El bebedor
Capítulo 53
53
De mi tercer compañero de dormitorio, de apellido Holz,[6] apenas puedo decir nada. Era un hombre joven y fuerte de unos treinta años, más joven de lo que aparentaba, y uno podría haber dicho que el pequeño bigote rubio bajo su nariz era coqueto, si no fuera porque su rostro enormemente triste prohibía cualquier pensamiento relacionado con la coquetería. Llevaba ya más de medio año en el sanatorio, aunque venía directamente del presidio, donde había cumplido una condena de seis años. Mientras Qual o bien callaba o decía tonterías y Herbst solo sabía hablar sobre él mismo, su amigo y los odiados compañeros de prisión, Holz se convirtió en mi compañero de charlas durante las dos horas, de las siete y media a las nueve y media de la noche, en las que aún nos manteníamos despiertos con el fin de no despertarnos demasiado pronto a la mañana siguiente. La mayoría de las veces le contaba a menudo sobre mi vida anterior, pues para mí suponía una necesidad tratar de convencer por lo menos a una persona de que en su momento y en mi círculo yo había sido un hombre importante y respetado. O si no le contaba de las necesidades y los miedos que me asediaban y no hubiera estado mal si hubiese hecho caso a los sencillos consejos de Holz:
—¡Cede humildemente ante tu mujer, Sommer! —me exhortaba a menudo Holz —. No confíes en tu entendimiento ni en los trucos jurídicos, pues los demás te llevan ventaja. Yo sé cómo se las gastan con una persona sencilla; tú también eres una persona sencilla, Sommer. ¡El médico jefe te la jugará siempre, y el primero el fiscal! ¡Acepta todas las condiciones que te exija tu mujer, renuncia tú mismo a tu patrimonio, haz lo que sea, solo procura salir de este búnker! Aún no te puedes ni imaginar lo que significa pasarse mucho tiempo aquí. ¡Escríbele, Sommer, escríbele mañana mismo al mediodía!
Esto es lo que me recomendaba Holz con su voz monótonamente tranquila, que no tenía ningún tipo de énfasis. Era el único que insistía en llamarme de «tú» y con mi nombre «Erwin»; mi «usted», con el que yo por supuesto bastante a menudo me dirigía a él, no le causaba ninguna impresión.
En ocasiones también hablaba él. Aunque nunca sobre su pasado en libertad, sobre este solo me enteré de que había nacido y se había criado en Hamburgo. Nada más. Ignoro quiénes eran sus padres, lo que estudió y qué delitos (¡y debieron ser delitos muy graves!) le habían llevado a pasar tanto tiempo en presidio. Creo, tal como me contó una vez un funcionario, que Holz fue en su tiempo un famoso desvalijador. Apenas lo puedo creer. Era tan silencioso, tan sencillo, no tenía ninguna iniciativa ni protestaba, simplemente no le veo con la energía necesaria, con la presencia de ánimo y la rápida determinación necesarias para esta peligrosa profesión. De todos modos siempre es posible que tanto tiempo en presidio lo haya transformado completamente.
—¡Yo me he chupado seis años de presidio sin sufrir ni un solo castigo, sin que me echaran una sola hora de arresto! —me dijo una vez.
Lo afirmaba con mucha sencillez, aunque no exenta de orgullo. Lo que más le gustaba era hablar sobre el tiempo que estuvo en la cárcel. Me contaba los trabajos que desempeñó allí, me contaba con todo detalle cómo había empezado a hilar el tejido para hacer colchones y cómo de eso había pasado al tejido para camisas. Después estuvo ocupado haciendo calcetines con la remallosa plana. Yo no me podía ni imaginar cómo debía ser una remallosa plana hasta que me enteré de que también existen remallosas circulares para hacer calcetines. Entonces llegó una de las mejores épocas de Holz en el presidio: lo destinaron a la cocina como lavaplatos. Allí disponía de toda la comida que quisiera, trabajaba junto con otros camaradas e incluso cada día por lo menos podía ver mujeres. Estas venían del presidio de mujeres cercano para recoger la comida. A pesar de toda la vigilancia se intercambiaban miradas y cartas, incluso conseguían pasarles, sin que les vieran, pan, salchichas y margarina. Holz me aseguraba que solo hacía lo que hacían todos sus camaradas en la cocina, pero cuando se descubrieron esos enchufes todos le echaron la culpa a él, de forma que lo sacaron de la cocina. Solo su buena conducta lo salvó de ser castigado con un arresto. Siguió un año terrible: Holz debía desenredar la estopa de viejos cabos en una celda completamente solo; ¡cómo pensé, cuando nombró este trabajo, en el negocio salvador de Magda con la administración de la cárcel y mi viaje a Hamburgo! Finalmente, una vez consideraron que no existía el peligro de que Holz se fugara, le permitieron trabajar en el exterior, así que solo veía la celda en el presidio para dormir, se pasaba todo el día fuera al aire libre en los campos o en invierno en un aserradero. Holz hablaba con ganas de todos estos asuntos sencillos, recordaba todos los trabajos que le impusieron; incluso era capaz de describirme la misma rabia que sufría seguramente hacía años en su celda individual cuando desbastaba el hilo de la estopa con tanta dificultad.
