Noche
27. Una aparición
27
Una aparición
—Martin.
—…
—¡Martin!
Le hablaban en voz baja, suave, imperiosa. Había abierto los ojos.
—¿Papá?
—Levántate —había dicho su padre—. Ven conmigo.
—¿Qué hora es?
Su padre tan solo sonrió, de pie junto a su cama. Se había incorporado, medio dormido y alelado, con su pijama azul, y había posado los pies descalzos en las baldosas frías.
—Sígueme.
Lo había seguido por la casa en silencio: el pasillo, la escalera, la sala de estar inundada de luz, la del amanecer, cuyos rayos entraban a raudales por las ventanas sin cortinas de la fachada este. Había echado un vistazo al reloj de pared. ¡Las cinco de la madrugada! Tenía un sueño terrible. Lo único que quería era volver a la cama y dormir. No tardaría ni tres segundos en conciliar el sueño. Aun así, había seguido a su padre hasta afuera porque jamás se habría atrevido a desobedecerle. En aquella época, no se desobedecía. Además, también lo hacía porque lo quería. Más que a nadie en el mundo. Aparte de a su madre, quizá.
Fuera, el sol coronaba la colina, a quinientos metros de allí. Era verano. Todo estaba completamente inmóvil, incluso los trigales maduros. Tampoco se percibía ni el más mínimo estremecimiento en las hojas dentadas de los robles. Parpadeó al mirar los rayos de sol que inundaban el campo a su alrededor. Los cantos de los pájaros presidían la quietud de la mañana.
—¿Qué pasa? —había preguntado.
—Esto —había respondido su padre, abarcando el paisaje con un gesto amplio.
No lo había entendido.
—¿Papá?
—¿Qué, muchacho?
—¿Dónde tengo que mirar?
—A todas partes, hijo —había contestado, con una sonrisa.
Después le había alborotado el pelo.
—Solo quería que vieras esto una vez en tu vida: la salida del sol, el amanecer, la mañana…
Había captado la emoción que impregnaba la voz de su padre.
—Mi vida acaba de empezar, papá.
Su padre lo había mirado sonriendo y le había apoyado una mano en el hombro.
—Tengo un hijo muy inteligente —había dicho—. De todas formas, a veces hay que olvidar la inteligencia y dejar hablar a los sentidos, al corazón.
Por aquel entonces era demasiado pequeño para comprenderlo, pero ahora sí lo entendía. Después había ocurrido algo: en la falda de la colina había aparecido una cierva. Con paso lento, silencioso, precavido, como una aparición. Una aparición magnífica, frágil, noble. Había salido del bosque al descampado, había estirado el cuello con prudencia. El pequeño Martin nunca había visto nada tan hermoso. Era como si la naturaleza en pleno contuviera el aliento. Como si fuera a ocurrir algo que haría añicos aquella magia. Servaz se acordaba de que el corazón le latía como un tambor.
Y, de hecho, había ocurrido algo. Un chasquido seco. En un primer momento no comprendió qué era, aunque sí vio que la cierva se quedó paralizada y luego cayó abatida.
—Papá, ¿qué pasa?
—Volvamos —había dicho su padre con un asomo de cólera en la voz.
—¿Papá? ¿Qué ha sido ese ruido?
—Nada. Ven.
Aquel fue el primer disparo que oyó, pero no el último.
—Está muerta, ¿verdad? La han matado.
—¿Estás llorando, hijo? Vamos, ven. No llores. Ven. Ya ha pasado. Ya ha pasado.
Tenía ganas de correr hacia la cierva, pero su padre lo había cogido del brazo. Entonces, en la falda de la colina, vio a unos hombres que salían del bosque, con las escopetas colgadas del hombro, y lo inundó un sentimiento de rabia.
—¡Papá, ¿tienen derecho a hacer eso?! —gritó—. ¡¿Tienen derecho?!
—Sí. Tienen derecho. Ven, Martin. Volvamos.
Volvió a la realidad, plantado en medio de la calle. Kirsten tenía la mirada posada en él. «Y Hirtmann —se preguntó—, ¿qué le enseña él a su hijo? ¿O al mío?».
Kirsten contuvo la respiración, con la sensación de que el tiempo había quedado en suspenso. Los segundos discurrían con una lentitud fuera de lo normal. Los gritos de los niños traspasaban el aire frío como trozos de cristal, en el patio de aquella escuela que parecía el único sitio vivo en aquel pueblo muerto. Nada se movía a su alrededor… con excepción de aquel patio pequeño y de un coche que circulaba lejos, en el valle, como una hormiga en la carretera rectilínea, cuyo ruido llegaba apagado casi hasta allí.
