Noche
Martin
4
Fulminado
En Toulouse también llovía, pero no nevaba. En aquellos primeros días de octubre, la temperatura rondaba los quince grados.
—La casa al final de la calle —dijo el teniente Vincent Espérandieu.
—¿Qué?
—Nada. Es el título de una película de terror.
En la penumbra del coche, el comandante Martin Servaz contempló con detenimiento la alta silueta que se elevaba cerca del muro de las vías del tren. Era lúgubre: dos pisos, techo reluciente y un árbol grande que proyectaba una sombra siniestra sobre la fachada. Había anochecido y las cortinas de lluvia que barrían el terraplén entre ellos y la casa creaban la impresión de que habían llegado al fin del mundo.
«Un sitio bien curioso para vivir», pensó mientras estacionaba entre las vías férreas y el río, a cien metros de las últimas casas de aquel barrio miserable, cuyos únicos vecinos eran unos almacenes cubiertos de grafitis. Había sido precisamente el río lo que los había conducido hasta allí: tres mujeres que hacían footing a orillas del Garona. Dos de ellas habían sido agredidas y violadas, y la tercera, víctima de múltiples puñaladas, acababa de fallecer a consecuencia de las heridas en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Universitario de Toulouse. Las tres agresiones habían tenido lugar en un radio de menos de dos kilómetros en torno a la casa. El hombre que vivía allí figuraba, además, en el FIJAIS, el fichero judicial que contenía una lista de delincuentes sexuales violentos. Y era multirreincidente. Había salido de la cárcel ciento cuarenta y siete días antes de lo previsto por decisión de un juez de vigilancia penitenciaria, y tras haber cumplido dos tercios de la condena.
—¿Estás seguro de que es ahí?
—Florian Jensen, Chemin du Paradis, 29 —confirmó Espérandieu, con la tableta encendida en el regazo.
Con la frente apoyada en el cristal perlado de lluvia, Servaz dirigió la mirada hacia el solar que les quedaba a la izquierda, un terreno baldío invadido por las hierbas y los brotes de acacia. Había oído decir que una gran empresa especializada en la construcción de autopistas, la distribución de energía y los parkings pagados a precio de oro tenía intención de construir allí ciento ochenta y cinco viviendas, una guardería y una residencia para ancianos. Lo malo era que se trataba de un solar industrial antiguo, con un contenido en plomo y arsénico dos veces superior al normal. Según ciertas asociaciones locales de defensa del medio ambiente, la contaminación afectaba incluso la capa freática, hecho que no impedía que los vecinos se siguieran sirviendo del agua de los pozos para regar los huertos.
—Está allí —dijo Vincent.
—¿Cómo lo sabes?
Espérandieu señaló la tableta.
—Ese idiota está conectado a Tinder.
Servaz le dirigió una mirada cargada de incomprensión.
—Es una aplicación —le explicó su ayudante, sonriendo.
Su jefe no era un friki de la informática como él, ni tampoco un ratón de biblioteca.
—Dado que este tipo es un violador —continuó Espérandieu—, he pensado que había probabilidades de que estuviera en Tinder. Es una aplicación de contactos… En un radio de varios kilómetros detecta a todas las mujeres que tienen descargada la aplicación en el teléfono. Es práctico, ¿no? Para los tipejos como él.
—¿Una aplicación de contactos? —repitió Servaz, como si le hablara de un planeta perdido en los confines del universo.
—Sí.
—¿Y?
—He creado un perfil falso para atraer al pez hasta mis redes. Acabo de hacerle match. Mira.
Servaz se inclinó sobre la pantalla, que despedía un brillo suave en la penumbra, y vio la fotografía de un joven. Reconoció al sospechoso. A su lado aparecía la de una rubia guapa que no tendría más veinte años.
—Aunque ahora debemos irnos, porque nos ha localizado… O, mejor dicho, ha localizado a Joanna.
—¿Joanna?
—Mi perfil falso. Rubia, de metro setenta, dieciocho años, liberada. ¡Joder, ya me han hecho más de doscientos matches! En menos de tres días… Este invento va a revolucionar el mundo de las citas.
