Noche
29. Implacable
29
Implacable
Esa noche, en el pequeño hotel de montaña, Servaz soñó que iba en el metro de París y que veía a Gustav entre la multitud. Con el pulso acelerado, se levantaba y se abría paso entre la gente por el vagón para ir al encuentro del niño, mientras el convoy entraba en una estación llamada Saint-Martin. No recordaba ninguna estación con ese nombre. Existían Saint-Michel, Saint-Sulpice, Saint-Ambroise, Saint-Germain-des-Prés, Saint-Philippe-du-Roule… pero no Saint-Martin. Excepto en su sueño. Los pasajeros a los que obligaba a apartarse le lanzaban miradas hostiles y reprobadoras. Después de mucho esfuerzo, estaba a punto de alcanzarlo cuando el vagón se detenía; las puertas se abrían y la gente bajaba. Servaz se precipitaba hacia el andén. Gustav se dirigía ya hacia las escaleras mecánicas. Seguía empujando a la multitud, pero esta formaba una masa cada vez más compacta que le impedía el paso y lo alejaba del niño.
—¡Gustav! —gritaba.
El chiquillo se volvía y lo miraba. Tuvo la impresión de que el corazón iba a estallarle de alegría. Pero resultó que, con un miedo patente en los ojos, el niño empezaba a abrirse camino entre el gentío a su vez… ¡para huir de él! Un pequeño de cinco años. Solo en el metro. Servaz subía entonces las escaleras mecánicas a toda prisa, empujando los cuerpos que obstruían su avance, con la energía de la desesperación. Y cuando llegaba a la encrucijada de pasillos de más arriba se detenía. No había nadie. Los pasillos estaban vacíos de repente.
Estaba solo.
Miraba los interminables corredores que se abrían a su alrededor y no veía ni un alma. Parecía como si el mismo silencio tuviera una frecuencia particular. Daba media vuelta. La escalera mecánica por la que había subido seguía desfilando innecesariamente, igual de solitaria que el andén de abajo. Llamaba a Gustav, pero solo le respondía el eco. Estaba perdido. Solo. De repente le parecía que aquellos pasillos no tenían salida, ni esperanza. Que se había quedado encerrado allí, en esos subterráneos, para toda la eternidad. Quería gritar y, en lugar de eso, se despertó. Kirsten dormía. Oía su respiración.
No habían corrido las cortinas y una ligera fosforescencia dibujaba un rectángulo de claridad en la ventana, en medio de la penumbra azulada e irreal de la habitación. Apartó la sábana y el edredón de plumas y se acercó a mirar, pegado al cristal. Vio el chalet a oscuras. El perfil del edificio se recortaba en el fondo de la noche; tenía algo de hostil e inquietante. El paisaje nevado de alrededor le hizo pensar en los fosos de los castillos, destinados a proteger a sus ocupantes del invasor.
Después el cristal se empañó y regresó a la cama.
—Yo me quedo aquí —dijo Kirsten al día siguiente, durante el desayuno—. Voy a ver si puedo hacer una excursión con raquetas y vigilar de paso el chalet, para no estar encerrada todo el día.
—De acuerdo.
Servaz tenía intención de volver a Toulouse, entregar el arma y después hacerse con un ejemplar de los libros de Labarthe en la biblioteca o en alguna librería. Estaría de regreso antes del anochecer. Aunque era sábado, también había previsto llamar a Roxane Varin para pedirle que, a partir del lunes, investigara el asunto de la adopción de Gustav. Cogió el teléfono y llamó a casa de Espérandieu. Este estaba escuchando We are on Fire, de Airplane Man, cuando recibió su llamada.
—Roland y Aurore Labarthe, mira si tienen antecedentes…
Los textos de Labarthe demostraban cierto interés por un tipo de prácticas sexuales que a veces conducían a sus adeptos a infringir la ley.
—¡A ver, a ver! ¿Quiénes son esos dos personajes? Hoy es sábado, ¿lo sabías?
—Un profesor de universidad y su mujer. El lunes a primera hora —añadió—. Dale un beso a Charlène de mi parte…
—¿Un profesor de universidad? ¿En serio? ¿Y qué han hecho?
—Eso es lo que quiero saber.
