El bebedor
Capítulo 60
60
Pronto tendría la oportunidad de reunir unas cuantas experiencias. Una tarde se presentó en mi celda el gendarme Fritsch y me ordenó brevemente:
—¡Acompáñeme!
Fritsch, un hombre grueso con un rostro saludable, era uno de esos funcionarios de vigilancia a los que en ocasiones se les podía preguntar algo. En nosotros no solo veía a unos delincuentes.
—¿Qué es lo que pasa? —le pregunté—. ¿Me llama el médico jefe?
—¡Qué va! —me respondió—. Tiene usted visita. Su mujer. El médico jefe ha autorizado que vaya usted vestido de civil. Dese prisa, Sommer, que su mujer espera y yo no dispongo de mucho tiempo.
Me condujo hasta el vestuario, donde sobre una estantería estaba mi maleta bastante solitaria, ya que la mayoría de los enfermos estaba internada para toda la vida y ya no necesitaba su ropa de civil. Sentado a una mesa, el jefe de guardia observaba cómo primero me desvestía y a continuación me volvía a vestir. Una y otra vez me metía prisa. Aunque yo no podía correr. Las manos me temblaban enormemente y el corazón me retumbaba. Magda de visita en esta casa de los muertos, la vida venía a visitarme, pronto estaría junto a ella… Y una honda emoción, un amor infinito por mi mujer inundó mi pecho. Finalmente había vuelto a mí, el largo tiempo de las pruebas había pasado. El amor volvía a mí de nuevo. Y yo estaba firmemente decidido a demostrarle ya en nuestro primer reencuentro cuán profundamente la amaba, que ya había pasado el tiempo del distanciamiento y que me entregaba en sus manos sin reservas y en completa confianza.
¡De repente pensé en algo terrible! Era viernes y era el domingo cuando nos afeitaban: ¡mi barba picajosa tenía un aspecto terrible!
—¡Señor gendarme! —grité implorante—, ¿me puedo afeitar rápidamente? Aquí en la maleta tengo mi maquinilla de afeitar. Seré muy rápido, se lo aseguro. Permítamelo.
—Ni hablar, Sommer —dijo fríamente el gendarme Fritsch—. ¿Qué se piensa usted, que dispongo de todo el tiempo del mundo? ¡Y además no puede usted hacer esperar tanto tiempo a su mujer!
—¡Pero es tan importante para mí que para este primer encuentro tenga por lo menos una presencia aceptable! ¿Qué va a pensar si no mi mujer?
—En lo que a ello concierne, Sommer —opinó fríamente Fritsch—, yo creo que aunque se afeite no mejorará mucho su presencia. ¡Si su mujer apechuga con su nariz, también podrá aguantar unos cuantos pelitos!
—¡Pero es que ella aún no ha visto mi nariz tal como la tengo ahora! —le dije cada vez más desesperado—. ¡Eso me ocurrió cuando estaba en prisión preventiva!
Pero todo lo que le dije no sirvió de nada, Fritsch no cedió lo más mínimo y tuve que acompañarle, yo el personaje más triste del mundo; tampoco el hecho de que el médico amablemente me dejara ir vestido de civil pudo cambiar la situación, pues de tanto tiempo que llevaba en la maleta el traje estaba completamente arrugado.
Entro con el funcionario en el edificio de la administración. El pasillo frente a mí es largo, sombrío y oscuro, me tiemblan las rodillas, me gustaría apoyarme en la pared y rogar que me dejen un minuto para concentrarme y tranquilizarme. Sin embargo, la voz del gendarme suena imperiosa detrás de mí:
—¡Vamos, vamos, Sommer! ¡La tercera puerta a la derecha!
¡Si él no bramara ahora de esa forma tan militar, Magda le puede oír!
¡La mano sobre la manija y la puerta ya está abierta! ¡No sirve vacilar ahora, de forma despiadada eres forzado a avanzar hacia esta vida, pobre de ti, no existe la tranquilidad, no puedes quedarte aquí!
Veo a Magda, está sentada junto a la ventana, ahora se ha puesto en pie y me mira. Durante un instante percibo en su rostro una expresión de asombro interrogativo. Pero yo me lanzo rápidamente hacia ella con los brazos abiertos y exclamo:
—¡Magda, Magda, cómo me alegra que hayas venido! No sabes cómo te lo agradezco…
La abrazo, quiero besarla en la boca como en los viejos tiempos, que ahora retornarán de nuevo… Y en su rostro percibo una expresión de estremecido rechazo.
