El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 33 de 64

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El bebedor

Capítulo 33

33

Sin embargo, en el ínterin no logré todo eso, pues otros hechos, a mi parecer más importantes, se interpusieron. Cuando la misma mañana tras la visita del abogado, el doctor Husten, el guardián abrió nuestras celdas y yo me dirigía con el cubo lleno hacia el fregadero, de repente me paré en seco sorprendido. No podía creer lo que había oído, pero sí, no me confundía: de una de las celdas que acababan de abrir salió una voz lisonjera, un suave susurro, esa voz que estaba tan íntimamente ligada a mis bacanales alcohólicas, esa voz que odiaba desde lo más hondo de mi corazón: ¡la voz de Polakowski!

Me aventuré a echar una mirada rápida. Sí, allí estaba él con su rostro delicado, más amarillento que bronceado, con una barba oscura y el cabello oscuro simplemente peinado hacia atrás, con ese brillo rojizo dorado, estaba allí y de pie y le hablaba lisonjero y suave a su compañero de celda, mientras chasqueaba los nudillos de sus dedos. ¡Seguramente quería engatusar al pobre pero honrado trabajador!

Me di toda la prisa que pude, pasando por la celda, para vaciar y limpiar mi cubo y volví a hurtadillas a mi celda, con cuidado para que no me viera. Esa mañana Düstermann, por mucho que refunfuñara, debía prestar el «servicio externo» de limpiar las celdas, buscar la escoba y la bayeta y conseguir agua limpia para fregar: yo no quería que me viera Polakowski.

Sin embargo, interiormente me invadieron una alegría malsana y el triunfo: habían pescado al astuto y falso de Polakowski, lo habían enchironado, y solo un pensamiento me intranquilizaba y era si habían conseguido rescatar de Polakowski el botín o, por lo menos, una buena parte de este. Aunque sobre este extremo no tardaría en tener noticias. Como siempre me dirigí hacia el patio de la leña, sin Polakowski, o bien porque no se había presentado para el trabajo o bien porque el inspector ya sabía que ambos «estábamos metidos en lo mismo». En esos casos se procura cuidadosamente que dos cómplices no mantengan el contacto.

Mordhorst y yo nos colocamos en nuestra sierra de leña y empezamos nuestro trabajo diario, esta vez de la manera más cómoda: eran troncos finos de pino, un juego de niños para hombres entrenados como nosotros. Ya habíamos cortado el primer tronco y cuando estaba colocando el segundo tronco en la sierra le formulé a mi camarada de trabajo la pregunta que le hacía cada mañana:

—¿Algo nuevo en el edificio?

—¡Mmm! —soltó Mordhorst y dejó la sierra a un lado. Y prosiguió—: Ha entrado uno nuevo. Tiene pinta de tunante. Un polaco de mierda.

Volvimos de nuevo a serrar. Yo volvía a hacer una pausa:

—¿Y qué es lo que le han endosado?

—¿A quién? ¿Endosado el qué? —preguntó Mordhorst, que hacía rato que estaba con sus pensamientos en otra parte, seguramente reprochándose de nuevo amargamente su destino, cómo había ido a parar a ese pueblo de mala muerte por una menudencia como la que había cometido—. ¿A quién? ¿Endosado el qué?

—¡Al polaco de mierda! —le recordé. Repetí esa fea denominación con una gran unción.

—¡Ah, ese! ¿A qué se pueden atrever esos tipos? Todos los polacos son unos cobardes…

Quiso volver a serrar, pero yo mantuve la sierra firme.

—Ya, pero Mordhorst, cuéntame más, me interesa. Creo que he visto a ese tipo esta mañana a primera hora.

—Puede ser, está en tu mismo módulo. ¿Qué es lo que le han endosado? Pues naturalmente haber desvalijado a alguien, un polaco no se atreve a más. Se ve que desvalijó a un solitario lobo borracho, a un ciudadano que estaba como una cuba, ¿entiendes?

—Entiendo —le respondió el solitario lobo borracho—. ¿Y consiguió esconder el botín?

—No tengo ni idea. ¡Seguramente; tampoco creo que un polaco sea tan tonto!

—A ver si lo averiguas, Mordhorst. Me interesa mucho.

—¿Y por qué te interesa tanto? Lo encuentro extraño.

—Yo no. Porque yo era el solitario lobo borracho al que ese tipo desplumó. No lo recuerdas, Mordhorst, ese es el tabernero que me acogió en mis tiempos de borrachera. Ya te había hablado de él.

