El bebedor
Capítulo 25
25
He colocado mi catre debajo del pequeño ventanuco y me he subido para mirar a través de las rejas de hierro. Atisbo un paisaje tranquilo y soleado con prados, campos, ganado pastando y en el horizonte líneas de bosque. Justo debajo de mí hay una huerta de vegetales cercada con listones, un viejo va por un camino y recoge en un saco mala hierba para las cabras y los conejos. Puede ir a donde quiera, ¡y yo, ahora yo estoy encerrado! Ayer todo esto aún me pertenecía, podía hacer de mi vida lo que quisiera, hoy otros son los que disponen de mi vida y debo esperar a que decidan sobre mí.
Me dejo caer en la cama. Me siento mal, me duele la cabeza, el efecto de los dos tragos que acabo de dar ya ha pasado. Tengo sed, ¿pero cuándo podré aplacar de nuevo esta sed? Hoy mismo, me digo para tranquilizarme, ¡seguro que hoy mismo! Hoy mismo te dejarán ir. Simplemente te han querido dar un buen susto, cosas así se hacen, al borracho se le hace pasar una noche en la celda, con el fin de que duerma la mona y se le pase la borrachera, después se les deja de nuevo en libertad. Y es lo que están haciendo contigo. No quiero enojarme con ellos, al fin y al cabo están haciendo lo correcto, tengo que reconocer que me dejé ir sobremanera en la posada, esta lección, este tiro de advertencia me irá muy bien. Pero ahora mismo se oirá el ruido de la llave en la cerradura, el simpático agente nocturno entrará y preguntará sonriendo: ¿Qué, ha dormido usted bien, señor Sommer? Entonces ya se puede ir usted, ¡y a partir de ahora procure no pecar! Y yo me marcho hacia la libertad, salgo a esta mañana fresca, verde y soleada, donde un viejo recoge en todos los bordillos, donde él quiere, malas hierbas en un saco. De nuevo soy libre. Si se tratara de un caso grave, ¿me hubiera permitido el agente llevarme el aguardiente a la celda?
Así me tranquilizo y cuando se me quiere colar un pensamiento sobre la escena nocturna con Magda entonces lo rechazo enérgicamente. Magda es mi mujer, a pesar de todas las diferencias que hayamos podido tener durante los últimos tiempos, hemos convivido durante tanto tiempo que ella me perdonará, ella ya me ha perdonado. Ella entiende que estaba enfermo. Pero este tiro al aire de aquí me ha desencantado, nunca más beberé, ni una gota más.
Me pongo en pie de un salto y recorro la celda de lado a lado. No, ahora voy a ser sincero, nunca más quiero mentirme a mí mismo: en cuanto me suelten no podré dejar de beber sin más, ya ahora la sed me tortura vergonzosamente. Es como si en mi cuerpo se abriera un deseo torrencial, una avidez, que parece que quiera matar a alguien si no se la satisface. Mis miembros tiemblan, tengo ataques de sudor uno detrás del otro, tengo el estómago revuelto.
De repente recuerdo que cuando me marché de la posada había pagado una botella entera de aguardiente de cereza, pero que la dejé a medias sobre la mesa. Tendría que haberle rogado al agente que me dejara acabarla. ¡Él me lo habría permitido y entonces hubiera tenido más alcohol en el cuerpo, y ahora no sufriría estas terribles molestias!
Bueno, a partir de ahora quiero ser sincero: no puedo abjurar del todo del alcohol de repente, pero a partir de ahora beberé con mucha medida, quizá solo media botella al día o incluso solo un tercio. Con un tercio me las arreglaría. Ahora mismo un simple chupito de aguardiente ya me haría feliz, un vasito minúsculo, aunque solo fuera para llenar la boca, viendo el estado en el que me encuentro ahora.