—¿Tiene esto algo que ver con el niño?
—Lo hemos encontrado. Son los que se ocupan de él.
Espérandieu guardó silencio un momento.
—¿Y me lo anuncias así?
—Lo sabemos solo desde ayer.
Servaz captó el enfado de su ayudante.
—Martin, desde que estás con esa esquimal, parece que te has olvidado de los amigos. Al final voy a ponerme celoso… Ten cuidado, porque aquí hay uno que te tiene ganas… Me da la impresión de que estás en su punto de mira. Y espera tu arma.
—Ya lo sé. He quedado con él.
No le apetecía hablar más en ese momento. Colgó, encendió el motor y empezó a circular despacio por la carretera helada. Tardó dos horas en llegar a Toulouse, a la comisaría. Era sábado por la mañana y el edificio estaba medio vacío, pero Rimbaud había insistido de todas formas en hablar con él sin demora. Ya que no podía recibirlo en su territorio, el comisario lo esperaba en un despacho pequeño situado en un extremo de la oficina, cuyo uso había solicitado para la ocasión. A Servaz le pareció que tenía aspecto de exboxeador, con aquella nariz aplastada y la mandíbula de bulldog. Un boxeador que habría recibido más golpes de los que había propinado. Servaz era consciente, con todo, de que entonces le tocaba a él hacer las veces de punching ball.
—Su móvil, comandante, por favor —pidió de entrada Rimbaud.
—¿Cómo dice?
—Su móvil, póngalo en silencio.
Servaz le tendió el aparato.
—Hágalo usted mismo. Yo no sé cómo se hace.
Rimbaud lo observó como si se preguntara si estaba burlándose de él. Aun así, silenció el teléfono y luego se lo devolvió.
—Tengo la intención de hacerle unas preguntas en relación con el asesinato de Florian Jensen —anunció—. Tal como debe suponer, se trata de un asunto de suma importancia. El hecho de que fuera asesinado con un arma de servicio lo convierte en un caso muy delicado.
—¿En calidad de qué? ¿De sospechoso?
Rimbaud evitó responder. Servaz se preguntó qué actitud iba a adoptar: la confrontación o la colaboración. Estaban sentados frente a frente, con el escritorio de por medio. Eso apuntaba a que iba a ser la confrontación.
—Me gustaría que me hablara en particular de lo que ocurrió en ese vagón y, sobre todo, de la noche en que se desplazó a Saint-Martin…
—Lo explico todo en mi informe.
—Ya lo he leído. Me dijeron que estuvo varios días en coma, ¿cómo se encuentra?
Una pregunta abierta, pensó Servaz. Según el manual, «las preguntas abiertas animan al interrogado a hablar y a dar la mayor cantidad de información posible». A continuación, se pasaba a las preguntas cerradas: la técnica del embudo. El problema era que los delincuentes conocían aquellas técnicas de interrogatorio casi tan bien como los policías. Y el problema de los policías de la IGPN era que interrogaban a otros policías y, por consiguiente, tenían que ser más avispados, más astutos y más retorcidos.
Ese era, en todo caso, un problema de Rimbaud.
—¿Que cómo me encuentro? ¿De veras quiere saberlo?
—Sí.
—Déjelo, Rimbaud. Si necesito un psicólogo, me buscaré uno.
—Mmm. ¿Necesita un psicólogo, comandante?
—Ah, ¿esa es su estrategia? ¿Repetir lo que ha dicho el otro?
—Y usted, ¿qué estrategia tiene?
—¡Por el amor de Dios! ¿Vamos a jugar mucho rato a esto?
—Yo no estoy jugando, comandante.
—Dejémoslo…
—Vale, de acuerdo. ¿Qué hacía usted en el techo de ese vagón? ¿Por qué subió allí en plena tormenta? Podría haberse achicharrado.
—Perseguía a un sospechoso que se había dado a la fuga tras habernos amenazado con un arma.
—En ese momento ya hacía rato que había cesado la amenaza, ¿no?
—¿Qué quiere decir? ¿Que debería haberlo dejado escapar?
—¿Y llevaba su arma en la mano cuando subió a ese vagón? ¿Apuntaba con ella a Jensen?
—¿Eh? ¿Qué? ¡Yo no iba armado! La había dejado… eh… en la guantera.
