Noche

Bernard Minier · Capítulo 12 de 50

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Noche

Kirsten y Martin

9

Todavía era de noche

 

El lunes por la mañana, cuando salió del metro en Canal-du-Midi, aún era de noche. Atravesó la explanada y pasó entre los guardias con chalecos antibalas que, desde los acontecimientos del 13 de noviembre de 2015 en París, controlaban el acceso al edificio. Franqueó las puertas de cristal y se dirigió a los ascensores de la izquierda. Delante de la recepción no se había formado todavía la cola de demandantes y de víctimas… pero era solo una cuestión de tiempo.

Toulouse era una ciudad que segregaba delincuencia igual que las glándulas liberan hormonas. Si la universidad era el cerebro, el ayuntamiento el corazón y las avenidas las arterias, la policía era el hígado, los pulmones y los riñones, todo a la vez. Y, al igual que estos, garantizaba el equilibrio del organismo mediante el filtrado de impurezas, la eliminación ocasional de sustancias tóxicas y el almacenamiento provisional de determinados residuos. Los desechos irrecuperables acababan en chirona o volvían a salir a la calle… es decir, a los intestinos de la ciudad. Lógicamente, como todo órgano, algunas veces funcionaba mal.

No muy convencido con aquella analogía, Servaz salió al segundo piso y se dirigió al despacho del director. Stehlin lo había llamado el día anterior y le había preguntado si se sentía en forma. En domingo. Servaz se había quedado sorprendido. Estaba listo para volver al trabajo, aunque sabía que para ello tendría que disimular los cambios que se habían producido en su interior, que no debía hablar con nadie de lo que había visto durante el coma. Ni de los extraños cambios de humor que lo hacían pasar de repente de la euforia a la tristeza y viceversa. Y menos aún de lo que le había dicho el cardiólogo: «Olvídese de volver a la calle. Vaya a sentarse detrás de un escritorio si le apetece, pero le prohíbo, ¿me entiende?, le prohíbo que haga cualquier actividad que suponga un esfuerzo. Aún está débil. Hace apenas dos meses que lo operaron, ¿se acuerda?».

No obstante, la impaciencia de Stehlin por verlo de regreso lo tenía un poco extrañado.

El olor del café flotaba en los pasillos desiertos; la actitud silenciosa de los escasos funcionarios que ya habían llegado —o que aún no se habían acostado—, como si obedeciera a un pacto tácito que prohibía las voces ruidosas, los excesos y las barbaridades a una hora tan temprana; las lámparas apagadas que amortiguaban aquí y allá la penumbra hermética de la oficina y el rumor de la lluvia, que llegaba hasta los pasillos a través de alguna ventana abierta. De repente lo recordaba todo y eso lo retrotraía a dos meses y medio antes, como si aquel paréntesis apenas hubiera durado un día. Todo le resultaba familiar, como las papeleras que había colgadas de las paredes a intervalos regulares. En realidad, eran cajas balísticas forradas de espuma y de Kevlar, donde los policías debían, en teoría, depositar la recámara de su arma y comprobar que la cámara estaba vacía cuando volvían de una operación, para evitar posibles accidentes. Sí, «en teoría», porque la mayoría de los agentes de la Policía Judicial desarrollan algunos anticuerpos resistentes a la autoridad y no era inusual oír el roce de una culata en algún que otro despacho.

Servaz giró a la derecha y, tras cruzar el umbral de la puerta cortafuegos, que permanecía abierta tanto en invierno como en verano, y la zona de sofás de cuero, llamó a la puerta de doble hoja del director.

—Adelante.

Empujó el batiente. Se cruzó con dos miradas. La primera era la del comisario de división Stehlin; la segunda pertenecía a una mujer rubia a la que no conocía. Sentada en uno de los asientos encarados hacia el espacioso escritorio de Stehlin, se había vuelto para observarlo por encima del hombro. Tenía una mirada fría, analítica, profesional. Y a Servaz le dio la desagradable impresión de que lo estaba diseccionando. «Policía», concluyó. No sonreía, ni hacía ningún esfuerzo por parecer simpática, con la mitad de la cara alumbrada por la lámpara del escritorio y la otra en la sombra.

