Noche
28. El chalet
28
El chalet
La carretera serpenteaba por el flanco helado y tornasolado de la montaña, formando un surco profundo en todo aquel blanco inmaculado. Habían dejado los bosques atrás y circulaban por la pendiente lisa, desnuda, cubierta solo de nieve. Servaz estaba tenso. Si seguían así, como una nota de color en ese desierto blanco, iban a delatar su presencia.
En aquella pequeña carretera no había nadie más, aparte de ellos y el Volvo. Vieron que este giraba hacia un pueblo situado en el flanco de la montaña, compuesto tan solo por un hotel, un aserradero abandonado en la entrada, una treintena de casas y algunas tiendas. Después de superar la curva cerrada de la salida del pueblo, Servaz redujo la velocidad bruscamente delante del hotel: el coche se había detenido a menos de trescientos metros, después de otra curva, más amplia, frente a un gran chalet de estilo alpino desde el que se dominaba todo el valle. La carretera se acababa allí.
Servaz aparcó al pie de la terraza desierta del hotel, asentada sobre un muro de contención de piedra que seguía el trazado de la curva. Observaron a las dos personas que bajaban del coche, cuyos alientos se hicieron visibles, livianos como una pluma, delante de sus bocas. El chalet era grande, lujoso, recubierto de madera, provisto de varias terrazas y balcones, como los que se veían a menudo en Megève, Gstaad o Courchevel. Parecía tener capacidad para dar cobijo a numerosas personas, pero por la puerta del garaje, que estaba abierta, Servaz solo vio un coche.
¿Una pareja? ¿Seguro que allí vivía Gustav? ¿Con ese hombre? ¿Y con quién más?
Servaz los vio entrar. Abrió la portezuela del coche.
—¿No te apetece un café? —dijo.
Un momento después, Kirsten y él se sentaban en la terraza del hotel, como un par de turistas en sesión de reconocimiento; él delante de un café doble, y ella, de una Coca-Cola Zero (había tirado los cubitos del vaso como si estuvieran en uno de esos países donde el agua no es potable o se corre riesgo de contraer alguna enfermedad si se consume del grifo). Aunque hacía un frío que pelaba, el sol que resplandecía sobre la nieve los calentaba un poco. Escondido detrás de las gafas oscuras, Servaz examinaba cuidadosamente la casa, pendiente del menor movimiento.
De repente, dirigió una señal a Kirsten, que se volvió. En uno de los balcones había aparecido una mujer alta y rubia, con un jersey de color crudo y un pantalón marrón. Pese a que la distancia les impedía precisar su edad, Servaz calculaba que tendría unos cuarenta y tantos años. Era delgada, esbelta incluso, y llevaba el pelo recogido en una cola.
Cuando el hotelero volvió a salir, pese a que no había otros clientes en la terraza, Servaz le dirigió un ademán para que se les acercara.
—¿Sabe si se alquila ese chalet tan grande de allí?
—No. No lo alquilan. Es de un profesor de la Universidad de Toulouse.
—¿Y viven solo dos personas? —preguntó Servaz haciéndose el sorprendido.
—Tres —precisó el hotelero, sonriendo—. Tienen un hijo. Adoptado. Sí, los hay con dinero…
Servaz dudó si hacer más preguntas. De momento no quería llamar la atención.
—¿Y usted tiene habitaciones disponibles?
—Por supuesto.
—What? —preguntó Kirsten una vez que el hombre se hubo alejado.
Servaz le tradujo la conversación.
Al cabo de una hora, el hombre de la perilla volvió a salir del chalet en compañía de Gustav para llevarlo a la escuela. Por lo visto, el profesor no trabajaba en Toulouse ese día. Llevaban una hora sentados en la terraza. Y les tocaba moverse, si no querían despertar sospechas.
—Vamos a reservar una habitación. Primero iremos a dar una vuelta y volveremos esta noche —dijo en inglés.
—¿Una habitación o dos? —preguntó ella.
La miró. Estaba claro que Kirsten no tenía intención de dar una continuación a lo que había pasado la otra noche. Estaba guapa bajo aquella luz, con su jersey de cuello alto, que le marcaba el pecho, y las gafas de sol, que le ocultaban el rostro. De repente, sintió una leve punzada en el estómago. No sabía qué había ocurrido exactamente entre ellos y menos aún lo que iba a pasar a partir de ahora. Le costaba interpretar lo que pensaba. ¿Lo de la noche anterior habría sido una consecuencia de la subida de adrenalina y del miedo? ¿Habría sido todo un mero fruto de la necesidad que experimentaba de tener a alguien en su cama en ese momento? Acababa de dejar muy clara su intención de no ir más allá.