El propio Servaz se había transformado en una estatua de sal. Kirsten subió la cuesta hasta él.
—Está allí —le dijo.
Él guardó silencio. Seguía con la mirada los movimientos de Gustav en el patio y ella intuyó todas las emociones que debía de sentir. Permanecía callado e inmóvil, excepto por los ojos, que no se despegaban del niño, y la bufanda de lana, que bailaba con el viento. Dejó transcurrir un instante y observó ella también al pequeño. Era más bajo y menudo que los demás. Tenía las mejillas coloradas como manzanas, a causa del frío. Iba bien abrigado con un plumón azul y una bufanda roja. En ese momento, se lo veía muy alegre. Aparte de su estatura, no daba para nada la impresión de ser el niño enfermizo que les habían descrito. Siguió examinándolo un instante mientras le daba tiempo a Martin para que reaccionara. No obstante, Kirsten era demasiado impaciente para prolongar mucho la espera.
Él miró a su alrededor.
—¿Vamos? —insistió ella—. Podríamos hablar con el hombre que hay allí abajo.
—No.
Fue un «no» categórico. Volvió a mirar a su alrededor.
—¿Qué pasa?
—No podemos quedarnos aquí. Van a descubrirnos.
—¿Quiénes?
—Las personas que están al cuidado de Gustav, quién si no.
—Pero si no hay nadie.
—Por ahora.
—Entonces, ¿qué hacemos?
Señaló la calle por la que habían llegado.
—Es un callejón sin salida, el único acceso a la escuela. Quienes vienen a buscar a Gustav tienen que pasar a la fuerza por aquí, tanto si viven en el pueblo y vienen a pie, como si aparcan el coche en la plaza.
Volvió sobre sus pasos y remontó la pendiente por los adoquines resbaladizos.
—Los esperaremos. Pero si nos quedamos en el coche —añadió, y señaló la ventana donde se había movido una cortina—, en menos de una hora todo el pueblo estará al corriente de nuestra presencia.
Fueron a parar a la plaza. Servaz señaló hacia el ayuntamiento, cuya fachada ocupaba un lugar central por el lado este.
—Sería un buen punto de observación.
—Está cerrado.
Servaz miró el reloj.
—Ya no.
El alcalde era un hombrecillo achaparrado de ojos juntos y mandíbula ancha, con un bigotito fino y oscuro que parecía el cordón de un zapato debajo de una nariz chata por la que afloraban algunos pelos. Se notaba que era devoto de la ley y el orden, porque había acogido con entusiasmo su petición.
—Allí. ¿Qué les parece? —les preguntó, indicando las ventanas de una sala del segundo piso.
A juzgar por la larga mesa de madera encerada y la cantidad de sillas que había, era allí donde se celebraban los plenos municipales. La sala olía a cera para muebles. En la pared del fondo había un aparador grande, y tras su vitrina lucían las encuadernaciones de los registros municipales, con un aspecto tan venerable como el propio mueble. Los tiradores eran de cristal tallado y la madera oscura estaba adornada con arabescos de hojas y motivos incrustados. Servaz pensó que aquel pueblo debía de estar lleno de muebles como ese, pesados, anticuados, surgidos de las manos callosas de ebanistas ya muertos, pero que estuvieron orgullosos de su trabajo, tan distinto del mobiliario para montar uno mismo que se estilaba en las grandes ciudades. Las ventanas, provistas de unas cortinas de cretona polvorienta, daban a la plaza, y desde ellas se veía perfectamente la entrada del callejón que conducía a la escuela.
—Es perfecto. Gracias.
—No hay de qué. En estos tiempos tan agitados, cada cual debe cumplir con su deber de ciudadano. Debemos ayudarnos, para protegernos los unos a los otros. Ustedes hacen lo que pueden, pero hoy en día la seguridad general depende de todos y cada uno de nosotros. «Estamos en guerra…».
Servaz asintió prudentemente. Kirsten, que no había comprendido ni una palabra, lo miró con el ceño fruncido y Martin se encogió de hombros cuando el edil dio media vuelta para salir. Después pegó la nariz a la ventana, lo que dibujó un círculo de vaho en el cristal, y consultó el reloj.
—Solo nos queda esperar.
