El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 13 de 64

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El bebedor

Capítulo 13

13

Lo más incómodo de mi situación momentánea era que prácticamente estaba en la calle sin un céntimo en el bolsillo. No podía volver a casa para coger el dinero que tenía en el escritorio, pues ya suponía con toda seguridad que los médicos, en cuanto se hubieran dado cuenta de mi ausencia, lo primero que harían es buscarme allí e informar a madame Magda. Para ir al banco ya era demasiado tarde, ya habían cerrado al público hacía más de dos horas. Justamente cuando lo corroboré consultando mi reloj, me di cuenta de que aún lo conservaba, además de un anillo de sello de oro bien pesado y un anillo de compromiso de calidad, que después de mi escena de hoy con Magda ya había perdido en todo caso su sentido. Así que de ninguna manera me había quedado sin medios y consolado dirigí mis pasos hacia ese callejón estrecho y sucio que conduce a través de «la pequeña Rusia». En los miserables años después de la Gran Guerra esta colonia nació a partir de un campo para prisioneros rusos y básicamente allí ahora vivían polacos, aunque también otros extranjeros. Los antiguos barracones habían sido ampliados y reformados, aunque no los habían acicalado. Entre ellos había pequeñas casitas de piedra desnudas, que se caían de nuevo antes de que las hubieran acabado. Dubitativo crucé el callejón, yo mismo muy inseguro de saber qué es lo que hacía y quería allí, cuando mi mirada se dirigió a una ventana de una de esas cajas de piedra, de donde colgaba el conocido rótulo rojo, que generalmente anuncia habitaciones en alquiler. Me acerqué y leí que ahí alquilaban una agradable habitación amueblada a un señor decente. La casa no disponía de timbre, así que me colé por la puerta abierta y entré directamente en la cocina, que estaba llena del vapor que desprendía la ropa hirviendo. No pude ver a nadie, así que llamé en voz alta «¡Hola!» y de los vapores surgió un joven alargado y con joroba, de un pálido amarillento, con una barba suave y oscura y cabello castaño algo más claro, que tenía un mechón dorado en el flequillo sobre la frente. Ese hombre me inspeccionó con cierta sorpresa y después me preguntó muy amable, con una voz suave, qué me podía ofrecer.

—Quisiera ver la habitación que tienen en alquiler.

—¿Para usted mismo? —me preguntó el hombre mientras se frotaba sin parar las manos. Asentí.

—No es una habitación apropiada para el señor, no es suficientemente elegante para el señor. Es una habitación para trabajadores, señor.

—Así y todo muéstremela —le insistí. Me precedió en silencio y subió una escalera, que llevaba a un altillo no terminado y abrió la puerta de una pequeña habitación con una ventana y paredes inclinadas, que formaban un gablete. Tal como estaba instalada era muy parecida a la primitiva habitación de Elinor e instintivamente me dirigí hacia la ventana, para ver si allí también había un tejado inclinado, que ofreciera la posibilidad de huir en caso de una visita inesperada. No, faltaba el tejado de tela asfáltica, aunque por otra parte la habitación ofrecía una vista totalmente inesperada de mi ciudad natal. Estaba frente a mí, un poco por debajo de mí, con sus tejados marrón rojizo, las tres torres puntiagudas de sus iglesias y la torre del ayuntamiento ovalada. Rodeado de verde el Schmie culebreaba, desaparecía por aquí y deslumbraba por allá, y mientras seguía su camino con la mirada vi a lo lejos, ya entre el verde de los jardines y campos, cubierto de un humo azulado, un tejado, mi tejado.

—Dispone de una bonita vista —dije yo tras un rato.

El hombre detrás de mí tosió.

—Un trabajador —dijo— no pregunta por la vista, pregunta si la cama también está en orden. La cama es buena, señor.

—¿Y cuánto cuesta la habitación? —le pregunté.

—Siete marcos a la semana —contestó el hombre— y cambiamos la ropa de cama semanalmente.

—También me gustaría comer aquí —dije yo—, me gustaría permanecer aquí en completa tranquilidad y sin ser molestado entre dos y tres semanas para escribir. Apenas abandonaré la casa. ¿Es posible? No pido mucho.

—El señor encontrará nuestra comida demasiado sencilla —dijo el hombre—. Aunque, si le parece bien, puedo hacer que se la traigan de una fonda.

—Bien —dije yo— me quedo con la habitación. Mi maleta llegará mañana. Haga que me traigan entonces la cena.

