El bebedor

Hans Fallada · Capítulo 22 de 64

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El bebedor

Capítulo 22

22

Llegué demasiado tarde, ya habían cerrado los postigos de la posada y entre las ranuras no atisbaba luz alguna. Puse la mano sobre la manilla de la puerta, pero estaba cerrada. Permanecí allí un momento pensativo. Después rodeé en silencio la casa hasta el huerto y miré arriba hacia la ventana de Elinor. Allí también estaba todo oscuro, pero no pasaba nada. Tenía todo el tiempo que me concediera Dios y finalmente nos entenderíamos bien también en la oscuridad. ¡Mejor aún! ¡Mejor aún!

En primer lugar me senté sobre el césped y empecé a abrir mi paquete. Está muy bien que te envuelvan un paquete tan diligentemente, pero por otra parte tiene el inconveniente de que uno no puede alcanzar su contenido. ¡Había pasado demasiado tiempo sin beber, había llevado a cabo grandes empresas y como remate ese aguardiente de leñador! Tras fortalecerme abundantemente, muy abundantemente, empecé a organizar mis efectos sobre el tejado del cobertizo, que acababa de alcanzar con las manos. En primer lugar la cartera, después una botella tras otra: una botella de aguardiente sajón y después cuatro botellas no abiertas y una abierta de aguardiente de ciruela de la Selva Negra. Todo colocado ordenadamente en fila en el borde del tejado. Ahora estaba preparado para el ascenso. Me colgué del borde del tejado que sobresalía e intenté subirme. Sin embargo había sobrestimado mis capacidades gimnásticas y subestimado el efecto del aguardiente: durante un rato colgué en el aire como un pelele sin saber qué hacer, entonces perdí el apoyo y me precipité pesadamente sobre el césped. Permanecí tumbado gimiendo de dolor, la caída no me había hecho bien. Pero con esa terquedad que los borrachos desarrollan precisamente en las tareas sin esperanza, volví a intentarlo, siempre tras reforzarme de nuevo y abundantemente, con lo que me terminé el resto de la primera botella. Sin embargo, en cada ocasión me precipitaba pesadamente al suelo. Cuando me levanté por última vez tenía claro que de esta forma nunca alcanzaría mi objetivo. Además entendí yo mismo que estaba muy borracho. «Estoy completamente borracho, vaya curda que he pillado…», me murmuraba a mí mismo una y otra vez, indiferente, mientras me apoyaba respirando con dificultad contra un árbol. Entonces recordé vagamente que frente a la posada había visto mesas y sillas de hierro. Con dificultad arrastré una silla hasta allí, me subí con cuidado a ella (ahora ya tenía miedo de caerme de nuevo) e intenté subirme al tejado. Y de nuevo me precipité. Se produjo una pausa más prolongada, en primer lugar porque me había dado un buen golpe, y por otra parte porque debía buscar el sacacorchos para abrir una nueva botella. Estaba convencido de que lo había dejado en el borde del tejadillo, pero inexplicablemente había desaparecido de allí. Lo busqué, regañándome a mí mismo en silencio y a cuatro patas sobre el césped. No había manera de encontrarlo. Finalmente recordé que mi navaja también tenía un sacacorchos que hasta la fecha me había prestado muy buen servicio. Busqué la navaja en mis bolsillos, no la encontré, aunque sí encontré el sacacorchos, que había dejado en el borde del tejado. Tras beber de nuevo ya lo tuve todo claro: nunca llegaría hasta la ventana de la habitación por el tejado. Así que me dirigí a la parte delantera e intenté abrir de nuevo la puerta de entrada. Aún seguía cerrada. Saqué mi llavero del bolsillo e intenté abrir, una tras otra, con mis llaves. Todas eran demasiado pequeñas para esa vulgar cerradura rural, pero con una tenacidad estúpida lo intenté una y otra vez, esperando todo convencido de que finalmente se produciría un milagro y que la puerta se abriría.

Con todas esas acciones, y borracho como estaba hacía rato, no tenía ni la menor consideración con el descanso nocturno de los habitantes de la casa, así que no constituyó ninguna sorpresa que finalmente se abriera una ventana sobre mí y una voz de mujer bastante enfadada gritara severamente:

—¿Quién está ahí?

Me mantuve en completo silencio, no me moví, como si fuera un ladrón al que hubieran pillado.

—¡Márchese ahora mismo! —gritó desde arriba enfadada—. ¡Le veo perfectamente desde aquí! ¡Ya no servimos nada, está cerrado!

