Noche

Bernard Minier · Capítulo 8 de 50

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Noche

5. En una región contigua a la muerte

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En una región contigua a la muerte

 

—Herida por arma de fuego y traumatismo penetrante de tórax —dijo una voz de mujer cerca de él—. Probabilidad alta de herida penetrante en el corazón. Orificio de entrada en el área precordial. Orificio de salida dorsal. TRC superior a tres segundos. Taquicardia superior a ciento veinte pulsaciones por minuto. Ausencia de respuesta al dolor y falta de reacción pupilar a la luz. Cianosis en los labios, extremidades frías. Situación muy inestable. Prever cirugía cuanto antes.

La voz le llega a través de varias capas de gasa. Pese a su tono calmado, percibe urgencia en ella… No se dirige a él, sino a otra persona, aunque solo la oye a ella.

—Tenemos otro herido —añade la mujer—. Quemaduras de tercer grado por electrocución en una línea de alta tensión. Está estable. Necesitamos que nos hagan un hueco en CTB. Daos prisa. Aquí estamos a tope.

—¡¿Dónde está el otro policía?! —grita una segunda voz un poco más distante—. ¡Quiero saber cuál es el calibre de esta asquerosidad de arma y la clase de munición!

Gracias a la claridad de los relámpagos, que dibujan unas franjas grandes y sincopadas en el cielo, atisba entre las pestañas el resplandor de otras pulsaciones con más color, rítmicas, situadas a su derecha. También oye ruidos: voces más lejanas, numerosas, un eco de sirenas, un tren que maniobra y chirría en un cambio de agujas…

«Ha sido una auténtica idiotez eso de ponerte a correr detrás de ese tipo sin ir armado».

De repente, lo invade la confusión. Es su padre. Su padre lo mira, de pie cerca de él, que está tendido en la camilla. «¿Qué haces tú aquí? —piensa—. Te suicidaste cuando tenía veinte años, fui yo quien te encontró. Te suicidaste como Sócrates, como Séneca. En ese despacho donde corregías todos los días los exámenes. Con la música de Mahler de fondo. Ese día yo volvía de la facultad… Así que, dime, ¿cómo demonios puedes estar ahora aquí?».

«Ha sido una auténtica idiotez».

«¿Papá? ¿Papá? Mierda, ¿dónde se ha metido?». Hay mucho movimiento a su alrededor. La máscara que le han puesto en la cara le molesta. Es como si tuviera una manaza encima… pero es consciente de que por allí es por donde circula la vida hacia sus pulmones. Oye otra voz familiar, impregnada de una angustia terrible.

—¿Está vivo? ¿Está vivo? ¿Va a salir de esta?

Vincent, es Vincent. ¿Por qué está tan asustado? Él se siente bien. Es verdad: siente un bienestar extraño. Tiene ganas de decirle que todo está bien. Todo está perfecto. Pero no puede ni hablar ni moverse.

—¡Prioridad número uno, mantener la volemia! —vocifera otra voz muy cerca de él—. ¡Traed las vías! ¡Pasadme los blood pumps!

Esa voz también roza el pánico. A él le gustaría decirles que todo va bien. «Me encuentro muy bien, os lo aseguro. Creo incluso que nunca me he sentido tan bien en toda mi vida». De pronto, tiene la sensación de no hallarse donde debería, de estar flotando por encima de su propio cuerpo. Descansa en el aire, suspendido en el vacío. Los ve afanarse en torno a él, metódicos, precisos y disciplinados. Experimenta un desdoblamiento de sí mismo, que está tendido ahí abajo. Se ve como ve a los demás. «¡Madre mía, qué mala cara tienes! ¡Pareces un cadáver!». No siente ningún dolor. Solo una paz interior que no ha conocido hasta entonces. Los mira en su agitación. Quiere a todas esas personas. A todas.

También le gustaría decirles eso. Lo mucho que los quiere. Lo importantes que son para él —todos—, incluso los que no conoce. ¿Por qué nunca ha conseguido decir a las personas que quiere que las quiere? Ahora es demasiado tarde. Demasiado tarde. Le gustaría que Margot estuviera allí. Y Alexandra. Y Charlène también. Y Marianne… Es como si lo hubieran pinchado con una aguijada. «Marianne…». ¿Dónde está? ¿Qué ha sido de ella? ¿Estará viva o muerta? ¿Acaso va a morir sin conocer la respuesta?