Por el momento, decidió dejar en suspenso la cuestión.
—¿Todas las armas de la Policía Judicial? —repitió Stehlin con incredulidad.
—Eso es.
—¿Y el juez Desgranges lo ha autorizado?
—Sí.
El director de la Policía Judicial se llevó la taza de café a los labios para disponer de un tiempo para pensar.
—¿Quién se va a encargar del análisis balístico? —preguntó.
—¿Tiene algún inconveniente al respecto? —contestó Rimbaud.
—No, pero sí algunas preguntas. ¿Cómo van a hacerlo? ¿Van a poner todas las armas al mismo tiempo en un camión blindado? ¿Van a enviarlas a Burdeos? ¿Van a transportarlas por la autopista? ¿En serio?
Rimbaud se removió en el asiento y se inclinó hacia el escritorio imponente de su interlocutor.
—No vamos a desarmar a todos sus hombres al mismo tiempo, y las armas no van a salir de esta comisaría. El análisis se llevará a cabo aquí mismo, en su laboratorio… bajo nuestra supervisión.
—¿Por qué la Policía Judicial? ¿Por qué no la gendarmería o el cuerpo de Seguridad Pública? ¿Qué le lleva a pensar que el culpable se encuentra aquí? Yo no creo que ninguno de mis hombres pueda estar implicado en esto —afirmó Stehlin, pese a que en su pensamiento Servaz hizo una aparición fulgurante.
—En el ajedrez, los alfiles son los que están más cerca de los reyes —contestó Rimbaud, sibilino.
Habían pasado la tarde paseando por L’Hospitalet y Saint-Martin, barajando diferentes hipótesis, tomando tantos cafés que Servaz empezaba a sentir náuseas. En cuanto empezó a anochecer, regresaron al hotel y, con el pretexto de que estaban cansados, se encerraron en la habitación. Había dos camas, una grande y una más pequeña, cosa que ambos interpretaron como una señal. Servaz no había querido llamar la atención pidiendo dos habitaciones. Estaba dispuesto a dormir en el sillón si había uno, pero aquello zanjó la cuestión.
El problema estaba en que no habían previsto encontrarse en una misma habitación de hotel después de la noche anterior y que el hecho de verse forzados a ello por los acontecimientos hacía que la situación fuera aún más embarazosa. Notaba que Kirsten se sentía igual de incómoda que él. Cada movimiento que hacía en ese espacio reducido parecía casi tan controlado como el de un astronauta a bordo de la Estación Espacial Internacional. Aparte, solo había una ventana, una circunstancia que los obligaba a rozarse y a estar tan cerca que él casi percibía el calor que irradiaba el cuerpo de ella, al igual que el perfume que emanaba de su cuello y sus muñecas.
Durante el paseo, Servaz había obtenido la confirmación del número de la matrícula y más información sobre la pareja: Roland y Aurore Labarthe, cuarenta y ocho y cuarenta y dos años. Oficialmente sin hijos. Según Espérandieu, él enseñaba psicología intercultural y psicopatología en la Universidad Jean-Jaurès de Toulouse y ella no tenía una profesión conocida. Iban a tener que investigar la adopción, ficticia o real, de Gustav. ¿En qué condiciones se había producido? ¿Dónde estaban los papeles? ¿Qué sabían el alcalde y las autoridades escolares de su situación? ¿Era posible, en el año 2016, tener en casa a un niño que no fuera hijo de uno? Probablemente sí. Durante cierto tiempo por lo menos. El caos planetario y las complejidades de la administración abandonaban a amplios segmentos de la sociedad a la arbitrariedad y la ausencia de controles.
Fuera, la noche se abatía con rapidez sobre la montaña de hielo. Las tinieblas se instalaban tanto en las hondonadas como en las cumbres y allí, en el espacioso chalet, se habían encendido varias luces. Sin embargo, Labarthe y Gustav aún no habían vuelto. De vez en cuando, percibían la silueta altiva y esbelta de la dueña de la casa, que pasaba de una habitación a otra, a veces con un teléfono pegado a la oreja o escribiendo mensajes en el aparato. Servaz pensó que debería pedir una orden al juez para realizar escuchas. Después, de repente, vieron pasar el Volvo bajo la ventana, circulando despacio sobre las rodadas blancas de la calzada nevada; no lo habían oído llegar. Las luces traseras, semejantes a dos ojos rojos e incandescentes, se alejaron hacia el chalet y la rubia apareció en el umbral, muy sonriente, iluminada por los faros. Recibió a Gustav cogiéndolo en brazos y, después de llevarlo al interior, dio un beso a su marido. Servaz tuvo la impresión de que su lenguaje corporal tenía algo artificial y forzado. Le tendió a Kirsten los prismáticos, que había cogido de la guantera.
