El bebedor
Capítulo 50
50
El médico me estaba esperando, apenas había pasado una hora y ya había visitado a más de setenta pacientes. El médico jefe, el doctor Stiebing, me recibió sonriente en su bata blanca, me rogó que tomara asiento e incluso me estrechó la mano. El supervisor esperaba detrás, sin moverse, con los ojos bien atentos, sin soltar ni una palabra. Encontré acertado que viera con qué distinción me trataba el médico jefe, ahora este recibimiento tan amable, antes el traslado a una celda mejor. Ahora se guardaría especialmente de tratarme con demasiada dureza.
—Bien —dijo el médico jefe sonriendo—, ha acabado usted en mis manos, señor Sommer. Hace catorce días, el colega Mansfeld y yo lo hubiéramos ingresado en un ambiente más confortable. Bueno, bueno, aquí también se las arreglará. La casa es ordenada, aquí llegará usted a encontrarse bien. Un poco de disciplina le hace bien a cualquiera, ¿no es así?
Era la gentileza personificada. Conmovido le agradecí el que me hubieran asignado un dormitorio mejor.
—Está bien, está bien —me interrumpió el médico jefe municipal—. Haremos todo lo que esté en nuestras manos por hacerle más fácil su estancia aquí. Naturalmente que existe cierto reglamento de la casa muy estricto que no podemos evitar…
Me miró con un amistoso sentimiento de pesar. Y entonces añadió:
—Y usted hará todo lo que esté en sus manos por facilitarnos la tarea, ¿no es verdad, señor Sommer?
Yo se lo aseguré, le pregunté si el médico jefe tenía que elaborar un informe sobre mí.
—No, aún no —me contestó rápidamente—. Supongo que me lo pedirán, pero de forma provisional me han asignado su caso el tiempo que esté usted ingresado aquí, señor Sommer.
—¡Pero entonces voy a estar ingresado aquí por un buen tiempo! —me quejé—. ¿Por qué no puede usted elaborar este informe ahora mismo? El caso está ya muy claro. La acusación solo se basa en una pequeña amenaza y yo estoy convencido de que Magda, de que mi mujer declarará que no se sintió en absoluto amenazada por mí. ¡Por un asunto tan pequeño como este no me pueden tener aquí encerrado durante semanas!
El tono de mi voz era cada vez más serio y contundente, ya desde el principio quería dejar clara la gran distancia que existía entre mi pequeña falta y el estar ingresado en este centro.
—¡Bueno, bueno! —dijo el médico y me puso tranquilizador la mano sobre el brazo—. ¿Por qué tiene usted tanta prisa? Primero debe usted descansar bien y curarse del todo…
—¡Pero si estoy completamente sano! —le aseguré.
—¿No sufre mareos? —me preguntó el médico—. ¿Ataques de sudor? ¿Falta de apetito y de repente un hambre atroz? ¿No echa de menos el alcohol?
—¡Pero si ya ni pienso en el alcohol! —le contesté horrorizado porque sospechara tan peligrosamente de mí—. ¡Me siento completamente curado!
—¿No ha sufrido ningún síntoma de abstinencia? —me preguntó el médico dudando—. Y usted qué dice, supervisor, ¿ha observado usted algo?
Contemplé el rostro duro y oscuro del supervisor todo esperanzado. Estaba convencido de que no podía haber observado lo más mínimo.
—Ayer por la noche —informó— Sommer exigió la cena por tener mucha hambre, aunque después solo comió cuatro o cinco cucharadas. Lexer me aseguró hoy que Sommer llevaba una cuchilla en el bolsillo; aunque no pudimos dar con ella, las informaciones de Lexer han sido hasta la fecha fiables. Además Sommer es el nerviosismo personificado, no se puede estar ni cinco minutos quieto en un sitio, no se ocupa con nada, no ha cogido ni un periódico…
—Pero —dije yo indignado y horrorizado por ese comentario tan tergiversado— todo ello tiene unos motivos completamente diferentes. No tiene nada que ver con el alcohol y con los síntomas de abstinencia. De verdad, señor médico jefe, no pienso en absoluto en el aguardiente…
Tanto el médico jefe como el supervisor sonrieron ligeramente.
—¡De verdad! —les dije aún más contundente—. He sufrido tal conmoción por mi detención y todas las consecuencias que ella ha tenido: ¡en mi vida volveré a probar un gota de alcohol!
—Eso suena mejor —afirmó el doctor Stiebing con la cabeza, amistoso.