—¡Venga, vamos! —dice la voz—. Cuento tres: una… dos…

 

En la ambulancia, mientras comienza a soltar realmente las amarras, ve que el enfermero que se inclina sobre él lleva el pelo teñido. Las mechas rubias producen un contraste extraño con su rostro surcado de arrugas. Servaz lo ve desde arriba, como si tuviera la espalda pegada al techo. Su otro yo está atado a la camilla, con tubos en el brazo y la máscara de oxígeno en la cara, mientras el enfermero sigue transmitiendo su informe a Urgencias. ¿Qué edad tendrá? «Deberías dejar de preocuparte por tu imagen —piensa—. Hay cosas más importantes en la vida». Por ejemplo, decir a las personas a las que uno quiere que las quiere. ¿Dónde está Marianne?, se pregunta de nuevo. ¿Está viva o muerta? No tardará en averiguarlo.

A veces —como en ese momento— desconecta por completo. No hay duda: está a punto de emprender el Gran Viaje. «Me encuentro bien. Me encuentro muy bien. Estoy listo, chicos, no os preocupéis». Las puertas de la ambulancia se abren de par en par.

El hospital.

—¡Sala de operaciones número treees!

—¡Hemostasiaaa!

—¡Hay que garantizar la hemostasiaaa!

 

Tintineos. Voces. El desfile de los fluorescentes entre las pestañas. Pasillos… Oye el chirrido de las ruedecitas de la camilla en el suelo… el batir de las puertas… Percibe el olor del etanol en la nariz… Tiene los ojos entornados. En teoría no debería ver nada: «Coma en fase dos», ha dicho alguien en un momento dado. Tampoco debería oír nada. Igual está soñando, ¿quién sabe? Aunque ¿se pueden imaginar palabras como «hemostasia»…? ¿Palabras que no ha oído nunca y que, sin embargo, tienen un significado muy preciso? Deberá esclarecer esa cuestión en su debido momento.

Deformación profesional, se dice, irónico y sonriendo… para sus adentros, por supuesto.

No para de ir y venir entre una lucidez muy errática y la bruma absoluta. De repente, atisba a varias personas que se inclinan sobre él, con gorros y batas azules. Miradas. Todas se concentran en él como los rayos de una lente.

—Quiero un balance exhaustivo de las lesiones. ¿Dónde están los concentrados eritrocitarios, las plaquetas, el plasma?

Lo levantan y lo vuelven a dejar estirado con precaución. Y, de nuevo, se sumerge en la bruma.

—Preparad todo el instrumental para realizar una toracotomía anterolateral izquierda.

Emerge a la superficie por última vez. Una lucecilla pasa delante de sus pupilas, de un ojo a otro.

—Las pupilas no reaccionan. Tampoco reacciona al dolor.

—¿La anestesia está preparada?

De nuevo, la máscara pegada a la cara como la manaza de un grizzly. Oye una voz más fuerte que las otras.

—¡Listos!

De repente, percibe un largo túnel que sube y sube. Como en ese dichoso cuadro de Jerónimo Bosco… ¿Cómo se llama? Lo suben al túnel. ¿Qué es eso? Está volando… Hay una luz al final. «Mierda, ¿adónde voy?». Cuanto más se acerca, más brillante es la luz… Es la luz más brillante que ha visto en su vida.

 

«¿Dónde estoy?».

Está tendido encima de la mesa de operaciones… y, sin embargo, camina por un paisaje saturado de luz, un paisaje extraordinario. ¿Cómo es posible? Un paisaje de una belleza que lo deja sin aliento (sin aliento… «¡Qué humor, amigo mío!», se dice con la máscara de oxígeno puesta). Ve montañas azules a lo lejos, un cielo de una pureza absoluta, colinas y, sobre todo, luz. Mucha luz. Una luz brillante, tornasolada, magnífica, tangible. Sabe perfectamente dónde está —en una región contigua a la muerte, o quizá del otro lado—, pero no siente ningún temor.

Todo es hermoso, luminoso, fantástico. «Acogedor».

Se encuentra en un punto elevado desde el que contempla las colinas y los ríos espejados que serpentean adaptándose a los caprichos del terreno. Abajo, a unos cinco metros más o menos, ve un río que avanza despacio hacia él, en medio del paisaje, desde el horizonte. Sigue el camino que desciende hacia el río y cuanto más baja, más extraño le parece su aspecto. ¡Ese río es una maravilla difícil de imaginar! Es el más hermoso que ha visto. Y, de pronto, a medida que se acerca a él, lo entiende: el río está formado por seres humanos que caminan unos junto a otros… Lo que ve es el río de la humanidad: pasado, presente y futuro…

Cientos de miles, de millones, de miles de millones de seres humanos…

Recorre los cien últimos metros y, al adentrarse en esa multitud inmensa, se siente sumergido, rodeado de un amor palpable. Rodeado de ese río enorme de personas, se pone a sollozar de alegría. Se da cuenta de que jamás, en toda su vida, ni siquiera durante un minuto, ha sido tan feliz. Tampoco se ha sentido nunca tan en paz consigo mismo ni con los demás. Jamás la vida ha tenido un perfume tan suave, jamás la gente le ha transmitido tanto amor. Un amor que lo invade hasta los cimientos del alma.

