El bebedor
Capítulo 30
30
Era ya el tercer día de mi estancia en prisión y aún no estaba trabajando en el patio de la leña, cuando el sargento Splittstößer apareció a las cuatro de la tarde en mi celda y me dijo:
—Venga usted conmigo, Sommer. Póngase la chaqueta y venga usted conmigo.
Seguí al «superior» y, como entonces era tan inexperto en los asuntos de la cárcel, le pregunté cortésmente:
—¿Adónde me lleva usted, señor sargento?
Por entonces aún no sabía que un preso nunca debe preguntar, que nunca recibe respuesta a sus preguntas, que solo le queda esperar el destino que decida o bien el sargento o bien el fiscal. Así que recibí una respuesta bien maleducada:
—¿Y a usted qué le importa? ¡Ya se enterará usted!
Allí en la Audiencia imperaba un verdadero ambiente de tarde de verano: muchas de las puertas estaban abiertas y vi escritorios no ocupados y recogidos. Resultó que el agente de Justicia de la Audiencia había salido para ir a Correos, por lo que no estaba en condiciones de aceptar la entrega de manos del funcionario de prisiones; sin embargo, mi funcionario tenía prisa en volver a su edificio, así que se produjo una pequeña pelea entre un gordo y viejo empleado de oficina y mi guardián.
—Yo no estoy aquí para vigilar a vuestros presos —dijo el empleado enfadado—. Siempre intentáis colarnos casos como este. Si se nos escapa uno entonces yo seré el culpable.
—Sí, pero tampoco hace falta que vuestro agente de justicia esté siempre fuera, él ya sabe que la entrega del preso se efectuaba hoy a las cuatro.
Continuaron discutiendo así durante un rato, ninguno de ellos quería quedarse conmigo, hasta que finalmente una señorita ya mayor anunció sorprendentemente:
—Bueno, ya me ocuparé yo, el señor Sommer seguro que no se me escapa.
Y me miró con una sonrisa amable. Así que me conocía. Me hicieron sentar en una silla, Splittstößer se marchó, y por primera vez desde hacía días pude ver una calle de mi ciudad natal a través de una ventana sin rejas, vi a los niños jugar, e incluso vi pasar un vehículo de la cervecera Trappe. El viejo conocido, casi amigo, Trappe iba sentado en la cabina. Una joven, seguramente también una empleada, cruzó la habitación en la que yo estaba esperando. Me miró, sonrió amablemente y dijo:
—Buenos días, señor Sommer.
Así que me conocía, fue amable conmigo, a pesar de que estaba en prisión acusado de haber intentado asesinar a mi mujer. La funcionaria entrada en años también acababa de ser amable, había dicho:
—El señor Sommer no escapará.
Todos eran amables conmigo, la mejor prueba de que lo mío iba por buen camino. Seguramente el juez instructor no emitiría orden de prisión contra mí, ¡quizá en media hora volvería a recobrar la libertad! Mi corazón latía fuerte y alegre.
Entonces entró un viejo en la habitación, un hombre largo, seco y de cabello cano, que tenía un aspecto algo distraído y preocupado.
—¡Es el señor Sommer, señor director! —dijo la empleada ya entrada en años y me señaló con la cabeza.
—Bien, bien —tosió levemente el viejo, el director de la Audiencia Provincial, tal como me enteré más tarde. Me observó un momento con sus ojos cansados e inquietos y entonces me estrechó la mano.
—Acompáñeme entonces, señor Sommer.
De nuevo pura amabilidad, un apretón de manos, dirigiéndose a mí con un «señor», ay, toda esa afectación me confundió, enormemente, inexperto de mí, y olvidé por completo que todos ellos eran mis enemigos, que solo tramaban condenarme, encerrarme, engañarme. Olvidé la frase que acababa de aprender: «Es tan fácil entrar, pero tan difícil salir». Yo pensaba que me pondrían más fácil salir de allí que entrar, así que le abrí todo mi corazón al señor director de la Audiencia, le conté todo como había ocurrido, ¡aunque después me enteraría de las consecuencias que tendría mi credulidad!
El señor director de la Audiencia Provincial me antecedió al entrar en un despacho muy acogedor con muchos, muchos libros forrando las paredes. Me sentaron en una silla frente al escritorio, el director se sentó tras este, apareció una señora de mediana edad e introdujo un folio grande en la máquina de escribir, el director se mesó el cabello, estuvo manipulando sus gafas, me miró y dijo:
—Nos está dando usted muchas preocupaciones, señor Sommer. —Tosió ligeramente y le pidió a la señorita—: Coja usted los datos personales del señor Sommer.