Servaz no se atrevió a preguntarle de qué hablaba. Vincent tenía solo diez años menos que él, pero eran diametralmente distintos. Mientras que, a los cuarenta y seis años, Servaz solo sentía estupor y perplejidad frente a la vida moderna —esa alianza contra natura de tecnología, voyeurismo, publicidad y comercio de masas—, su ayudante se paseaba por foros y redes sociales y pasaba más tiempo delante del ordenador que del televisor. Servaz era consciente de que él pertenecía al pasado… Y de que el pasado ya no importaba. Se parecía al personaje que interpretaba Burt Lancaster en Confidencias, el viejo profesor que lleva una existencia recluida en su palacete de Roma, lleno de obras de arte, hasta el día en que, por desgracia, decide alquilar el último piso a una familia moderna, ruidosa y vulgar. Sin querer, se ve confrontado a la irrupción de un mundo que ya no comprende, pero que acaba por fascinarlo. De la misma forma, Servaz debía reconocer que no comprendía ya gran cosa de lo tocante a ese rebaño de individuos, sus aparatos infantiles y la puerilidad de su agitación.
—No para de enviarme mensajes —comentó Vincent—. Está enganchado.
Su ayudante apagó la tableta y se disponía a guardarla en la guantera cuando interrumpió el movimiento.
—Tu arma está dentro —señaló.
—Ya lo sé.
—¿No la coges?
—¿Para qué? Ese tipo siempre ha actuado de la misma manera, con arma blanca. Y cada vez que lo han detenido, no ha ofrecido resistencia. Además, tú llevas la tuya…
Servaz se bajó del coche. Espérandieu se encogió de hombros, comprobó que llevaba la suya en la funda y le quitó el seguro antes de salir. La lluvia, que caía fría y en diagonal, le mojó la frente al instante.
—Eres tozudo como una mula, ¿lo sabías? —dijo, empezando a caminar bajo el chubasco.
—Cedant arma togae. «Que las armas cedan paso a la toga».
—Tendrían que enseñar latín en la academia de policía —dijo Espérandieu con tono irónico.
—La sabiduría que nos legó la Antigüedad —rectificó Servaz—. Conozco a más de uno a quien no le vendría nada mal.
Atravesaron el terraplén fangoso en dirección al minúsculo jardín que había delante de la casa y que estaba rodeado de una verja. Un grafiti gigantesco pintado con aerosol cubría casi por entero la pared orientada al sur, cuya única ventana estaba cegada con ladrillos. En la fachada delantera, frente al jardín, había dos ventanas, pero tenían los postigos cerrados.
La reja emitió un chirrido herrumbroso cuando Servaz la empujó. El sonido fue tan estridente, de una frecuencia tan alta, que se convenció al instante de que también lo habrían oído en el interior de la casa, a pesar del aguacero. Miró a Vincent, que asintió con la cabeza.
Recorrieron el corto sendero entre las verduras que crecían abandonadas e invadidas por las malas hierbas.
De repente, Servaz se detuvo. Distinguió una silueta negra a su derecha. Cerca de la casa. Un perro los observaba desde el exterior de su caseta. Quieto. En silencio.
—Es un pitbull —dijo Espérandieu en voz baja y tensa, colocándose a la altura del comisario—. En principio no debería haber ni un solo perro de primera categoría en circulación puesto que, desde 1999, la ley prohíbe su reproducción y obliga a esterilizarlos. Pero ¿sabías que, solo en Toulouse, hay contabilizados más de ciento cincuenta? Y más de mil de segunda categoría…
Servaz observó la cadena: era lo bastante larga como para que el sabueso pudiera llegar hasta ellos. Vincent había sacado el arma. Martin se preguntó si bastaría para contener la acometida del animal si le venía en gana saltarles a la yugular.
—Con dos pistolas habríamos tenido más posibilidades de controlarlo — comentó, no sin razón, su ayudante.
Sin embargo, el perro ni rechistaba. Era tan silencioso como una sombra. Una sombra con dos ojillos relucientes. Servaz subió el único escalón en el que crepitaba la lluvia, mientras vigilaba de reojo al chucho, y apretó el botón metálico del timbre. A través del cristal esmerilado oyó cómo el sonido agudo se propagaba por la casa. Al otro lado estaba oscuro. Como el interior de un horno.
