Noche
Gustav
26
Contactos
Había reculado hacia la cama y se había tendido en ella, manteniendo los pies bien apoyados en el suelo, con las rodillas flexionadas. Luego acabó de abrirse el batín.
La única luz que iluminaba la habitación procedía de la lámpara de la mesita de noche, que dejaba los rincones sumidos en una sombra profunda, donde los fantasmas de su vida se agazapaban. La noche los envolvía. Vio el resplandor de la lámpara reflejado en los ojos de Servaz, en los que ya no había ningún rastro de inocencia cuando se acercó a ella. Se quitó la chaqueta y se desabotonó la camisa. Ella oía la lluvia, que golpeaba el cristal. Notó que por la corredera que había dejado entreabierta se colaba una brisa húmeda que estremecía las sábanas y su piel. En el momento en que iba a inclinarse sobre ella, Kirsten levantó la pierna derecha y se lo impidió apoyándole el pie en el pecho.
Él le acarició la pantorrilla, después el tobillo y prolongó el suave contacto hasta el talón y los dedos. Sin apartar la mirada de Servaz, le deslizó el pie descalzo por el torso, entre la camisa abierta. Continuó bajando y, tras franquear la hebilla del cinturón, le acarició el sexo hinchado, por encima de la tela del pantalón.
En cuanto volvió a posarlo en el suelo, él se le echó encima. Kirsten lo besó al tiempo que le desabrochaba el cinturón y bajaba la cremallera.
Presionándole un pezón entre los labios, él le deslizó una mano entre los muslos y descubrió su calor. Se humedeció casi de forma instantánea. Eso lo excitó aún más, pero contuvo las ganas de penetrarla, se lamió los dedos y continuó. Kirsten gimió, se retorció en la cama… como si quisiera ofrecerse más todavía y a la vez rechazarlo. Servaz siguió acariciándola y después profundizó mucho más.
En ese momento, ella se retorcía emitiendo unos gritos prolongados, a veces roncos a veces agudos. El sexo le rezumaba. Continuaron así por toda la cama, perdieron la noción del espacio: ella intentaba escapar a sus caricias mientras que al mismo tiempo las acogía, se frotaba, empujaba los dedos de él hacia adentro y luego se apartaba, hasta que lo atrajo hacia ella para que la penetrara. Pegó el pubis al suyo y, muy pronto, empezó a dictarle el ritmo, un ritmo rápido, frenético, mientras le clavaba las uñas largas en los hombros y los costados. Volvió a lamerle y a mordisquearle la oreja, y él notó que su erección se incrementaba. Después, lo mordió de verdad. Primero en la oreja, en el lóbulo —provocándole una punzada de dolor—, y después en el hombro. Kirsten había abierto los ojos justo antes. Con una mirada sombría, salvaje, lo escrutaba, desafiante, con curiosidad. Él la inmovilizó sobre el colchón y se hundió en ella todo lo que pudo. Ella siguió imprimiendo un ritmo furioso a su vaivén, aceleró incluso, con una mano apoyada en la nalga, buscando el placer; un ritmo casi demasiado rápido para él, que le arrebataba parte de sus sensaciones, pero ella ya no parecía dispuesta a parar hasta el orgasmo… que la levantó y la arqueó en la cama, y le arrancó un quejido largo y agudo, con los ojos cerrados y la boca tensa.
Cambiaron de postura y ella se tumbó encima de él, con los pechos sobre el torso de él. Servaz sintió su calor y su humedad, al igual que el contacto del pubis, que frotaba contra el suyo, cuando la volvió a penetrar. Era de una ligereza sorprendente. Flexible y ligera. Le acarició los pechos cuando se irguió para cabalgar encima de él, con las rodillas apoyadas en las sábanas. Tenía un tatuaje que le iba de la ingle a la cadera, era una frase, en noruego probablemente… y también había unos números.
Kirsten Nigaard escondía su verdadero carácter bajo una coraza de severidad. El tópico habitual del fuego bajo el hielo. No obstante, Servaz consideraba que a él no lo había engañado en ningún momento. Desde el principio, había percibido su naturaleza ardiente. Aunque había algo que no cambiaba, en todo caso: en la cama también le gustaba tener el control.
Kirsten se despertó a las seis de la mañana y se quedó mirando a Servaz, que dormía. Curiosamente, después de los sucesos de la noche anterior, se sentía descansada. Se puso un culote de algodón que llevaba estampado el nombre de un grupo de música noruego, una camiseta y un chándal para hacer footing y, una vez fuera, empezó a correr por el pequeño parque que rodeaba el hotel. Le dio la vuelta en cinco minutos. Luego repitió el circuito media docena de veces, por el sendero de grava cubierto de nieve, sin alejarse en ningún momento.