Hacia mediodía, los padres de los alumnos fueron apareciendo en la plaza para adentrarse en el callejón en dirección a la escuela. La noruega y el policía de Toulouse oyeron el sonido herrumbroso, cargado de ecos infantiles, de la campana, y redoblaron la vigilancia. Los padres volvieron a aparecer al cabo de unos minutos, con su parlanchina progenie de la mano. Por lo visto, allí los alumnos no se quedaban a comer. Lo más probable era que aquella pequeña escuela no tuviera comedor.
Servaz tragó saliva, con el estómago corroído por la angustia. Gustav iba a aparecer por fuerza, cogido de la mano de alguien.
Sin embargo, el flujo de padres y niños quedó interrumpido sin que Gustav hubiera hecho acto de presencia. Allí había algo raro.
Servaz acercó de nuevo la cara al cristal, y tuvo que resistir la tentación de abrir la ventana. Consultó el reloj. Las doce y cinco. La plaza estaba vacía. No había rastro de Gustav. Mierda. ¿Significaba eso que vivía en una de las casas del callejón? De ser así, con la cooperación del alcalde, no les costaría dar con una manera de esconderse…
Se disponía a alejarse de la ventana cuando un Volvo gris metalizado entró en la plaza demasiado deprisa y frenó haciendo chirriar los neumáticos. Kirsten y Servaz se volvieron de manera simultánea hacia el cristal, a tiempo para ver a un hombre de unos treinta y cinco o cuarenta años, elegante, con un abrigo de invierno de buen corte y una perilla recortada con pulcritud, que salió a toda prisa del coche y se puso a correr hacia el callejón mientras consultaba el reloj.
Intercambiaron una mirada. Servaz notó que se le aceleraba el pulso. Esperaron sin decir nada. Después del bullicio de los niños, el silencio de la plaza parecía aún más ensordecedor. Luego sonaron unos pasos y, transportadas por el eco hasta ellos, oyeron dos voces: una adulta y otra de niño. Como un momento antes, Servaz no se atrevió a abrir la ventana para oír mejor. El hombre de la perilla salió del callejón al cabo de unos segundos.
Llevaba a Gustav cogido de la mano.
—Dammit! —exclamó la noruega.
El hombre de la perilla pasó por debajo de la ventana y guio a Gustav hacia el coche.
—Has corrido demasiado —le oyó decir Servaz a través del cristal—. Ya sabes que, con tu enfermedad, no debes cansarte.
—¿Cuándo va a venir papá? —preguntó el niño, que, de repente, parecía muy pálido y fatigado.
—¡Chist! Aquí no —dijo el hombre con expresión contrariada, y miró en derredor.
De cerca, se veía un poco mayor de lo que cabía interpretar por su porte y sus andares. Debía de faltarle poco para cumplir los cincuenta, si no los tenía ya. Parecía un ejecutivo de banca o un comercial, el jefe de una empresa del sector de la informática, un asesor de empresas o un profesor de universidad: olía a dinero ganado sin apenas ensuciarse las manos. El niño estaba ojeroso y tenía la tez macilenta, cerosa, a pesar del color que le había ocasionado el frío en las mejillas. Servaz se acordó de las palabras de la directora: «También era un niño enclenque, enfermizo, de una estatura inferior a la media. Parecía que tenía un año menos que los demás. A menudo faltaba a clase. Una gripe, un resfriado, una gastroenteritis…». Se volvió hacia Kirsten y ambos se precipitaron en dirección a la puerta, bajaron los dos tramos de escalera cubiertos con una alfombra raída, sujeta con unas barras de cobre, y cruzaron el vestíbulo, cuyo suelo estaba encerado y resbalaba. Abrieron la puerta del ayuntamiento en el preciso momento en que el Volvo gris abandonaba la plaza, y entraron unos cuantos copos de nieve.
Corrieron hasta el coche.
Con la esperanza de que no hubiera otra salida del pueblo.
Servaz subió demasiado deprisa por la calle que los había conducido a la plaza y aminoró el paso al divisar el Volvo un poco más lejos. Se dio cuenta de que tenía calor. Con la mano que tenía libre, se aflojó la bufanda y se bajó la cremallera del abrigo. Aflojó aún más la marcha para no seguir reduciendo la distancia entre el Volvo y ellos. Ignoraba si el hombre que conducía sospechaba algo, pero suponía que el suizo le habría dado instrucciones por si se daba el caso.
¿Quién sería?
Lo que sí estaba claro era que no se trataba de Hirtmann. La cirugía tiene sus límites. Se podían poner pómulos, arquear las cejas, modificar una nariz, implantar cabello o cambiar el color de ojos, pero, a su juicio, no podía reducirse la estatura en quince centímetros.