Tal vez esa marcada determinación de su semblante obedecía a un intento de disimular precisamente la falta de esta, se dijo Servaz. ¿Pertenecía a otro departamento? ¿A otra administración? ¿Aduanas? ¿Fiscalía? ¿Era una nueva compañera? Stehlin se levantó y ella lo imitó y se alisó la falda. Llevaba un traje de chaqueta de color azul oscuro con una falda un poco ajustada en las caderas, una bufanda gris claro, una blusa blanca con botones de nácar y unos zapatos negros y brillantes de tacón. En el respaldo del asiento de al lado había un abrigo negro con unos botones voluminosos.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Stehlin.

Había rodeado el escritorio para acudir a su encuentro, pasando delante del gran armario donde guardaba bajo llave los expedientes delicados, sin poder evitar posar la mirada en el torso de Servaz.

—¿Te notas en forma? ¿Qué te han dicho los médicos?

—Estoy bien. ¿Qué ocurre?

—Es un poco precipitado, ya lo sé. No se trata de enviarte enseguida a la calle, Martin, como ya supondrás. Vamos a dejar que retomes el ritmo con tranquilidad, pero era absolutamente necesario que vinieras esta mañana…

Detuvo la mirada en Servaz y después la posó, de manera teatral, en la mujer. Estaba hablándole en voz baja, como si siguiera en el hospital y no quisiera fatigarlo, o bien como si la hora matinal impusiera también allí los susurros y la discreción.

—Martin, te presento a Kirsten Nigaard, de la policía noruega. Del Kripos, el servicio nacional de investigaciones criminales. Kirsten Nigaard, este es el comandante Martin Servaz, de la Brigada Criminal de Toulouse.

Había terminado la frase en inglés. Entonces, ¿era ella el asunto delicado?, se preguntó. Una policía noruega en Toulouse. ¿Qué había ido a hacer allí, tan lejos de casa? Advirtió que tenía un lunar grande en la barbilla.

—Bonjour —dijo ella con un ligero acento extranjero.

Servaz le devolvió el saludo y le estrechó la mano que le tendía. Ella aprovechó para clavarle su mirada de hielo y de nuevo se sintió calibrado, juzgado, evaluado. Teniendo en cuenta lo que le había sucedido y los cambios que había experimentado, sentía curiosidad por saber qué era lo que veía aquella mujer.

—Siéntate, Martin. Voy a hablar en inglés, si no te importa —le advirtió Stehlin, y volvió a ocupar su puesto detrás del escritorio.

El director parecía muy preocupado. Era extraño. Quizá se tratara solo de una pose que adoptaba en presencia de la policía noruega (¿qué grado tenía, por cierto?, Stehlin no lo había dicho) para no dar la imagen de que la policía francesa se tomaba las cosas a la ligera.

—En primer lugar, recibimos una solicitud de información por parte del departamento de Kirsten, vía la Scopol, a la cual respondimos.

(La Scopol es el servicio de cooperación técnica internacional de la policía, con base en Nanterre, y se ocupa de poner en contacto a la Europol, las policías europeas y los servicios franceses).

—Después nos llegó una solicitud de colaboración judicial procedente de la justicia noruega. El superior de Kirsten en el Kripos me llamó también y acordamos la manera de proceder tras varias conversaciones telefónicas y comunicaciones por mail.

Servaz ladeó la cabeza: ese era el procedimiento habitual en las investigaciones de alcance internacional.

—No sé por dónde empezar… —prosiguió Stehlin, mirándolos alternativamente a él y a la mujer rubia—. Lo que ocurre es bastante… increíble. La agente Nigaard pertenece a la policía de Oslo, pero en este caso intervino en Bergen.

A Servaz el acento de Stehlin cuando hablaba inglés le parecía aún más ridículo que el suyo.

—Bergen está en la costa occidental de Noruega —consideró pertinente explicar su jefe—. Es la segunda ciudad del país…

Lanzó una mirada a la policía noruega buscando su aprobación, pero esta no confirmó ni negó nada.