La especialidad de Holz eran, sin embargo, sus informes sobre la comida. Como todos sufrían siempre hambre, en el edificio no se hablaba de otra cosa que de comida, pues en realidad solo pensaban en ella. (¡También en estas páginas ha dejado huella!). Estas conversaciones sobre la comida eran como una manía, lo que solo hacía que nuestro tormento por pasar hambre creciera, aunque no podíamos prescindir del asunto. Para ello, Holz era simplemente un maestro. No era que se inventara comidas de lo más refinado, frente a las que a uno se le hacía la boca agua, no, sus descripciones eran de una sencillez bíblica. Las comidas que él describía eran mucho más sencillas que lo que come un sencillo trabajador, eran las comidas que él había recibido en el presidio. Su cabeza, que nunca había estado sometida a un esfuerzo intenso a la hora de pensar, había descansado lo suficiente para informarme de cualquier cambio en el menú generalmente idéntico de la cárcel; sabía lo que ponían de más y de menos en las raciones de pan; la cantidad de patatas que había recibido al mediodía un preso en arresto en lugar de pan (entre ocho y catorce), además de los acompañantes especiales del pan, salchicha y queso para los que habían trabajado de más o en el campo. También se sabía todos los regalos de Navidad. Y cuando más elocuente se volvía era cuando me describía cómo un campesino, satisfecho con un buen trabajo de siega, había regalado a toda la columna del presidio que había participado bocadillos generosamente untados con «buena mantequilla» o manteca, además de cinco cigarrillos por hombre. Eran las experiencias de ese tipo las que se habían quedado hondamente grabadas en su memoria y aún hoy su voz temblaba al contarme como en una ocasión no pudo digerir por falta de costumbre la comida demasiado grasienta y la devolvió toda. Así de sencillos eran los informes sobre comida de Holz, ¡pero yo los escuchaba siempre con gusto, pues eran tan conmovedores! Y uno seguía ávido de ellos, pues eran muy sencillos. Aunque nosotros siempre podíamos constatar que un preso recibía más o menos el doble de comida que el que recibe alguien ingresado en un psiquiátrico o sanatorio.
—Lo ves —decía entonces Holz ciertamente—, ¡ves cómo nos roban! ¿Aunque qué le quieres hacer? Un burro está allí para acarrear peso y que le den de palos y aquí nuestra condición es peor que la de un burro, que por lo menos vale unos cuantos marcos. Con nosotros solo están contentos cuando estamos muertos.
Estas palabras las decía Holz sin acusar a nadie, sí, también sin amargura. Para él eran observaciones naturales sobre el transcurso irrevocable del mundo.
En el edificio, Holz gozaba de buena fama, tanto entre los funcionarios como entre los presos. También aquí lo enviaron a trabajar al exterior «sin plazo de prueba», trabajaba para un empresario de la construcción en una gravera. Allí tenía mucho contacto con «civiles» y en ocasiones recibía regalos. Para un camarada siempre tenía dos cerillas o una cebollita de sobras y era el muy envidiado dueño de un vaso con sal, aunque también tenía nuez moscada y pimienta. Así mejoraba sus sopas aguadas. De una vieja lata de sardinas que encontró fabricó un rallador, agujereando la lata con una aguja, y con él rallaba raíces de perejil, de apio, zanahorias y sí, cuando el hambre era muy fuerte, incluso patata cruda. Con todas esas pequeñeces, que para una persona de «fuera» podrían parecer completamente nimias, él mejoraba su vida tranquila y sencilla, le aportaba un poco de alegría, siempre daba con algo con lo que alegrarse. Nunca participaba en las partidas, o bien porque no sabía jugar o porque no quería, nunca leía el periódico, porque no sabía o porque no quería, y en la radio solo escuchaba música ligera de baile.
—¡Esto me pone de buen humor! —decía entonces y en sus ojos se apreciaba un poco de luz y sonreía de forma extraña y conmovedora. Era una persona discreta y tranquila y estoy contento de no haberme informado nunca de veras de qué pena cumplía, pues no me hubiera gustado manchar la imagen que tengo de él.