A Servaz lo poseía un sentimiento de exaltación, pero también estaba desorientado; lo perturbaba la impresión de que los arrastraban en contra de su voluntad hacia encrucijadas y alternativas impuestas por otros, como ratones en un laberinto, mientras que alguien, en algún sitio, disponía de una visión mucho más amplia y global. Por otro lado, estaba la investigación sobre la muerte de Jensen. La coincidencia de ambos sucesos, la muerte del violador y la presencia del suizo en la zona, lo desconcertaba. No le daba tanto la sensación de estar siguiendo a alguien, sino de que era a él a quien seguían, observaban, espiaban… e incluso guiaban… ¿directamente hacia una trampa?
El representante de la Inspección General de la Policía Nacional se llamaba Rimbaud, como el poeta. Sin embargo, Roland Rimbaud no había leído nada de su tocayo. Sus lecturas no iban más allá de las páginas de L’Équipe (con cierta predilección por las dedicadas al fútbol y el rugby), que le dejaban marcas de tinta en los dedos, y de sus correos electrónicos. Ignoraba que el poeta que se apellidaba como él había escrito Una temporada en el infierno. De haberlo sabido, sin duda habría encontrado apropiado ese título para describir lo que se disponía a hacer vivir a uno de sus colegas.
Sentado en el despacho del juez Desgranges, Rimbaud sintió el olor a sangre. Ese caso olía a gran golpe. El comisario de división —al que algunos de sus colegas, igual de aficionados a la poesía que él, habían puesto el apodo de «Rambo»— era un lobo hambriento, un detector infatigable de policías corruptos, o al menos así le gustaba verse a él. Desde que dirigía la sección regional de la Inspección General, Rimbaud había hecho caer a algunos cabecillas de la Seguridad Pública y de Estupefacientes y había desmantelado una brigada anticriminal cuyos miembros habían sido juzgados por «robo en banda organizada, extorsión, adquisición y tenencia ilícita de estupefacientes». El hecho de que su investigación se hubiera basado en la declaración dudosa de un traficante y que las acusaciones se hubieran demostrado infundadas más adelante, de que hubiera recurrido a métodos que, en otros ámbitos, habrían sido calificados de acoso, no parecía perturbar mucho a sus superiores. «Para pescar truchas hay que mojarse», como se dice… Para Rimbaud, la policía no era una única institución, sino una nebulosa de capillas, de campos acotados, de rivalidades, de egos andantes… en resumidas cuentas, una jungla poblada de fieras, monos, serpientes y parásitos. También sabía que no hay que limar los colmillos de los perros guardianes, que basta solo con hacerles notar, de vez en cuando, la longitud de la correa.
—¿Qué sabemos? —preguntó Desgranges, ciñéndose a los hechos.
De los dos, el que parecía un poeta era más bien el magistrado, con el cabello largo, una corbata de punto retorcida y una chaqueta de cuadros que parecía haber pasado por la tintorería mil veces.
—Que todo indica que a Jensen lo mataron con un arma de policía cuando intentaba violar a una joven en un refugio de montaña; que durante un tiempo fue considerado sospechoso de las violaciones de las tres mujeres que hacían footing y del asesinato de una de ellas, aunque después fue exculpado; que se electrocutó con una catenaria con posterioridad a un interrogatorio policial que acabó en persecución…
Calló un momento. Hasta entonces, avanzaba por un terreno sólido: el de los hechos. Ahora se disponía a aventurarse por otro más resbaladizo, pantanoso incluso.
—Que en el curso de esa persecución, disparó al comandante Martin Servaz, de la Policía Judicial de Toulouse, el cual recibió una bala en el corazón y pasó varios días en coma; que ese mismo comandante sospechaba que Jensen era el autor del asesinato de Monique Duquerroy, de sesenta y nueve años, cometido en su domicilio de Montauban en el mes de junio. Hay que tener en cuenta que el policía, Servaz…
—Sé quién es Servaz —lo interrumpió Desgranges—. Continúe.
—Mmm… Que el abogado de Jensen quiso llevar a la policía a los tribunales. Él afirma que Servaz… eh… amenazó a su cliente con un arma y lo obligó a subir al techo del vagón de tren pese a que llovía y sabía perfectamente que Jensen corría el riesgo de electrocutarse…
—¿Y él no? —contestó Desgranges—. Si no me equivoco, Servaz también subió al techo. Y Jensen le disparó a él, ¿no? Jensen también iba armado, por lo que parece…
Rimbaud vio que en la frente del juez, surcada ya de arrugas, aparecían tres pliegues profundos.
