El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 20 de 64

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El bebedor

Capítulo 20

20

¡Si no hubiéramos estado allí en una plaza al aire libre hubiera estrangulado a ese tipo! Así que le miré durante un momento ceñudo y amenazante, agarré aún con más fuerza mi maleta y, sin prestarle atención, cogí el camino hacia la estación. Aunque oí bien cómo iba detrás de mí e incluso percibí su odiosa voz rastrera y murmurante:

—¡Deje que le lleve la maleta, señor! ¡Por favor, deje que le lleve la maleta, señor!

Hice como si no le hubiera oído y aceleré mi paso. ¡Pero de repente sentí una mano junto a la mía en el asa de la maleta y de nuevo a plena luz del día y en plena calle Polakowski me había vuelto a arrancar la maleta de la mano! Furioso me di la vuelta y grité:

—¡Devuélvame ahora mismo la maleta, Polakowski!

Sonrió humildemente:

—No tan alto, señor —me rogó murmurando—. La gente ya nos está mirando y esto es penoso para usted, señor. No para un pobre trabajador como lo soy yo, pero para usted, señor…

—Me va a devolver usted inmediatamente la maleta, Polakowski —le repetí, aunque en voz más baja, pues la gente nos observaba.

—Después, después —dijo él para tranquilizarme—. Se la llevaré con mucho gusto, señor. Hasta la estación, ¿no es cierto?

Y sin esperar a que le respondiera pasó junto a mí y adelantándome se dirigió hacia la estación. Le seguí con un sentimiento de impotencia y desamparo. Con odio miraba la figura ligeramente inclinada hacia delante en una chaqueta azul oscuro y su cabello, ligeramente dorado, peinado con sencillez hacia atrás, que tenía un destello rojizo. Desde esos minutos que yo marchaba tras Polakowski en dirección hacia la estación supe que lo hacía como un asesino justo antes de cometer un crimen. Y yo no podía hacerle nada, nada, él era más fuerte que yo, tanto física como moralmente. Solo tenía que llamar al primer policía que se le presentara y yo ya estaba perdido, muy bien lo sabía el canalla.

Si durante esos minutos hubiera tenido más sangre fría y hubiera reflexionado más, hubiera dejado tranquilamente a Polakowski que se fuera con mi maleta y me habría esfumado silenciosamente en una calle lateral. Estando en posesión de una suma tan grande de dinero como el que llevaba en el bolsillo, me podía resignar tranquilamente a la pérdida de la maleta, constituía el precio del rescate con el que me podía librar de ese miserable. Pero esos pensamientos no se me pasaron por la cabeza, me hervía la sangre, no hacía frío y yo no podía pensar.

Llegados a la plaza frente a la estación, Polakowski no entró en ella, sino que sin volverse hacia mí, convencido de que yo le seguiría como un perrito, se metió en el retrete público, hacia la izquierda, algo escondido por los arbustos. Una vez llegado a este dejó la maleta en el suelo, chasqueó sus falanges y dijo:

—Bueno, señor, aquí podemos hablar con completa tranquilidad.

Miré a mi alrededor: el agua corría ya en la media docena de lavabos, pero a tan temprana hora aún faltaba la clientela. Polakowski tenía razón: aquí podíamos hablar con completa tranquilidad.

—¡Y eso es lo que vamos a hacer! —le grité furioso—. Qué se piensa usted, Polakowski, que me puede seguir y espiar continuamente. Esta misma noche y ahora otra vez…

—¿Espiarle? —repitió él en un desagradable tono de reproche—. Pero señor, si le he traído su aguardiente. —Y realmente sacó la botella del bolsillo del pantalón—. Esta mañana se la ha olvidado usted. Sin embargo, yo soy un hombre honesto. Le he dicho a mi mujer: «El señor ha pagado el aguardiente, así que es suyo». Y así lo he hecho. —Y mantuvo la botella en alto—. Beba usted, señor. Ya lo he descorchado, el tapón está completamente suelto.

Mi gesto era de furia. Sin embargo, no se dejó desanimar y volvió a enseñarme la botella.

—Beba usted —volvió a lisonjearme—. Usted es un hombre tan simpático cuando ha bebido un poco; no le sienta bien cuando está usted sobrio, está usted siempre tan irritado…

Él mismo extrajo el corcho de la botella y frotó con el borde húmedo el cuello de la botella.

—Lo oye usted, señor —dijo riendo—, el aguardiente le está llamando…

Y hoy en día aún me es inconcebible, pero con su tonta afectación el tipo me había vuelto a persuadir. Ahora yo mismo riendo agarré la botella y dije:

—¡Asqueroso canalla! —Y bebí, bebí mucho y durante un buen rato. Después dejé la botella, la tapé, me la puse en el bolsillo de mi pantalón y le pregunté—: Bueno, ¿qué es lo que quieres de mí, Polakowski? ¿No has recibido ya todo lo que deberías?

—No hablamos de eso, señor —dijo Polakowski diligente—. No hablamos de esas fruslerías. Yo sé que usted es un hombre de honor. Realmente es usted un hombre noble. Usted no podría soportar dejar que un pobre trabajador se eche a perder en la miseria…

—¿Qué quiere decir eso, Polakowski? —pregunté yo muy atento—. Creo que conmigo ya has ganado más que suficiente. Si pienso en mis joyas de oro…

No me prestó atención.

