Noche

Bernard Minier · Capítulo 38 de 50

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Noche

35. Bilis

35

Bilis

 

Nos pasamos la vida comparando. Comparamos casas, televisores, coches; comparamos hoteles, puestas de sol, ciudades, países. Comparamos tal película con su remake, las distintas interpretaciones de un mismo papel. Comparamos nuestra vida de antes con la de ahora, los amigos tal como eran tiempo atrás con aquello en lo que se han convertido. Y la policía, por su parte, compara huellas dactilares, muestras de ADN, testimonios, versiones sucesivas de los detenidos y también —cuando tiene ocasión— armas y municiones.

Es lo que se llama «disparos de comparación». En Toulouse, era la Unidad de Balística del laboratorio de la Policía Científica, situada en el tercer piso de la comisaría, la que se encargaba de ello. El centro de análisis y los puestos de tiro estaban en el sótano. La primera fase consistía en examinar el arma. La presencia o ausencia de polvo podía indicar, por ejemplo, el tiempo transcurrido desde el último disparo, en particular si había más polvo cerca del cañón que de la culata, lo cual hacía suponer que el arma no se había utilizado desde hacía bastante. Curiosamente, no era el caso de la Sig que el ingeniero tenía delante. Sin embargo, su propietario, el comandante Servaz, afirmaba que no había utilizado el arma desde hacía meses. La última vez que había disparado con ella, según su declaración, había sido en el puesto de tiro… con los resultados desastrosos que todos conocían. Qué raro, pensó el tolosano con una mueca de extrañeza. Servaz le caía bien. Aun así, el arma tenía toda la pinta de haber sido utilizada en una fecha mucho más reciente.

Lo anotó en un pequeño cuaderno que luego guardó, junto con la etiqueta, al lado de los otros. Cuando hubiera terminado, procedería a efectuar los disparos de comparación.

 

«Llama a Margot».

Dejó sonar el teléfono mientras bajaba los escalones de la terraza y recorría luego la calle nevada en dirección a las tiendas, situadas a unos centenares de metros.

—Papá —contestó ella por fin—. Dime que estás bien. Estaba preocupada.

Tenía la voz ahogada… parecía a punto de llorar. Servaz sintió que se le encogía el corazón.

—Estoy bien —aseguró, caminando con paso incierto sobre la nieve que se acumulaba en el borde de la carretera—. Hemos tenido una noche… un poco agitada. No había visto tus mensajes. Acabo de leerlos, perdona, lo siento.

—Da igual. Estaba muy enfadada. No creía todo lo que escribí.

—No importa —dijo.

Acababa de leer los mensajes y, en realidad, sí importaba. Estaban llenos de tristeza y reproches. Por primera vez en la vida, su hija se preguntaba abiertamente si contaba para él y reconocía tener la impresión de ser la última de las prioridades de su padre. Y quién sabe, se dijo Servaz, si no había un asomo de verdad en todo aquello. Si no se había convertido, sin darse cuenta, en un mal padre…

—¿Ah, no? ¿Cómo que no importa? —contestó ella enseguida.

«Joder —maldijo en su fuero interno—. Va a empezar otra vez, no es posible». Habría querido decirle, de entrada, sin esperar, que la quería, que iba a encontrar tiempo para ella, que debía darle una oportunidad. En lugar de eso, escuchó el sermón de Margot mientras recorría los trescientos metros restantes, a lo largo de los cuales estuvo a punto de caerse encima de los montículos de nieve. Se limitó a responder una o dos veces con monosílabos, pero no logró contener la oleada de recriminaciones filiales. Como su hija seguía azotándole inexorablemente la oreja, se quedó plantado delante de la farmacia cinco largos minutos antes de decidirse a entrar. Tapando el teléfono con una mano, pidió Primperan.

—¿Hubo una fiesta anoche en el pueblo? —le preguntó el farmacéutico, sonriendo.

Servaz enarcó las cejas, sin entender a qué se refería.

—Es la segunda persona que me pide lo mismo en cuestión de cinco minutos.

Salió de la farmacia sin que el monólogo se hubiera agotado ni perdido intensidad. Entonces vio la terraza de un bar y se sentó a pesar del frío. Al aparato, Margot seguía soltando todo lo que tenía guardado dentro.

—Buenos días —saludó el camarero.

—Un café, por favor.