A través de estos, Aurore Labarthe se definía con mayor claridad. Era una mujer dominante. Guapa pero de una belleza mundana, gélida, con la nariz un poco larga, los labios delgados, cuello de cisne y la piel de una palidez extrema. Calculó que debía de medir un metro setenta y cinco por lo menos, o incluso más. De silueta atlética pero enjuta. Se había puesto una especie de toga larga de color crudo que le llegaba hasta los tobillos y que le daba un aspecto de vestal romana. Servaz advirtió que iba descalza, incluso cuando salió al escalón de la puerta de madera, en el que aún había restos de nieve. En sus facciones, su mirada y su actitud veía algo que le producía un profundo desasosiego. Se le ocurrió pensar que, en lugar de Aurore, podría haberse llamado «Sombra» o «Noche».
—Look —dijo de pronto Kirsten, a su lado.
Tenía el portátil encima de las rodillas y consultaba internet desde hacía un rato. Encaró la pantalla hacia él. Servaz vio una página web de venta de libros en línea. En todas las cubiertas aparecía el nombre de Roland Labarthe. Leyó los títulos. Sade, la liberación a través del encierro, Haz lo que quieras: de Thélème de Rabelais a Alistair Crowley, Elogio del mal y de la libertad, El jardín de las delicias: de Sacher-Masoch al BDSM. Entonces, detuvo la mirada en el quinto título.
Julian Hirtmann o el complejo de Prometeo.
Se estremeció al recordar una frase: «Los demonios son malvados y poderosos». ¿Dónde la había leído? Ahí estaba la conexión… Dejando al margen el carácter rimbombante de los títulos, lógico viniendo de un profesor de universidad, estos establecían un vínculo directo entre los dos hombres. El suizo había sido objeto de estudio para Labarthe. ¿Aquella curiosidad intelectual había llegado hasta el extremo de la fascinación? ¿Hasta la complicidad? Todo indicaba que tenía la prueba delante de sus ojos. Servaz no ignoraba que Hirtmann poseía cierto número de fans en internet, ese invento maravilloso que había transformado la faz del mundo… que permitía que el Dáesh corrompiera cerebros frágiles con sus ideas mortíferas, que unos chavales acosaran a otros hasta incitarlos al suicidio, que los pedófilos tuvieran acceso a fotos de niños desnudos, que millones de individuos descargaran su odio contra otros al amparo del anonimato…
Tenía que conseguir ese libro. El complejo de Prometeo… Servaz conservaba recuerdos vagos de las clases de filosofía a las que había asistido en aquellos tiempos remotos en que quería ser escritor y estudiaba literatura moderna. El complejo de Prometeo figuraba en una obra de Gaston Bachelard, Psicoanálisis del fuego. A pesar de todo el tiempo que había pasado, creía recordar que, según Bachelard, para conquistar el fuego, es decir el conocimiento y la sexualidad, el pequeño Prometeo debía vulnerar la autoridad paternal que le prohibía tocarlo; el complejo de Prometeo describía la tendencia que tienen los hijos a querer rivalizar en inteligencia y conocimientos con sus padres, a querer saber tanto o más que ellos. Era algo por el estilo… ¿Acaso habría descubierto Labarthe algún detalle del pasado del suizo? ¿Habría sido este el que se habría puesto en contacto con el profesor universitario después de leer el libro que lo había consagrado?
Miró por la ventana.
Había anochecido por completo. Solo la nieve azulada emergía de las tinieblas como una sábana que cubre los muebles de una habitación a oscuras. Las ventanas del chalet eran un derroche de luz. De pronto, Servaz vio que Gustav se acercaba a una de ellas y pegaba la cara al cristal para mirar fuera. Gracias al objetivo de los prismáticos, vio que el niño estaba en pijama. Parecía absorto en su propio mundo. Por un breve instante, reparó sin querer en la carita fatigada y triste… y sintió como si se le abriera un abismo en el estómago. Desvió la mirada. ¿Existía la más ínfima probabilidad de que estuviera observando a su hijo? Aquella perspectiva le causaba pavor. ¿Qué ocurriría si se confirmaba que lo era? Él no quería tener un hijo no deseado. Se negaba a asumir esa responsabilidad. Su hijo… que vivía con ese intelectual obsesionado por la transgresión y su mujer, fría como un témpano. No, era absurdo.
—Tenemos que conseguir su ADN —dijo, y se volvió hacia Kirsten.