—Allí se cometió un asesinato… La víctima era una joven que trabajaba en una plataforma petrolífera del mar del Norte…

Stehlin tosió, como si tuviera carraspera. Buscó con los ojos los de Martin, y eso lo puso en alerta. Lo entendió de inmediato: por eso el director le había pedido que fuera a su despacho, no porque se tratara de un caso delicado, sino porque de alguna manera estaba relacionado con él.

—La agente Nigaard fue hasta allí porque en el bolsillo de la víctima encontraron un… eh… papel con su nombre escrito —prosiguió Stehlin, y dirigió la mirada hacia la noruega—. Uno de los obreros que estaban en tierra nunca volvió, pero, en su cabina, la agente Nigaard encontró unas fotos tomadas con un teleobjetivo —añadió, centrándose ahora por completo en Servaz.

Este tuvo la sensación de que entre bambalinas había un demiurgo que los manipulaba como marionetas a los tres, tirando de unos hilos invisibles… Una sombra cuya identidad adivinó, antes de que se pronunciara su nombre, con el convencimiento de que iba a agrandarse y a envolverlos en sus tinieblas.

—En esas fotos apareces tú, Martin —lo informó Stehlin, y le tendió las imágenes —. Está claro que fueron tomadas durante un período de tiempo bastante largo, a juzgar por los cambios de estación que sugieren los árboles y la luz. —Stehlin hizo una pausa—. También hay una foto de un niño de cuatro o cinco años. Detrás aparece escrito «Gustav». Suponemos que se llama así.

Gustav.

El nombre estalló en sus oídos como una granada activada. ¿Cómo podía ser posible?

—Encontramos las fotos entre sus cosas —explicó Kirsten en inglés, con una voz melodiosa, tomada y ronca al mismo tiempo—. Gracias a ellas remontamos la pista hasta aquí. Primero identificamos las palabras «hôtel de police». Después, en el Ministerio del Interior nos dijeron de qué… politistasjonen… eh, comisaría, se trataba… Y fue su… jefe, aquí presente, quien le… eh… identificó.

Eso explicaba la llamada del domingo, dedujo Servaz, con el pulso acelerado.

Contuvo la respiración mientras observaba las fotos. El cerebro es un ordenador extraordinario; jamás se había visto desde esa perspectiva, ni siquiera en un espejo, pero no tardó más de una fracción de segundo en reconocerse.

Fotografiado de lejos, con un teleobjetivo. Por la mañana, la tarde, la noche… Saliendo de casa o de la comisaría… Subiendo al coche… Entrando en una librería… Caminando por la calle… Comiendo en una terraza de la plaza del Capitole… E incluso en el metro y en un parking del centro. Fotografiado desde lejos, entre los coches…

¿Desde cuándo? ¿Durante cuánto tiempo?

Las preguntas se le acumulaban en la cabeza.

Le bastaba con mirar las fotografías para comprender que alguien lo había seguido como una sombra, pegado a él, lo había observado, espiado. A cada hora del día y de la noche.

Por un instante, tuvo la impresión de que unos dedos helados le acariciaban la nuca. El despacho de Stehlin era grande, pero de repente le pareció pequeño y agobiante. ¿Por qué no encendían los fluorescentes? Estaba muy oscuro.

Desvió la mirada hacia las ventanas, donde empezaba a asomar una luz gris. De forma instintiva, se puso la mano en el pectoral izquierdo, con un ademán que no pasó inadvertido para Stehlin.

—¿Estás bien, Martin?

—Sí, continúa.

Le costaba respirar. Aquella sombra tenía un nombre. Un nombre que había tratado de olvidar durante cinco años.

—Llevaron a cabo análisis de ADN en la cabina y las salas comunes —prosiguió, incómodo, Stehlin.

Servaz adivinó lo que iba a añadir.

—Al parecer, el ocupante de la cabina la limpiaba con asiduidad, pero no fue suficiente. Consiguieron la información gracias a unos segmentos de ADN. La ciencia ha hecho enormes progresos en ese sentido, como ya sabes.

El director volvió a carraspear y, de nuevo, hundió la mirada en los ojos de Servaz.

—Bueno, en fin, Martin, parece ser que la policía noruega ha encontrado el rastro de… Julian Hirtmann.