A continuación la ventana de arriba se cerró y yo me quedé solo en medio de la oscuridad, aún en el exterior. Permanecí sin moverme durante un tiempo, después volví de puntillas al huerto de atrás y en silencio empecé a trasladar mis efectos desde el tejado del cobertizo hasta la entrada, donde los coloqué ordenados con pedantería sobre un mesa de hierro. (Ya se sobreentiende que durante esta ocupación no me olvidé de beber). Apenas había terminado con ese cometido, que debido a mi confusión y mi caminar inseguro me llevó mucho tiempo, inicié de nuevo aquel idiota juego con el llavero y la cerradura. No llevaba mucho en eso cuando arriba se abrió de nuevo la ventana con estruendo y la voz de mujer gritó muy furiosa:

—Esto está pasando de castaño oscuro. Se va a largar usted ahora mismo. ¿O quiere que avise a la policía?

La palabra «policía» soltó mi lengua pastosa.

—Por favor —grité confundido hacia arriba—, ¿me dejaría usted entrar? ¡Soy el profesor!

No tengo ni idea de cómo se me ocurrió asignarme el título de profesor, pero fue una gran inspiración.

—¿El profesor? —me preguntó desde arriba muy sorprendida—. ¿Qué profesor? ¿El que el pasado verano pintaba aquí cuadros?

—Exactamente —le dije en el tono más natural del mundo, como si fuera completamente normal que un profesor pintor de cuadros intentara abrir de noche puertas ajenas con sus llaves.

—¡Déjeme usted entrar! ¡Ya llevo aquí dos horas!

—¡Nos hubiera escrito usted una postal, señor profesor! —dijo la voz de arriba, aún no del todo simpática, pero más agradable—. Espere usted un momento, ahora mismo le abro.

Aliviado me senté en una silla de hierro, bebí rápidamente de nuevo y cerré los ojos. Estaba muy cansado, casi dormido, aunque presentía que tras ese silencio en mi interior se agazapaba algo peligroso: una ira furiosa y loca, que en cualquier momento podía irrumpir. Solo faltaba la más mínima ocasión y esa mínima ocasión lo podía ser todo. Ese aguardiente de ciruela era mucho más peligroso que el comparativamente inofensivo aguardiente común, se adentraba mucho más profundamente en la sangre, llegaba hasta abismos insospechados.

Finalmente abrió con llave la puerta y sobre mí cayó un haz de luz:

—Entre usted —dijo la voz de la mujer—. Aunque no es muy bonito de su parte, señor profesor, interrumpir nuestro descanso nocturno de esta forma.

Me puse de pie y seguí a mi guía al interior del bar, que tenía una apariencia muy inhóspita a la luz de una sola bombilla y con las sillas colocadas sobre las mesas. Mi acompañante se volvió hacia mí, se trataba de la dueña de la posada de cabello cano, que ya había visto anteriormente por un instante. Me inspeccionó toda sorprendida.

—¡Pero si usted no es el profesor! —dijo muy enfadada—. Usted es el señor que hace poco empinó aquí el codo a lo grande y al que recogió el médico del distrito. Qué vergüenza, mentirme a mí de esta forma…

Se calló ante mi amenazadora mirada. Notaba en mi interior una rabia inmensa. Sabía que acabaría con toda resistencia que se me opusiera, estaba en condiciones, eso lo sabía, de pegar a esa mujer, lanzarla al suelo si lo consideraba necesario, incluso matarla si el diablo que llevaba dentro lo creía oportuno. Miré a esa mujer y le ordené:

—¡Avise usted a Elinor! —Y cuando hizo un gesto de resistirse—: Avise usted ahora mismo a Elinor o, en caso contrario —mi voz se volvió baja y amenazadora— ¡le pasará algo!

La mujer hizo un gesto de impotencia y me rogó entonces rápidamente:

—Señor, no me cause usted problemas. Es de noche y la chica duerme. Si le parece bien le prepararé muy gustosamente una cama aquí en el sofá. Sabe usted, ahora mismo está usted un poco borracho.

Intentó sonreír, pero su sonrisa delataba miedo, lo reconocí muy bien.

—Duerma usted la mona y mañana Elinor estará con usted todo el tiempo que desee. ¡Pero señor, si usted es un hombre instruido!

—¡Avise usted a la chica! —le dije yo tenaz y en cuanto quiso objetar añadí—: ¡Bien, entonces subiré yo mismo!