—¿Con quién hablas? —preguntó de repente su hija, que interrumpió el monólogo.

—Con un camarero —respondió Servaz, un tanto irritado.

—Muy bien. Voy a colgar. Por favor, no vuelvas a decirme que me comporto como una madre. Eres tú el que se comporta como un niño. Pones las cosas difíciles, papá.

—Lo siento —soltó sin querer.

—No lo sientas. Cambia. Besos.

Miró el teléfono con incredulidad. ¡Había colgado! Después de quince minutos de sermón en los que no le había dejado margen para decir ni mu, y mucho menos para justificarse ni defenderse.

 

Kirsten aún sufría contracciones en el estómago, aunque no tan fuertes. Las náuseas habían remitido, o, cuando menos, conseguía mantenerlas a raya. ¿Qué diablos hacía Martin? Habían pasado veinte minutos desde que se había marchado. Le había entrado migraña, sentía la boca tan pastosa que parecía que la tenía llena de arena y notaba un dolor punzante entre los omóplatos, sin duda provocado por la violencia con que había estado devolviendo esa noche. Debía de oler a sudor y, muy probablemente, tener mal aliento.

Se cepilló los dientes, puso una toalla en el suelo, se desnudó y entró en la ducha. Abrió el grifo y se metió bajo el chorro.

Al cabo de cuatro minutos volvió a salir, con una toalla anudada en el pecho. Pensando en el olor que debía de reinar en la habitación, se dirigió a la ventana y la abrió de par en par.

Sintió el aire frío como un bálsamo, el sol como una caricia, con el viento levantando nubecillas de nieve. Oyó ladrar a un perro. Unas campanas a lo lejos. Una voz que llamaba a otra. «Es agradable estar viva», se dijo.

Se fijó en que había un vehículo abajo, a la izquierda, que circulaba en dirección al hotel. Enseguida dirigió su atención al chalet. El Volvo había desaparecido. «Mierda…». Kirsten fue a buscar los prismáticos, que estaban tirados encima de la cama deshecha de Martin, y volvió para observar con ellos desde la ventana.

Efectivamente, el Volvo se acercaba al hotel, pero desde la ventana era incapaz de distinguir quién viajaba en el interior. Miró hacia el chalet a través de los prismáticos y las ventanas aparecieron en primer plano en su campo de visión. Una de ellas estaba abierta y el viento levantaba las cortinas haciéndolas bailar hacia afuera.

Durante unos cuantos segundos, Kirsten contempló, hipnotizada, aquella danza silenciosa, aquel revoloteo blanco y luminoso.

Hasta que, de repente, Aurore Labarthe apareció y rompió el hechizo. Kirsten vio cómo se inclinaba hacia afuera para recoger las cortinas, las colocaba en su lugar y luego cerraba la ventana.

Aunque la escena había durado menos de diez segundos, le había permitido obtener la información que buscaba. Solo quedaban dos opciones posibles en lo que a los ocupantes del coche se refería:

1.ª El gilipollas de Labarthe.

2.ª El gilipollas + Gustav.

 

Aurore Labarthe cerró la ventana después de echar un vistazo al Volvo, que regresaba de la farmacia escupiendo por el tubo de escape un denso humo negro cargado de partículas que se dispersaban en el aire frío. Pero ¿qué coño hacía? La farmacia estaba apenas a un kilómetro del chalet. ¡No debería circular tan deprisa! ¡Qué cobarde era su marido…! La exasperaba, aunque, por una vez, debía reconocer que tenía razón: habían metido la pata. Y lo que más rabia le daba aún era que había sido culpa suya. Había calculado mal los efectos secundarios que podía tener el sedante en Gustav. Sin embargo, era perfectamente consciente de la enfermedad del niño, de su fragilidad hepática. Hirtmann los había advertido al respecto.

«Atresia biliar». Así se llamaba esa afección de origen desconocido que presentaba aproximadamente uno de cada diez o veinte mil niños, y se caracterizaba por una obstrucción de las vías biliares que impedía la evacuación de la bilis del hígado… y que, sin el tratamiento adecuado, podía acarrear la muerte del pequeño por cirrosis biliar secundaria.