—Vea usted, señor —empezó a decir con su voz más engatusadora y chasqueó sus falanges, lo que era asqueroso—, una persona como yo viene a ser como una simple pieza de ganado, ha nacido en la mierda y nunca saldrá de la mierda; un hombre tan distinguido como usted no se lo puede ni llegar a imaginar.

—Me puedo imaginar un montón de cosas de ti, Polakowski —dije furioso—. Y naturalmente tiene que ver con la mierda…

De nuevo no prestó atención a mis palabras. Prosiguió de forma insistente y convencida:

—Y cuando una pieza de ganado como esta ve un negocio, que podría sacarle de la mierda para el resto de su vida, sí señor, entonces no puede haber un cambio de opinión, ¡entonces hay que cerrar ese negocio, señor!

Me miró y repitió, aunque esta vez su voz no era ni suave ni aduladora:

—¡Voy a hacer el negocio, señor, aunque me cueste la vida!

Por dentro temblé ante la furiosa amenaza de su voz, pero por fuera le pregunté completamente tranquilo:

—¿Y cómo tiene que ser este negocio, Polakowski?

Se pasó la mano por los ojos, como si se sacara de encima una imagen mala. Empezó a sonreír, lisonjero y tierno, de nuevo ostentaba el poder.

—¿Que cómo tiene que ser este negocio, señor? —Volvió a reír con más fuerza y chasqueó los nudillos de sus dedos—. El señor es el que mejor sabe cuánto dinero ha retirado del banco y qué cantidad me quiere dar a mí.

Me quedé inmóvil a raíz de esa insolencia, yo había esperado que reclamara para sí toda la plata, y estaba casi decidido a entregársela, pero no me había esperado que me pidiera una parte de mi valioso dinero.

—Está usted loco, Polakowski —dije yo riendo—. Además, ha prestado usted poca atención, en el banco no he retirado ni un solo céntimo, mi mujer ha hecho cancelar la cuenta, así que ya no puedo sacar dinero, ¿lo entiende?

Me escuchaba con un silencio sombrío. Metí la mano en el bolsillo lateral de mi chaqueta y saqué el dinero que me quedaba de lo que había cogido de la hucha de Magda.

—Aquí tiene, vea usted mismo, este es todo el dinero que me queda.

Le mostré el dinero. Su mirada oscura y recelosa pasó de mirarme a mí al dinero que había en mi mano:

—¿Cuánto dinero hay aquí? —preguntó con voz atropellada—. ¡Enséñemelo!

Se encontraba muy cerca de mí, con los ojos pegados al dinero. Entonces, con un movimiento repentino que me cogió totalmente desprevenido, introdujo la mano en el bolsillo frontal y sacó el paquete con el dinero. Dos o tres billetes cayeron al suelo, en el mojado y pringoso suelo de asfalto del meadero, y ambos nos agachamos al mismo tiempo a por ellos. Sus manos eran más rápidas, pero viendo que mi caza era en vano, yo le agarré por el cuello, me aferré a él con todas mis fuerzas, estaba decidido a no soltarle hasta que cediera, hasta que recuperara el dinero… Intentó defenderse, pero su codicia le impedía hacer algo, pues sujetaba el dinero con ambas manos, que no quería soltar nunca más… Alzó la rodilla hacia mi vientre… Un momento después ambos rodábamos por el suelo, yo colgado aún de su cuello, él moviendo como un loco sus miembros, como pez al que le quitan el anzuelo en tierra… Entonces sus miembros se relajaron y de su garganta surgió un último respiro de agonía horrible… Yo le solté y procuré abrirle la mano… ¡Me gustaría saber qué pensó el convencional jefe de Correos Winder cuando se encontró a dos hombres en el suelo del meadero enzarzados en una salvaje pelea cuando él solo quería cumplir con una mañana de trabajo tranquila!

—¡Pero señores! ¡Se lo ruego, por favor! —gritó con una voz asustada—. ¡Aquí en los lavabos! ¡Señores!

Polakowski, que había vuelto a recuperar aire, vio su oportunidad y de un salto se había puesto en pie, agarró la maleta y salió de los lavabos haciendo a un lado al jefe de Correos. Nadie pudo contar ni hasta tres, tan deprisa había ocurrido todo.

Yo me puse en pie con vértigo y aturdido, incapaz de tomar una decisión rápidamente. Me dirigí a uno de los lavabos, dándole la espalda al turbado y escandalizado director. Este dijo:

—Si no me equivoco es usted el señor Sommer, ¿verdad? ¡Estoy sorprendido, señor Sommer, realmente estoy muy sorprendido de su presencia aquí!

Durante un momento aún sentí su mirada punzante en mi espalda, entonces se abatió una puerta, un cerrojo chirrió, se oyó el rozar de la ropa. Ahora yo me encontraba solo para proceder a retirarme. Y justamente en ese momento en el que, completamente desesperado, sin dinero, quería abandonar las instalaciones, mi mirada vio a un lado un hatillo azul y, mira por dónde, allí había, arrugado y sucio, un fajo de billetes de cien, ¡mil marcos en billetes de cien!