El bebedor
Capítulo 41
41
La tarde se hizo interminable. El único cambio minúsculo fue que para la «hora libre» nos dejaron salir afuera durante dos horas, desde las dos hasta las cuatro de la tarde. «Afuera» era un pequeño césped rodeado de los altos muros de la cárcel, quizá de cuatrocientos metros cuadrados, donde solo había un único camino estrecho, con un ancho justo para dos personas, que cruzaba una de las calvas del césped. Hacía sol, era un bonito día de verano. Pero lo que el sol bañaba no era bonito. No me refiero ahora al entorno, los altos muros desnudos de color ladrillo o cubiertos de una capa de cemento de un color gris apagado, protegidos con alambre de espino, las rejas en las ventanas, los vidrios ahumados; todo esto por sí solo podría robar al más bonito y soleado día de verano todo su esplendor. El cielo azul no es para ti, preso, tan azul, el sol, preso, que calienta tu piel, no brilla para ti. Te falta la anchura del paisaje, solo estás como invitado aquí bajo el cielo, el aire fresco y el sol, tienes los minutos contados, preso. Tu mundo es la casa sombría, tenebrosa y muerta, en la que nunca se oye una risa de alivio, al sol le serías extraño, preso.
Sin embargo, no me refiero a todo eso. Me refiero a los camaradas, a los compañeros de penas, ahora que han escapado de las tinieblas se apoyan contra una pared con sus harapos descoloridos, se ponen en cuclillas sobre un banco y se arrastran con sus zuecos de madera o descalzos por el camino de arena. ¡Cómo descubre sus rostros esta luz despiadada del sol, que solo causan una impresión de recuerdos lejanos y hundidos, dolor y tristeza, una loca desesperación animal! Cierro los ojos y los veo de nuevo allí de pie, en cuclillas, arrastrándose, tal como los he visto cientos de veces y quizá aún los veré miles de veces.
Allí hay un hombre alargado y tembloroso, su cabello rapado y canoso está cubierto de sarna de cerdo, tal como se llaman en esta casa a los furúnculos, su rostro sin afeitar es duro y anguloso y sus ojos oscuros y hundidos están completamente faltos de luz. Continuamente este hombre de las tierras del Rin, que había trabajado como vendedor ambulante, farfulla para sí mismo:
—Un quintal para la Kanalstraße 20, medio quintal para Meier, Trifstraße 10, policía comercial, policía comercial…
Alza la voz, mira arriba hacia las ventanas ciegas enrejadas, esperando los pedidos:
—¡Planteles de patata, planteles de patata, compra mis planteles de patata para plantar!
No le llegan pedidos, sacude desesperado su asquerosa cabeza y empieza de nuevo:
—Un quintal para la Kanalstraße 20, medio quintal…
Si uno le pregunta, sin embargo, qué hora es, él mira dónde está situado el sol y te la dice muy sensato y correcto, aunque una vez te ha dado la hora inicia de nuevo su letanía:
—¡Planteles de patata, planteles de patata, compra mis planteles de patata para plantar!
¡Cómo resuena aún en mis oídos!
Y después está el otro, al que ya he mencionado de pasada, el esquizofrénico que oye voces, cuya pobre y triste cabeza el hijo de perra de Lexer arreaba despiadadamente contra las rejas de hierro; se arrastra en sus zapatillas, a las que les falta toda la parte posterior, de arriba abajo, de arriba abajo. Sin embargo, de repente se para, alza un brazo, amenaza contra el cielo, los muros y las rejas, aunque no ve ni el cielo ni los muros ni las rejas, ve a un enemigo invisible, al que insulta de la forma más maleducada. Es el único sajón entre nosotros y los improperios que suelta los pronuncia con un dialecto sajón tan auténtico que aquellos que aún tienen una chispa de entendimiento sonríen. Aunque en realidad no hay nada de lo que reír cuando este hijo extraviado de buena casa insulta a su enemigo invisible porque le impide explicárselo todo incluso a sus propios padres. ¿Por qué se inmiscuye siempre, qué quiere decir eso de «siempre la misma canción»? ¿No puede el hijo explicárselo todo mucho mejor a sus padres?