—¿Dice que perseguía a un sospechoso armado y «colocado» que ya lo había apuntado con una y que no cogió la suya?
Una pregunta cerrada, aunque un poco larga y retórica, le pareció a Servaz.
—Digamos que sí —admitió.
—¿Digamos que sí?
—¿Va a empezar a repetir de nuevo todo lo que diga?
—De acuerdo. O sea que Jensen le dispara y en el mismo segundo recibe una descarga tremenda que lo transforma en un árbol de Navidad.
—Veo que le gustan las metáforas, Rimbaud. Debe de ser por su apellido.
—Déjese de bobadas, Servaz. Fue mala suerte, ¿no? Podría haberse quemado un segundo antes y así se habría ahorrado todos esos días y esas noches de coma.
—También podría haberme hecho saltar la tapa de los sesos.
—¿Cree que ha cambiado desde que estuvo en coma?
Servaz tragó saliva. Rimbaud quizá era más astuto de lo que parecía.
—Todo el mundo cambia, comisario, con o sin coma.
—¿Tuvo visiones? ¿Vio cosas? ¿A sus padres muertos, o algo por el estilo?
«Cabrón», pensó.
—No.
—Entonces, ¿todo le va como siempre?
—¿Y a usted, Rimbaud?
El comisario de la IGPN se limitó a asentir con la cabeza sin reaccionar. Estaba acostumbrado a los «clientes» sagaces y no se iba a dejar vencer así como así. «Yo tampoco», pensó Servaz.
—Cuando Jensen lo llamó la otra noche, ¿recuerda qué fue lo primero que le dijo?
Servaz hizo memoria.
—«¿Qué, cómo va ese corazón?».
—Vale. ¿Y después?
—Habló de esa noche… en el tren… Dijo «menuda noche», o algo así…
—Vale. Continúe.
—Dijo que por mi culpa se parecía a no sé quién, un nombre que no me sonaba de nada… También dijo que ahora tenía una cara que daba miedo…
—Vale.
—Que me había visto en Saint-Martin ese mismo día.
—¿Ah, sí? ¿Y qué hacía allí?
—Me ocupaba de un caso. Fui al ayuntamiento. Por el asunto de un niño desaparecido…
—Un niño desaparecido. ¿Eso está dentro del ámbito de la Brigada Criminal?
—Da igual. No tenía nada que ver con Jensen.
—Bueno, admitamos que no. ¿Cómo reaccionó usted?
—Le pregunté qué quería.
—¿Y qué le contestó?
—Que quería hablar conmigo.
Rimbaud lo miró con una expresión de extrañeza.
—Le pregunté de qué —añadió Servaz sin esperar, pese a que sabía que no debería haberle facilitado la labor al comisario.
—¿Y qué contestó?
—Que yo sabía de qué.
—¿Y es verdad?
—No.
—Vale. ¿Qué le dijo usted entonces?
—Que tenía otras cosas de las que ocuparme.
—Y, entonces, le habló de su hija —soltó Rimbaud.
Era ahí adonde quería ir a parar desde el principio.
—Sí.
—¿Con qué palabras?
—Solo dijo: «De tu hija, ya lo sé».
—¿Y fue en ese momento cuando decidió desplazarse hasta allí?
—No.
—¿Cómo reaccionó cuando sacó a colación a su hija?
—Le pedí que repitiera lo que había dicho.
—¿Estaba enfadado?
—Sí.
—¿Y qué contestó?
—Que me esperaría delante del balneario de Saint-Martin a las doce de la noche.
—¿Volvió a mencionar a su hija?
—Sí.
—Vale. ¿Qué dijo?
—«Saluda a tu hija de mi parte».
—Ajá. Y eso lo cabreó más todavía…
—Sí.
Los ojos de Rimbaud se habían reducido a dos rendijas. Servaz permanecía impasible, pero se sentía insultado por sus insinuaciones. Incluso la mera existencia de Rimbaud le parecía una ofensa personal.
—Hemos comprobado a qué horas se conectó su móvil a la señal de las antenas que hay entre Toulouse y Saint-Martin. Ha bastado un pequeño cálculo para establecer que esa noche circulaba a una velocidad muy superior a la permitida. ¿Qué se proponía al dirigirse con tanta rapidez a Saint-Martin?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada en especial. Solo quería verlo cara a cara y decirle que no se acercara a mi hija.