(«¿La vida? —dice una voz disonante en su interior—. ¿No ves que esa luz, ese amor, es la muerte?»).

Se pregunta de dónde proviene esa disonancia, ese acorde de repente desafinado… Tan potente como el que resuena al final del adagio de la décima sinfonía de Mahler.

Entre las pestañas, percibe a alguien a su lado, en el límite de su campo de visión. Por un instante, no sabe cómo se llama esa hermosa joven de cara afligida. Debe de tener veintidós o veintitrés años. Después la bruma se disipa y regresa la lucidez. Margot. Su hija. ¿Cuándo ha vuelto? Tendría que estar en Quebec.

Margot llora. Está sentada cerca de la cama, con las mejillas bañadas de lágrimas. Es capaz de «sentir» los pensamientos de su hija, de percibir lo profunda que es su pena… y, entonces, se avergüenza.

Se da cuenta de que ya no está en la sala de operaciones, sino en una habitación de hospital.

«En la sala de reanimación», deduce.

A continuación, la puerta se abre y entra un hombre con bata blanca acompañado de una enfermera. Durante un momento, cuando el individuo de la bata blanca se vuelve con expresión grave hacia Margot, lo invade el pánico. Va a anunciarle que su padre está muerto.

«¡No, no, no estoy muerto! ¡No le hagas caso!».

—En coma —dice el hombre.

Oye que Margot hace algunas preguntas. Está fuera de su campo visual, y Servaz no puede moverse. No alcanza a oír todo lo que dicen, pero empieza a percibir unas señales en el tono de voz de su hija que reconoce: Margot está enfadándose por el vocabulario voluntariamente técnico y abstruso que utiliza el médico. Le pide que le explique las cosas de manera sencilla y que le dé respuestas concretas. El doctor le contesta con esa mezcla de compasión profesional, altivez y condescendencia que Servaz conoce muy bien por haberse codeado a menudo con médicos en sus años como policía… Y Margot, su querida Margot, da rienda suelta a su enojo.

«Venga —piensa—. ¡Haz que se trague su superioridad!».

Al final, el médico cambia de actitud y retoma las explicaciones con un tono diferente, con palabras normales. «¡Eh, estoy aquí! —querría gritarles—. ¡Eh! ¡Aquí! ¡Estáis hablando de mí!». Pero es incapaz de emitir ningún sonido; de todas maneras, tiene ese armatoste metido en la boca.

 

—¿Me oyes?

No recuerda muy bien adónde ha ido ni durante cuánto tiempo. Tiene la vaga impresión de haber vuelto a encontrar la luz y el río humano, pero tampoco está seguro. En cualquier caso, está de nuevo en la habitación del hospital. Reconoce el techo, con esa mancha pardusca que tiene una forma que recuerda a la del continente africano.

—¿Me oyes?

«Sí, sí, te oigo».

—¿Me oyes, papá?

«¡Sí, sí, te oigo!».

—¡Papá, ¿me oyes?!

Le gustaría cogerle la mano, transmitirle una señal, una sola, cualquiera —un pestañeo, el estremecimiento de un dedo, un sonido—, para que ella lo entendiera, pero está prisionero de ese sarcófago que es su cuerpo sin vida.

No consigue recordar adónde ha ido hace un momento. Y eso le preocupa. Esa luz, esa gente, ese paisaje… ¿eran reales? De hecho, parecían muy, pero que muy reales. Margot habla, le habla, y él hace esfuerzos por escucharla.

«¡Qué guapa eres, hija mía!», piensa cuando se inclina hacia él.

 

Empieza a orientarse. Hay otras habitaciones, otros pacientes en «reanimación»: a veces los oye, cuando llaman a las enfermeras o aprietan las perillas y accionan unos timbres estridentes.

