El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 43 de 64

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El bebedor

Capítulo 43

43

Hubiera realizado mis paseos por el patio en completa soledad y sin mantener ningún tipo de conversación si durante esas dos horas de tiempo libre no dejaran pasear también a los pocos habitantes de las celdas de trabajo. Se trataba en este caso de presos a los que no podían enviar a las patrullas de trabajo externo, bien por su incompatibilidad o bien porque ya habían intentado fugarse y por ello día tras día estaban ocupados en sus propias celdas haciendo cepillos o esteras. Entre ellos escogía a mis compañeros y eran principalmente cuatro con los que alternaba los paseos.

El primero era un tal Kurmann, un pequeño hombre deforme y cojo, con un rostro inteligente y gafas. Aparentaba que era dueño de una imprenta en Berlín y sostenía que por motivos políticos lo habían ingresado, aunque estaba a punto de ser liberado. Siempre iba a ser al día siguiente o al siguiente de ese cuando lo liberaran, siempre su mujer estaba a punto de visitarlo, aunque nunca iba (aunque sí que le enviaba paquetes), y él mismo se pasea aún hoy cada día dos horas por el césped, aunque mañana seguro que lo dejan libre. Por lo demás, con él se podían intercambiar unas palabras juiciosas, concretamente cuando hablaba de su juventud y de su aprendizaje como impresor de libros. También era complaciente y estaba dispuesto a ceder, siempre compartía conmigo el periódico y en ocasiones me había regalado unos cuantos cigarrillos. Era especialmente codiciado por poseer una lente de aumento, que cuando hacía sol era ideal para encender los cigarrillos y las pipas. Pertenecía a las incoherencias de la dirección del centro el permitirnos fumar, pero estaba tajantemente prohibida la posesión de cerillas o encendedores. Oficialmente eran los centinelas los responsables de facilitarnos fuego; pero ya que la dirección del centro no les facilitaba cerillas, la mayoría de las veces estaban dispuestos de mala gana a comprar cerillas también para nosotros de su mísero sueldo. ¡Cuántas veces he visto a un grupo de seis u ocho hombres impacientes con sus pipas y cigarrillos alrededor del pequeño deforme de Kurmann! Aún es pronto por la mañana, el sol aún no luce con fuerza y minuto a minuto Kurmann está allí paciente y dirige el pequeño haz de rayos hacia la punta del cigarrillo, hasta que finalmente, finalmente se eleva un delgado y blanquiazul hilillo de humo y Kurmann dice:

—¡Rápido, Sommer, aspira, antes de que se apague!

O bien inclina la lente de aumento y dice:

—¡Aún debemos esperar un cuarto de hora, el sol aún no es lo suficientemente fuerte!

Entonces todos nosotros nos dispersamos muy decepcionados, ya que en un cuarto de hora debemos estar trabajando y en la hora del trabajo está terminantemente prohibido fumar.

Al principio, durante mis paseos, yo era aún inocente y me creía casi cada palabra que Kurmann me decía de forma familiar. Sabía muchas cosas del edificio, aunque solo llevaba un año y medio aquí. Sin embargo, pronto aprendí que debía tomarme sus informaciones con cierta precaución y, finalmente, ya me creía apenas una palabra de lo que me decía al referirse a las novedades de la institución. Kurmann estaba convencido de que estaba rodeado de enemigos políticos, y sobre todo eran los comunistas quienes querían causarle problemas. Ante ello procedía muy primitivamente: si según su punto de vista alguien le había perjudicado, si por ejemplo el ordenanza le había dado el pan y este parecía no tener el peso justo, entonces declaraba que era un comunista. Nuestro supervisor, al que no soportaba de ninguna manera, era «el cacique de los comunistas», que «cada domingo repartía seis cigarrillos extra a los presos simpatizantes con el comunismo». «¿No opina usted que es inaudito, Sommer?».

