Noche

Bernard Minier · Capítulo 27 de 50

Páginas del PDF

Noche

24. El árbol

24

El árbol

 

En el último piso de la antigua mansión imperial, en Elsslergasse, en el barrio de Hietzing de Viena, había encendida una sola luz. En su despacho, abrigado con una bata de tela de damasco, pijama de seda y zapatillas, Bernhard Zehetmayer escuchaba los Nocturnos, de Debussy, antes de ir a acostarse.

En aquel palacete abundaban las corrientes de aire. Por eso el director de orquesta había acondicionado el último piso y lo había transformado en un apartamento de lujo con dos cuartos de baño, y había cerrado el resto. Las fuentes de mármol, una hiedra desparramada por la fachada, las ventanas curvas en voladizo y un jardín con aspecto de parque conferían al conjunto una nobleza algo anticuada.

Estaba completamente solo en su palacio de corrientes de aire: hacía dos horas que Maria se había ido a su casa, después de haberle preparado la cena, el baño y la cama. Tassilo, su chófer, no regresaría hasta el día siguiente por la mañana y Brigitta, la enfermera —cuyas piernas lo llenaban de emoción y nostalgia cada vez que se fijaba en ellas—, no volvería a pasar hasta mañana por la tarde. Sabía que faltaba mucho para que amaneciera, que la noche sería larga, poco pródiga en sueño y cargada de ideas oscuras y cavilaciones sombrías. En el centro de ellas se hallaría — como siempre— el recuerdo de Anna. La niña de sus ojos. Su hija adorada.

Su luz.

Sí, había sido luz durante toda su infancia y su juventud, y ahora pertenecía a las tinieblas. Una hija tan hermosa, con tanto talento… Nacida a una edad tardía para él de una madre que cultivaba una única habilidad: la de saber decir a los hombres lo que querían oír. Las hadas de la belleza, de la inteligencia y del talento se habían inclinado todas sobre su cuna. Tenía por delante un porvenir que iba a ser motivo de orgullo para sus padres y de envidia para sus amigos. A veces se había preguntado de dónde le venía aquella recia trenza de cabello negro, tan diferente del de su madre, y esos ojos marrones que le daban una mirada a la vez tan expresiva e insondable. Él sonreía cuando pensaba en eso, convencido de que, a pesar de las infidelidades de su mujer, aquella niña no podía ser hija de otro: tenía su mismo carácter resuelto, su inflexibilidad y sobre todo un don asombroso para la música, superior al suyo a su misma edad.

Cuando tenía tres años, él mismo había descubierto, al borde del éxtasis, que Anna tenía oído absoluto. Después había demostrado una precocidad increíble como intérprete de piano, con el que componía e improvisaba desde pequeña. A los quince años ingresó en el Mozarteum de Salzburgo. Salzburgo… una ciudad en la que no había vuelto a poner los pies desde hacía décadas. Una ciudad maldita, sobornable, criminal. Había sido sin duda en las calles de Salzburgo donde Hirtmann se había fijado en ella. ¿Cómo la habría abordado? A través de la música probablemente: Zehetmayer había descubierto un día con estupor que el suizo era, como él, admirador de Mahler.

Nadie sabía qué había ocurrido a continuación, aunque el director de orquesta lo había imaginado miles de veces: habían encontrado un diario íntimo en el que Anna hablaba de ese «misterioso desconocido» con el que iba a tener «una cita secreta por tercera vez». Se preguntaba si estaría «enamorándose», si no sería una «locura teniendo en cuenta su diferencia de edad». También se preguntaba por qué no la había «tocado ni besado» todavía. Diecisiete años, tenía diecisiete años… y un porvenir brillante. Unos días después, había desaparecido.