Oye los pasos presurosos del personal sanitario delante de la puerta abierta y los murmullos incómodos de las visitas. Esos sonidos que atraviesan la bruma. Durante sus momentos de lucidez, sin embargo, toma conciencia de un hecho importante: está en el centro de una telaraña de tubos, vendas, cables eléctricos, electrodos, bombas, y el ruido de la máquina que tiene a la derecha —a la que pronto bautizará como «máquina araña»— se le antoja como el emblema de una brujería moderna, un maleficio que lo mantiene cautivo y cuya máxima perversión es el tubo de silicona que le entra por la boca. No tiene autonomía, no puede moverse, está indefenso, a merced de la máquina… Tan inerte como un muerto.

Pero es que tal vez esté… muerto, ¿no?

Ya que, por la noche, cuando ya no queda nadie en su habitación, los muertos ocupan el lugar de los vivos…

 

El silencio reina en la noche, tanto en «reanimación» como en su cuarto, y, de repente, aparecen. Y su padre, que dice: «¿Te acuerdas de tu tío Ferenc?».

«Ferenc era el hermano de mamá. Era un poeta. Papá decía que si mamá y el tío Ferenc amaban tanto la lengua francesa era porque habían nacido en Hungría».

«Vas a morir —le anuncia con tono bondadoso su padre—. Te reunirás con nosotros. No es tan terrible, ya verás. Estarás bien con nosotros».

Los mira. Porque de noche, en esas visiones, puede volver la cabeza. Están por toda la habitación: de pie junto a las paredes, cerca de la puerta, de la ventana, sentados en las sillas o en el borde de la cama. Los conoce a todos. Como la tía Cezarina, una mujer hermosa, morena, de pecho opulento, de la que estaba enamorado a los quince años.

«Ven», le dice a su vez la tía Cezarina.

Y Matthias, su primo, fallecido a los doce años a causa de una leucemia. La señora Garson, la profesora de francés, que, en secundaria, leía sus redacciones delante del resto de la clase. Y también Éric Lombard, el millonario que murió en un alud —el hombre que amaba los caballos—, y Mila, la astronauta, que se cortó las venas en la bañera; seguramente había alguien más a su lado esa noche, pero él ha renunciado a demostrarlo. E incluso el propio Mahler… el gran Mahler, el genio de cara cansada, con los quevedos en la nariz y un sombrero extraño en la cabeza, que le habla de la maldición del número 9: «Beethoven, Bruckner, Schubert… Todos fallecieron después de componer su novena sinfonía… Por eso yo pasé directamente de la octava a la décima… Quise engañar a Dios (¡qué arrogancia por mi parte!), pero no fue suficiente…».

Cada vez que aparecen lo envuelve el mismo amor. No habría creído que fuera posible un amor así. De todas formas, empieza a parecerle un poco sospechoso. Sabe qué es lo que esperan de él: que se vaya con ellos. Sin embargo, él no está preparado. No es su hora. Intenta explicárselo, pero ellos no quieren escucharlo y se quedan ahí, con sus sonrisas, su ternura envolvente y su dulzura desgarradora. Es cierto que la hierba es más verde en el lugar de donde ellos vienen, el cielo, más azul, y la luz, mil veces más intensa… Aun así, no tiene ninguna intención de quedarse ahí desde que vio a Margot junto a su cama.

 

Samira se presenta una hermosa mañana vestida con ropa estrafalaria, como suele ser habitual en ella.

Cuando se inclina hacia Servaz y entra en su campo visual, este percibe por un instante una gran calavera estampada en una sudadera y un rostro al amparo de la sombra de una capucha. Después se la quita, y Servaz tarda medio segundo en identificar la cara espantosamente fea… Aunque se trata de una fealdad bastante difícil de definir, en realidad, porque se debe a los pequeños detalles: una nariz demasiado corta por aquí, unos ojos saltones, una boca demasiado grande por allá, cierta falta de simetría de las facciones… Samira Cheung es la mejor integrante de su equipo de investigación junto con Vincent.

—Joder, jefe, si viera la pinta que tiene…

Querría sonreír, y lo hace para sus adentros. No podía ser otra persona más que Samira… Insiste en llamarlo «jefe», pese a que él le ha repetido mil veces que ese tratamiento le parece ridículo. Cuando rodea la cama y sale de su campo visual para ir a subir la persiana, advierte que sigue teniendo el «mejor culo» de la brigada.

Eso es lo paradójico en Samira. Un cuerpo perfecto y una de las caras más feas que Servaz ha visto en su vida. ¿Es una observación sexista? Puede. Por otra parte, la propia Samira tampoco tiene reparos en dar su opinión sobre las particularidades anatómicas de los hombres que se cruzan en su camino.