—Entonces, ¿tenía intención de amenazarlo?
Servaz intuía adónde quería llevarlo Rimbaud, de la misma forma que los peces intuyen adónde los conduce la nasa… cuando ya es demasiado tarde para ellos.
—Yo no emplearía esa palabra.
—¿Y qué palabra emplearía?
—«Advertir». Quería advertirle.
—¿De qué?
—De que si se acercaba a mi hija, iba a tener problemas.
Rimbaud esbozó una sonrisa, como si saboreara la expresión, antes de anotar algo en su cuaderno y después en el teclado del ordenador.
—¿Qué clase de problemas?
—¿Para qué hacer tantas conjeturas si, de todas formas, no lo vi?
—¿En qué tipo de problemas pensaba, comandante?
—No se esfuerce, Rimbaud. Me refería a problemas legales.
El comisario asintió con la cabeza, sin convicción.
—Hábleme de Saint-Martin. ¿Qué ocurrió allí?
—Ya lo he contado todo.
—¿Qué tiempo hacía esa noche? ¿Nevaba?
—No.
—¿El cielo estaba despejado? ¿Había luna?
—Sí.
—Entonces se veía como si fuera de día.
—No, no como si fuera de día, pero era una noche clara, sí.
—Vale. Dígame, si hacía una noche tan clara, ¿cómo se explica que no pudiera reconocer a Jensen, con esa cara quemada a lo Freddy Krueger?
—Ese es el nombre.
—¿Cómo?
—Cuando dijo que por mi culpa se parecía a alguien, ese fue el nombre que mencionó.
Rimbaud negó con la cabeza con aire irritado y Servaz reprimió una sonrisa.
—Muy bien, de acuerdo. De todas formas, con esa cara y a la luz de la luna, no lo reconoció.
—Estaba debajo de los árboles del jardín, a treinta metros por lo menos. Suponiendo que fuera él.
—¿Lo duda?
—¿Cómo podría haber estado allí y en el refugio al mismo tiempo?
—«Cómo», efectivamente. ¿O sea que usted cree que no era él?
—Parece algo evidente, ¿no?
—¿Y tiene idea de quién podría ser?
—No —mintió.
—Debe reconocer que es una historia bastante rara, Servaz.
Este optó por callar.
—Y, entonces, ¿a quién pertenecía la voz que le habló por teléfono?
Servaz dudó antes de contestar.
—En el momento, deduje que era Jensen, pero pensándolo bien, en retrospectiva, me di cuenta de que podría haber sido otra persona. Al fin y al cabo, todo lo que dijo apareció en un momento u otro en los periódicos.
—Ah. Pues a mí lo que me cuesta entender es quién tendría interés en hacer algo así.
Servaz notaba la rabia que crecía en su interior. Tenía ganas de estallar, pero sabía que, si lo hacía, Rimbaud lo utilizaría en su contra para demostrar que tenía un temperamento colérico y que perdía los estribos con facilidad. Aquel policía de policías ejecutaba los pases en torno a él como el torero que aguarda el mejor momento para clavar el estoque.
—¿Dónde estaba esa noche hacia las tres de la madrugada?
—En la cama.
—¿En Toulouse?
—Sí.
—¿Su hija lo oyó entrar?
Rimbaud sabía más de lo que dejaba entrever, estaba claro.
—No. Dormía.
—¿O sea que volvió de Saint-Martin y se acostó?
—Eso es.
—¿Qué número de pie calza, Servaz?
—¿Cómo?
—Su número de pie…
—Un cuarenta y dos. ¿Por qué?
—Mmm. Muy bien. No tengo más preguntas por ahora. Se le devolverá el arma dentro de unos días. Lo mantendremos al corriente.
El comisario se levantó.
—Servaz…
Rimbaud había hablado tan bajo que por poco no lo oyó. Se volvió.
—No me creo una palabra. Y voy a demostrar que ha mentido.
Se quedó mirando al policía de la IGPN y a punto estuvo de decir algo, pero al final prefirió no hacerlo, se encogió de hombros y se marchó.