—¡Por favor, no! —murmura aún entre mis brazos, de repente casi sin aliento—. ¡Por favor, aquí no!
He soltado el abrazo, toda alegría me ha abandonado, un silencio frío y amenazante se ha apoderado de mí. Ella me observa, en su rostro aún se percibe una expresión de confuso asombro.
—Casi no te reconozco —susurró aún sin aliento—. ¿Qué ha pasado contigo? ¿Qué es lo que… —No se atrevía a pronunciar la palabra—, qué te ha cambiado tanto?
El gendarme Fritsch se ha sentado en una silla a nuestras espaldas y carraspea bien fuerte. Sé que es inadmisible que ambos estemos aquí frente a la ventana cuchicheando. Con una facilidad impostada digo:
—¿Quieres que nos sentemos aquí a la mesa, Magda?
Así lo hicimos. Entonces:
—¿Encuentras que he cambiado? ¿No te gusta mi aspecto? Bien, para confesarte la verdad a mí tampoco me gustó cuando hace poco me miré por primera vez en el espejo.
(No debería haber dicho eso, pues el gendarme Fritsch podría preguntarme después de dónde había sacado el espejo, y ahora mismo acabo de perjudicar al ordenanza Herbst. ¡Pues los espejos están prohibidos en la galería! ¡En esta galería uno nunca puede ser lo suficientemente precavido!). Reí rápidamente:
—Aunque uno se acostumbra, Magda, tampoco tengo un aspecto tan malo como tú piensas ahora; más que empeorar he mejorado…
He bajado la voz indicativamente al pronunciar las últimas palabras, en las que había puesto un significado más profundo. Aunque Magda no presta atención a ese detalle:
—¿Qué ha pasado con tu nariz? —Finalmente es capaz de pronunciar la palabra, aunque solo después de detenerse un momento—. ¡Tiene una pinta horrible, Erwin!
—Un compañero preso quiso arrancármela de un mordisco, eso pasó cuando aún estaba en prisión preventiva —le informé—. Fue ese Polakowski, el que había robado tu cubertería de plata, Magda, ya sabes quién.
Ella se limita a observarme, encogiendo ligeramente la boca. Quizá no debería haber dicho tampoco esto, quizá Magda piensa ahora que fui yo quien primero le robé la cubertería. Pero no, Magda no puede pensar de forma tan tonta e injusta, pues la cubertería se compró con mi dinero, así que era mía y no se puede hablar de un robo.
—Intenté volver a recuperarlo para ti, pero no lo conseguí. ¿No has tenido más noticias, Magda?
Niega con la cabeza, como si eso no tuviera la menor importancia.
—Has cambiado, Erwin —insiste ella—, tu voz suena completamente diferente, mucho más alta…
—En mi galería somos cincuenta y seis hombres, Magda —le explico—, y somos más de treinta comiendo en una sala pequeña, así que uno debe forzar algo la voz si quiere que le oigan.
—Entiendo.
Sonríe débilmente, en un gesto de rechazo.
—Llevas una vida muy diferente, tú, al que siempre le gustaba la reserva y el aislamiento.
Y de nuevo, con una obstinación molesta, vuelve al tema de mi aspecto, al que no se puede acostumbrar.
—En todo caso tienes mal aspecto, Erwin. ¿Te falta algo?
—Nada —le contesto con superioridad—. Casi nada. Solo tengo unos cuantos furúnculos, mira aquí, también tengo algunos en la nuca, y también en la espalda… Pero uno se acostumbra, todos en este edificio los tienen…
(El gendarme Fritsch vuelve a carraspear advirtiendo. Esa es una crítica inconveniente hacia el centro. Aunque no pienso en prestar atención). Sigo hablando:
—Y si estoy más delgado y tengo un aspecto grisáceo, bueno, Magda, aquí no nos dan cada día ganso asado y col lombarda, generalmente nos alimentan con una buena agua caliente…
Ahora sí que he dejado salir la rabia. La rabia por el rechazo que ha sufrido mi amor, por el horror que ha mostrado Magda ante mi presencia: he hablado con una voz burlona y temblorosa, quiero herirle el corazón, ya que no lo puedo conmover.
El gendarme Fritsch dice amenazante:
—¡Una observación más como esa, Sommer, e interrumpo la hora de visita y lo denuncio!
Magda se vuelve hacia él.