—Y si ayer solo probé la sopa de col es únicamente porque no estoy ni mucho menos acostumbrado a este tipo de comida. Seguro —añadí rápidamente— que la sopa de col estaba muy buena, pero en casa suelo comer otras cosas…
Ambos me observaban muy atentamente.
—Y si he corrido un poco demasiado de un lado para otro y no he conseguido estar tranquilo se entiende de sobras en mi situación. Cuando el destino de uno es totalmente incierto está intranquilo. Todas las personas que deben esperar durante mucho tiempo van de aquí para allá, lo puede ver uno en cualquier sala de espera de la consulta de un dentista, en los pasillos de un juzgado…
—Está bien, está bien —me interrumpió el médico, aunque yo tuve la impresión de que no lo había convencido y que hacía rato que todo «estaba bien».
—¿Y qué me dice de la cuchilla de afeitar? La ha pasado usted por alto completamente.
No quise ruborizarme, pero… No, quizá no llegué a ponerme rojo, quizá solo me lo imaginé. En todo caso afirmé decidido:
—No he pasado por alto la cuchilla de afeitar, simplemente ya no me acordaba de ella. Nunca he tenido aquí una cuchilla de afeitar, para qué la querría, si tampoco dispongo de una maquinilla…
Quizá me hice demasiado el simple, quizá el médico también pensaba que el acusado cuando más agriamente protesta es cuando la aseveración es completamente falsa. Yo encontraba que esta primera conversación introductoria, en la que aún no se trataba ni mucho menos de mi caso, estaba plagada de trampas y engaños.
Sin embargo, no podía ver en la expresión del médico lo que pensaba de mis palabras. Muy amablemente me dijo:
—Tal como me han informado, usted empezó a beber no hace mucho, así que los síntomas de abstinencia no deben haber sido tan severos. Antes estuvo usted en prisión preventiva…
—Sí —afirmé yo— y allí trabajé cada día en el patio cortando leña, me presenté voluntario a ese trabajo, y puede preguntar usted a cualquier centinela si no trabajé lo mismo que cualquier otro, y eso que yo no estoy acostumbrado.
—¿Entonces bebía usted mucho? —me preguntó el médico y no parecía estar dispuesto a informarse de las bondades de mi trabajo con la madera—. Puede uno decir: ¿mucho?
—¡No más de lo que podía aguantar! —le aseguré—. Nunca me tambaleé, señor médico jefe, y nunca me caí al suelo.
Tuve que pensar entonces un momento en la escena en la que una y otra vez intentaba alcanzar el tejadillo bajo la ventana de Elinor y caía de espaldas sobre los arbustos. Y justo después visualicé interiormente una segunda escena, que incluso había observado el mismo médico jefe, en la que yo estaba borracho como una cuba y sentado a la mesa armaba follón con unos habitantes del pueblo igual de borrachos en la mesa de la taberna, y cuando al querer salir casi me caí, y cómo el doctor Mansfeld tuvo que acompañarme hasta el coche… Pensé desesperado que no debería haber mantenido eso. Era mentira. ¡Y eso desvalorizaba mis otras afirmaciones completamente ciertas! Aunque me prohibí pensar en ello, también quería evitar que el médico jefe reflexionara demasiado tiempo, por lo que proseguí rápidamente:
—Cuando se produjo esa escena con mi mujer, a raíz de la cual me acusaron de intento de asesinato, estaba totalmente consciente. Sabía exactamente lo que hacía y no hice ni un poquito más de lo que quería hacer. Y antes había bebido relativamente poco.
—Sí, querido mío —dijo el médico, de repente riendo casi de forma irónica—, parece ser que entre lo que ambos consideramos beber poco hay mucha diferencia. Cuénteme usted lo que solía beber de promedio al día, si es que naturalmente se acuerda.
Pensé en Mordhorst y de cómo desaprobaba mi estúpido amor por la verdad, pues frente al juez había hablado en profundidad sobre todo el aguardiente que había consumido. Pensé si el médico ya había podido tener acceso a ese expediente y decidí que era bastante improbable, pues a él mismo no le habían pedido un informe. Sin embargo, decidí andar con mucho tiento, no mentir demasiado, causar la mejor impresión. Hasta el momento no había tenido mucho éxito con mis indicaciones, eso estaba claro. Aunque todo dependía de si desde el principio le causabas una buena impresión al médico: si desde el mismo principio te ganas a una persona es difícil que hechos posteriores, en sí sin ningún valor, perturben esa primera buena impresión. Así lo pensé yo y así dispuse lo que iba a declarar. Apenas nunca había ingerido más de una botella al día, la mayoría de las veces menos… Según le conté, no recordaba exactamente lo que consumía en la taberna, pues allí me servían pequeños chupitos y, entre toda la confusión de lo que se había bebido, en ocasiones pagaba lo de los demás.