A continuación me senté a la mesa.

—Le ruego que me abone un pequeño adelanto —dijo mi mesero y apretó tanto las manos que le crujieron los huesos—. Somos gente pobre, señor…

—Siéntese usted —le dije al dueño de la posada—. Ah, por favor, veo sobre el fregadero un vaso, ¿sería tan amable de alcanzármelo?

Mi mesero lo hizo y volvió a sentarse a la mesa por indicación mía.

—¿Cómo se llama usted?

—Polakowski —contestó—. Pero no somos polacos. Mis padres emigraron desde Prusia Oriental, allí se utilizan apellidos extraños…

—Que su apellido sea extraño o no, no me preocupa, señor Polakowski —le dije altanero—. En primer lugar, brindemos.

A pesar de sus protestas le serví medio vaso y yo cogí la botella.

—Por una vez, y sin que sirva de precedente, puedo beber de la botella —le dije riendo—. De jóvenes todos lo hemos hecho alguna vez.

Rio lánguidamente y dio un pequeño trago, mientras yo le daba un buen trago a la botella.

—Señor Polakowski, le ruego —le dije en tono familiar— que con la cena también me traiga una botella de aguardiente, pero no uno cualquiera, sino el mejor que se pueda conseguir pagando.

Vi cómo empezaba a mover los labios y ya me imaginaba lo que iba a decir.

—En lo que se refiere al pago le puedo decir que me he decidido súbitamente a hacer este trabajo.

Atrapé la mirada de mi tabernero mirando pensativo mi cartera abierta y completamente vacía. Reí.

—Bueno, le voy a contar la verdad, señor Polakowski. Eso del trabajo que tengo que escribir en completa tranquilidad es naturalmente una farsa. La verdad es que esta tarde he tenido una discusión bastante fuerte con mi mujer. Y con el fin de asustarla un poco quiero desaparecer durante una o dos semanas. Entiende usted, ¡quiero darle un poco en el hocico!

El señor Polakowski asintió.

—Quiero hacer que entienda qué supone estar sin el marido, ¿no es cierto?

El señor Polakowski volvió a asentir.

—Por una vez debe sentir cuán útil soy yo, ¡cuán indispensable soy!

El señor Polakowski asintió de nuevo y entonces me dijo con un tono de voz suave, casi un murmullo:

—A pesar de ello, señor, sin un pago por adelantado no puedo alojarle. Aquí en la pequeña Rusia somos gente muy pobre, señor, y una cena de una buena fonda y una botella de aguardiente cuestan mucho dinero.

—Mañana a primera hora tendrá usted todo el dinero que quiera, señor Polakowski —le dije yo interrumpiéndole—. Mañana a las nueve estaré en mi banco y sacaré dinero.

—No —dijo el tabernero—. Lo siento mucho, señor, le hubiera acogido con mucho gusto como huésped, un hombre con formación, que quiere asustar un poco a su mujer, a la manera de un señor. Nosotros, nosotros pegamos a nuestras mujeres, es más sencillo y barato.

—Ya, bueno —reí yo algo cohibido—. Lo que no sé si en una pelea con mi mujer no sería yo el que saldría peor parado, me temo que ella es más fuerte que yo. —Reí y bebí—. Pero si se toma tan en serio lo del pago, entonces le daré un anillo en depósito.

Primero me quité el anillo de sello y después el de compromiso del dedo anular de la mano derecha. Por un momento dudé, pero entonces le di el de compromiso.

—Preferiría que lo mantuviera en depósito como pago hasta mañana por la mañana y que no lo vendiera.

El señor Polakowski cogió el anillo de mi mano.

—Somos gente muy pobre, señor —volvió a decir con su voz en murmullo—. No tenemos ni tres marcos en casa. Pero llevaré el anillo a un hombre de total confianza y mañana al mediodía lo recuperaremos de nuevo.

—Bien, bien —le respondí yo de repente aburrido e irritado de nuevo por todos esos formalismos—. Pero mire usted de conseguirme la comida y el aguardiente lo antes posible, sobre todo el aguardiente. Ya puede usted ver que en la botella apenas queda nada y como usted sabe hay que ahogar las penas.

—Todo irá muy rápido, señor —murmuró mi dueño suavemente y cerró la puerta tras de sí. Yo, sin embargo, me lancé sobre la cama y bebí. Así es como conocí a Polakowski, uno de los canallas y farsantes más infames con los que me he topado en mi vida.