Debo añadir aquí que con los presos algo más amables me trataba estrictamente de «usted», por lo menos durante los primeros tiempos. Se me ponían los pelos de punta si debía hundirme en el repugnante puchero del igualitarismo. Yo era algo diferente de los demás enfermos, estaba completamente sano y contaba con todas las perspectivas de lograr la libertad muy pronto y esa pequeña palabra «usted» era como el último recuerdo de la vida burguesa, a la que yo tanto anhelaba retornar lo antes posible. También he observado que mis compañeros enfermos, también los más obtusos, reaccionaban con placer a este «usted». Les recordaba los tiempos en los que aún eran personas, en los que nadie les ordenaba cada paso que daban, nadie les daba de comer cada bocado y les enviaba muy pronto por la noche a ir a dormir como si fueran niños.

Mi segundo compañero en el patio era un alemán de las islas frisias de Hallig, que sin embargo odiaba fervientemente todo lo que era alemán y que hubiera preferido anexionar la región de Schleswig-Holstein a Dinamarca. No me gustaba hablar con él sobre ello, apenas podía oírle cuando describía a los alemanes como el pueblo más inferior sobre la Tierra y quería demostrar esa aseveración con sus vivencias del pasado. Esas experiencias tenía que agradecérselas a la circunstancia de que era un serio investigador de la Biblia, que no solo se había complacido con una silenciosa investigación sino que casi ha llegado a pegar con sus puños los cuerpos y prendido la mecha de los graneros de los odiados sujetos que tenían otro credo. Kemp era ya una persona mayor que había sobrepasado los sesenta y se había pasado los últimos quince años de su vida en instituciones y cárceles. Seguía siendo un tipo grande e imponente con un rostro consistente y una mirada clara y de gran alcance, bajo unas cejas pobladas y casi blancas sobre una frente inusualmente fuerte. Al contrario de la mayoría de los enfermos, que solo trabajaban por obligación, él era incansablemente laborioso. La tarea de tejer felpudos para la institución la cumplía silbando y durante el tiempo libre cosía además, incansable, unas colchas muy elegantes, que después enviaba a su mujer para que las vendiera. A cambio recibía de vez en cuando un paquete con víveres e hilo nuevo, generalmente más hilo que comestibles. Aunque nunca se quejaba por ello. Seguramente fuera tampoco tuvo una vida feliz. Nacido en una de las islas de Hallig, de joven trabajaba en una lancha pescando, aunque cuando se casó se mudó a Hamburgo, donde abrió un negocio de elaboración de velas para navegar, que nunca funcionó bien, seguramente porque su proselitismo destruía una y otra vez los frutos de su trabajo. En sus muchas horas de tedio navegaba por poco dinero los yates de ricos comerciantes hamburgueses, que se compraban estas embarcaciones sin saber manejarlas. Durante un cuarto de hora pensaba que me había escapado de ese estrecho y repugnante patio de la cárcel, cuando contaba con ardor y humor esas salvajes travesías a través de una tormenta por el Elba entre Schulau y Blankenese o, también, yo reía de buena gana cuando él contaba cómo le había enseñado al hijito consentido de un comerciante que un barquero, que lo conduce en su barco a través de la tormenta (mientras el hijito vomita el alma junto con jóvenes damiselas en el camarote) también es una persona, y que no es suficiente con hacerse cargo de los gastos. A pesar de todo, este Kemp era un personaje excepcional (incluyendo sus dos ocupaciones preferidas), aunque por lo demás se mantenía completamente aislado y los otros enfermos no se atrevían a importunarle o implicarse en sus disputas. Sí que alentaba un odio encendido contra la administración, especialmente contra el médico jefe que, según su punto de vista, le mantenía aquí retenido contra todo derecho; los informes que me exponía sobre las artimañas, las infracciones de la ley y los malos tratos de ese señor director a menudo sonaban muy verosímiles, aunque nunca eran correctos. A nuestro supervisor lo llamaba «el pillín y asesino en serie».