A todas esas preguntas contesté con facilidad, aunque quizá me equivoqué al facilitar la fecha de nacimiento de Magda (me avergoncé al confesar que no la recordaba exactamente), y cuando me preguntaron si estaban en regla las cuestiones de propiedades e ingresos, yo contesté rotundamente con un «sí», de lo que más tarde me arrepentí mucho. Pues ahora dudaba de que Magda pudiera arreglárselas con el negocio después de que yo me llevara los cinco mil marcos. Sin embargo, no tuve tiempo de corregirme, pues el señor director empezó a preguntarme o, más bien, cogió un gran folio densamente escrito a máquina con la mano, se mesó de nuevo el cabello, volvió a manipular sus gafas, tosió ligeramente y me dijo:
—Se le ha detenido a usted, señor Sommer, por ser sospechoso de haber intentado asesinar a su mujer. ¿Qué tiene que decir al respecto?
En ese momento tenía tanta confianza en la gente que había reunida allí que le dije de forma completamente ingenua:
—Dios mío, ¿aún mantienen que he intentado asesinar a mi mujer? Nunca en mi vida he pensado en ello. Quiero a mi mujer y si…
—No, no, señor Sommer —dijo el director de la Audiencia tranquilizándome—, está claro que no se trató de un intento de asesinato. Se trató de un intento de homicidio, ¿no es verdad? ¿Usted actuó a base de impulsos, usted estaba borracho, no es verdad?
—Pero, señor director, si no quise matar a mi mujer, fueron solo las habladurías de un borracho, pues quería mi maleta y mi mujer es más fuerte que yo.
—Bien, bien —dijo el director y sonrió ligeramente—. Sin duda se trató de algo más que de una riña de gatos inofensiva causada por el alcohol. Durante los últimos tiempos ha bebido usted demasiado, ¿no es verdad, señor Sommer? Ahora cuénteme todo lo que usted ingirió antes de realizar la visita nocturna a su mujer.
Así entramos poco a poco en el interrogatorio, yo le conté todo tal como sucedió, yo rebusqué en mi memoria para no olvidarme de una sola botella de aguardiente, le conté la verdad con pelos y señales, y tonto de mí creía que lo conseguiría con ese amor a la verdad. Sin embargo, insistí en que nunca había tenido la intención de hacerle algo a mi mujer, solo quería conseguir mis cosas, así lo conté. El director de la Audiencia Provincial tosió con más fuerza, leyó el folio escrito a máquina y dijo:
—Le voy a contar ahora lo que ha declarado su mujer. Es lo siguiente: «¡Me cogió por el cuello con la intención de ahogarme e intentó darme patadas en el cuerpo!». Y aquí: «Y me susurró al oído: ¡Mañana por la noche volveré y te mataré!». Esto suena realmente mucho más violento que unas simples amenazas, ¿no es así, señor Sommer?
Me quedé sin habla ante la vileza de Magda, presentarlo de esa manera, por lo menos podría haber añadido que se lo había tomado como las simples habladurías de un borracho. Se lo intenté explicar al director, le indiqué que Magda estaba alterada y que quizá en su excitación se había tomado a mal cosas que en realidad no lo eran. El director afirmó y suspiró, limpió las gafas. Ignoro si le convencí. Finalmente dijo:
—Bien, por hoy no quiero seguir interrogándole. Es suficiente para la primera vez.
—¿Por lo tanto no va a emitir usted una orden de detención contra mí? —le pregunté con una alegría desbordante.
El director volvió a toser de nuevo.
—No, digamos que no se trata de una orden de detención en sí, por decirlo de alguna forma. Sabe, señor Sommer, según su propia declaración estaba usted completamente borracho…
—No completamente borracho, señor director. Puedo aguantar mucho.
—Usted —prosiguió el director corrigiéndose—, había bebido una enormidad, por lo que existe la sospecha de que al cometer su delito no controlaba usted sus facultades mentales. ¿Por qué quiere usted volver a casa? Se pelearía de nuevo con su mujer, empezaría usted de nuevo a beber. No, señor Sommer, primero tiene usted que curarse del todo. Primero le enviaré a un sanatorio, ahí estará usted bajo vigilancia médica y se curará…
—Se lo agradezco, se lo agradezco, señor director —le dije yo como un imbécil y si hubiera podido le hubiera abrazado. Por su gran bondad, sí señor, por su gran bondad.