Luego habían encontrado el cadáver, al cabo de un mes que se les había hecho eterno, en el fondo de la espesura, cerca de un sendero frecuentado por excursionistas en las proximidades de la ciudad. Desnudo. Zehetmayer había estado a punto de enloquecer cuando vio el alcance y la naturaleza de las vejaciones a las que había sido sometida. Maldijo a Dios, a Salzburgo, a la humanidad, insultó a policías y periodistas, pegó a uno de ellos por atreverse a preguntarle por su dolor, intentó quitarse la vida. La muerte de Anna produjo un distanciamiento entre su esposa y él que destruyó su matrimonio… pero ¿qué importancia tenía eso en comparación con la pérdida del ser que más amaba de este mundo? Cuando se enteró de la identidad del individuo que le había hecho aquello —como también a decenas de otras víctimas —, tuvo por fin alguien contra quien descargar su ira.

Jamás había creído que pudiera odiarse tanto. Que el odio fuera un sentimiento más puro que el amor, como no ha cesado de darnos a entender la literatura desde los tiempos de Caín y Abel. Sin la música se habría perdido, pensó mientras escuchaba los últimos compases del tercer Nocturno. Aun así, ni siquiera esta había logrado sofocar la locura que se abría como una flor envenenada, esa furia digna del Antiguo Testamento, ese deseo de venganza shakespeariano. Zehetmayer era un ser arrogante, testarudo y rencoroso. Una vez que su mujer falleció a consecuencia de un cáncer, en la soledad de su torre de marfil, su locura había encontrado un terreno en el que prosperar. Hasta su encuentro con Wieser, sin embargo, nunca había imaginado que pudiera traducirla en actos.

Y ahora resultaba que la esperanza acababa de renacer encarnada en los rasgos de un niño. Se levantó, porque las últimas notas se apagaban en los dos altavoces esféricos blancos dispuestos a ambos extremos de la habitación, los únicos elementos futuristas que desentonaban con el resto del mobiliario. Mientras se acercaba a su equipo de música francés de gama alta, notó un dolor violento en el vientre y se detuvo un instante con una mueca.

Esa tarde, había vuelto a encontrar sangre en sus deposiciones. Hasta entonces, no le había dicho nada a la enfermera. No tenía ninguna intención de quedarse atrapado durante semanas en el hospital, como había ocurrido la vez anterior. Después de apagar el aparato y las luces, enfiló el largo pasillo que comunicaba con su habitación, al fondo. En público siempre se mostraba enérgico y resuelto, pero en la intimidad de su palacete arrastraba un poco los pies por el suelo del parquet. Cuando se metió en la cama, retrotraído de improviso a la fragilidad de un simple mortal, se preguntó si ese mismo cáncer que había causado la muerte de Anna-Christina y que lo volvía a buscar a él, Zehetmayer, le concedería el tiempo suficiente para saborear la venganza.

 

Kirsten Nigaard miraba escaparates en el centro para matar el tiempo cuando volvió a detectar aquella silueta reflejada en el cristal. Era la cuarta o la quinta vez. El tipo de las gafas… Con ese mechón infantil que le caía encima de los ojos. Aunque le daba la espalda y fingía interesarse en otro escaparate, ella se había percatado de que, de vez en cuando, se volvía para dirigirle una mirada fugaz.

¿Le habría puesto Martin un policía para que la protegiera? En tal caso, se lo habría dicho. Además, ese hombre no parecía un policía, sino más bien un pervertido. Sus ojillos no paraban de moverse detrás de los gruesos cristales de las gafas, como los de uno de esos personajillos, los Minions. Sonrió. Sí, era justo a eso a lo que le recordaba: la estaba siguiendo un Minion.

Kirsten reanudó la marcha por la calle adoquinada y bordeada de tiendas.

Al pasar por delante de otro escaparate, echo un vistazo y lo vio reflejado: a menos de diez metros de ella. Él también había seguido andando. En Toulouse ya era de noche, pero las calles del centro estaban abarrotadas de gente. Aun así, la recorrió un escalofrío. Sabía, por experiencia, que la multitud es una protección débil contra una violación o una agresión. Además, tarde o temprano, el gentío se iría y las calles quedarían vacías. ¿La habría elegido al azar o se trataba de otra cosa?

¿Un depredador sexual? ¿Un tímido enfermizo? O bien… Había otra hipótesis, pero no: era imposible.