Luego oyó pasos. Y la puerta se abrió.
—¿Qué coño quieren?
El hombre era más bajo que él. Estaba muy delgado, casi esquelético. Debía de pesar sesenta kilos y medir metro setenta de estatura. También era más joven. Unos treinta y algo. Llevaba la cabeza rapada. Servaz advirtió ciertos indicios: las mejillas chupadas, los ojos hundidos en las órbitas y las pupilas contraídas, pese a que casi no había luz en el umbral.
—Buenas noches —saludó Servaz con educación, al tiempo que sacaba la placa —. Policía Judicial. ¿Podemos entrar?
Vio que el cabeza rapada vacilaba.
—Solo queremos hacerle unas preguntas en relación con las tres mujeres que fueron agredidas cerca del río —se apresuró a añadir el comisario—. Ya lo habrá leído en los periódicos.
—Yo no leo los periódicos.
—Entonces en internet.
—Tampoco.
—Vaya. Estamos pasando por todas las casas en un radio de un kilómetro — mintió—. Para interrogar a los vecinos, lo habitual…
Los ojillos iban y venían, posando la mirada primero en Servaz, luego en Vincent. Tenía la piel blanca como un hueso y el cuello delgado se apoyaba en unos hombros huesudos. Servaz se dijo que debía de estar pensando en la rubia con la que creía haber conseguido un match en Tinder —un auténtico milagro, la verdad, con esa cara — y que tenía prisa por que se largaran para poder seguir ligando por vía electrónica. «¿Qué habría hecho con ella si realmente hubiera mordido el anzuelo?», se preguntó a continuación el policía. Había leído su expediente…
—¿Hay algún problema, señor? —Servaz había adoptado un tono receloso a propósito y había enarcado las cejas con expresión de perplejidad.
—¿Qué? No… no, no hay ningún problema… Entren. Pero dense prisa, ¿de acuerdo? Le tengo que dar los medicamentos a mi madre.
Jensen dio un paso atrás y Servaz cruzó el umbral. Penetró en un pasillo casi tan oscuro y estrecho como la galería de una mina, con una zona apenas iluminada en el fondo y una banda de luz gris que emanaba de una puerta situada a dos metros del recibidor, a la izquierda. Aquello le hizo pensar en una red de grutas iluminadas por las lámparas fugaces de los espeleólogos. Olía a orina de gato, a pizza, a sudor y a colillas. Y reconoció también un olor más, que identificó por haberlo aspirado en más de una ocasión en los pisos del centro de la ciudad donde encontraban los cadáveres de ancianas dejados de la mano de Dios y de los hombres: el olor dulzón a medicamentos y a vejez. Dio otro paso. A ambos lados, murallas de cajas de cartón apiladas en las paredes, casi hasta alcanzar el metro de altura, deformadas bajo el peso de lo que contenían: pantallas de lámparas viejas, pilas de revistas polvorientas, cestos de mimbre llenos de cosas inútiles. El resto del pasillo estaba ocupado por unos muebles, pesados y sin gracia, que apenas dejaban paso a una persona. Más que una casa, aquello parecía un guardamuebles.
Al llegar a la puerta de la izquierda, echó una ojeada al interior. Primero no vio más que las formas negras de un mobiliario recargado en cuyo centro lucía la exigua luz que despedía la lámpara de la mesita de noche. Después el panorama se fue perfilando y distinguió a la criatura que había instalada en la cabecera de la cama. «La madre enferma», no había duda. Servaz no estaba preparado para eso, ¿quién lo habría estado? Tragó saliva de forma involuntaria. Ni sentada ni tendida, la anciana permanecía recostada en una increíble acumulación de cojines, apoyados a su vez en un cabezal de madera de roble tallada. El camisón raído se le abría sobre un pecho huesudo y lleno de manchas. La cara, de pómulos pronunciados, ojos hundidos en las cavernas negras de las órbitas y escasos mechones de cabellos grises en las sienes, dejaba entrever la calavera en que iba a convertirse, como en las vanitas. Servaz percibió decenas de frascos de medicamentos encima del tapete de la mesita de noche y también un tubo que ascendía desde el brazo nudoso de la anciana hasta una bolsa de suero que había colgada de un soporte. Aquello eran las primicias de la muerte; la muerte ocupaba más espacio en aquella habitación que la vida. Sin embargo, lo más chocante eran los ojos, que observaban, llorosos, a Servaz desde las profundidades de la cama. A pesar de la fatiga, la lasitud y la enfermedad, despedían un brillo malévolo. Entonces se acordó del nombre del callejón —Chemin du Paradis— y se preguntó si aquello no sería más bien el camino del Infierno.