Aurore sabía que si el suizo llegaba a enterarse de que lo habían drogado en dos ocasiones para estar tranquilos durante sus veladas especiales, estaban perdidos. Actuaría sin piedad. Hirtmann sentía más apego por ese niño que por su propia vida. ¿Quién era en realidad el pequeño? Se había formulado tantas veces esa pregunta… ¿De verdad era su hijo? En ese caso, ¿dónde estaba la madre? Ni Roland ni ella la habían visto nunca.

Recorrió el pasillo y entró en la habitación de Gustav. Arrugó la nariz cuando notó el olor a vómito. Cogió el edredón y las sábanas sucias por una punta, los retiró y los dejó caer al suelo.

Oyó un ruido en el cuarto de baño contiguo.

Rodeó la cama y entró. Gustav estaba de rodillas delante del váter, con el pijama azul. Vomitaba, con la cabeza inclinada sobre la taza.

El pobre jadeaba con la respiración sibilante. El pelo rubio, sudado y pegado en mechones, le dejaba a la vista el cráneo rosado. Al oírla, levantó la cabeza y le dirigió una mirada triste y dolorosa. Por Dios, ese niño nunca se quejaba, excepto para reclamar a su padre, se dijo. La vergüenza le oprimió el pecho.

Se acercó y le apoyó una mano en la frente. Estaba ardiendo.

Oyó la puerta de la entrada.

Después, los pasos de Roland en la escalera.

Ayudó a Gustav a desvestirse, comprobó la temperatura del agua con el dorso de una mano y lo empujó con suavidad hacia la ducha.

—Te va a sentar bien, cielo.

Gustav asintió en silencio y avanzó.

—¡Quema! —exclamó, con un sobresalto.

—Te va a sentar bien —repitió ella, y ajustó la temperatura.

Labarthe entró en la habitación. Vio el montón de sábanas manchadas en el suelo y se acercó al cuarto de baño.

—¡El policía estaba en la farmacia! —dijo sin preámbulos.

Ella se volvió y le lanzó una mirada tan afilada como la hoja de una cuchilla. Sin dejar de enjabonar la espalda de Gustav, señaló con la mano que tenía libre la bolsa que llevaba Labarthe.

—Dame eso.

—¿Has oído lo que te he dicho? —insistió él, tendiéndole el Primperan.

—Gustav, mírame —dijo Aurore con dulzura y sin hacer caso a su marido.

Abrió la botella de plástico y la acercó a los labios del niño.

—Está malo —se quejó este con una mueca.

—Ya lo sé, cariño, pero va a curarte.

—¡Cuidado! —exclamó Labarthe, observándola—. ¡Le estás dando demasiado! Aurore apartó la botella de los labios del niño y fulminó con la mirada a su marido.

—He ensuciado la cama —dijo el pequeño con tono de culpabilidad.

Ella le dio un beso en la frente y le acarició el cabello rubio y húmedo.

—No pasa nada. Cambiaremos las sábanas enseguida.

Se volvió hacia Roland.

—¿Puedes ayudarme, por favor? ¿Y arreglar la habitación?

El tono era mordaz. Él asintió con la cabeza, apretando los dientes, y salió. Aurore secó a Gustav, le dio unas friegas y le puso un pijama limpio.

—¿Estás mejor?

—Un poco, sí.

—¿Dónde te duele exactamente?

Apoyó una mano en el abdomen y ella se lo palpó: estaba duro e hinchado.

—Eres un niño muy valiente, ¿sabes?

Vio que esbozaba una débil sonrisa. Era verdad que era valiente, pensó. Debía de haberlo heredado de su padre. Afrontaba la enfermedad como un soldadito valeroso. Pero ¿acaso había conocido otra cosa durante su corta existencia? Lo observó un momento, agachada delante de él, sonriéndole. Después se levantó.

—Vamos —dijo—. Vas a acostarte otra vez, ¿de acuerdo? Hoy no hay escuela.

Cuando salieron del cuarto de baño, la cama estaba hecha, pero la ventana seguía abierta de par en par. Como había ocurrido con la otra, parecía como si las cortinas quisieran salir volando hacia afuera.

—Métete en la cama —indicó Aurore, y se apresuró a cerrar la ventana—. Ahora vuelvo. ¿De verdad te encuentras un poco mejor?

Gustav asintió de nuevo, muy serio, desde el fondo de la cama.

—Estupendo. Cuando tengas hambre, dímelo.

A continuación, Aurore salió y se dirigió hacia la escalera.

 

—El tipo de anoche… —volvió a sacar el asunto a colación Labarthe, en cuanto ella entró en la cocina.