El médico escuchó mi informe algo extenso con la cara apoyada en la mano, apenas sin articular palabra, muy de vez en cuando lanzando alguna pregunta. Finalmente, cuando ya no tuve nada que contar me dijo:
—Tal como le he dicho aún no me han solicitado un informe sobre su caso, simplemente nos hemos reunido aquí para hablar un poco, para conocernos. Deje usted de darle vueltas a la idea, Sommer —(¡Sommer! Ya no me llamaba «señor». Sommer)—, de que sus informes sobre lo pasado pueden influir decisivamente en su destino en esta casa. Su futuro lo decidirá únicamente su fuerza de voluntad, el ser fuerte para resistirse a tentaciones como las anteriores…
Me miró seriamente. No sé replicar muy rápidamente, más bien mi pensamiento es lento, así que afirmé con la cabeza diligente, asegurándole que tenía la voluntad de mejorar. Solo diez minutos más tarde, en mi cama, tuve claro que en el fondo el médico había marcado a hierro todo lo que le había dicho, y a raíz de esta última frase, como una mentira, y no, no solo en el fondo. Estaba claro que ya había tenido entre sus manos mi expediente y allí había podido leer que para casi cada día yo había indicado exactamente el aguardiente que había consumido, en general unas cantidades mucho mayores que las que había facilitado hoy. Aunque ahora ya era definitivamente demasiado tarde para la «primera buena impresión».
El médico jefe me dio, en todo caso, la mano cordialmente y me dijo:
—Bueno, volveremos a hablar. Haré que lo vayan a buscar. ¡Buenas noches, señor Sommer!
Ya me quería ir, cuando el supervisor preguntó:
—Señor médico jefe, ¿Sommer debe trabajar, verdad?
—¡Naturalmente que trabajará! —dijo el médico jefe—. Así el tiempo le pasará más rápido y dejará de cavilar. ¡Usted mismo tiene ganas de trabajar, verdad que sí, apasionado cortador de leña! (¡Así que también conocía mi trabajo cortando leña en el patio, debía ir con pies de plomo a la hora de facilitar datos!).
Le aseguré que no tenía deseos ardientes de hacerlo. Yo había visto un bonito y gran jardín frente al muro, ¿quizá podía ocuparme yo de la jardinería? ¡Siempre me había hecho ilusión la jardinería!
El médico jefe y su mano derecha se miraron el uno al otro y después a mí. Sonrieron tímidamente.
—No, al principio preferiríamos que no trabajara usted «fuera» —me dijo suavemente el médico jefe—. Para ello deberíamos conocernos primero un poco mejor…
—Ah, ¿usted cree que escaparía? —le dije indignado—. Pero, señor médico jefe, ¿adónde cree usted que podría huir, con este uniforme y sin dinero? No alcanzaría ni a recorrer diez kilómetros…
—Y diez kilómetros serían suficientes —me interrumpió el médico—. ¿Entonces, supervisor?
—Creo que le pondré a hacer cepillos, justamente nos falta un hombre allí. Lexer le podrá enseñar…
—¿Lexer? —interrumpí al supervisor, horrorizado—. Se lo ruego: ¡cualquiera menos Lexer! ¡Si odio a alguien es a esta pequeña, repugnante y chillona bestia! Nada más oír su voz todo en mí se revuelve de asco… ¡Lo que usted quiera, pero por favor, que no sea Lexer!
—¿Ya sufría usted en el exterior de unas antipatías tan remarcadas, Sommer? — me preguntó el médico jefe suavemente—. Apenas lleva usted veinticuatro horas en esta casa y ya muestra este odio por un pícaro tan inofensivo e imbécil.
Estaba confuso, desconcertado. De nuevo me había equivocado.
—A veces se dan estas antipatías tan repentinas, señor médico jefe —le dije—. Uno ve a una persona, escucha su voz y entonces…
—Sí, sí —me interrumpió y de repente se le veía cansado y triste—. Hablaremos de todo ello más adelante. ¡Buenas noches, Sommer!