¿Ya he dicho, o quizá ya se ha entendido si es que no lo he mencionado, que en esta oscura casa solo ingresan enfermos que en su momento cometieron un crimen? Aquí hay asesinos, ladrones, delincuentes sexuales, falsificadores de documentos, dementes religiosos. La mayoría de ellos cumplió primero una condena larga o corta antes de ingresar aquí. Creyeron que tras cumplir la condena recuperarían la libertad y entonces los llevaron hasta este sanatorio con carácter de penitenciaría, tal como dice tan bien nuestro supervisor. Tenían mermada su capacidad de responsabilidad, les faltaba la inhibición necesaria, suponían un peligro para la comunidad: las verjas del «sanatorio» se cerraron tras ellos para siempre. El médico me lo explicó a mí mismo más tarde, de los cincuenta y seis hombres que había en mi galería ni seis tenían la perspectiva de volver a la vida en el exterior. ¡Y entre nosotros había jóvenes de veinte, diecisiete y dieciséis años que se iban a pasar toda la vida allí!
También este sajón esquizofrénico de buena casa cometió en alguna ocasión un crimen que lo separó de sus padres. Quizá solo hizo el tonto, en todo caso fue un blando, pues debió darse prisa y explicárselo todo a sus padres. Pero para entonces ya lo habían apresado. Y los años transcurrieron, uno tras otro, muchos, y las rejas de hierro seguían entre él y sus padres, entre su culpa y la explicación que liberara su corazón. Él se lanzó contra ellos, le daba igual que un infame perro le pegara en el rostro hasta hacerlo sangrar, luchaba día a día con ese enemigo invisible para nosotros, siempre en vano y día tras día emprendía la lucha. También con él se podían intercambiar de vez en cuando unas palabras sensatas sobre las cosas básicas de la vida, qué tal había estado la sopa o dónde estaba la escobilla. Incluso llegaba a trabajar un poco; tal como ya he mencionado se encargaba de barrer la escalera. Dicho sea de paso, este sajón Lachs era quien más paquetes de manduca recibía de casa; por desgracia, ya no se daba cuenta de lo que comía, daba completamente igual lo que el supervisor le pusiera en las manos.
Un tercer hombre que hablaba mucho más era un enfermo delgado como un alambre, con un rostro afilado y una nariz aguileña y estrecha: parecía un árabe de piel blanca. Tenía la locura de haber sido una personalidad de alto rango político de un país vecino, que por su ausencia de reparos, sí, por sus intenciones asesinas, tenía mala reputación. Este enfermo siempre iba solo trazando círculos o se apoyaba contra la valla, que separaba nuestro pequeño césped del gran patio de la cárcel. Cuando se apoyaba daba la impresión de haber estado allí durante toda la vida; su ropa blanqueada y decolorada se fundía con la luz del sol y ya solo se veía esa cabeza de árabe temeraria en su momento, que continuamente reía y hablaba, reía y hablaba. La mayor parte de lo que decía para sí astutamente, con una risa por lo bajo, sardónica, no es reproducible; se enredaba imaginándose largamente cómo les cortaba a sus enemigos, ya fueran mujeres u hombres, sus genitales, y que preparaba de las formas más diversas (que se imaginaba exactamente) para después comérselos. En ocasiones se enredaba en digresiones como esta:
—Es lógico que primero haya que pasar la prueba en Landsberg an der Warthe si uno quiere convertirse en mariscal de campo en Inglaterra. De otra manera no puede ser. Uno lleva una bota de cuero roja en la derecha y una azul en la izquierda…
Se volvía y me miraba riéndose, divirtiéndose él mismo a lo grande. Y proseguía, enseguida estaba de nuevo preparado, mataba a todos los franceses con una ametralladora y en ese mismo instante hacía observaciones sobre las cochinadas desmesuradas de las vírgenes tungusias. Su cerebro estaba ocupado ininterrumpidamente en conciliar lo irreconciliable, en cierto modo iba ensartando cadenas, colocando una lata de betún junto a un ramo de plumas de avestruz. Con ese hombre no había manera de intercambiar una palabra sensata, no escuchaba nunca cuando uno le hablaba, sino que seguía hablando o callaba. Un preso compañero me contó que este «árabe», apellidado Schniemann, había sido antes mucho más sensato y capacitado para ejercitar un trabajo de verdad. Salía a trabajar a una fábrica en la ciudad junto con otros trabajadores externos. En una ocasión intentó fugarse, pero lo volvieron a atrapar. Como se defendió casi con una desesperación animal contra la nueva detención se produjo un violento alboroto a su alrededor; en la refriega alguien le pisó el brazo y se lo rompió. Cuando volvió del hospital estaba ya tan perturbado como ahora; ya no utilizaba el brazo, que se había recuperado mal, llevaba siempre la mano de ese brazo en el bolsillo. Eso también le confería a su triste figura una nota inolvidable y característica.