—Sí. Ya te he oído. Hace mucho viento. ¿Por qué has dejado abierta la ventana del cuarto del niño?

—Porque apestaba.

—¿Qué quieres? ¿Que además de vomitar coja una pulmonía?

—Al salir, me he esperado para ver adónde iba —continuó él, como si no la hubiera oído—. El policía… No me ha visto. Tenía el teléfono pegado a la oreja y parecía muy contrariado. Quería ver si volvía al hotel.

—¿Y qué?

Colocó una cápsula en la cafetera y la puso en marcha.

—Se ha sentado en una terraza a tomarse un café. Lo he dejado allí y he vuelto, como… como era más urgente venir aquí…

Había adoptado casi un tono de excusa, que lamentó de inmediato: mostrar debilidad delante de Aurore era como animarla a que le clavara una dentellada en la pierna.

—Sí, casi me ha dado la impresión de que estaban fabricando el dichoso jarabe — le espetó ella—. Ese niño va a traernos muchos problemas. No para de vomitar. Espero que tu expedición a la farmacia sirva de algo.

Apretó un botón y la cafetera empezó a escupir el jugo oscuro, entre gemidos y eructos. Labarthe, que había captado el tono de reproche de su esposa, se preguntó por qué le echaba las culpas a él. Era cierto que había sido él quien se había ofrecido en primer lugar al maestro para acoger al niño cuando la directora de la anterior escuela había empezado a hacerle demasiadas preguntas al «abuelo», pero Aurore había aceptado la idea con entusiasmo. No habían podido tener hijos. Él veía claramente cómo Aurore cuidaba de Gustav, pasaba tiempo con él y apreciaba su compañía. En todo caso, había sido ella a quien se le había ocurrido drogarlo. Sin embargo, él había tratado de disuadirla.

Aun así, sabía que era inútil discutir con Aurore, sobre todo en los momentos de tensión, de modo que optó por callar.

—Quizá deberíamos avisarlo —dijo, no obstante.

Le pareció que el silencio que se produjo entonces estaba cargado de malos augurios. La respuesta de su mujer restalló como un latigazo:

—¿Avisarlo? ¿Estás loco o eres idiota?

 

Kirsten lo vio regresar al hotel. Apagó el cigarrillo, cerró la ventana y se quitó el abrigo que se había puesto sobre los hombros. Después fue al cuarto de baño, a echarse una mirada en el espejo.

Era imposible no fijarse en las ojeras oscuras y en la tez cadavérica. Se acercó una mano a la boca para comprobar si le olía el aliento.

Martin entró en la habitación; jadeaba. Le tendió la bolsa de la farmacia. Ella sacó el Primperan y empezó a bebérselo directamente de la botella, como si fuera agua.

—Por cierto, he visto salir y entrar a alguien del chalet.

—¿A quién?

—Labarthe. Llevaba una bolsa en la mano. Parecida a esta…

Martin frunció el ceño.

—Una bolsa de la farmacia… ¿Estás segura?

—Segura no. Estaba demasiado lejos, pero se parecía. En todo caso, se veía que tenía prisa.

Servaz se acercó a la ventana y miró el chalet. Se dio cuenta de que estaba preocupado… preocupado por Gustav.

El teléfono vibró encima del escritorio. No el teléfono que usaba a diario, sino el otro. Labarthe se estremeció. Mierda, ¿se habría enterado el suizo de alguna manera de lo que estaba ocurriendo? Con Hirtmann, uno acababa volviéndose paranoico. Miró la pantalla.

¿Estás ahí?

Labarthe escribió la respuesta con el dedo corazón.

Sí

Bien. Porque hay un cambio

¿Cuál?

Quiero ver a Gustav. Esta noche.

Donde siempre

Dios santo… Labarthe suspiró. De repente, le pareció como si tuviera un bulto enorme atascado en la garganta que le impedía respirar.

¿Qué pasa?

Nada. Quiero ver a Gustav.

Eso es todo. Esta noche

A Labarthe se le heló la sangre en las venas. Le dieron ganas de pedir ayuda a Aurore, pero los segundos se sucedían, implacables. Tenía que responder. Si no, el suizo iba a empezar a sospechar algo. De hecho, el mensaje siguiente así lo corroboró:

¿Hay algún problema?

«¡Hostia puta! ¡Responde! ¡Dile algo!».