La momia tenía, además, una colilla amarillenta encajada entre los labios agrietados y fumaba como un carretero. Servaz vio un cenicero lleno colocado a su lado y una densa nube suspendida encima de la cama. Impresionado por aquella escena, continuó hasta el salón, iluminado por la luz palpitante de un televisor y de las pantallas de ordenador que había dispuestas encima de un tablero largo. Atisbó toda una red de habitaciones comunicadas entre sí a través de unos arcos bajos, una escalera de madera y un montón de recovecos. Algo le rozó las piernas. Entonces distinguió unas siluetas que iban y venían en la penumbra, saltando de un mueble a otro. Las había por decenas, de distintos colores y tamaños. Gatos… Aquel lugar estaba lleno de gatos. Servaz vislumbró en la penumbra, distribuidos por todas partes, los platillos claros llenos de diferentes tipos de comida que iba secándose, ennegrecida, y procuró vigilar dónde ponía los pies.
El aire estaba aún más cargado que en el pasillo y era más irrespirable; entre el tufo de la comida para gatos medio podrida le pareció percibir un olor vago, un rastro olfativo que evocaba el veneno o la lejía… Arrugó la nariz.
—¿No podría encender la luz? —dijo—. Aquí está oscuro como boca de lobo.
Su anfitrión alargó un brazo. El débil círculo que proyectaba la lámpara de flexo alumbró la parte del escritorio que estaba abarrotada de pantallas y dejó el resto de la sala en penumbra. Aun así, Servaz logró distinguir un sofá y un aparador.
—¿Qué? ¿Va a hacerme esas preguntas o no?
Jensen ceceaba un poco. El policía captó una profunda timidez detrás de aquella fachada de provocación.
—¿Va usted a pasear alguna vez por el camino de sirga que bordea el río? — preguntó Espérandieu detrás del joven, con lo que lo obligó a volverse.
—No.
—¿Nunca?
—Ya le he dicho que no —respondió Jensen, mirando de reojo a Servaz.
—¿No ha oído ningún rumor relacionado con lo que ha ocurrido allí?
—No. Pero… ¿se hacen los tontos o qué? ¿No han visto dónde vivimos mi madre y yo? ¿De quién nos iban a llegar los rumores, a ver? ¿Del cartero a lo mejor? Aquí nunca viene nadie.
—Excepto las personas que salen a correr por la orilla del río —señaló Servaz.
—Sí, ya… Algunos aparcan el coche ahí delante, en ese solar de mierda, es verdad…
—¿Hombres o mujeres?
—Pues las dos cosas. Hay algunas que van con chuchos y entonces Fantasma se pone a ladrar.
—Y usted las ve pasar por delante de la ventana.
—¿Y qué?
Había algo ahí, debajo del aparador, en la penumbra. Servaz había reparado en ello desde que había entrado en el salón. No se movía… o apenas se movía. Dio un paso más.
—¡Eh! ¿Adónde va? Si van a registrar la casa, tiene…
—Tres mujeres fueron agredidas en ese camino, a menos de dos kilómetros de aquí —intervino Vincent, obligando a Jensen a volverse hacia él—. Todas dieron la misma descripción…
Servaz notó que el joven se ponía tenso mientras él se desplazaba de forma imperceptible hacia el aparador.
—Describieron a un hombre que llevaba una sudadera con capucha, de un metro setenta más o menos, delgado, de unos sesenta kilos…
En realidad, las tres mujeres habían bosquejado tres retratos robot bastante diferentes, como suele ocurrir. El único punto en común: que el agresor era bajo y delgado pero tenía mucha fuerza.