—En realidad, el abogado de Jensen dice que el comandante Servaz intentó matar a su cliente electrocutándolo —soltó Rimbaud.
El magistrado se aclaró la garganta.
—Y usted no va dar crédito a tales afirmaciones, ¿verdad, comisario? Ya sé que concede más peso a la palabra de un traficante que a la de los policías, pero de todas formas…
Rimbaud se preguntó si el juez había dicho realmente lo que acababa de oír. En todo caso, puso cara de indignación. Desgranges seguía observándolo en silencio. El policía sacó entonces una hoja de una carpeta de cartón y la deslizó por encima del escritorio del juez.
—¿Qué es? —preguntó este.
—La gendarmería mandó realizar un retrato robot del hombre que abatió a Jensen, gracias al testimonio de Emmanuelle Vengud, la joven a la que estuvo a punto de violar.
Desgranges le dedicó un gruñido que Rimbaud no supo cómo interpretar. Luego cogió el dibujo. Una cara de facciones regulares, a la sombra de una capucha. Apenas se distinguía algo más que la boca, la nariz y los ojos. Con aquello poco podrían hacer.
—Le deseo suerte —comentó, y se lo devolvió.
—¿No cree que se le parece?
—¿Cómo? ¿A quién?
—A Servaz.
Desgranges suspiró y se ruborizó.
—Ya veo —dijo en voz baja—. Escuche, comisario, me han hablado de sus métodos… Quiero que sepa que yo no los apruebo. En lo relativo a esa brigada anticriminal que desmanteló, parece que mis colegas poco a poco están volviendo a revisar algunos aspectos del expediente: el testimonio sobre el que basó sus acusaciones está en entredicho, por expresarlo de una forma delicada. Seamos claros: yo no tengo intención de encontrarme en la misma situación… Por otra parte, algunos policías de otros servicios han dirigido una carta al director del Departamento de Seguridad Pública para denunciar lo que consideran acoso por su parte. Siga mi consejo y modérese esta vez.
Desgranges no había elevado la voz, pero, incluso velada, se percibía la amenaza en sus palabras.
—No se confunda, sin embargo —continuó el magistrado—. Nadie podrá decir que yo cubro actuaciones erróneas, si se dan, ni que obstaculizo que salga a la luz la verdad. Prosiga sus investigaciones, pero ciñéndose a los límites que acabo de marcar. Si me trae algo concreto, real y tangible sobre alguien, sea Servaz u otra persona, se hará justicia, se lo garantizo.
—Necesitaría una orden judicial para hacer un análisis balístico —prosiguió Rimbaud, sin amedrentarse.
—¿Un análisis balístico? ¿Sabe cuántos policías y gendarmes hay en este departamento? ¿Quiere analizar todas sus armas?
—Solo la del comandante Servaz.
—Comisario, ya le he dicho que…
—¡Estuvo en Saint-Martin-de-Comminges esa noche! —lo interrumpió Rimbaud —. La noche en que mataron a Jensen solo a unos kilómetros de la ciudad. ¡Lo pone en el informe que Servaz redactó! Acabo de enterarme.
El policía de la IGPN sacó unas hojas de la carpeta y se las tendió al juez.
—¡Aquí pone que Jensen lo llamó en plena noche! Le dijo a Servaz que lo había visto en Saint-Martin. Hizo alusión a la noche en que se electrocutó en el tren y le reprochó que le hubiera destrozado la vida. Después le dijo que quería hablar con él y, como Servaz se negó, hizo alusión a su hija.
—¿A la hija de quién?
—De Servaz.
—¿Qué tipo de alusión? —preguntó Desgranges, de repente interesado.
Rimbaud consultó su copia del informe.
—Poca cosa. Servaz contestó que tenía otras cosas de las que ocuparse y Jensen dijo: «De tu hija, ya lo sé». Por lo visto, eso fue suficiente para hacer reaccionar a Servaz, porque se fue volando a Saint-Martin en plena noche. De ser verdad, su teléfono debió de registrar la señal de la antena que hay en la entrada de la ciudad. Después es cuando la cosa se pone más interesante…
El policía lanzó una mirada al juez, que lo observaba con frialdad. No parecía desconcertado en lo más mínimo. Rimbaud preveía, no obstante, que sus aires de superioridad se esfumarían enseguida.