Salió a la plaza Wilson y se dirigió hacia una de las terrazas. Se sentó a una mesa y llamó al camarero. Durante un minuto estuvo buscando al tipo con la mirada y creyó que se había esfumado. Pero después lo localizó, sentado en uno de los bancos del centro de la plazoleta, cerca de la fuente. Por encima de los setos que rodeaban la zona ajardinada solo le sobresalía la cabeza. Parecía como si alguien lo hubiera decapitado y hubiera colocado su cabeza encima de un arbusto. La recorrió una oleada glacial. La primera vez que se había percatado de su presencia, había sido mientras comía en la plaza Saint-Georges. Instalado tres mesas más allá, mordía una hamburguesa de queso enorme sin quitarle la vista de encima.

Desvió la mirada un instante cuando el camarero le sirvió la Coca-Cola Zero. Enseguida trató de localizarlo de nuevo. Escrutó el lugar donde lo había visto, pero ya no estaba allí. Paseó la mirada por toda la plaza. Ni rastro. Una sensación tan desagradable como una bocanada de amoníaco le puso en tensión todos los músculos del cuerpo. Maldijo a Servaz, que la había dejado plantada y la había llamado para decirle que no podrían cenar juntos esa noche, pero que al día siguiente iría a despedirse. Notó que se adueñaba de ella una tristeza inusitada. Volvería en taxi y le pediría al conductor que esperara hasta que hubiera entrado en el hotel. No tenía ganas de regresar a pie en una noche así, con aquella sombra pegada a la espalda.

 

Roxane Varin no podía creerse lo que acababa de leer en la carta con membrete oficial que tenía desplegada encima del escritorio. Contra todo pronóstico, la petición de búsqueda de escolarización que había solicitado al Departamento de Enseñanza había dado como resultado un centro: la escuela de primaria de L’Hospitalet-en-Comminges. El director afirmaba que Gustav estaba escolarizado en su centro. Había un número de teléfono, y Roxane lo marcó.

—Jean-Paul Rossignol —contestó el hombre.

—Roxane Varin, de la Brigada de Menores de Toulouse. Llamo por lo de ese niño, Gustav. ¿Está seguro que está matriculado en su escuela?

—Claro que lo estoy. ¿Qué ocurre con ese niño?

—Mejor que no lo hablemos por teléfono. Ya se lo explicaremos… ¿Quién más ha visto la petición, aparte de usted?

—El profesor de Gustav.

—Escúcheme, sobre todo no hable de esto con nadie más. Y transmita esta consigna a su profesor. Es muy importante.

—¿No podría ser un poco…?

—Más tarde —respondió Roxane, y colgó.

Marcó otro número, pero le saltó el contestador. «Por el amor de Dios, Martin, ¿dónde estás?».

 

—Siempre he soñado con visitar Noruega —dijo el tipo que se había sentado a su mesa hacía tres minutos.

Kirsten le correspondió con una sonrisa comedida. Rondaba los cuarenta, llevaba traje y corbata, y estaba casado… según atestiguaba su alianza. Primero se había dirigido a ella desde la mesa de al lado, antes de pedirle permiso para coger su cerveza y sentarse a la suya.

—Los fiordos, los vikingos, el triatlón, todo eso, claro…

Kirsten se tuvo que reprimir para no preguntarle si era cierto que en su país comían ranas y quesos llenos de moho. Si la huelga era efectivamente el deporte nacional. Y si de verdad eran todos unos negados para aprender otros idiomas. Aparte de eso, tenía un físico interesante, particular pero interesante. Quizá podría matar dos pájaros de un tiro: llevarlo a su hotel y disuadir al señor Minion, en caso de que este siguiera tras ella. Aunque no lo tenía claro… El físico no lo era todo, ni siquiera en un rollo de una noche… Además, era otro francés el que le ocupaba el pensamiento desde hacía unos días.

Estaba muy indecisa acerca de lo que debía hacer cuando el teléfono empezó a vibrar encima de la mesa. No se le escapó la expresión irritada del francés. Vaya, vaya, al rey de los clichés noruegos no le gustaban ni la competencia ni los contratiempos.

—Kirsten —dijo.