El aire glacial le quemaba los pulmones, pero se sentía bien. Se detuvo cerca de un banco y de la estatua de un fauno para realizar los estiramientos, con la mirada fija en los Pirineos, cuyas cumbres empezaban a iluminarse con el amanecer. Echaba de menos el boxeo. Era su válvula de escape, lo que le garantizaba el equilibrio. Lanzando puñetazos contra un saco o a un sparring descargaba las frustraciones del trabajo. En cuanto regresara a Oslo, volvería al gimnasio. Durante unos segundos el recuerdo de unos lavabos de señoras oscuros con un cubo y una fregona en medio del pasillo le cruzó la mente, pero lo descartó y se concentró en lo que tenían por delante.
Servaz se despertó a las seis y media y descubrió que la cama estaba vacía. Las sábanas conservaban la huella y el olor de Kirsten. Aguzó el oído, pero la habitación, así como el cuarto de baño, estaba en silencio. Dedujo que no había querido despertarlo y que había bajado a desayunar. Servaz se levantó, se vistió y volvió a su habitación.
Bajo la ducha, rememoró la noche anterior. Después de hacer el amor, habían charlado, a ratos en el balcón, donde habían compartido un cigarrillo, a ratos en la cama, y al final él le había hablado de la que podía ser la madre de Gustav. Entonces ella le había hecho muchas preguntas sobre lo que había ocurrido en Marsac, sobre Marianne, sobre su pasado. Él se había confiado a ella como pocas veces lo había hecho desde los terribles sucesos de Marsac, y ella lo había escuchado, observándolo con tranquilidad e indulgencia. Martin le agradeció que no mostrara lástima y, por su parte, evitó cualquier actitud autocompasiva. Al fin y al cabo, ella también debía de tener sus propios problemas. ¿Y quién no? Después se acordó de la pregunta que le había hecho. Era inteligente. Había dado en el clavo casi de inmediato. La pregunta en torno a la cual giraba desde hacía días sin atreverse a formularla: «Entonces, ¿podría ser tu hijo?».
Después de cambiarse de ropa, bajó en el ascensor hasta la planta baja. Al entrar en la sala donde servían el desayuno, la buscó con la mirada, pero no la vio. No podía haber ido muy lejos. Sintió la punzada agridulce de una leve decepción, que ahuyentó para dirigirse al bufet y a los dispensadores de café y té.
Una vez sentado, sacó el teléfono y llamó a Margot.
Saltó el contestador.
Abrió la puerta de su cuarto con la tarjeta electrónica y se sorprendió al encontrar la cama vacía.
—¿Martin?
Nadie contestó. Había vuelto a su habitación, supuso, con una ligera punzada en el estómago. Prefirió no pensar en eso y se desvistió rápidamente para meterse a la ducha. Empezaba a tener un hambre voraz.
Al entrar en el cuarto de baño, descubrió que ni siquiera se había duchado allí: las toallas estaban dobladas en su sitio, y la bañera, intacta y seca. El dolor se hizo notar de nuevo, un poco más fuerte esta vez. Se habían acostado juntos, muy bien. Habían pasado un rato agradable, pero la cosa no iría más allá. No iban a conocerse más: ese era el mensaje que le había dejado.
Observó su rostro en el gran espejo que había encima del lavabo.
—Bueno —dijo en voz alta—, era de esperar, ¿no?
Al entrar en la sala en la que servían el desayuno, lo vio sentado solo a una mesa y se dirigió hacia allí.
—Hola —saludó, al tiempo que cogía una taza—. ¿Has dormido bien?
—Sí. ¿Y tú? ¿Dónde estabas?
—Corriendo —respondió, antes de ir hacia la cafetera.
Servaz la miró mientras se alejaba. Su diálogo había sido breve y desprovisto de calidez. No hacía falta que ella se lo dijera más claro: lo que había sucedido la noche anterior no debía ponerse sobre el tapete. Sintió una frustración intensa. Tenía la intención de decirle lo bien que le había sentado hablar con ella, que hacía tiempo que no estaba tan a gusto con nadie. Esa clase de cosas que se dicen a veces… Sin insistir. Ahora se sentía como un idiota. «Bueno —pensó—. Volvemos al trabajo. A guardar las distancias».
Kirsten devoró unas tostadas con mermelada, salchichas y huevos revueltos, se bebió un café largo y dos vasos grandes de zumo de naranja llenos a rebosar, de acuerdo con la costumbre de Noruega, donde el desayuno era la comida más copiosa del día. Servaz, mientras tanto, se conformó con un expreso, medio cruasán y un vaso de agua.
—No comes mucho —señaló ella.
Esperaba que le contestara con uno de esos dichosos clichés sobre la corpulencia de leñadores de los noruegos, como el cretino que la había abordado en la plaza Wilson, pero se limitó a sonreír.
—Uno piensa peor con la barriga llena —acabó diciendo.