—¿Qué estuvo haciendo usted las tardes del once y el veintitrés de octubre, y la del ocho de noviembre, entre las cinco y las seis?
Jensen frunció el ceño, como si se abstrajera en una reflexión profunda, con la actitud de quien se estruja el cerebro. A Servaz le recordó el estilo de interpretación de los figurantes japoneses de Los siete samuráis.
—El once estaba con mis amigos Angel y Roland. Estuvimos jugando a cartas en casa de Angel. El veintitrés, lo mismo. El ocho de noviembre fui al cine con Angel.
—¿A ver qué película?
—Una de unos zombis que atacan a un grupo de boy scouts.
—¿Zombis y boy scouts? —dijo Vincent—. Zombie Camp —confirmó—. La estrenaron el seis de noviembre. Yo también fui a verla.
Servaz miró a su ayudante como si se tratara de un marciano.
—Qué raro —dijo en voz baja, obligando de nuevo a Jensen a girar la cabeza hacia él—. Por lo general, tengo bastante buena memoria, pero así, de pronto, no sé si podría decir lo que hice la tarde del once de octubre, ni la del veintitrés, ¿sabe? Me acuerdo de la del veinticinco, porque ese día se jubiló un compañero. Digamos que fue un día especial… pero eso de ir al cine o jugar a cartas con los colegas, no sé si se puede considerar muy especial.
—Pues pregúntenles y verán que les digo la verdad —contestó Jensen, con expresión malhumorada.
—Sí, estoy seguro de que lo confirmarán —dijo Servaz, convencido de que encontrarían a aquellos dos proveedores de coartadas fichados en uno de sus archivos —. ¿Me das sus apellidos?
Tal como preveía, Jensen respondió de inmediato.
—Escuchen —añadió, como si de repente hubiera recobrado la memoria—. Les voy a decir por qué me acuerdo tan bien…
—¿Ah, sí?
—Porque cuando vi en el periódico a esa chica a la que habían violado, apunté enseguida lo que había hecho ese día…
—Creía que no leías el periódico.
—Ya, bueno, he mentido.
—¿Y por qué has mentido?
Jensen se encogió de hombros. Su cráneo rapado relucía en la penumbra. Se pasó por encima una mano llena de anillos, desde la frente hasta la nuca, donde llevaba un tatuaje.
—Porque no tenía ganas de hablar con ustedes, por eso. Solo quería que se largaran.
—¿Igual porque estabas ocupado?
—Igual sí.
—O sea, que anotaste lo que hiciste cada uno de esos días, ¿es eso?
—Sí. Saben muy bien que todos lo hacemos.
—«Todos». ¿Quiénes?
—Los tíos como yo… Los tíos que ya hemos estado en chirona por eso… Sabemos perfectamente que lo primero que nos va a preguntar la pasma es dónde estábamos en ese momento. Si un menda que ya ha sido condenado no puede acordarse de lo que hacía cuando han violado a una chica en los alrededores, pues… hay muchas probabilidades de que sea él el agresor, ¿me explico?
—Y tus dos amigos, Angel y Fulanito… ¿también han sido condenados?
Jensen torció el gesto.
—Sí. ¿Y qué?
Servaz echó un vistazo debajo del aparador. La sombra se había movido. Dos ojos lo observaban, temerosos.
—¿Qué edad tenías tú la primera vez? —preguntó Espérandieu de golpe.
Los truenos hicieron temblar los cristales y un relámpago iluminó por un momento el salón.
—¿La primera vez?
—La primera vez que agrediste sexualmente a una mujer…
Servaz reparó en la mirada de Jensen. Había cambiado de expresión. Ahora brillaba, de manera literal.
—Catorce —dijo con un tono de repente frío y una pronunciación muy clara.
Servaz se inclinó un poco más. El gatito blanco de debajo del aparador levantaba la cabeza hacia él y lo miraba desde la sombra, sin saber si ceder al miedo o a las ganas de ir a rozarse contra sus piernas.
—He leído tu historial. Era una compañera de clase. La violaste detrás del gimnasio.
—Ella me provocó.