No le faltaba razón en el hecho de que con frecuencia muchos de los enfermos morían; sin embargo, y dejando completamente de lado las pocas ganas de vivir de esos seres insensibles, seguro que no era responsabilidad del supervisor, sino de todo el sistema con su avaricia, desnutrición y falta de limpieza. Uno de cada dos hombres entre nosotros estaba cubierto de «sarna de cerdo», sufría de forunculosis; yo también me vi afectado a las pocas semanas de mi llegada. El cuerpo ya no contaba con la más mínima fuerza de resistencia y caía enseguida ante cualquier germen patógeno, la tuberculosis se propagaba y se ganaba cada vez nuevas víctimas. Por cierto, a los tuberculosos se les llamaba «los piadores», por su respiración silbante. Algunos sentimientos no se malgastaban en un enfermo o un moribundo y es verdad que nuestro supervisor era un hombre duro, que no conocía los sentimentalismos. La mayoría de los enfermos le parecían seres inútiles, que no servían para nada más. Era mejor que desaparecieran de la faz de la tierra. Y desgraciadamente tampoco le faltaba razón.

El tercero de mis compañeros de paseo era un pequeño y robusto hombre de poco más de sesenta años, de apellido Zeise. Era un hombre oscuro y, según sus propias indicaciones, se había pasado más de la mitad de su vida en cárceles, prisiones y psiquiátricos. Era un ladrón incorregible, pero uno de los pequeños, que solo se llevaba botines de escaso valor. Era de la opinión que su afición a robar estaba completamente justificada, pues siempre le habían tomado el pelo en la vida a la hora de repartirse el pastel y se sentía con derecho a coger su parte él mismo. Todas las demás personas eran ladrones mucho peores y, antes que nadie los guardianes y enfermeros del edificio, estaban «demasiado pringados». Sabía exactamente qué se quedaba de nuestra comida el centinela para sí, qué robaba el enfermero en la fábrica donde trabajaban los enfermos. Y no es que solo lo supiera, sino que además continuamente escribía denuncias a la fiscalía, que sabía sacar fuera del edificio de contrabando de una forma estrictamente secreta salvando la censura. Antes, en la mayoría de los casos, le suponía una pena de cárcel adicional por difamación probada e injurias contra un funcionario. Pero incluso la fiscalía se había cansado y desde hacía años ya no reaccionaba a sus denuncias: era como si nunca las hubiera escrito. Sin embargo, aumentaba aún más su furia, le demostraba que «los colegas compartían todos el mismo techo». Cuando caminábamos juntos —él siempre con una pipa completamente negra y gastada en la boca, en la que fumaba un tabaco alemán de picadura, que trocaba por el tabaco bueno que compraba a la dirección de la institución con el salario que recibía a cambio de trabajar (¡cuatro céntimos al día!) —, cuando Zeise andaba junto a mí apestando tan poderosamente, en realidad nosotros no conversábamos mucho, a no ser que él estuviera inmerso en uno de sus discursos de odio. Este hombre no tenía nada que contar, nada de su vida anterior, nada de las personas que le gustaron en su momento, nada de sus robos, nada de sus frecuentes y en ocasiones exitosos intentos de fuga que ahora le habían conducido para el resto de sus días a habitar una celda de castigo. No, la mayoría de las veces caminábamos en silencio, intercambiábamos algunas palabras sobre la insuficiente comida de cerdos que nos daban y callábamos de nuevo. Y a pesar de todo me gusta caminar con ese hombre oscuro y amargado. Seguramente, porque yo sentía que esa diminuta porción de sentimiento, de la que casi ninguna persona puede prescindir, iba dirigida a mí, a su manera fúnebre, claro está. ¡Incluso me llegaba a ofrecer de su propio tabaco, cuando siempre tenía el justo, un fumador compulsivo como él! Los domingos a veces jugábamos al ajedrez. También jugando buscaba pelea y era egotista, siempre quería corregir una mala jugada, pero no permitía que yo corrigiera un movimiento si ya había tocado la figura. A menudo desbarataba de un manotazo en un ataque de ira repentina las figuras del tablero, mirándome oscuro y soltando improperios. Entonces se cargaba una nueva pipa, volvía a colocar las figuras e iniciaba con calma una nueva partida como si no hubiera pasado nada.