Ella no sabía que cuando hablaban de comida delante de él, algunas veces todavía pensaba en aquella cena sublime, regada con vinos de primera, pero envenenada, que le había servido un día un juez.
L’Hospitalet era un pueblo encaramado en una colina en medio de un imponente decorado de montaña, a escasa distancia de la frontera con España. Tuvieron que ascender por una serie de curvas en zigzag por la ladera de un valle profundo cubierto de un denso bosque, superar un collado a casi mil ochocientos metros de altura, pasar por unos abetales negros y ventosos, donde, espantadas por el ruido del coche, las cornejas atravesaron la bruma con unos graznidos que parecían profecías lúgubres. La carretera, estrecha y sinuosa, tan pronto estaba bordeada de parapetos de piedra como rozaba el vacío, sin ninguna barrera que pudiera contener un vehículo que hubiera perdido de improviso el control.
Franquearon la montaña y, cuando llegaron al otro lado, descubrieron el campanario de una iglesia y los tejados del pueblo, apiñados unos contra otros un poco más abajo, en un decorado blanco y luminoso, como un rebaño de ovejas que buscara un poco de calor en la proximidad de sus congéneres.
El pueblo les pareció, de entrada, monacal, triste y hostil para los forasteros. Las callejuelas, estrechas y escarpadas —con las casas dispuestas a lo largo de la pendiente—, no debían de recibir el sol más de unas cuantas horas al día. No obstante, llegaron a una plaza como tantas otras, con un monumento a los caídos en el centro, pero aun así resultaba agradable con una parcela de plátanos sin hojas y, sobre todo, un mirador que ofrecía un panorama extraordinario. Con el cielo despejado, libre ya de nubes, la vista se extendía hasta lo lejos y abarcaba la confluencia de los tres valles, donde se distinguían las calles y los tejados de Saint-Martin-de-Comminges. El ayuntamiento, gris y sencillo, disponía con todo de aquella vista magnífica.
Bajaron con el sonido de portazos entre corrientes de aire heladas. Ni uno ni otro habían hablado durante el trayecto. Cada cual se había parapetado en su silencio y encerrado en el recuerdo de la noche, pero, desde que habían dejado atrás el cartel de la entrada del pueblo, Servaz solo pensaba en una cosa: Gustav.
Miró a su alrededor, como si el niño fuera a aparecer en cualquier momento. No había ni un alma. En la plaza, vieron también el atrio de una iglesia románica, como las que abundaban en los pueblos del lado de España. El policía observó un instante el pórtico ornamentado con un tímpano de motivos arcaicos: el Creador rodeado del sol, la luna y los símbolos de los evangelistas. Al lado de la iglesia había una panadería y una barbería; esta hizo que Servaz se cuestionara de dónde saldría la clientela en un pueblo como aquel.
Después de subir los dos tramos de escalones del ayuntamiento, bajo una bandera francesa que había perdido el color, trató de abrir la puerta de cristal, pero estaba cerrada. Llamó y no obtuvo respuesta. Alguien había quitado mal que bien la nieve de los escalones, así que pisó con precaución mientras bajaba, para no resbalar.
No obstante, en la esquina de la plaza, en la boca de una callejuela estrecha y curvada, un cartel indicaba: «ESCUELA PRIMARIA PASTEUR».
Servaz miró a Kirsten, que asintió con la cabeza, y se pusieron en marcha; bajaron con prudencia por la pendiente abrupta y resbaladiza. En la primera planta advirtió una cortina que se corría, pero no vio a nadie detrás, como si el pueblo estuviera habitado por fantasmas.
Tras la curva, descubrieron el patio de la escuela. Situado un poco más abajo, disfrutaba, como el mirador de la plaza, de una vista maravillosa sobre el valle. Otro lugar que evocaba la infancia, con el patio, el tejadillo y la campanilla oxidada cerca de la entrada. Servaz notó que se le encogía el corazón.
Era la hora del recreo, y los niños corrían, se empujaban y gritaban contentos alrededor del único plátano del patio. Las raíces del viejo árbol habían levantado el asfalto y, también allí, alguien había quitado la nieve y la había acumulado en los rincones. Cerca de la pared vio a un hombre que vigilaba a los niños. Llevaba una bata gris y gafas. Había algo extrañamente anacrónico en aquella estampa, como si hubieran retrocedido cien años en el tiempo.
Servaz se detuvo de repente, con la impresión de haber recibido un puñetazo en plena cara.
Kirsten, que había seguido bajando, se detuvo también y se volvió a mirarlo. Lo vio inmóvil, con una nube de vaho delante de la boca abierta. Descifró su gesto y dio media vuelta para dirigir la vista hacia donde miraba él, hacia el patio de recreo. Buscando lo que él había visto.
Entonces lo comprendió.
Estaba allí.
«Gustav».
El niño rubio. Entre los otros chiquillos. El pequeño de la foto. El que tal vez fuera su hijo.