Si me dejan marchar ahora me tomaré aquí mismo un chupito así, solo uno, y después me iré a pie a casa y no beberé nada más. Ya no llevo dinero encima, aunque visto mi abrigo de primavera azul, que dejaré al posadero como garantía. A cambio me dará una botella de aguardiente, incluso quizá dos, así que tendré provisiones para tres o cuatro días. ¡En todo caso seguro que para tres días! Y en tres días habré conseguido ganarme a Magda, seré muy cariñoso y amable con ella, y así ella me entregará de nuevo dinero… Cierro los ojos por un momento: acabo de pensar en los cinco mil marcos, que saqué ayer del banco más o menos a esta misma hora. Tiene que haber supuesto un duro revés para el negocio, así que quizá no resulte tan sencillo reconciliarse con Magda… Aunque, y así me tranquilizo rápidamente, pediré una hipoteca sobre nuestra villa, no hay ninguna carga sobre ella, seguro que con el chalet como garantía me dan cinco mil marcos. Entonces podré reconciliarme con Magda. Y naturalmente no permitiré que Polakowski disfrute de su robo impunemente. Hoy mismo iré a verle, como mínimo me tiene que devolver mis cosas y la cubertería de plata, entonces le dejaré dos mil marcos del dinero. Y si no está de acuerdo le denunciaré, entonces será el bueno, tierno y falso de Polakowski el que vaya a la cárcel en mi lugar.
Así se cruzan mis pensamientos, que en general son —a pesar de puntuales consideraciones angustiosas— optimistas. ¡Seguro que me las arreglaré, al fin y al cabo soy un ciudadano considerado, se cuidarán bien de tratarme con dureza!
Mientras tanto observo medio pensativo las inscripciones de la celda. Algunas las han escrito a lápiz en la pared, otras las han rascado con un aguja sobre la cal. La mayoría de las veces van acompañadas de un nombre y debajo dos fechas, la de entrada y la de salida. Me tranquiliza mucho que todas estas fechas sean tan cercanas en el tiempo, pues el hombre que según las inscripciones más tiempo pasó en la celda estuvo aquí diez días. También supone de nuevo una prueba de que no pretenden nada serio conmigo. Diez días, bueno seguro que yo no pasaré diez días aquí, ¡no pude ni aguantarlos ni durante mis salvajes días de alcohol! ¡Pero si me van a soltar en unos cuantos minutos! Y entonces, ¿cuándo recibiré mi desayuno? También los prisioneros tienen derecho a un desayuno, seguramente agua y pan seco, pero al fin y al cabo un desayuno. ¡Guiándome por la situación del sol yo diría que por lo menos son ya las nueve y media y aún no me han traído el desayuno! De nuevo una muestra de que no pretenden nada malo conmigo. Me van a soltar tan rápidamente que ya no tiene sentido darme de desayunar. ¡El agente se lo ahorra, pues me lo puedo tomar fuera! Está tan claro como el día mismo; por un momento me tranquilizo completamente, así que me lanzo de nuevo sobre el colchón de paja e intento dormir. Pienso en Elinor, intento pensar en el dulzor de aquel momento en el que me dio a beber el aguardiente de su boca, pero extrañamente ahora ya no me parece dulce. No, ya no quiero pensar más en la posada, era demasiado repugnante allí, y qué astutamente me ha desvalijado, la pequeña puta, ¡como al más estúpido de los jovencitos! Pero a ella no la iré a ver como a Polakowski, que sea feliz o que estire la pata con lo que ha robado, ¡jamás quiero saber nada ella! A partir de ahora solo vivo para Magda. Ya está bien que haya terminado de una vez con esta gente de la posada; ya les he pagado todo, ya no me pueden exigir nada, nunca más los veré. Solo me gustaría saber cuál es en este momento la postura de Magda hacia mí…
Así transcurren mis pensamientos. Entremedio duermo un poco, voy dormitando a salto de mata y de repente estoy muy lejos, como en un profundo sueño. Y me despierto una vez más, noto de nuevo la tortura en mi cuerpo, gimo:
—¡Dios mío! ¡Dios mío! Ya no aguanto más esto, ¿no voy a salir de aquí?
Cruzo la celda de un lado a otro, me agarro a los barrotes de hierro, me apoyo contra la puerta, en la demente esperanza de que quizá se ha quedado abierta, y pienso en Magda… Si soy sincero: tengo miedo de Magda… Puede ser tan endemoniadamente enérgica… Pero yo soy su marido, nos hemos querido, me perdonará, tiene que hacerlo… Así gira eternamente el mismo molino de los pensamientos…