 

—… ¿Qué tal son las enfermeras?… ¿La fantasía de la enfermera que va desnuda debajo de la bata es de su estilo… jefe?… Volveré mañana… jefe… Lo prometo…

 

Los días se suceden, con sus noches. Con sus altibajos. Quietud por la mañana en «reanimación» e inquietud por la noche. ¿Cuántos días lleva ahí? ¿Cuántas noches? No sabría decirlo.

Y es que el tiempo ahí no existe. Su único punto de referencia son las enfermeras. Son ellas las que le marcan el ritmo al turnarse en la cabecera de su cama.

Es perfectamente consciente del poder ilimitado que tienen sobre su persona: son todopoderosas, más importantes para él en ese momento que el mismo Dios y — aunque en su conjunto son competentes, abnegadas y meticulosas, pese a estar desbordadas— no dejan de hacérselo notar, a través de los gestos, el tono de voz y las palabras, que siempre le transmiten lo mismo: «Estás grave y dependes de manera entera y exclusiva de nosotras».

Otra mañana, otra visita. Dos caras borrosas cerca de la cama. Una de ellas es la de Margot, la otra… de Alexandra, su madre. Su exmujer se ha desplazado hasta ahí. Tiene los ojos enrojecidos. ¿Siente pena? Recuerda que tuvieron sus diferencias tras el divorcio; después, la complicidad regresó en parte; sin duda gracias a los recuerdos comunes, los de los días felices, los momentos compartidos, esas horas en las que Margot crecía y en las que formaban un equipo unido, en armonía… Alexandra ha aumentado bastante de peso desde entonces, constata, y piensa —con bastante perfidia, es cierto— que, por lo general, los hombres envejecen mejor que las mujeres. Le parece que esa vez sí se ha reído (con una carcajada interior, por supuesto). ¡Y habría pagado por poder ver la cara que ha puesto!

 

—… Dicen que no oyes nada —le suelta Vincent desde la silla.

Están solos en la habitación, aunque la puerta del pasillo permanece abierta, como siempre.

Su ayudante se levanta. Se acerca a la cama y le pone los cascos en las orejas.

«… ¡Señor! ¡Esa música! Esa pieza… ¡Es la más hermosa de todas las que compuso! ¡Ay, ese tumulto, ese desgarro, esas palabras de amor!».

Mahler… Su querido Mahler… ¿Por qué no se le ha ocurrido antes a nadie? Tiene la impresión de que las lágrimas afloran a sus ojos y le ruedan por las mejillas. No obstante, al ver la cara de su ayudante —que se ha inclinado hacia él, atento al menor signo, al menor síntoma emocional—, solo advierte decepción en sus ojos cuando le quita los auriculares y se vuelve a sentar.

Le gustaría gritar: «¡Más! ¡Más! ¡He llorado!».

Pero solo grita en su mente.

 

Otra noche. Su padre de nuevo, en la habitación. Sentado en la silla. Lee un libro en voz alta. Como cuando Servaz era niño. Reconoce el fragmento:

«El squire Trelawney, el doctor Livesey y los demás caballeros me han pedido que ponga por escrito todos los detalles referentes a la Isla del Tesoro, de principio a fin, sin omitir nada salvo la situación de la isla, y eso únicamente porque allí todavía sigue enterrado parte del tesoro. Tomo, pues, la pluma en el año de gracia de 17… y me remonto a la época en que mi padre regentaba la posada del Almirante Benbow, y el viejo marino, cuyo curtido rostro estaba cruzado por un sablazo, vino por primera vez a hospedarse bajo nuestro techo».

 

«¿Qué te parece, chaval? Es un poco distinto de lo que sueles leer, ¿no?».

Su padre debe de hacer referencia a sus numerosos libros de ciencia ficción. O quizá a sus lecturas actuales. De repente le viene a la memoria otra lectura… terrorífica en ese caso; él debía de tener doce o trece años:

«Para el desaparecido Herbert West y para mí, la repugnancia y el horror fueron indescriptibles. Aún me estremezco ahora cuando pienso en todo ello, me estremezco aún más que aquella mañana en la que West murmuró por entre sus vendajes:

»—¡Maldición, no estaba lo bastante fresco!».

 

¿Por qué aflora ese recuerdo ahora? Sin duda porque esa noche, más que las otras, se estremece sintiéndola presente en los rincones en sombra: la misma que sintió en aquella casa lúgubre, cerca de las vías del tren —Chemin du Paradis—, la que está pegada a sus pasos desde entonces, la que lo siguió hasta ahí, como una de esas maldiciones que, en las películas, pasan de una víctima a otra.

«Maldita sea —debe de pensar—, aún no está del todo listo…».