Gustav está enfermo.

Tiene la gripe

¿Tiene fiebre?

Sí. Un poco

¿Desde cuándo?

Anoche

¿Lo ha visto el médico?

Sí

A Labarthe se le desbocó el corazón. Tenía la mirada fija en la pantalla luminosa, a la espera del próximo mensaje.

¿El mismo de siempre?

Labarthe vaciló. ¿Es que sospechaba algo el suizo? ¿Trataba de tenderle una trampa?

No. Otro. Era domingo

¿Qué le estáis dando?

Es Aurore la que se encarga.

¿Quiere que vaya a buscarla?

No. No hace falta. Me pasaré

esta noche

¿Cómo? Pero ¡si están esos policías en el hotel, los que vigilan el chalet!

Eso es problema mío

Maestro, no creo que sea una buena idea

Eso lo decido yo.

Esta noche.

A las ocho

Hirtmann se había desconectado.

¡Joder! Labarthe tragó saliva. Tenía la sensación de que miles de hormigas le subían por el cuello. Necesitaba aire… Fue hasta la ventana y la abrió. Respiró contemplando el paisaje blanco y reluciente.

El suizo iba a estar allí esa noche.

¿Por qué le había dicho que el crío tenía la gripe, maldita sea? ¿Por qué no una gastroenteritis? Mierda, qué tonto era…

¿Y si Gustav le decía a su padre que no lo había visto ningún médico? Durante todo el tiempo que había pasado escribiendo el libro, se había puesto en la piel de Hirtmann, se había tomado por él. Cuando caminaba por las calles de Toulouse, cuando miraba a las mujeres, lo hacía con la mirada del suizo. Se sentía fuerte, poderoso, cruel y despiadado. ¡Era un impostor! Todo palabrería. ¿Tenía miedo? ¡Sí, y mucho! El suizo no era un personaje de ficción, sino una maldita persona de carne y hueso… que había entrado en su vida.

Recordó su primer encuentro: él firmaba libros en una librería de Toulouse. O por lo menos debería haberlos firmado, porque llevaba media hora allí y no había visto a nadie. Después, por fin, se había presentado un lector para pedirle una dedicatoria. Cuando Labarthe le preguntó su nombre, este respondió: «Julian». El profesor se echó a reír, pero el hombre permaneció impasible delante de él, al otro lado de la mesa… escrutándolo a través de los cristales de las gafas, de tal manera que sintió un ligero escalofrío recorriéndole la espalda.

Labarthe se dirigía a su coche, en el segundo sótano del parking Jean-Jaurès, cuando el hombre surgió de un rincón oscuro e hizo que se sobresaltara.

—¡Joder, me ha asustado!

—Has cometido un error en la página ciento cincuenta y tres —le había dicho Hirtmann—. No fue así como ocurrieron las cosas.

Sin saber por qué, tal vez a causa del tono, de la calma altanera del intruso, de las palabras que empleaba, Labarthe tuvo la certeza de que no se trataba de un imitador, de que tenía al auténtico Julian Hirtmann delante de él…

—¿Es usted? —balbució.

—No tengas miedo. Es un buen libro. En caso contrario, tu miedo sería justificado.

Labarthe había intentado reír, pero la risa se le atascó en la garganta.

—Eh… eh… No sé qué decir… Es un… gran honor…

Alzó la vista hacia la cabeza que se erguía arriba, a la sombra del techo: Labarthe medía menos de metro setenta. Hirtmann sacó un teléfono del bolsillo y se lo tendió.

—Toma. Nos volveremos a ver pronto. Sobre todo, no hables con nadie de esto.

Pero Labarthe sí había hablado de ello con alguien. Con Aurore. No tenía secretos para ella.

—Quiero conocerlo —había dicho la mujer en el acto.

Salió del despacho y la buscó en vano en la planta baja. Oyó voces en el primer piso… Subió y recorrió el pasillo a la carrera. Aurore y Gustav estaban en el cuarto de baño del pequeño.

—Está empeorando —lo informó ella, mientras le humedecía la frente al niño con una toalla mojada—. Le ha subido la fiebre.

«¡No puede ser!».

—Acabo de hablar con Hirtmann.

—¿Lo has llamado? —preguntó, incrédula.

—¡No! ¡Me ha llamado él! No sé qué le ha dado. ¡Quiere ver al niño!