Empujé a la posadera a un lado.

—Ahora mismo aviso a Elinor —dijo la posadera rápida—. Le ruego que se siente usted un momento en el sofá, Elinor vendrá enseguida.

—¡Alto! —grité yo cuando la posadera empezaba a subir las escaleras—. La llamará usted desde aquí abajo, usted no abandonará este local. ¡A quien abandone esta habitación le disparo!

Y metí la mano en el bolsillo como si llevara un arma de fuego. La posadera volvió lentamente sobre sus pasos.

—Ya lo sabe usted —dije todo sombrío—. ¡Ahora avísela!

La posadera la llamó, tuvo que hacerlo en repetidas ocasiones antes de que recibiera respuesta desde arriba, pues Elinor tenía un sueño profundo.

—¡Baja, Elinor! —le dijo la posadera—. ¡Y date prisa!

—Bien —dije con el gesto de un juez instructor— y ahora una pregunta: ¿tiene usted aguardiente de ciruela de la Selva Negra?

—Pues no —contestó y en cuanto vio la ira reflejada en mi semblante añadió—, pero tengo un aguardiente de cereza que es aún mejor.

—No hay nada mejor que el aguardiente de ciruela —le repliqué yo—, pero en todo caso sírvame su aguardiente de cereza.

Me lo trajo, la botella y el vaso temblaban en sus manos.

—Bien —dije yo y bebí.

Mi estado de ánimo mejoró.

—Bueno, ahora siéntese usted allí y dígame quién hay más en la casa aparte de usted.

—¡Solo Elinor, de verdad, aparte de mí solo Elinor!

—¡Miente usted! —le grité furioso—. No se le ocurra volver a mentirme o le pasará algo.

Y de nuevo volví a introducir mi mano en el bolsillo. La posadera volvió a rechinar en silencio.

—La última vez —proseguí yo inexorable— vi aquí a una muchacha, con el cabello encrespado y la nariz roja…

—Ah, usted se refiere a Marie —dijo la posadera aliviada—. Pero señor, ¿por qué se irrita usted de esta manera y me asusta? ¡Pero si no le quiero mentir! Marie solo nos ayuda aquí, vive en el pueblo con sus padres…

—Vaya —dije yo satisfecho—, entonces debo disculparme si es así.

Bebí.

—Y su aguardiente de cereza realmente no es malo, incluso es bueno…

—¿No es cierto? ¿No es cierto? —me preguntó la posadera diligente. Haré todo por satisfacerle. En medio de la noche sacaré a la muchacha de la cama. Pero ahora usted también debe ser amable y dejar de amenazarme con ese arma de fuego. Lo mejor es que la deje a un lado, un trasto como este se puede disparar tan fácilmente, y usted no querría que eso pasara, usted es un hombre decente y bueno…

Antes de que yo pudiera protestar por esa nueva ofensa, pues estaba decidido a no ser bueno, sino a suscitar horror y a ser malo y mostrar mi poder sobre las personas, antes de que me hubiera vuelto a enfurecer, el paso decidido de Elinor sonó en la escalera, y entonces interrumpió en el haz de luz, completamente vestida, únicamente no se había cepillado su cabello oscuro, sino que lo llevaba suelto peinado hacia atrás. Así era aún más bonita.

—¡Elinor! —exclamé yo—. ¡Mi reina!

Únicamente se sorprendió un instante cuando me vio sentado así en el local desordenado junto con la posadera, y entonces esa sorprendente muchacha hizo exactamente lo correcto, como si hubiera sabido todo lo que había acontecido antes: corrió hacia mí, me abrazó, me besó en las mejillas izquierda y derecha y dijo complacida:

—¡Ah, el papacito! ¡El buen y siempre bebido papacito! Vamos a celebrarlo, ¿verdad que sí, madre Schulzen? ¡Brindaremos con champán!

—¿Champán? —dije yo entusiasmado—. Pues claro que habrá champán, todo el que queráis. Dispongo de dinero a espuertas. Elinor, tú eres la mejor, sabes que te quiero. Eres mi reina y los dos nos iremos de viaje. Elinor, dame un beso, ¡pero en la boca!

Ella así lo hizo y noté sus pechos en el mío, era feliz, ¡por fin el alcohol me había regalado la completa felicidad! Yo solo veía a Elinor, solo sentía a Elinor, solo pensaba en y hablaba de Elinor. Y no me di cuenta de que, a pesar de mis severas amenazas de muerte, la posadera había abandonado el bar hacía rato.