Noche
33. Un golpe de suerte
33
Un golpe de suerte
La puerta no se abrió hasta que llamó al timbre por quinta vez… y durante un buen rato.
—¡Dios santo! —exclamó Labarthe—. Pero ¿qué…?
Servaz había sacado su carnet de policía y se lo había acercado al profesor universitario a la cara. Aunque lo retiró enseguida, antes de que el hombre tuviera tiempo de preguntarse por qué llamaba a su puerta un policía y no un gendarme.
—Hemos recibido una denuncia del hotel —dijo—. ¿Están celebrando una fiesta? Hay gente que se ha quejado del ruido. ¿Han visto la hora que es?
Labarthe lo miraba fijamente, paralizado por la perplejidad. Era evidente que trataba de comprender lo que estaba pasando. A su espalda, la casa estaba a oscuras y en silencio.
—¿Cómo? ¿Ruido? ¿Qué ruido?
Con un ademán, el profesor lo invitó a observar el interior.
—¡Ya ve que no puede venir de aquí!
Parecía tener prisa por poner fin a la conversación.
—Íbamos a acostarnos —añadió, justo antes de que le cambiara la expresión—. Nos hemos visto antes, ¿no? Usted estaba ayer en el hotel… es el señor que se dejó las luces del coche encendidas…
—¿Le importa que eche un vistazo? —insistió Servaz, sin responder.
Le importaba. No cabía duda. Se le veía en la cara. Sin embargo, el profesor esbozó una sonrisa.
—No creo que pueda hacer eso —dijo—. Buenas noches.
No obstante, antes de que pudiera retroceder y cerrar la puerta, Servaz la había empujado y se había colado dentro.
—¡Eh! ¿Adónde va, joder? ¡No puede hacer eso! ¡Venga! ¡Nuestro hijo duerme en el piso de arriba!
«Porque lo habéis drogado, hijo de puta», pensó Servaz mientras entraba en el salón catedralicio. Habían apagado todas las luces de la planta baja y la única claridad, la que proporcionaba la nieve desde el otro lado de los cristales, apenas perfilaba las formas oscuras del mobiliario. Estaban ya listos, obviamente, para celebrar su fiestecita ultraprivada. Reprimió la tentación de darse la vuelta y estrellarle el pie contra las partes íntimas al profesor universitario, para que se le pasaran las ganas de fiestas.
—¡No puede entrar aquí solo porque los vecinos se hayan quejado, comprobar que no pasa nada y formar este escándalo! ¡Lárguese!
Labarthe parecía más inquieto que furioso. Servaz oyó un ruido procedente de arriba, tal vez estuvieran recogiendo la escalerilla.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó.
Vio que Labarthe se ponía tenso.
—¿El qué?
—He oído un ruido.
Hizo ademán de encaminarse hacia la escalera, pero el profesor le bloqueó el paso.
—¡Deténgase! ¡No puede estar aquí!
—¿Por qué se ha puesto usted tan nervioso? ¿Qué esconden ahí arriba?
—¿Cómo? Pero ¿de qué coño habla? Ya le he dicho que mi hijo duerme arriba.
—¿Su hijo?
—¡Sí! ¡Mi hijo!
—¿Qué hay ahí arriba?
—¿Qué? ¡Nada, hombre! ¿Qué le pasa? No puede llegar y…
—¿Qué esconden?
—¡¿Está chalado o qué?! ¿Quién es usted? ¡Maldita sea! No es un gendarme… y ayer estaba en el hotel… ¿Qué quiere?
Ese fue el momento que eligió su teléfono para empezar a sonarle en el bolsillo. Servaz sabía qué ocurría: estaba recibiendo de golpe todos los mensajes que Kirsten le había enviado mientras estaba en el desván, todas las llamadas que había hecho en vano. Mensajes y llamadas que habían elegido ese momento para manifestarse.
—Pero ¿qué…? Está sonándole el teléfono —dijo el hombre con un tono cada vez más suspicaz.