—¿Cómo?

—¡Va a venir esta noche!

—¿Qué le has dicho?

—Que Gustav está enfermo, que tiene… la gripe.

—¿La gripe? Pero ¿por qué la gripe?

—¡No lo sé! ¡Ha… sido lo único que se me ha ocurrido en ese momento! Me ha preguntado si a Gustav lo había visto un médico.

Aurore miró con cautela al pequeño, antes de dirigir la vista hacia su marido.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que sí.

Vio que Aurore se ponía pálida. La mujer observó a Gustav… y este le devolvió la mirada. Una mirada triste, de hastío y extenuación, al borde de las lágrimas, pero también rebosante de afecto y confianza, y, por primera vez, aquella mujer de corazón seco sintió una emoción verdaderamente humana y la dentellada de la culpabilidad en las entrañas. Después de acariciarle la mejilla, un gesto que obedeció a un impulso, lo apretó contra sí, notando en la cara el contacto del cabello empapado del niño. Casi tenía ganas de llorar.

—No te preocupes, cielo. Te pondrás bien. Te pondrás bien.

Se volvió hacia Labarthe.

—Hay que llevarlo a Urgencias —declaró.

—Ahora mismo, joder.

—Están saliendo —anunció Kirsten.

Servaz se colocó a su lado, detrás de la ventana.

—Fíjate cómo han abrigado a Gustav. Y no tiene buen aspecto, incluso visto desde aquí.

Le pasó los prismáticos.

—Hoy no ha ido a la escuela —comentó él.

Volvió a embargarlo la preocupación. Miró el reloj. Pronto serían las tres. Hacía más de tres horas que Labarthe había vuelto de la farmacia, suponiendo que en realidad hubiera ido allí. El estado de Gustav había empeorado, no cabía duda. Servaz habría dado cualquier cosa por saber qué le ocurría el niño. La angustia lo corroía, literalmente.

Vio que sentaban a Gustav detrás; la esposa de Labarthe le puso una manta en el regazo y le acarició el pelo. El hombre se instaló al volante… no sin desviar antes la mirada hacia el hotel.

—¿Qué hacemos? —preguntó Kirsten.

Servaz reflexionó un instante.

—Dejémoslo correr. Ya están en alerta. Y en estas carreteras, nos descubrirían enseguida. Además, tú no estás en forma. Esperaremos a que vuelvan.

—¿Estás seguro?

—Sí.

En verdad, estaba ansioso por salir corriendo detrás del coche. Comprendió que no podría soportar mucho aquella incertidumbre. ¿Adónde lo llevaban? En ese instante, le tenían sin cuidado los Labarthe e incluso Julian Hirtmann. Solo podía pensar en Gustav. «¿Por qué estoy tan preocupado? —se preguntó—. Si ese niño no es mi hijo, ¿por qué me siento tan implicado?».

 

Sentada en el asiento trasero, Aurore seguía abrazando a Gustav. Se había vestido a toda prisa, con el primer pantalón y el primer jersey que había encontrado. En el coche hacía un frío húmedo y penetrante. Había envuelto al niño con la manta, pero no paraba de temblar.

—¿Nos quieres matar de frío o qué? —espetó.

Labarthe puso la calefacción a tope sin contestar, atento a la carretera sinuosa.

Una vez superado el tramo de curvas, salieron a otra vía más ancha, limpia de nieve. Torció a la derecha. En dirección a Saint-Martin.

Aceleró.

—Tengo ganas de vomitar —dijo el niño.

El doctor Franck Vassard disfrutaba de un momento de descanso en la sala destinada a ese propósito, cuando acudió a buscarlo una enfermera.

—Acaba de llegar un niño que no para de vomitar.

Se incorporó en el sofá desgastado, se sentó y la miró mientras se estiraba, con los brazos cruzados. Era un residente joven, que estaba de guardia en Urgencias. Irradiaba energía, y no solo la energía de la juventud, sino también la de la persona a quien aún no han derrotado los años de lucha incesante contra dos enemigos invencibles: la enfermedad y la muerte. A los cuales a menudo había que sumar otros dos: la ignorancia y la desconfianza de los pacientes. Se frotó la barba de hipster observando a la enfermera.

—¿Qué edad tiene?

—Cinco años. Presenta algunos síntomas ligeros de ictericia. Podría ser una insuficiencia hepática.