—Kirsten, soy Roxane —dijo Roxane Varin con su inglés rudimentario—. ¿Sabes dónde está Martin? ¡He encontrado a Gustav!

—What?

 

La luna —que antes vertía su frío resplandor sobre el esqueleto del edificio— había desaparecido detrás de las nubes y había empezado a nevar otra vez. Los copos que descendían en remolino entre los muros del antiguo Instituto Wargnier se incrementaban minuto a minuto. Revoloteaban en medio de los largos pasillos en batallones desordenados y anárquicos, como si no supieran dónde posarse. Secciones de escalera, marcos de puertas metálicas carbonizados y deformados por el incendio, antiguas salas ahora expuestas al viento y enterradas bajo la nieve… Xavier no había olvidado, por lo visto, ningún detalle de la topografía, porque se orientaba sin dificultad por ese laberinto.

—Creo que lo vi —anunció de repente, mientras avanzaban entre dos altos muros.

—¿Cómo?

—A Hirtmann. Creo que lo vi un día.

Servaz se paró.

—¿Dónde?

—En Viena, hace casi dos años. En 2015. A raíz del vigesimotercer Congreso Europeo de Psiquiatría. Asistieron más de mil delegados de la European Psychiatric Association, que cuenta con más de setenta mil miembros.

«Viena…». Servaz tenía la foto en el fondo del bolsillo, esa en la que Gustav aparecía delante de uno de los paisajes más famosos de Austria.

—No sabía que hubiera tantos psiquiatras en Europa —comentó, mientras el rugido del viento cargado de nieve arreciaba entre las ruinas.

Se levantó el cuello del abrigo, para protegerse la nuca de la mordedura glacial del viento.

—La locura campa por todas partes, Martin. Diría incluso que es ella la que gobierna el mundo, ¿no crees? Por más que tratemos de racionalizar y de comprenderlo todo, no hay nada que comprender. El mundo está cada día más loco. Bueno, con más de mil delegados venidos de toda Europa, no era difícil pasar inadvertido.

—¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque creí que habían sido imaginaciones mías, que me había montado una película. Pero cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que era él. Y lo pienso a menudo…

—Cuéntame.

Xavier dio media vuelta y volvieron sobre sus pasos, sorteando montones de escombros y vigas metálicas caídas. Los copos se posaban como caspa encima de sus hombros.

—Estaba esperando que empezara una de las conferencias cuando un individuo me preguntó si podía sentarse a mi lado. Se presentó diciendo que se llamaba Hasanovic. Era muy simpático y no tardamos en intercambiar algunas bromas en inglés, porque la conferencia era más bien aburrida, y el conferenciante, malo. Entonces me propuso ir a tomar un café al bar.

Xavier esperó hasta que hubieron franqueado un montículo de escombros antes de proseguir.

—Entonces me explicó que ejercía como psiquiatra en Sarajevo. Veinte años después del final de la guerra de Bosnia, aún trataba síndromes postraumáticos muy graves. Según él, más del quince por ciento de la población de Bosnia presentaba ese tipo de trastornos y la proporción se elevaba hasta el cincuenta por ciento en determinadas ciudades asediadas durante la guerra. En Sarajevo, la asociación a la que pertenecía proponía terapias de grupo.

—¿Y tú crees que ese tipo era Hirtmann? ¿Qué aspecto tenía?

—Tenía la misma estatura y edad que él. Pero estaba irreconocible, eso sí. El color de los ojos, la forma de la cara, de la nariz, el implante de cabello… incluso la voz. Y llevaba gafas.

Servaz, que se había detenido, trataba de controlar las emociones que lo agitaban.

—¿Había engordado o adelgazado?

—Diría que tendría más o menos la misma corpulencia. Por la noche, coincidimos en una recepción. Iba acompañado de una mujer muy guapa, con mucha clase, y un vestido que atraía todas las miradas. Seguimos hablando de trabajo y, cuando le confié que había dirigido el Instituto Wargnier, enseguida se mostró muy interesado. Hay que tener en cuenta que, con todo lo que pasó, el instituto se ha convertido en una leyenda dentro de la comunidad psiquiátrica… Me dijo que el asunto lo había tenido fascinado durante mucho tiempo y que había reconocido mi nombre, pero que como no sabía si tendría ganas de hablar de ello, se había abstenido de sacarlo a colación…

«Una leyenda… no solo entre los psiquiatras», pensó Servaz, pero no dijo nada.

