El bebedor
Capítulo 56
56
A la quieta paz de esos días solo aportaron inquietud mis conversaciones con el médico; la mayoría de las veces tenían que pasar unos cuantos días hasta que yo me había tranquilizado del todo y había vuelto a mi sereno placer. En general no me eran provechosas, aunque ya no tuvo lugar una tan terrible como aquella primera. Desgraciadamente me era totalmente imposible mostrarme frente a él como era, nunca gané cuando trataba con él esa libertad y seguridad en mí mismo, que allá fuera me habían parecido normales. Siempre me oprimía un oscuro sentimiento de culpa, como si frente a él y a cualquier precio tuviera que esconder y ocultar algo. Siempre le tenía miedo a sus malvados trucos y artimañas, con la pregunta más ingenua me atormentaba el pensamiento: ¿qué treta se va a inventar ahora? Nunca vi en él a un médico que me ayudara, sino al ayudante del fiscal, que en una pesada y confusa hora me había acusado del intento de asesinato de mi mujer y que haría todo lo posible por mantenerme dentro de estos muros.
Si en alguna ocasión me dominaba y le contaba al médico jefe qué era lo que atormentaba a mi corazón, por regla general siempre caía dentro de su trampa. Como ejemplo: un día le conté con toda franqueza mis tan modificados planes de futuro, retirarme a un pueblo tranquilo y vivir únicamente de hacer cepillos… Yo pensaba que el médico aprobaría mis planes, incluso que los alabaría, y me sorprendió mucho y me confundió sin límites cuando negó enérgicamente con la cabeza y dijo:
—Esas son simples fantasías, Sommer. No se eche usted arena en los ojos. Así no puede usted vivir y así tampoco quiere usted vivir. Usted necesita a su prójimo, y sobre todo, Sommer, necesita usted una mano que le guíe y que le ayude. No, usted ha pensado esto de nuevo por su infundada aversión por su mujer. ¡Deshágase de una vez de esos pensamientos de que su mujer quiere perjudicarlo! Usted, solo usted le ha hecho mucho mal y si su mujer no fuera una persona tan decente, ella tendría toda la razón del mundo para ser un poco mala con usted. ¡Y, sin embargo, al denunciarlo nunca mencionó una palabra desdeñosa en su contra, siempre intentó disculparlo! ¡Y ahora me cuenta usted que ya no quiere usted vivir más con ella ni trabajar! ¡Qué clase de persona es usted, Sommer! ¿No puede usted darse cuenta de cómo son las cosas? ¿Tiene usted que imaginarse siempre patrañas?
Naturalmente yo estaba desconcertado y escandalizado por ese ataque completamente sin motivo; ya que Magda no me había escrito ni una sola línea, nunca había intentado verme; yo debía suponer con todo el derecho que yo era molesto para ella, que para ella yo estaba muerto y enterrado. Y como es costumbre, ella no decía nada malo sobre un muerto. Aunque por mi parte era correcto dejarle el camino libre, no presentarle ninguna dificultad, permitir que se hiciera con todo mi patrimonio. Que el médico no quisiera apreciar mi nobleza, sino que me atacara con palabras duras y malvadas, eso me demostraba hasta qué punto estaba en contra de mí desde un principio y eso hizo que de cara al futuro yo blindara aún más mi boca, me convirtió en más tímido y menos libre. En realidad, él no era otra cosa que mi enemigo, un enemigo despiadado, que intentaba por todos los medios engañarme y que conmigo utilizaba sin escrúpulos su poder añadido como director del centro. Los otros presos tenían toda la razón al advertirme siempre.
—¡No te fíes de Stiebing! Siempre te sonreirá, pero a tus espaldas elaborará un informe sobre ti, en el que aconsejará que no salgas de este agujero por el resto de tus días.
Tenían razón.
Durante esas semanas, el médico ya no me citó tanto y la frecuencia de las visitas tampoco aumentó cuando me anunció que le habían solicitado que elaborara un informe sobre mí. Más bien al contrario, era una prueba de que ya se había formado una opinión y que no quería aprender mucho más del caso. En general, el médico jefe, sino surgía una emergencia, visitaba el sanatorio dos veces a la semana, las tardes de los martes y los jueves. Sin embargo, el supervisor me llamaba con mucha menos frecuencia, incluso ni una vez a la semana. Yo naturalmente lo agradecía, pues cada visita suponía, como ya he dicho, un martirio para mí, tras el cual necesitaba de varios días para recuperar la tranquilidad. Aunque esos avisos tan poco frecuentes demostraban también qué poca importancia le daba a ese informe que debía decidir sobre el destino de mi vida. En sí, mi caso era especialmente interesante para un psiquiatra, pues mi formación era superior a la de los demás internos del sanatorio, me había realizado en la vida, era un hombre respetado, ¡y ahora estaba interno en esta casa de los muertos! ¡El médico jefe debería haber visto que mi caso era mucho más importante que el de los demás, yo tenía mucho más que perder, yo era mucho más sensible e indefenso que estos seres en su mayoría obtusos! ¡Pero no, me trató completamente como fulano y zutano, a menudo era más bien maleducado conmigo, no encontraréis un mayor mentiroso y patrañero que él! Yo tenía toda la razón para desconfiar y protegerme. Si volvía a echarme en cara falta de sinceridad, su reproche caía en saco roto, pues yo no hacía otra cosa que callar.