Ella asintió, sin preguntar el ADN de quién. Sabía qué estaba pensando.
—En la escuela deben de tener objetos suyos —apuntó.
—No, es demasiado arriesgado —declinó él—. ¿Y si hablan con los Labarthe? No, no podemos correr ese riesgo.
—¿Qué vamos a hacer entonces?
—No lo sé. Pero tenemos que conseguirlo de alguna manera.
—Quieres saber si eres su padre, ¿verdad?
Servaz no respondió. El teléfono de Kirsten sonó en su bolsillo. Los primeros acordes de Sweet Child of Mine, de Guns N’ Roses. La noruega deslizó el icono del botón verde de su Samsung hacia la derecha.
—¿Kasper?
—Quería saber si hay noticias —dijo el policía de Bergen—. ¿Alguna novedad?
Eran las 18.12 horas cuando, en la sede de la Policía Judicial de Toulouse, Samira Cheung entregó su Sig Sauer a Rimbaud. Ese día llevaba una camiseta con el emblema de los Misfits, un grupo de horror punk que se había disuelto hacía tiempo, y dos nuevos piercings: dos aros de acero negro pequeños, uno en la aleta izquierda de la nariz y el otro en el labio inferior.
—¿Son imaginaciones mías o aquí huele a rata muerta? —dijo Cheung.
—Debe de haber subido de las cloacas —comentó Espérandieu, y sacó su arma del cajón.
—Están hechos unos poetas, ¿eh? —contestó Rimbaud.
—Ah, es verdad, que, con semejante apellido, usted debe de entender de poesía, comisario.
—Cheung, no se pase. Es solo una verificación rutinaria. Yo no tengo nada contra usted. Es una buena policía.
—¿Y qué sabe usted del oficio de policía? A ver, tenga cuidado con eso, comisario —añadió cuando él se alejaba ya con las armas—. No son juguetes, podría hacerse daño.
—¿Dónde está Servaz? —preguntó Rimbaud, haciendo como si no la hubiera oído.
—No lo sé. ¿Tú lo sabes, Vincent?
—No tengo ni idea.
—Cuando lo vean, díganle que también necesito su arma.
Samira soltó una sonora carcajada.
—Martin no acertaría a darle ni a la estrella negra aunque la tuviera delante. Sus resultados en las prácticas de tiro son de risa. Sería capaz de dispararse una bala en el pie.
Más tarde, Rimbaud lamentó haber dicho aquello, pero, como le ocurría a menudo, en ese momento no pudo reprimirse:
—Posiblemente es eso lo que ha hecho —contestó antes de salir.
A las 18.19 horas, Servaz colgó el teléfono.
—Tengo que ir al coche —dijo—. Ahora vuelvo.
—¿Qué pasa?
—Nada. Necesito fumar. Y tengo un paquete de tabaco en el coche.
Lo había invadido un nerviosismo repentino. Samira acababa de llamar, iban a examinar todas las armas. Él no tenía ningún motivo para inquietarse, porque en ningún momento se había separado de la suya.
Al salir del hotel, recibió la bofetada del viento glacial que se había levantado. Las ráfagas hacían restallar las banderas —presentes, sin duda, para pregonar las aspiraciones internacionales del establecimiento a pesar de la decrepitud de las instalaciones— y le traspasaban el jersey, demasiado fino. Debería haberse puesto el abrigo. Una racha violenta lo empujó hacia la entrada del hotel, pero siguió caminando sobre la nieve en dirección a los escalones que conducían a la carretera desde el borde de la terraza. Levantó la vista y los vio. Labarthe y Gustav. Habían salido y caminaban en medio del viento, reían. Se dirigían al hotel o, lo que era lo mismo, hacia él.
«Mierda».
No podía desandar sus pasos. No quería que Labarthe le viera la cara de cerca, porque eso complicaría toda vigilancia posterior. Bajó con precaución los escalones nevados y abrió la portezuela del lado del acompañante y luego la guantera. El paquete seguía allí. Levantó la cabeza y alargó el cuello para ver por encima del muro de piedra. Labarthe y Gustav subían a la terraza por otro tramo de escaleras. Enseguida se volvió a agachar fingiendo buscar algo en el coche. Cuando se incorporó, habían desaparecido en el interior del establecimiento.
Las ráfagas gélidas lo traspasaban. Levantó la cabeza, temblando. El corazón le dio un vuelco peligroso cuando vio a Aurore Labarthe en el balcón, observando el hotel. ¡Mierda! ¿Se habría percatado de su pantomima? Al igual que su marido, debía de estar prevenida. No podía quedarse más tiempo allí… Iba a tener que pasar cerca de ellos, porque la recepción del hotel, situada al lado del bar, era minúscula y el ascensor, del tamaño de una caja de cerillas, se encontraba justo al lado.
