El bebedor
Capítulo 47
47
Yo no hubiera sabido tanto de esta extraña relación si no hubiera sido vecino de mesa de Emil Brachowiak durante nuestros míseros almuerzos. He observado que a la gente le gusta elegir como persona de confianza a alguien tranquilo y callado y durante mis primeras semanas de estancia en el sanatorio yo apenas hablaba. De esta forma, Brachowiak me eligió como su confidente y a diario vertía en mis oídos sus males de amor, incluso quiso hacerme su mensajero del amor. Recuerdo esas horas que tras la cena recorríamos de arriba abajo el largo pasillo uno junto al otro y él me hablaba incansable. Le he visto llorar y reír de dicha. Fuera ya empezaba a oscurecer, los enfermos se apoyaban en las paredes con la mirada perdida y cuando aspiraban de sus pipas resplandecía la brasa roja; en una celda se escondían Hagen, Liesmann y Schmeidler y el marginado me hablaba cada vez más febrilmente, si debía descubrirle «toda esa guarrería» al médico jefe; es decir, hacerla pública o mejor aún escribirle una carta a Otsche.
—«Otsche —le escribiré—, he hecho tanto por ti. Te he regalado dos paquetes y medio de tabaco y un pequeño anillo de oro que encontré en la fábrica. Tú le diste inmediatamente el anillo a Hagen, lo sé muy bien, y él lo cambió por una libra y media de tocino a un polaco de la casa, que lo había robado de la cocina. Pero no me voy a chivar si vuelves a ser amable conmigo. Desde ayer por la mañana que ya ni me has dado los buenos días, ya ni me miras. O bien vuelves a ser bueno conmigo o voy a hablar con el médico y lo hago todo público. ¡Le contaré al médico todas las cochinadas que me has dicho que Liesmann y Hagen han hecho contigo!», eso le voy a escribir.
—En tu lugar no lo sacaría a la luz bajo ninguna circunstancia —le respondí yo —. Únicamente conseguirás que te involucren a ti también.
—De acuerdo, ¿pero le llevarás a Otsche la carta, esta misma noche?
Pero no, eso no lo haría, no quería participar activamente en ese asunto. Tampoco estropeé nada, pues Brachowiak encontró fácilmente a otro mensajero y entonces a la mañana siguiente me informó con una voz temblorosa debida a la indignación que Otsche Schmeidler le había enviado una respuesta…
—Bueno, ¿y qué es lo que te ha contestado? —le pregunté yo—. ¿Volverá a ser bueno contigo?
—¡Me ha dicho que me vaya a tomar por el culo! —gritó furioso Brachowiak—. ¡Ese bribón, ese chapero me dice eso! Pero tú espera, chavalín, ahora sí que finalmente he terminado contigo. ¡No recibirás nada de mí, ni una pipa de tabaco más!
Ya podía decir lo que quisiera Brachowiak, que yo sabía que no le quedaba nada de tabaco, pues Otsche lo había desplumado completamente y Otsche lo sabía muy bien.
Pero ¿qué es lo que decía Hagen a todo esto, nuestro rey, este joven gentil y encantador que por lo menos siempre mantenía una apariencia de limpieza? Emil Brachowiak era tan desvergonzado con sus pesares de amor, sabía de la relación de Hagen con Schmeidler, veía al joven siempre cerca del rey, Otsche mismo le había contado las marranadas que hacían juntos, y aun así Brachowiak le fue a Hagen y se quejó, igual que conmigo, de su sufrimiento. Y Hagen le escuchó, fue gentil y amable, lo consoló y le dijo que intercedería ante Schmeidler. Y a las espaldas de Brachowiak se burlaron de ese idiota desplumado e inútil, ¡oh, qué verdadera atmósfera infernal de falsedad e infamia!
Brachowiak era un trabajador hábil y diligente, en la fábrica desempeñaba una especie de labor de intermediario, frecuentaba a muchos trabajadores civiles y sabía manejarse muy bien a base de lisonjear y pedir insistentemente; en poco tiempo ya volvió a disponer de tabaco.
—Esta vez no cederá, esta vez no recibirá nada, ¡ni una pipa!
Y Brachowiak recorría el largo pasillo de arriba abajo, fumaba su pipa larga y le echaba el humo en la cara a Schmeidler, sin ni siquiera dignarse a mirarle. Brachowiak se había declarado enfermo, no fue a trabajar, sino que me acompañó en la hora libre y, ¡hete aquí!, esta vez también apareció Schmeidler en el césped, solo, sin Hagen y sin Liesmann, una visión inusual.
—¡No estoy mirando a ese tipo! —me aseguraba Brachowiak cuando pasábamos junto a Schmeidler, que estaba sentado en la escalera tomando el sol. La suave brisa estival se colaba en su cabello rubio, se le veía joven, saludable, inocente.
Cuando pasamos a su lado por segunda vez Brachowiak me dijo:
—¡Otsche me acaba de sonreír!
—Manténgase usted firme —le advertí—. Lo único que quiere ese chaval es su tabaco. ¡Por cierto, alguna vez ya me podría regalar algo de tabaco para liarme un cigarrillo!
—No tengo mi tabaco aquí abajo —dijo rápidamente Brachowiak—. No, el tipo no recibirá ni una brizna. Simplemente me quiere embaucar de nuevo.
Sin embargo, a la tercera ocasión Schmeidler nos dijo en tono muy amistoso:
—¿No queréis jugar una partida de naipes?
Y ya estaba sacando de su bolsillo las sucias cartas, en las que apenas ya se reconocían las imágenes. Brachowiak fue suficientemente solícito, así que yo tampoco me negué, aunque le empujé para advertirle y él afirmó con la cabeza para tranquilizarme firmemente decidido. Así empezamos a jugar a los naipes, Schmeidler con una suerte que llamaba la atención, Brachowiak con una mala suerte que también llamaba la atención. Schmeidler ganó la partida, yo quedé segundo.
Y entonces el joven dijo:
—Emil, esto te va a costar un poco de tabaco —le dijo riendo y Brachowiak ya había sacado su tabaco (¡que se suponía que no llevaba encima!), llenó la caja del joven copiosamente y yo, cuando también puse la mano, apenas recibí para liarme un cigarrillo. Entonces ambos pasearon por el césped cogidos del brazo, muy pegados el uno al otro. Me habían olvidado. Esa noche, Emil Brachowiak volvió a llorar: Schmeidler le había engañado completamente y ya no quería saber nada más de él. Y al día siguiente Emil Brachowiak se fue de la lengua, pero no se chivó al médico jefe, sino al supervisor. Pero no pasó nada, ni lo más mínimo. Desconozco la razón. La administración disponía de todo el poder en sus manos, podía castigar a los culpables, separarlos, trasladar a los jóvenes, esa fuente de constante preocupación, a otros centros. No hizo nada, como tampoco hizo nada para paliar nuestro hambre. Supongo que porque les daba completamente igual cómo vivíamos y en qué suciedad nos echábamos a perder. Entre los cincuenta y seis allí no había ni seis que en alguna ocasión pudieran llegar a disfrutar de la libertad. Todos, casi todos, estaban sentenciados a vivir para siempre en esta casa. Ya daba lo mismo cómo lo hacían, no venía de eso. Debían seguir trabajando mientras sus cuerpos demacrados y exprimidos aún pudieran rendir. ¡Lo demás no les interesaba para nada! ¡Ya podían ser felices o estirar la pata, fuera existía la vida y esta era la casa de los muertos!