—¡Por favor, no se lo tome a mal! ¡Usted no se puede imaginar lo que ha cambiado, tiene que haber pasado por cosas terribles!
Su voz tiembla, escucho esta voz femenina cada vez más débil con ávido entusiasmo.
—Hasta hace poco era un hombre próspero y atractivo, y ahora, ¡en la calle no lo hubiera reconocido!
Unas cuantas lágrimas emergen del fondo de sus ojos y se deslizan lentamente por sus mejillas. También estas lágrimas las observo con ávido entusiasmo. ¡No, no me conmueven, nada puede ablandar mi corazón, me ha ofendido demasiado gravemente! Aunque disfruto viendo como también ella sufre; también ella tiene que sentirlo, finalmente siente lo que ha hecho conmigo, cuánto daño me ha hecho con su espionaje y sus habladurías irreflexivas, con qué fatalidad ha denigrado mi persona.
Magda prosigue casi febrilmente agitada, dirigiéndose en parte al gendarme en parte a mí:
—¡Pero si yo puedo enviarte todo lo que necesites, Erwin! ¡Si lo hubiera sabido! Señor, ¿le puedo enviar un paquete con víveres?
—Puede usted hacerlo, señora Sommer —dice Fritsch amablemente—. También está permitido el tabaco. Aquí están permitidas muchas cosas. Aunque —prosigue y mira a Magda guiñándole un ojo con su gordo rostro—, tiene usted que tener en cuenta que muchos de estos enfermos no saben cuándo están hartos de comer. Devoran y devoran, ¡todo un paquete entero, dos panes en un día! Y después se ponen enfermos y nosotros debemos preocuparnos por ellos. No puede uno creerse todo lo que cuentan estos enfermos.
Y yo debo quedarme allí sentado y escuchar esas vilezas, el gordo de Fritsch es mi superior, así que no le puedo llevar la contraria. Pienso en las figuras desnutridas de allí enfrente, que devoran pieles de patata y relamen cualquier gota de salsa que haya caído en la mesa, y la rabia vuelve a invadirme. Aunque me domino y digo rápidamente y sonriendo:
—Te agradezco de veras tus intenciones, Magda, pero no me hace falta nada. El señor gendarme tiene toda la razón: los enfermos no tienen medida. Gracias a Dios no pertenezco a ellos, con la ayuda de Dios pronto saldré de aquí…
Magda me observa confusa.
—Pero si acabas de hablar de agua, Erwin… —dice ella.
—Estaba hablando del asado de ganso —le digo riendo— y el agua solo la he mencionado como contraste. No, no, Magda, ya puedes estar convencida de que nos alimentan de forma completamente suficiente, tal como te acaba de decir el señor Fritsch. Además, tampoco desempeño un trabajo pesado, fabrico cepillos, Magda, me he convertido en un verdadero artesano haciendo cepillos. ¿Te lo podrías haber imaginado de mí, Magda? Tú te sientas en mi silla del despacho y tu marido mientras tanto hace cepillos. No existe una canción del alegre fabricante de cepillos, ah no, es
del alegre fabricante de jabón.[7] Pero yo también estoy alegre y divertido en mi celda haciendo cepillos, silbo y canto todo el día, ay no, claro que no lo hago, pues en esta casa donde se permiten tantas cosas está prohibido. Aunque interiormente silbo y canto…
Yo hablaba cada vez más rápido y con más sarcasmo, la ira me tenía secuestrado, aunque yo me dominaba, por fuera yo daba la impresión de tranquilidad y satisfacción. Yo percibía la confusión cada vez mayor en el rostro de Magda, mientras yo hablaba usó varias veces el pañuelo para enjugarse los ojos. Fritsch está apoyado sobre su silla y observa aburrido las moscas que vuelan bajo el techo. Es demasiado basto para notar el deje irónico que tienen mis palabras. Por cierto, Magda lleva puesto un vestido que no conozco: uno muy elegante, de color gris oscuro, de rayas finas claras. Pienso amargamente que mi mujer, durante el tiempo que yo sufría lo indecible, tuvo tiempo y ganas para pensar en un nuevo vestido, en ir a la modista, hacerse tomar medidas… ¡Tan injustamente se reparten las pérdidas, tan irreflexivas son incluso las mejores esposas!
Además, Magda tiene buen aspecto, durante el tiempo de nuestra separación se ha recuperado notablemente, es francamente guapa. Mientras yo durante este tiempo…