—La insultaste. Después la abofeteaste, la golpeaste…
—Era una cerda que se acostaba con todo el mundo. ¿Una polla más o menos, qué más le daba?
—Varias veces… En la cabeza… Con gran violencia… «Traumatismo craneal»… Y después de eso, la violaste con una bomba del gimnasio, una bomba para inflar pelotas… No podrá tener hijos, ¿lo sabías?
—Eso fue hace mucho…
—¿Qué sentiste en ese momento? ¿Te acuerdas?
Silencio.
—Ustedes no podrían entenderlo —contestó Jensen con un tono desagradable, lleno de chulería.
Servaz se puso tenso. Aquella voz transmitía arrogancia y egoísmo en estado puro. Alargó una mano por debajo del aparador. El gatito blanco salió despacio. Se le acercó con aire temeroso, y Servaz notó una lengua minúscula y rasposa en la punta de los dedos. Otros gatos lo imitaron enseguida, pero el comisario los rechazó para concentrarse en aquella bolita blanca.
—Explícamelo —lo animó Espérandieu.
Servaz percibió, detrás del tono paciente de su ayudante, la rabia y la repugnancia subyacentes en su voz.
—¿Para qué? No saben de lo que hablan, no tienen la menor idea de lo que sienten las personas como yo… de la intensidad de nuestras emociones, de la… fuerza de nuestros actos. Las fantasías de la gente de su calaña… los que se ciñen a la ley y la moral, los que viven con miedo a la justicia y a la mirada de los demás… siempre estarán a años luz de la libertad verdadera, del poder auténtico. Nuestras vidas son muchísimo más ricas e intensas que las suyas.
»Yo estuve en la cárcel —dijo con una voz que, más que a ceceo, sonaba a silbido —, ya cumplí mi pena y no pueden hacerme nada. Hoy en día respeto la ley…
—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo haces? Para controlar tus pulsiones, me refiero. Para no pasar a la acción. ¿Te masturbas? ¿Vas con prostitutas? ¿Te medicas?
—… Pero no me he olvidado de nada —prosiguió Jensen, sin tener en cuenta la interrupción—. No me arrepiento de nada, no reniego de nada, ni me siento culpable. No me voy a disculpar por ser como me hizo Dios…
—¿Fue eso lo que sentiste al intentar violar a esas tres mujeres a orillas del Garona? —preguntó Espérandieu, con el mismo tono paciente—. Digo «intentar», porque ni siquiera te corriste. Si apuñalaste a esa chica con tanta rabia, seguro que fue porque ni siquiera consiguió que te empalmaras, ¿no?
Servaz sabía lo que pretendía su ayudante: ofender a Jensen, hacerlo reaccionar, provocarlo para que se justificara y se diera humos. «No va a funcionar…».
—Violé a cuatro mujeres y ya pagué por eso —respondió con frialdad Jensen—. A tres de ellas las mandé al hospital —lo dijo como el futbolista que presume de haber marcado tres goles—. Tendrán que reconocer que no acostumbro a hacer las cosas a medias.
Soltó una risita áspera, que hizo que a Servaz se le erizara el vello de la nuca.
—Así que ya ven que no he podido ser yo…
Aquel desgraciado decía la verdad. Desde los primeros minutos, el comisario había llegado a la convicción de que no había sido él. No esa vez, en todo caso… Miró al gato blanco.
Y se estremeció.
Le faltaba una oreja. En torno al hueco del oído había una cicatriz rosa.
Un gatito blanco con una sola oreja… ¿dónde lo había visto antes?
—Deje en paz a mi gato —dijo Jensen.
«Deje en paz a mi gato…».
De pronto lo recordó. La mujer a la que habían asesinado en la casa de campo en el mes de junio, cerca de Montauban. Había leído el informe. Vivía sola y, después de desayunar, la habían violado y luego estrangulado: el forense había encontrado café, restos de pan con cereales, mermelada de cítricos y kiwi en el bolo alimenticio. Hacía calor. Todas las ventanas estaban abiertas de par en par para dejar entrar el fresco de la mañana. El agresor lo había tenido fácil para entrar. Las siete de la mañana y con vecinos a menos de treinta metros. Aun así, nadie había visto ni oído nada… y los gendarmes no tenían ninguna pista. Ningún indicio. Lo único de lo que se habían percatado era de que el gato de la mujer había desaparecido.