—¡Ah, por eso! —dijo Mordhorst y sonrió de satisfacción—. Te odiará con toda su alma si llega a verte por aquí. ¡Tú le has traído hasta aquí!

—Entérate entonces, Mordhorst, si ha conseguido esconder las cosas. Me quitó dos anillos y un reloj de oro, una cubertería de plata para doce personas, una maleta de piel con cosas mías, una cartera de piel y cuatro mil marcos.

—Muy bonito —sonrió Mordhorst—. Para un miserable polaco sin duda alguna demasiado. Bueno, ya te mantendré informado.

Y volvimos a serrar, ahora sin abrir la boca, pues el guardián ya estaba mirándonos.

Pasaron algunos días hasta que volviera a ver a Polakowski o a oír su voz. Por la mañana, cuando iba a vaciar el cubo, su celda seguía cerrada y solo se abrió cuando ya habíamos terminado, señal de que era conocido que pertenecíamos al mismo caso. Tampoco Mordhorst me informó de más. Cuando le insistí me dijo:

—Espérate, colega. Primero debo investigar datos más concretos, Mordhorst no revienta ninguna caja antes de haberlo investigado todo bien.

Aunque finalmente lo consiguió.

—Llevaba encima más de seis mil marcos cuando le atrapó la pasma —dijo Mordhorst—. Y es verdad. No es simplemente que lo haya contado él, sino que lo sé porque me lo ha confirmado el encargado de las calderas, que también se ocupa de limpiar el despacho. El dinero ha entrado aquí.

—Entonces ha vendido todas mis cosas y ya no las veré nunca más —dije yo y de repente me supo muy mal por las cosas de oro y plata—. En efectivo solo me quitó cuatro mil marcos.

—También podía haber llevado dinero suyo encima —me contradijo Mordhorst —. No quiere decir que ya se haya desecho de tus cosas. También las podría haber escondido.

—Es posible —admití yo—. Pero no estoy del todo convencido.

Seguimos serrando un buen rato callados, una o dos horas, un tronco de haya tras otro. Entonces Mordhorst me dijo de repente:

—¿Qué me das a cambio, colega, si averiguo dónde ha escondido tus trastos el polaco?

—¿Trastos? ¿A qué te refieres?

—¡A tus cosas! ¿Qué me darías?

—¿Qué te voy a dar dentro de este búnker? ¡Si yo mismo no tengo nada!

—¡Pero fuera sí!

—¡No puedo disponer de ello, mi mujer no me deja!

Y volvimos a serrar. Al día siguiente Mordhorst me dijo:

—Seguro que pronto el juez te llamará a declarar por el asunto del polaco. Debes declarar que solicitas el dinero que te robaron y que está depositado aquí.

—Puedes estar convencido de que eso es lo que voy a decir, Mordhorst —le dije yo furioso.

—Y el fiscal deberá entregarte sin más el dinero, eso está claro —dijo Mordhorst. Pasó un rato en silencio. Entonces me preguntó:

—¿Estarías dispuesto a firmar una orden de pago de quinientos marcos a mi nombre si descubro dónde ha escondido el polaco tus cosas?

Me lo pensé.

—Creo que por quinientos marcos me vale la pena —dije finalmente—. Aunque debería recibirlo todo de vuelta, también las cosas de oro, y no creo que sea posible.

—Si recibes menos de lo que te robó entonces me pagarás menos; soy un hombre honrado —respondió el incorregible asaltador de cajas fuertes.

—¡Pero Mordhorst! —dije yo y a mí me daba pena su candor—. ¿Tú crees que a ti o a alguien de la trena le harían efectiva una orden de pago solo porque la he firmado yo?

—De eso ya me encargo yo —me respondió inalterable—. ¿No tienes un negocio de cereales?

—Así es —le respondí—. ¿Cómo sabes también eso, Mordhorst?

—Yo lo sé todo —me respondió con toda la arrogancia del hombre insignificante —. Y cuando venga alguien de fuera con una factura por el grano que te haya suministrado en el último trimestre y te exija su dinero y tú aceptes la factura, te apuesto a que los tipos la pagarán.

—Es posible —admití—. Pero ¿quién va a venir desde fuera con una factura así?

—De eso me encargo yo —volvió a responder impasible Mordhorst—. Lo importante es que me des tu palabra de que aceptarás la factura.

—La tienes —le dijo—. Y yo soy hombre de palabra.

