha, mucha gente la que sale, a la izquierda también hay una fila de mujeres. Hay muchos uniformados que vigilan a estos enfermos, supervisan durante el trabajo, arrean, frustran cualquier intento de fuga. Y entonces el patio se vacía. Un hombre gordo, vestido de blanco, el señor inspector superior, los distribuye para el trabajo, algunos se retiran con guadañas, otros con azadas, muchos se dirigen a la fábrica.
Así que recorro el pasillo de arriba abajo con Hielscher, de arriba abajo. Hielscher es un pequeño jorobado, que habla un alemán muy cuidado con una voz suave y muy clara. Hielscher me llama «señor Sommer» y de «usted»; eso me sienta bien. Me cuenta muchas cosas con su voz suave y clara de esta casa y de sus inquilinos. Por lo demás pela patatas, desde hace seis años se dedica a pelar patatas, desde hace once años está internado en esta institución.
—Soy un delincuente sexual —me dice suave y refinado—. El médico jefe me ha hecho una revisión. Según él soy un débil mental congénito, sufro de varios impedimentos y mi capacidad de cálculo está muy mermada. Y además tengo una joroba, eso se ve fácilmente, y también cojeo. ¿Es eso grave, señor Sommer?
Estoy muy sorprendido por esa pregunta:
—¿Grave? —le pregunto perplejo—. ¿A qué se refiere con grave?
—Bueno, si se trata de una enfermedad grave o leve, señor Sommer.
Y me observa con sus ojos vivaces, pero al mismo tiempo tristes.
—No, seguro que no es tan grave.
—Eso mismo pienso yo —dice Hielscher—. Seguro que pronto me dejarán en libertad. ¿No tendrá usted un poco de tabaco para mí, señor Sommer?
Le explico a Hielscher que yo también echo de menos el tabaco, pero que por desgracia no le puedo dar. Tras ello, el interés de Hielscher en mí desaparece rápidamente, me abandona y yo recorro el pasillo de abajo arriba solo. Esa mañana fue interminable. Yo andaba y andaba, pero las agujas del reloj no avanzaban. En ocasiones me asomaba a las dos salas de estar, pero los que estaban sentados allí sin hacer nada, las figuras adormecidas, esos acabados me producían rechazo. Los únicos que estaban ocupados con escobas y cubos eran los ordenanzas, como en todas las cárceles, esas personas que más o menos tenían un buen aspecto y limpio, mañosos y sin escrúpulos, arrastrándose tras los funcionarios, informándoles de cualquier nimiedad sobre sus compañeros de prisión, sobornables y brutos frente a sus compañeros. Los veía ir de celda en celda, supuestamente ordenando, aunque básicamente buscando en las camas una rebanada de pan o una pipa escondidas. Reforzó mi antipatía cuando vi que el tan odiado Lexer también era una especie de ordenanza, un ayudante de ordenanza, que se pasaba la mayor parte del día en una de las celdas de trabajo del edificio haciendo cepillos, pero que siempre sabía montarse un negocio en la galería.
Un hombre de mediana edad, con un rostro en su momento inteligente, ahora abobado y sin esperanza, se encargaba de limpiar la escalera; de tiempo en tiempo interrumpía su limpieza, abría una ventana y gritaba a través de las rejas improperios maleducados contra personas imaginarias. Yo observaba a Lexer, cómo se acercaba furtivamente al hombre que soltaba los improperios, le saltaba encima de la espalda y agarrándole por la cabeza le daba contra los barrotes. Y le gritaba con estridencia:
—¿No deberías estar trabajando, sinvergüenza? ¿Siempre tienes que estar gritando? ¡Comer lo que quieras, pero trabajar nada! ¡Ya verás tú!
Y continuaba arreándole.
Me hubiera gustado acudir en ayuda del atontado, pero la reja de hierro que daba a la escalera estaba cerrada y últimamente me había propuesto seriamente no inmiscuirme aquí en ninguna de las peleas y mantenerme completamente neutral. Cuanto menos llamara la atención, más favorable sería el dictamen del médico para mí. Además, le tenía miedo a ese Lexer. También tenía todas las razones para ello. Siempre he visto a ese hombre, o mejor dicho mocoso —debía de estar camino de los treinta y su desarrollo se había parado mucho antes— con los ojos siempre atentos del odio. Era un malnacido hijo de perra. Lo más bonito que hacía era torturar a sus compañeros presos, siempre atosigándoles, empujándoles, pegándoles, denunciándoles al supervisor. Nunca tenía suficiente. Si un preso entraba en secreto una pequeña cebolla después de su paseo, o bien Lexer se la arrebataba o bien denunciaba al compañero al supervisor por robo. Y como la cebolla había sido robada, naturalmente del huerto de la clínica, el ladrón era arrestado durante dos semanas. A los más débiles, Lexer los arrinconaba en esquinas apartadas y les pegaba hasta que conseguía que le entregaran el tabaco o cualquier cosa que tuvieran que él considerara de valor. Con los más fuertes lo intentaba con astucia, les engañaba con grandes promesas de aumentar sus raciones de pan, que nunca cumplía.
Sin embargo, entre los funcionarios, Lexer caía bastante bien. Allí representaba el papel de loco de la casa, su labia desvergonzada y retumbante siempre tenía preparado el chiste adecuado, a menudo dirigido a uno de los presos, cumplía con rapidez cualquier servicio para los funcionarios, hábil y solícitamente y cuando le atrapaban haciendo una de las suyas, se dejaba pegar con un gesto cómicamente quejoso.
—Uno no puede ser malo con ese hijo de puta —decían los guardianes y lo perdonaban a él y su desvergonzada tiranía para con los demás presos. Sobre todo para ellos era ciertamente de utilidad, pues gracias a él se enteraban de lo que pasaba en el edificio.
Lexer entró ya con seis años en un orfanato y desde entonces pasó siempre muy pocas semanas o meses en libertad, pues siempre volvía a las sólidas casas del Estado: al centro de ayuda social, al reformatorio, a la cárcel. Finalmente lo ingresaron como irrecuperable en esta clínica mental y además, como él muy bien sabía, para toda la vida. Aunque no le molestaba. En esta casa, que a mí me parecía el infierno, él se sentía magníficamente. Aquí él se encontraba en su elemento. Aquí podía dejar vía libre a sus vilezas. Él representaba el papel de auxiliar de ordenanza, de auxiliar de agente, el diablo superior. Aquí él podía arrear la cabeza de un débil mental, de un esquizofrénico, contra las rejas, y esperar a ser posible un elogio, pues controlaba muy severo el que la gente trabajara.