Noche

Bernard Minier · Capítulo 24 de 50

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Noche

21. Belvedere

21

Belvedere

 

A pesar del frío —al menos, no llovía—, Kirsten estaba desayunando en una terraza de la plaza del Capitole. Estaba tomando un desayuno francés, café con leche, cruasán y zumo de naranja, cuando vio llegar a Servaz por la explanada. Enseguida comprendió que había ocurrido algo.

Y que había dormido poco.

Tenía la cara larga propia de los días en los que uno se levanta con el pie izquierdo, pese a que lo había visto sonreír en raras ocasiones desde que lo había conocido en el despacho del director de la Policía Judicial.

Estaba claro que algo lo inquietaba.

Cuando tomó asiento delante de ella, se dio cuenta de que se trataba de algo más grave: parecía desorientado. Parecía un niño que había perdido a sus padres en medio de una multitud.

—¿Qué pasa? —preguntó en inglés.

Como tenía aspecto de necesitar una taza de café con urgencia, Kirsten pidió otras dos al camarero. Martin la miró y ella tuvo la impresión de que lo hacía sin verla, de que en ese instante habría dado lo mismo que fuera transparente. Luego, con voz neutra, le contó no solo lo que había sucedido la noche anterior, sino también lo que había ocurrido antes de que ella llegara a Toulouse.

—¿Por qué no me pediste que te acompañara anoche? —le preguntó cuando hubo terminado.

—Porque eso no tiene nada que ver con tu llegada a Toulouse.

—¿Se lo has contado a Stehlin?

—Aún no.

—Ya. Pero ¿vas a hacerlo?

—Sí.

El camarero les sirvió los cafés y, cuando Martin se acercó la taza a los labios, la noruega advirtió que le temblaba la mano, hasta tal punto que derramó unas cuantas gotas encima de la mesa y en el pantalón.

—¿Así que estuviste en coma durante todo ese tiempo? ¿Por eso te encontré un poco… raro al principio?

—Es posible.

—Joder, qué putada de historia…

—En eso tienes razón —concedió él, que sonrió a pesar de todo.

—Martin…

—¿Qué?

—Tienes que confiar en mí, y sobre todo quiero que me consideres una colega y no solo una policía llegada de las tierras del norte que no habla ni una palabra de francés. ¿Me entiendes?

Entonces sonrió sinceramente mientras ella lo observaba con severidad, porque sabía que bajo esa capa de severidad se ocultaba un principio de afecto.

 

—¡Joder, Martin! ¡Fuiste hasta allí en plena noche sin avisar a nadie! ¿En qué demonios estabas pensando?

Stehlin parecía a punto de estallar, literalmente. Bajo la piel de la sien izquierda había surgido una vena gruesa y sinuosa, y tenía la cara del mismo color de las sandías.

—No tuve alternativa —se disculpó Servaz—. Me amenazó con ir a por Margot.

Eso no era exactamente lo que había dicho Jensen, pero bueno…

—¡Sí la tenías! —rugió el director de la Policía Judicial, soltando algunos perdigones de saliva—. Deberías habernos avisado. ¡Mierda! ¡Habríamos enviado a alguien en tu lugar!

—Quería saber qué quería decirme.

—¿Ah, sí? Perdona que te diga, pero me parece que ese tipo te tomó el pelo y que no conseguiste nada. Corrígeme si me equivoco.

Servaz optó por callar.

—El problema es que si los de arriba se enteran, va a caerte una buena, y de paso a mí también —prosiguió el director.

«Acabáramos», pensó.

—¿Y por qué tendrían que enterarse? ¿Quién va a decírselo? ¿Jensen? ¿Él les va a explicar que se divirtió haciéndome correr durante la noche y que me habló de mi hija por teléfono?

Stehlin echó un vistazo a Kirsten, con cautela, como si su presencia allí le impidiera decir ciertas cosas.

—No nos queda más remedio, Martin. Debes hacer un informe y habrá que interrogar a Florian Jensen. ¿Y qué crees tú que va a decir?

—No tengo ni la menor idea.

—Este asunto no me gusta nada.

—A mí tampoco.

—¿Crees que se marcó un farol con lo de tu hija?

—No lo sé. Ese tipo me la tiene jurada. Cree que el hecho de que se electrocutara y se le quedara la cara desfigurada es culpa mía.

—¿Quieres que le ponga vigilancia a tu hija?

Servaz vaciló. Entonces se acordó de Hirtmann.