No debía dejar que Labarthe volviera a ganar terreno…
—Bueno. Voy a ver —anunció Servaz, y lo rodeó para dirigirse a la escalera.
—¡Espere! ¡Espere!
—¿Qué?
—Necesita una orden judicial. ¡No tiene derecho a entrar aquí!
—¿Una orden? Usted ha visto demasiadas películas, amigo.
—No, no. Una orden de registro… Algo por el estilo… se diga como se diga, da lo mismo… Sabe muy bien a qué me refiero… No puede entrar en casa de la gente así como así. No sé quién es usted, pero voy a llamar a los gendarmes —advirtió, y sacó el móvil.
—Muy bien —dijo Servaz, sin moverse—. Llame, venga.
Labarthe lo accionó y, al cabo de un segundo, lo apagó.
—A ver, ¿qué quiere?
—¿Por qué no llama a los gendarmes?
—Porque…
—¿Qué le pasa? Ahí arriba hay algo extraño, algo turbio, por decirlo de alguna manera, y pienso averiguar qué es. Así me quedaré tranquilo. Será solo cuestión de bajar a Saint-Martin, de sacar a un juez de la cama y de volver aquí con una orden.
Servaz se dirigió hacia la salida. Notaba la mirada de Labarthe clavada en la espalda mientras se alejaba hacia el coche que Kirsten había aparcado delante del hotel, en la noche fría.
Labarthe estaba bañado en sudor cuando asomó la cabeza por el hueco de la trampilla. La noruega ya estaba atada por los puños a la polea, con los brazos levantados. Aurore le pasaba un paño húmedo por la cara, el cabello y el cuello para despertarla. Realizaba todos los gestos con una gran ternura, hasta el momento en que le propinó una bofetada que resonó como un latigazo y le dejó una marca en la mejilla izquierda.
—¡Esto no pinta nada bien! —exclamó su marido, entrando en el desván—. ¡No puede quedarse aquí! ¡Hay que llevarla al hotel!
La rubia se volvió.
—¿Quién era?
Labarthe miró con cautela a Kirsten, que cabeceaba parpadeando, totalmente ida.
—¡Un policía!
Vio que su esposa se ponía tensa.
—¿Cómo? ¿Y qué quería?
—¡Asegura que alguien del hotel se ha quejado a causa del ruido! ¡Gilipolleces!
Labarthe hacía aspavientos.
—Ayer lo vi en el hotel. ¿Qué coño hacía allí? Me ha dicho que iba a volver… ¡Esto pinta mal!
—Qué historia más rara —comentó Aurore Labarthe, sin alterarse apenas.
Su marido, en cambio, parecía mucho más preocupado.
—¡Hay que sacarla de aquí! ¡Deprisa! ¡Tenemos que llevarla al hotel ahora mismo! Diremos que ha bebido demasiado.
La mujer echó un vistazo a Kirsten y tendió el teléfono de la noruega hacia su marido. En la pantalla aparecía un mensaje:
Get out!
—¡Es lo que no paro de decirte! Hay que…
—Cierra el pico —lo interrumpió ella—. Cuéntamelo todo desde el principio. Respira. Cálmate y explícamelo.
Pegado a la ventana de la habitación, Servaz escrutaba el chalet. Si al cabo de tres minutos no había ocurrido nada, volvería. Había fingido alejarse con el coche, pero lo había dejado aparcado tras la primera curva y había regresado a pie al hotel.
Consultó el reloj. Dos minutos todavía. En ese momento, le habría gustado tener su arma.
Se quedó helado.
Una figura. Acababa de aparecer delante de la puerta. Era Labarthe. Miraba en dirección al hotel. Después Servaz vio que hacía una señal a alguien que estaba en el interior del chalet. Entonces salió Aurore Labarthe, sosteniendo a Kirsten. La ayudaron a bajar los escalones y después empezaron a andar, uno a cada lado de la noruega, sosteniéndola como si estuviera borracha. Esa era precisamente la impresión que daba.
Servaz respiró hondo. Habían transcurrido catorce minutos desde que él había salido del chalet. No habían tenido tiempo de hacerle gran cosa.