—Y mejor que así sea —me respondió Mordhorst y empezó de nuevo a serrar—. Ya puedes contar que en el caso de que intentes engañarme te atraparé, mañana o de aquí a cinco años, fuera o dentro, yo mismo o a quien se lo encargue.

Y así empezó este juego, un juego que solo se puede jugar en las cárceles, subterráneo, con muchos intermediarios, con el murmullo de los encargados de las calderas a través de puertas barradas, con una sagacidad interminable, que han aplicado muchos cerebros durante muchas horas: y el objetivo era el hipócrita y astuto de Polakowski. Yo no pude descubrir del todo este juego, nunca entendí cómo Mordhorst, al que vigilaban estrechamente, estaba en continuo contacto con todos los presos, incluso con el mundo exterior. Pero sabía cómo hacerlo. En ocasiones dejaba caer alguna palabra, de la que yo debía derivar todo lo demás. Por ejemplo, estaban los cuatro presos cuidadosamente escogidos, que llevaban a la ciudad y a las casas la madera que nosotros habíamos cortado en un carro enorme, claro está bajo la vigilancia del guardián. Y estaba el experimentado cocinero de la cárcel, un viejo preso, que a veces se llevaba el inspector consigo para que cavara, podara y regara su jardín. Quizá estos presos no eran del todo de fiar como habría soñado la dirección de la cárcel. Y después estaban las portezuelas de las puertas, a través de las cuales nos entregaban las escudillas de comida, y en estas portezuelas siempre se producían murmullos secretos y entregas furtivas cuando se abrían para las entregas. Tal como he dicho, apenas sé nada sobre el juego que allí se llevaban entre manos, sino ya hubiera contado sobre el mismo. Yo era un pardillo, y sobre todo a los ojos de los demás no era un «verdadero criminal», pues no había delinquido contra la propiedad de otros.

Por supuesto que Mordhorst se guardó bien de contarme mucho. Solo me enteré de que le estaban metiendo presión a Polakowski. Consiguieron reducir su ración de comida bajo las mismas narices del agente. Dejaron que pasara un poco de hambre. Y su compañero de celda siempre tenía comida en grandes cantidades, pero no le cedía nada. Esa era una cosa. Y la otra era que Polakowski en casa tenía mujer e hijos y lo habían detenido de forma tan imprevista que estos estaban sin un duro y sin nada que comer. Entonces le plantearon que había un preso que saldría en pocos días y que ese preso podía ir a buscar las cosas que había escondido, empeñarlas y llevarle lo que obtuviera a su mujer, claro está deduciendo una retribución adecuada. Estoy convencido de que el astuto e hipócrita de Polakowski estaba manteniendo una dura batalla en su interior, pero consiguieron ablandarle. Lo presionaron, le escribieron mensajes secretos y después lo dejaron completamente sin noticias, y cuando él preguntaba le decían:

—Descuida, el tema ya está solucionado.

Y también un Polakowski quiere a sus hijos y no quiere que pasen hambre y que mendiguen. Llegó el día en el que Mordhorst me dijo:

—¿Tengo entonces tu palabra?

—¡Claro que la tienes! ¿Ya has descubierto algo?

—Lo sé todo. Tus cosas… —Mordhorst me miró muy perspicaz—, están en el primer granero que hay en el camino a Vehne. Por detrás hay unos cuantos tablones rotos y están escondidas debajo de la paja. Bueno, ahora ya lo sabes. Falta tu anillo de compromiso de oro, de ese se ha desprendido, pero por lo demás está todo allí, exactamente todo lo que habías dicho tú. ¿Vale mi trabajo esos quinientos marcos, colega?

—Sí, te mereces los quinientos marcos —le respondí. Es extraño cómo el corazón siente de forma totalmente ilógica, pues casi me alegraba de poder devolverle a Magda su cubertería de plata y yo odiaba a Magda desde el fondo de mi corazón.

—Sí —le dije entonces—. Pero ¿qué puedo hacer yo sabiéndolo? No puedo revelar que lo sé por ti.

—Cuando hoy te entreguen el pan —dijo Mordhorst—, dentro encontrarás un mensaje secreto, en el que pondrá lo que te acabo de decir. Solo hace falta que se lo enseñes al agente de guardia y todo rodará por sí solo.

—¿Y quién me habrá escrito el mensaje secreto?

—Eso no lo sabes. Uno a quien no conoces, que odia a Polakowski y que quiere jugársela. No te rompas los cuernos por eso.