«Un gato blanco con una sola oreja…».
—No es tuyo —afirmó en voz baja Servaz, y se enderezó.
Tuvo la impresión de que el aire se volvía denso. Torció el gesto y notó que todos los músculos se le habían agarrotado por las toxinas de la tensión. Jensen se había quedado quieto, en silencio. Otro relámpago iluminó el salón; lo único que se movía en su cara lechosa eran las canicas de los ojos, que rodaban y enfocaban a uno y a otro.
—Atrás —dijo de pronto.
En la mano llena de anillos sostenía un arma. «Me está bien empleado», pensó Servaz, y lanzó una mirada a Vincent.
—Atrás.
Obedecieron.
—No hagas tonterías —le advirtió Espérandieu.
De repente, Jensen echó a correr. Con la rapidez de un ratón, rodeó varios muebles, abrió una puerta trasera y desapareció, mientras el viento y la lluvia se colaban en la habitación. Servaz se quedó paralizado un instante, antes de emprender la persecución.
—¿Adónde vas? —chilló Vincent a su espalda—. ¡Martin! ¿Adónde vas? ¡Si ni siquiera estás armado!
La puerta acristalada batía con el viento y golpeaba la pared posterior de la casa. Esta daba al muro de la vía del tren, pero una alambrada cortaba el paso hacia ella. En lugar de treparla, Jensen la había rodeado y ahora se precipitaba por el terraplén barrido por la lluvia. Servaz salió a su vez por la parte trasera de la casa. A la luz de los relámpagos, elevó la vista hacia los cables eléctricos de las vías, en lo alto del terraplén, buscando a Jensen con la mirada. Al volver la cabeza lo vio huyendo hacia el pequeño túnel por el que habían llegado Espérandieu y él, y que pasaba por debajo de otras vías que iban a juntarse con la línea principal.
A la derecha del túnel, por debajo del punto de intersección de las vías, había una reja. A continuación, una rampa de cemento ascendía hasta una especie de caserna también de cemento, que parecía un puesto de control de agujas. Ni la reja —provista de varias placas que advertían del peligro de pasar por allí por riesgo de electrocución — ni la verja habían disuadido a los grafiteros, que habían cubierto hasta el último centímetro de cemento con grandes letras de colores. Las gotas de agua brillaban sobre el fondo negro de la noche, que los rayos, predecesores de los truenos, se encargaban de iluminar de forma intermitente: la tormenta se arremolinaba encima de Toulouse. Regueros de agua descendían por la hierba del muro, atravesaban la verja y se extendían por el terraplén enfangado, donde formaban un delta de arroyos minúsculos y charcos.
Servaz empezó a correr bajo el aguacero. Jensen escalaba ya la reja. Luego lo vio ascender la rampa de cemento y rodear el puesto de cambio de agujas, en dirección a las vías. En ese lugar se alzaban varios pilares de acero que sostenían una red compleja de entramados, de líneas eléctricas primarias y secundarias, de transformadores y de catenarias. Aquello parecía una subestación. Servaz pensó de inmediato «alta tensión». Y luego «tormenta», «rayos», «relámpagos», «lluvia», «conducción»… y en aquellos miles de voltios, amperios o lo que quisiera Dios que circulara por esas líneas, conjuntadas en una especie de trampa mortal. «Maldita sea, ¿adónde vas?», se dijo. Jensen no parecía ser consciente de la trampa en la que se encontraba. Solo le preocupaba el tren de mercancías que circulaba a poca velocidad delante de él y le impedía el paso.
Servaz también llegó a la reja. Los calcetines se le adherían a la suela de los zapatos empapados, tenía el cuello de la camisa embebido de agua, al igual que el pelo, que se le pegaba a la frente.
Se secó la cara y emprendió la escalada de la reja. La chaqueta debió de enganchársele en algún sitio, porque oyó que algo se desgarraba cuando cayó del otro lado, en el suelo de cemento.
Arriba, Jensen dudaba.