Si estos tres camaradas de paseo ya disfrutaban del peor de los prestigios entre la dirección, mi cuarto socio, el zapatero Back, hizo que mi reputación cayera por los suelos. Arriba decían: por aquellos que frecuentas nosotros sabremos quién eres, y el terrible juicio que pronto todos, desde el agente hasta el médico jefe, dictaron sobre mí, solo debo agradecérselo a la torpeza en la elección de mis compañeros. En mi descargo solo puedo alegar que estos cuatro eran los únicos de mi galería con los que se podía conversar de verdad de vez en cuando. Si hubiera prescindido de ellos me hubiera pasado todo el santo día sin intercambiar una sola palabra con nadie y eso era mucho más de lo que se me podía pedir. Nunca en mi vida he podido estar solo, si incluso en las más acogedoras circunstancias en el exterior yo estaba intranquilo cuando Magda estaba de viaje, aunque solo fuera por dos días, ¿cómo habría podido llevar mi dura existencia siempre completamente solo bajo esas condiciones de vida absolutamente diferentes y difíciles? Ya me lo advirtieron, lo admito, pero ninguna advertencia me podía frenar frente a algo que consideraba esencial para vivir. Hoy en día en toda la institución me consideran como un «enemigo de la administración» y me tratan en consecuencia, aunque nunca haya hecho nada en contra de esta administración. Naturalmente que no les tengo mucho afecto se desprende de lo que he escrito y de lo que aún me queda por escribir.

Ni yo mismo sé qué fue lo que hizo que me acercara al zapatero Buck. Era una persona inculta, vanidosa y repugnante, un intrigante cobarde, todos lo odiaban. Pero también todos, incluidos mis otros tres acompañantes de paseo, comprendían su odio contra la administración. Aunque nunca intercambiaban una palabra con él. El zapatero Buck —fuera había trabajado como zapatero y también lo hacía en la cárcel — me aseguraba una y otra vez que él actuaba de forma completamente neutral, no tenía tratos con nadie, no se involucraba en nada. Pero a pesar de todas estas aseveraciones siempre estaba implicado en peleas con los otros enfermos, se insultaban coléricos y solían acabar en riñas, en las que siempre se llevaba la peor parte, pues a pesar de ser fuerte era cobarde y no se atrevía a devolver los golpes. Siempre estaba difamando a los demás. Si veía a alguien comerse un trozo de pan fuera de la hora ya afirmaba que lo había robado y cinco minutos más tarde ya sabía a quién y se chivaba enseguida al supervisor. En toda visita del médico hacía guardia frente a la puerta de la sala de consulta, pero no porque le doliera algo, sino para quejarse. Sin embargo, muy pocas veces se sometía a ella. He paseado algunas horas junto a este hombre malo de verdad y he escuchado sus historias llenas de veneno con las que difamaba a cada uno de sus compañeros presos. Con una profunda alegría malsana describía la vileza de los demás y sus chascos. Parecía conocer todos los detalles de sus vidas anteriores y observaba con verdadero placer los cambios que se producían en la persona y en el ser de un delincuente sexual que se había dejado emascular voluntariamente, con la esperanza de evitar quedar bajo la custodia de la institución psiquiátrica (una esperanza que no se vio cumplida). Él mismo era incapaz de decir algo inconveniente sobre sí mismo. Había heredado de su padre un floreciente negocio de zapatería que se arruinó porque la gente era muy pérfida. Se había casado y separado, porque su mujer también había sido «una de esas». Había vuelto locos a amigos y parientes y nadie contestaba ya a sus cartas, pues nadie quiere saber ya nada de un hombre que está internado en un psiquiátrico. Y naturalmente era inocente, pues cuando hablaba de puntillas de sus crímenes, murmuraba cosas como «falta de trabajo» y «la necesidad no conoce normas». Sin embargo, cuando más divertido era este hombre absolutamente malo era cuando hablaba de sus propias experiencias en los psiquiátricos y de sus médicos. Entre otras estancias había pasado dos años en una clínica universitaria y había sido expuesto cuatro veces, una vez cada semestre, a los alumnos del catedrático. Aún puedo oír la autocomplacencia en la voz de ese idiota cuando repetía las supuestas palabras del profesor:

—¿Cómo juzgarían ustedes a este hombre, señores? Sí, sabemos que este hombre tiene unos conocimientos y que sabe comportarse. Causa buena impresión a las mujeres; brevemente, es un hombre de sociedad…

¡Y el profesor se supone que había dicho todo esto de este zapatero remendón, que nunca se había bajado de su banqueta de zapatero, que apenas sabía hablar un alemán civilizado, que prácticamente se expresaba en su dialecto frisio! Por supuesto que cada palabra era mentira, el profesor podría haber dicho esas palabras, pero no sobre el zapatero Buck, sino sobre otro enfermo que hubiera presentado durante la misma lección.

O Buck me contaba cómo «nuestro» médico jefe había presentado, contra todo derecho, un informe pericial sobre él (también Buck decía como era costumbre en la casa: «Se ha descolgado con un informe pericial sobre mí»). Sin conocer al paciente ni de cerca.

—Entonces lo habrá hecho a partir del expediente anterior —objetaba yo.

—¡Qué va! —me contestaba Buck escandalizado—. ¡Ya le digo yo que él no sabe nada sobre mí, hasta la última letra de todo el informe se la ha sacado de la manga!

Y entonces se pasaba dos horas hablando interminable y prolijamente sobre cómo el médico jefe había estado de pasada en la celda del preso en observación Buck, gracias al secretario del juzgado y de un abogado taimado y de toda esta historia finalmente resultaba sin rodeos que el médico jefe había estado tres o cuatro veces en la celda del zapatero Buck y que «se había descolgado con un informe pericial» muy completo. Yo me cuidaba muy bien de llamarle la atención al zapatero Buck sobre esa pequeña diferencia entre el principio y el final de su historia, ya que en lo que se refería al amor por la verdad era, como todos los mentirosos, muy susceptible y no quería que ese hombre tan peligroso se convirtiera en mi enemigo. Prefería escucharle cómo me contaba la disputa que había mantenido con el traidor del asistente judicial, al que había retirado su confianza y cómo luego este se empezó a quejar:

—¿Y quién me va a devolver mis setenta y cinco marcos? Yo he escrito esa importante carta para usted…

—¿Por esta carta me pide usted setenta y cinco marcos? —le respondí yo—. ¿Sabe usted lo que pienso de esta carta? Pues que no son más que tonterías estúpidas. ¡Por esto nunca pagaría setenta y cinco marcos!

Y así proseguía el informe del zapatero Buck, describiendo la pelea, hasta que el abogado, destrozado, no solo renunciaba a sus setenta y cinco marcos, sino que — para mi sorpresa— defendía al zapatero en su causa, naturalmente de nuevo como un idiota.

—Aunque —como indicaba Buck—, de entre los abogados ninguno es mejor que el otro. ¡Está claro que lo único que quieren es sacarnos el dinero!

Esta falta de consecuencia es típica de los presos que llevan mucho tiempo encerrados, acaban de pelearse y ya son los mejores amigos. Ahora veo al zapatero frente a la puerta del, por otra parte, tan odiado supervisor, decidido a denunciar a un ordenanza porque al repartir el café le ha servido demasiado poco y cómo el mismo Buck cierra un trueque con el mismo ordenanza: una pequeña pipa de tabaco por una rebanada de pan y todo el rollo que le suelta. Si ya en el exterior en el trato humano nada es para siempre, aquí en el edificio no han pasado ni cinco minutos y uno no puede contar con algo firme. Las relaciones cambian constantemente y solo esto permanece: la envidia y el odio contra todos, la enemistad animal de todos contra todos. En el búnker no existe la fidelidad, ni la amistad, ni el decoro más básico. «¡Devora o te devorarán, Sommer!». Me ha costado aprender esta frase. Hasta la fecha no la he aprendido correctamente. No creo que la aprenda nunca, no por decencia, sino porque soy una persona débil.