Lanzó una mirada furtiva a la silueta que se perfilaba allá arriba. ¿Estaría mirándolo? ¿O tal vez vigilaba el hotel? Volvió a subir la escalera, cruzó la terraza con paso indeciso… Labarthe y Gustav le daban la espalda; Labarthe hablaba con el hotelero, que le tendía algo.
—Gracias, esto va a sacarnos del apuro —decía—. ¿Cuánto le debo?
Estaba rebuscando en la cartera. Servaz entró en el vestíbulo. Gustav debió de oír sus pasos en la nieve, porque se volvió. Y se quedó mirándolo con sus ojos claros de niño. Servaz tuvo la impresión de que le vaciaban las entrañas. Empezó a darle vueltas la cabeza. El chiquillo seguía sin apartar la vista de él.
«Eres mi hijo, ¿verdad?».
El niño no respondió.
«Eres mi hijo, lo sé».
Negó con la cabeza. Espantó al fantasma. Pasó delante de ellos. Y Labarthe giró la cabeza cuando estuvo a su altura.
—Buenas noches.
—Buenas noches —contestó Servaz.
El hotelero lo miraba, Labarthe lo miraba, el niño lo miraba. Apretó el botón del ascensor, resistiendo la tentación de volverse.
—Perdone —dijo Labarthe a su espalda.
¿Le hablaba a él o al hotelero?
—Perdone.
Esa vez no cabía duda: la voz había sonado detrás de él. Se volvió por fin. Labarthe lo miraba.
«¿Le gustó la tortura, Servaz, le gustó el dolor?».
—¿Sí?
—Me parece que se ha dejado las luces del coche encendidas —repitió el profesor de universidad.
—¡Vaya!
Le dio las gracias y regresó al vehículo. Aurore Labarthe había entrado en el chalet. Y Servaz subió de nuevo a la habitación.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Kirsten.
—Nada. Me he cruzado con Labarthe. Y con Gustav. Abajo, en el vestíbulo.
Zehetmayer estaba sentado en uno de esos cafés vieneses que no parecen haber cambiado nada desde que Stefan Zweig los describió en El mundo de ayer, poco antes de quitarse la vida. Aquellos cafés que constituían, a ojos del director de orquesta, uno de los escasos vestigios de la Viena de antaño, la que amaba el teatro, la literatura y las bellas artes; unos cafés que, en su opinión, antes animaban conversaciones de mucho más nivel que las de hoy en día.
¿Qué quedaba en realidad de todo aquello? ¿Qué quedaba de los judíos que habían hecho famosa a aquella ciudad? Los Mahler, Schoenberg, Strauss, Hofmannsthal, Schnitzler, Beer-Hofmann, Reinhardt, Altenberg, Zweig… e incluso Freud, ese fisgón de intimidades.
Sentado en un sofá al fondo de la antigua galería del café Landtmann (por nada del mundo se habría sentado fuera, en la galería nueva y acristalada, entre todos los turistas), el director de orquesta cenaba un filete mientras leía el Krone y dirigía de vez en cuando una mirada a través de las pesadas cortinas hacia la plaza del ayuntamiento, que iba cubriéndose de una capa blanca. Un poco antes, había captado su reflejo en un espejo; tenía el aspecto de lo que era: un viejo de piel macilenta, plagada de manchas, con una mirada llena de maldad, pero con una prestancia indiscutible bajo su abrigo de cuello de nutria. Las primeras notas de la Danza húngara n.º 1 de Brahms resonaron en el bolsillo derecho de su gabán. Todos sus contactos importantes tenían asignada una música específica. Aquella correspondía a uno de extrema importancia.
—¿Diga? —se limitó a contestar.
—Han encontrado al niño —anunció la voz en el otro lado de la línea.
—¿Dónde?
—En un pueblecito de los Pirineos.
—¿Y a él?
—Aún no, pero tarde o temprano se dejará ver.
—«El que camina sobre la nieve no puede ocultar su rastro» —sentenció Zehetmayer, citando un proverbio chino—. Buen trabajo.
Por toda respuesta, oyó el tono de la línea: la buena educación había quedado también relegada al pasado. Quizá había llegado el momento de llamar al otro número, el que había conseguido cuando enseñaba música a los presos. Los ayudaba a «evadirse» gracias a Mahler. A fin de cuentas, eso mismo hacía él: evadirse a través de la música de ese mundo moderno que aborrecía.