—Servaz afirma que había alguien escondido en los jardines del balneario de Saint-Martin y que, cuando quiso acercarse, esa persona huyó. La siguió corriendo, pero desapareció en el bosque de detrás del balneario. Servaz no se atrevió a aventurarse más lejos, según su informe. Y, fíjese, entonces volvió a su coche y encontró una nota en el parabrisas.
—¿Qué ponía?
—«¿Has pasado miedo?». Eso es lo que él afirma.
—¿Aún tiene la nota?
—En el informe no se dice.
El magistrado seguía observándolo con escepticismo.
—O sea que tuvo contacto con Jensen la noche que asesinaron a este, ¿no?
—Con el arma de un policía —insistió Rimbaud.
—O con el arma que robaron a un policía. ¿Ha averiguado si alguien ha denunciado la pérdida de su arma?
—Estamos en ello.
—No lo entiendo. A Jensen lo mataron a las tres de la madrugada en plena montaña, y Servaz afirma que se desplazó a Saint-Martin hacia las doce de la noche. ¿Qué cree usted qué pasó mientras tanto?
—Es posible que Servaz mienta. Las señales captadas por su teléfono nos lo dirán. Cabe otra hipótesis. Como no es idiota, sabe que el teléfono lo traicionará y que alguien podría haberlo visto en Saint-Martin. Entonces vuelve a Toulouse, deja el teléfono y regresa a Saint-Martin…
—¿Saben qué estuvo haciendo Jensen hacia medianoche?
—Estamos comprobándolo.
Era mentira. Rimbaud ya lo sabía. Según todos los testigos, Jensen no podía estar en Saint-Martin hacia las doce, porque en ese momento se encontraba en el refugio con los demás. A menos que hubiera aprovechado cuando dormían para salir. Aunque cabía considerar otra posibilidad: que Servaz no hubiera visto a Jensen ni a ninguna otra persona en la ciudad y se lo hubiera inventado todo. Que se hubiera enterado, de una forma u otra, de dónde se encontraba su víctima. Hubiera realizado el trayecto de ida y vuelta para que el teléfono registrara las antenas en ambos sentidos. Después hubiera vuelto hasta allí sin el teléfono… Era una coartada un tanto retorcida, pero precisamente por eso podía funcionar, porque tratándose de un policía, había que ser idiota para ir de entrada con el teléfono al lugar donde se piensa cometer un crimen.
Volvió a mirar el retrato robot. No se veía gran cosa, era verdad, pero podría tratarse de Servaz.
O no…
«El arma».
El arma hablaría. En el supuesto de que Servaz no denunciara que la había perdido. Se acordó también de las huellas en la nieve.
—No lo sé —dijo Desgranges, que juntó las manos bajo la barbilla y resiguió con los pulgares el labio inferior—, tengo la molesta impresión de que solo está siguiendo una pista.
—¡Hombre, es que todo lo acusa a él! —protestó Rimbaud, y miró hacia el techo —. ¡Estuvo allí la noche el asesinato! ¡Y tiene un móvil!
—¡No me hable como si fuera idiota! —lo reprendió el juez—. ¿Qué móvil? ¿Hacerse justicia a sí mismo? ¿Liquidar a alguien que ha mencionado a su hija y que ha cometido violaciones en el pasado? ¿Vengarse porque le disparó? Conozco a Servaz, usted no. Y no es el tipo de persona que haría algo así.
—He interrogado a varios de sus colegas. Todos dicen que ha cambiado desde que estuvo en coma.
—De acuerdo, accedo a su petición. Pero no quiero que, de ninguna manera, el caso se convierta en pasto para la prensa. Las filtraciones se producen muy deprisa. Pida un análisis balístico para toda la Policía Judicial, así no será tan evidente.
El comisario de la IGPN asintió con la cabeza, con una gran sonrisa en el rostro.
—También quiero interrogar a Servaz, así como a sus superiores y a los miembros de su equipo de investigación —añadió.
—Un interrogatorio en calidad de testigos —puntualizó el juez.
Se puso en pie, dando por terminada la reunión. Luego se dieron un frío apretón de manos.
—Comisario —llamó Desgranges a Rimbaud, cuando este tenía ya la mano en la puerta.
—¿Sí?
—Recuerdo que, cuando desmanteló a aquella brigada, el asunto salió en las portadas de los periódicos. Esta vez no quiero que ocurra nada por el estilo, ¿entendido? No quiero nada de esto en la prensa, ¿lo comprende? Al menos por ahora.