Ictericia: una coloración amarilla de la piel y de la conjuntiva del ojo provocada por un aumento de la concentración de bilirrubina en la sangre.

—¿Está con sus padres?

—Sí.

—¿Fiebre?

—Treinta y ocho y medio.

—Ya voy.

Se levantó y se dirigió a la máquina de café. Lástima, la cabezada había sido más breve de lo que esperaba. El hospital de Saint-Martin era pequeño y el servicio de Urgencias raras veces debía asumir el caos más o menos controlado propio de los centros de las grandes ciudades.

Al cabo de dos minutos, Vassard salía del pequeño cuarto y enfilaba el ajetreado pasillo lleno de carritos y enfermeras. El niño estaba sentado en una camilla. La pareja lo observó mientras se acercaba. Sin saber por qué, les vio algo extraño y descompensado (la mujer medía casi diez centímetros más que el hombre) que lo hizo sentir incómodo.

—¿Son sus padres?

—No, unos amigos —respondió el hombre con perilla—. El padre no tardará en llegar.

—Muy bien. ¿Qué te pasa? —preguntó, acercándose al pequeño, rubio y de mirada febril.

 

—Le vamos a administrar carbón activado y un antiemético —dijo—. No soy muy partidario de los lavados gástricos. De todas maneras, ya casi no se utilizan salvo en cuadros de ingestión de sustancias de elevada toxicidad, que no es el caso del sedante que le hicieron tomar. —En ese punto, imprimió de manera inconsciente a sus palabras un tono claramente reprobador—. Luego lo dejaremos en observación hasta mañana por la mañana. Lo que más me preocupa son los síntomas: la ictericia, el hígado hinchado y los dolores abdominales. La atresia biliar no se puede tomar a la ligera. ¿Sigue un tratamiento?

Se cruzó con la mirada astuta de la mujer, en estado de alerta absoluta.

—Lo sometieron a la operación de Kasai —respondió—. Lo lleva el doctor Barrot.

El joven residente asintió con la cabeza. Conocía a Barrot. Un médico competente. La operación de Kasai era una intervención quirúrgica que consistía en restablecer el drenaje de la bilis del hígado hacia el intestino sustituyendo el conducto deteriorado por la enfermedad por un sistema nuevo que aprovechaba el intestino delgado. La intervención daba buenos resultados en un caso de cada tres. Aun así, incluso cuando culminaba con éxito, no interrumpía el lento progreso de la cirrosis. «La atresia biliar es una auténtica jugarreta», pensó el residente, mirando al niño.

—Parece como si la intervención no hubiera dado resultado —comentó, con el ceño fruncido—. Quizá habría que plantearse la posibilidad de un trasplante… ¿Saben si está previsto? ¿Qué opina el doctor Barrot?

Lo miraban como si les hablara en chino. Una pareja muy curiosa… se dijo.

—Y la próxima vez, déjense de sedantes —insistió, al ver que no respondían—. Aunque esté muy revoltoso.

Los miró de arriba abajo, primero a uno y después al otro, con la intención de impresionarlos. La mujer asintió con la cabeza. Era más alta que él. El pantalón de cuero y el jersey ajustados que llevaba realzaban su espléndida figura. Al observarla, no supo si era superior la atracción física que sentía hacia ella o la repulsión que le inspiraba. Nunca había experimentado una sensación tan ambivalente delante de una mujer.

 

Observaba la entrada del hospital y la vasta explanada desde el porche de un edificio, situado a cien metros. Había anochecido ya. Las farolas, con algún que otro copo de nieve cruzando su aureola, proyectaban unas grandes manchas amarillas sobre la fachada de ladrillo del voluminoso edificio. Aspiró con nerviosismo el humo del cigarrillo, al acecho detrás de los cristales de las gafas.

Todo estaba tan tranquilo, tan oscuro, tan quieto… ¿Adónde iban los habitantes de Saint-Martin-de-Comminges después de hacerse de noche? Arrojó el cigarrillo a la nieve de la acera.

Miró a su alrededor.

Dio unos pasos.

Atravesó la explanada desierta con tranquilidad, a pesar de la impaciencia que lo consumía. Franqueó las puertas y se encaminó hacia la recepción.

—Esta tarde ha ingresado en Urgencias un niño de cinco años —dijo cuando la enfermera del otro lado del mostrador se dignó prestarle un poco de atención—. Gustave Servaz. Soy su padre.