Servaz lo vio inclinarse primero para mirar por debajo de los vagones, luego entre dos de ellos… pero, pese a que el tren circulaba con gran lentitud, debió de temer acabar aplastado bajo las ruedas, porque se agarró al vuelo a los escalones de un vagón y se puso a trepar hacia el techo.
«¡No lo hagas!».
«¡No lo hagas!».
«¡Aquí no, es una estupidez!».
—¡Jensen! —lo llamó.
El hombre se volvió y, al verlo, empezó a trepar aún más deprisa. Los raíles relucían bajo la lluvia. Servaz llegó a lo alto del terraplén. Descendió hasta el balasto y se agarró a su vez a los escalones metálicos de un vagón.
—¡Martin! Pero ¿qué haces?
La voz de Espérandieu venía de abajo. Servaz apoya un pie en un escalón, bascula el cuerpo ayudándose de la mano que tiene cerrada en torno a un barrote resbaladizo, apoya el otro pie… Entonces oye el zumbido, semejante al de un avispero, de la electricidad en las líneas que hay por encima de su cabeza. La lluvia que rebota en el techo del vagón lo salpica. Le resbala por el pelo, las cejas…
Aparece a la altura del techo. Jensen sigue ahí, dudando qué hacer, con la silueta recortada a la luz de los relámpagos; se encuentra tan solo a unos metros de las catenarias y líneas. La sobretensión las recorre un instante: ¡Fffshhh!… A Servaz se le eriza el vello de todo el cuerpo. Se vuelve a secar la cara. Pone los pies en el techo. La lluvia tamborilea sobre el vagón. Jensen se gira, a derecha y a izquierda, como paralizado por la incertidumbre, de espaldas a Servaz, con las piernas separadas…
—Jensen —dice el comisario—. Nos vamos a achicharrar los dos si te quedas ahí…
El hombre no reacciona.
—¡Jensen!
Es inútil con todo ese ruido.
—¡Jenseeen!
A continuación…
… Lo que ocurre a continuación lo percibe inmerso en una especie de neblina de sensaciones que se superponen y se contradicen, una aceleración brutal del tiempo, un bandazo brusco, insólito e inexplicable: en el momento en que Jensen se da la vuelta hacia él con el arma en la mano (y en el que de la boca negra del cañón brota una llama), un arco eléctrico de un blanco tan luminoso que le quema la retina se desprende de la catenaria y se abate sobre Jensen, golpeándolo, curiosamente, no en la parte superior del cráneo, sino en el lado izquierdo de la cara, entre la oreja y la mandíbula, para proseguir su camino a través del cuerpo y llegar desde las piernas y los pies hasta el techo mojado del vagón, no sin haber transformado antes al fugitivo en una tostadora y haberlo proyectado a varios metros de distancia… Servaz percibe la carga eléctrica residual cuando esta sigue su curso por el techo mojado del vagón hasta las suelas de sus zapatos, y el cabello se le pone de punta… Pero en ese mismo instante se produce otro hecho de suma importancia para su futuro: en la centésima de segundo posterior, el proyectil surgido del arma entra en contacto con su chaqueta de lana y mohair impregnada de lluvia, la atraviesa a una velocidad de trescientos cincuenta metros por segundo, diez veces superior a la velocidad del sonido; atraviesa también el tejido de 42% de poliamida, 30% de lana y 28% de alpaca del jersey de cuello alto, la epidermis, la dermis y la hipodermis de su piel húmeda, a escasos centímetros del pezón izquierdo, el músculo oblicuo externo y los músculos intercostales, y roza la arteria torácica y el esternón; a continuación traspasa el borde anterior del pulmón izquierdo, de textura esponjosa y elástica, y luego el pericardio para penetrar finalmente en el corazón a la altura del ventrículo izquierdo —mientras el corazón bombea y expulsa la sangre a un ritmo acelerado a causa del miedo— antes de volver a salir por el otro lado.
El impacto lo proyecta hacia atrás.
Y lo último que percibe Martin Servaz es la electricidad estática bajo los pies, las gotas de lluvia fría en las mejillas, el olor a ozono del aire y los gritos de su ayudante, que se encuentra en la parte baja del terraplén, justo en el momento en que una avispa mortífera de metal le traspasa el corazón.