—Me hizo un montón de preguntas. Sobre los tratamientos, los internos, la seguridad, lo que había ocurrido al final… Y luego pasamos a hablar de Hirtmann, por supuesto…

La voz de Xavier se había vuelto más débil. La luz de su linterna bailaba por las paredes. Sus zapatos producían unos crujidos sordos al aplastar la nieve y Servaz advirtió que tenía los bajos del pantalón blancos. Se acercaban a la salida.

—Y, al cabo de un momento, me di cuenta de que sabía muchos detalles sobre el asunto, no solo sobre lo que había sucedido aquí, sino sobre el propio suizo. No se limitaba a hacer preguntas, sino que expresaba opiniones firmes y demostraba un conocimiento asombroso. Algunos detalles en concreto me llamaron la atención, porque no recordaba que la prensa los hubiera mencionado.

—¿Qué detalles?

—Por ejemplo, sabía qué veía Hirtmann desde la ventana de su celda en el instituto.

—Eso pudo haber salido en la prensa.

—¿Tú crees? ¿Dónde? ¿Y esa información habría llegado hasta un psiquiatra de Bosnia?

—¿Eso es todo?

—No. Me habló con insistencia de ese gran abeto cuya copa veía el suizo desde la ventana, de la simbología de los árboles en general «que establecen una relación entre los tres niveles del Cosmos: el subterráneo, en el que hunden las raíces, la superficie de la tierra y el cielo», del árbol de la vida y del árbol del conocimiento del bien y del mal de la Biblia, del árbol en el que Buda alcanzó la iluminación y también del árbol de muerte de la Cábala. Tenía conocimientos muy específicos sobre todas esas cuestiones relacionadas con la simbología.

—¿Y qué?

—Pues que fue en ese momento cuando caí en la cuenta de que Hirtmann me había hablado un día de todo eso casi en los mismos términos…

Servaz volvió a detenerse. Se estremeció… puede que a causa del frío.

—¿Estás seguro?

—En ese momento estuve seguro, sí. Me quedé de piedra. Y me di cuenta de que mi turbación provocaba un placer malévolo en Hasanovic. Después, ya sabes cómo son estas cosas. Empecé a dudar de lo que había escuchado. Debería haber tomado notas, pero no lo hice. Era una fiesta, por el amor de Dios. Empecé a pensar que quizá la memoria me estaba jugando una mala pasada, que tal vez no había dicho exactamente eso y que era posible que yo estuviera reconstruyendo sus palabras a posteriori. Cuanto más tiempo pasaba, más dudas tenía.

—Deberías habérmelo contado.

—Es posible, sí. Pero ¿de qué habría servido?

Salieron de las ruinas. Para entonces nevaba con mayor intensidad. Los copos caían por millones en la noche, tupidos y mullidos, y la nieve había cubierto de blanco los coches.

—¿Y ahora qué crees? —preguntó Servaz, mientras se dirigía a su vehículo a través de la ventisca.

Xavier se detuvo, lo que lo obligó a volverse.

—Que era él —afirmó el psiquiatra, mirándolo.

—¿No comprobaste si existía un doctor Hasanovic, psiquiatra, en Sarajevo?

—Sí, lo hice. Y existe.

—¿Y qué aspecto tiene?

—No lo sé. No seguí indagando. En ese momento ya me había convencido de que habían sido imaginaciones mías.

—Pero ¿ahora piensas lo contrario?

—Sí.

De repente, el teléfono sonó varias veces en el bolsillo de Servaz: había recuperado la señal. Mientras había estado fuera de cobertura había recibido varias llamadas. Lo sacó. También le habían dejado dos mensajes de voz.

Se le aceleró el pulso.

Eran Kirsten y Roxane.