—Sí —acabó diciendo—. Y no solo por Jensen. Si Hirtmann está por la zona… No querría que Margot acabara como Marianne Bokhanowsky. Solo el tiempo que tarde en convencerla para que se vuelva a Quebec. Allí estará más segura.

En Viena, Bernhard Zehetmayer contemplaba por una ventana cómo la lluvia azotaba los jardines del museo Belvedere. Estos descendían en una pendiente suave hacia la Rennweg, entre setos recortados, estanques y esculturas. En la gran terraza, las misteriosas esfinges lucían, como cada día, una sonrisa diferente cada una, insensibles al martilleo de las gotas. Esa era la Viena que él amaba, la Viena eterna que apenas había cambiado desde Canaletto. Indiferente a las modas, a la decadencia, a la degeneración de las costumbres y a la fealdad que, en su opinión, gobernaban el mundo moderno. No obstante, el director de orquesta tenía la impresión de que últimamente habían surgido algunos motivos de esperanza: en toda Europa se preparaba una marejada que no iba a tardar en restablecer los antiguos valores, un movimiento incontenible que no dejaba de cobrar empuje de año en año. Allí mismo, en Austria, un candidato conservador había estado a punto de alzarse con la victoria la semana precedente. Aunque no le inspiraba mayor simpatía que el cretino ecologista que había salido vencedor al final de un proceso electoral interminable de trescientos cincuenta días de campaña, sabía que pronto iba a llegar la hora de las fuerzas conservadoras en casi toda Europa… y él aguardaba ese día con impaciencia.

 

Zehetmayer se volvió.

Una multitud de anoraks se apelotonaba goteando sobre el suelo del museo. Acudían en su mayoría a admirar las obras menores de Klimt. Semejante devoción por un vulgar decorador de interiores. Qué pandilla de imbéciles… Otro Gustav, pero de la talla de un gnomo al lado del otro… Comparado con el Beso de Klimt, él prefería de lejos La muerte y la muchacha de Schiele. Schiele, al menos, no espolvoreaba sus cuadros con confeti dorado, purpurina y artificios apenas dignos del cartel de un cabaret. Él tenía un trazo crudo, sin florituras, brutal, extraordinario. Las últimas obras de Schiele habían sido dibujos de su mujer, Édith, embarazada de seis meses y agonizante, en su lecho de muerte, ejecutados antes de que también él sucumbiera a la gripe española tres días después. Había que tener agallas, Dios santo… El hecho de que Klimt se hubiera convertido en el artista más emblemático de Viena demostraba lo bajo que había caído la ciudad.

Advirtió la figura achaparrada de Wieser, que se acercaba entre el gentío.

Empezaba a estar cansado de todo ese teatro, esos encuentros en lugares públicos. Habrían podido hablar igualmente en un café, ¿no? ¡¿Quién iba a interesarse en su conversación, por el amor de Dios?! No obstante, las noticias que acababa de recibir disipaban su mal humor.

—Hola —lo saludó Wieser al llegar a su lado—. ¿Hay novedades?

El millonario tampoco parecía encantado de estar allí. Zehetmayer reprimió un arrebato de mal genio. ¿Qué se creía? ¿Que él tenía tiempo que perder? ¿Que hacía aquello por diversión? ¿O para preguntarle sobre esa furcia con la que iba a casarse en cuartas nupcias…? Y todo para dejarse desplumar una vez más… Aunque, al fin y al cabo, era su dinero…

—Han encontrado el rastro de Gustav —anunció.

Wieser se estremeció.

—¿El niño?

Zehetmayer se encogió de hombros con irritación. «No, Gustav Klimt, idiota».

—Estuvo viviendo en el suroeste de Francia, en una pequeña ciudad de montaña. Incluso estuvo yendo a la escuela allí, hasta el verano pasado.

—¿Cómo sabemos que es él?

—No hay la menor duda. La directora reconoció su foto y estaba matriculado con el apellido de ese policía que parece tener obsesionado a Hirtmann.

—¿Cómo? No lo entiendo.

«No me extraña», pensó el Emperador.

—Lo importante es que nos estamos acercando —dijo Zehetmayer, esforzándose por mantener la calma—. En realidad, nunca habíamos estado tan cerca. Esta es una oportunidad única. Es probable que Hirtmann vaya a visitar al niño en cuanto pueda. Si damos con el crío, sabremos dónde aparecerá, tarde o temprano, el suizo. Esta vez no hay que escatimar en medios. Ese niño es un regalo del cielo.