La mujer consultó la pantalla del ordenador.

—Muy bien —dijo, y señaló una puerta de cristal situada a la izquierda—. Cruce esa puerta, siga por el pasillo hasta el final y luego gire a la derecha. Está escrito, ya lo verá. Pregunte allí. El horario de visitas se termina dentro de un cuarto de hora.

Su mirada se demoró un poco más de la cuenta en la enfermera.

Durante una fracción de segundo, imaginó que se inclinaba por encima del mostrador, la agarraba por el pelo, sacaba el cúter que llevaba en el bolsillo y le rebanaba la garganta.

—Gracias —dijo Julian Hirtmann.

Se alejó y siguió las indicaciones. Al final del segundo pasillo, otro mostrador. Volvió a preguntar.

—Sígame, por favor —le indicó una enfermera de rostro cansado y cabello sin brillo.

Los vio en el extremo del pasillo… los Labarthe. Roland acudió a su encuentro con precipitación; Aurore se quedó en un segundo plano, observándolo con cautela. Abrazó a ese cretino profesor de universidad como daría una bendición un papa. Sin dejar de clavar la mirada en la de su mujer. Por un instante, recordó el momento en que la poseyó en el desván, atada y colgada de las muñecas por las anillas del techo, desnuda y entregada a su merced, mientras Labarthe aguardaba con paciencia abajo, en el salón, a que hubieran terminado.

—¿Dónde está?

Labarthe señaló una puerta.

—Ahora duerme. Le han administrado un calmante y un antiemético.

Evitó mencionar el carbón activado, aunque sabía que, tarde o temprano, el maestro se enteraría de lo ocurrido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó este, como si se hiciera eco de sus pensamientos —. ¿No me habías dicho que tenía la gripe?

Labarthe le había escrito para decirle que las cosas se habían complicado y que tenían que ir al hospital.

—Su estado ha empeorado de golpe —intervino Aurore, acercándose a él—. Como estaba muy agitado, le he dado un sedante ligero.

—¿Que le has dado qué…?

La voz de Hirtmann estaba llena de espinas.

—El médico ha dicho que eso no ha tenido nada que ver —mintió—. Y Gustave está bien.

Le dieron ganas de cogerla por el cuello, aplastarla contra la pared y apretar hasta que se le pusiera la cara morada.

—Ya hablaremos de eso luego —dijo, con una peligrosa calma en la voz—. Volved a casa. Yo me quedo aquí.

—Nosotros también podemos quedarnos, si quiere —se ofreció Labarthe.

Miró fijamente al hombrecillo de la perilla y luego a la rubia alta. Los imaginó muertos, rígidos, fríos.

—Volved a casa. Y dejad este sobre en el hotel.

Labarthe le echó un vistazo rápido. Iba a nombre de «Martin Servaz». Conocía ese nombre, por supuesto. La noche anterior había dudado incluso cuando vio al individuo que llamó a su puerta. Le había dado la impresión de que aquella cara tenía algo familiar. ¿Qué demonios ocurría? Se moría de curiosidad.

Hirtmann los observó mientras se alejaban. Después entró en la habitación. Gustav dormía, con expresión relajada. Permaneció un rato quieto, al pie de la cama, contemplando al niño… Luego se sentó en la única silla que había.

 

Servaz estaba plantado delante de la ventana.

Escuchaba y observaba. Con desesperación. Miraba el chalet, desierto y apagado en la noche vacía, con un hormigueo en el vientre.

¿Dónde estaban? ¿Qué le ocurría a Gustav? Hacía ya varias horas que se habían ido. No soportaba más aquella espera. Empezaba a arrepentirse de no haberlos seguido. Kirsten, además, le había comentado en un par de ocasiones que quizá habían tomado la decisión equivocada. Ella también se mostraba impaciente.

Entonces, minada por los nervios y las náuseas de la noche, había sucumbido al cansancio y roncaba ligeramente encima de la cama.

De pronto, percibió el sonido de un motor que se acercaba. Pegó la nariz al cristal y lo vio: ¡el Volvo de los Labarthe! Se dio cuenta de que aflojaba la marcha y se detenía delante del hotel. Solo veía el techo, incapaz de distinguir quién iba en el interior.

Labarthe bajó, subió a la terraza y entró. Volvió a salir al cabo de un momento y el coche se alejó hacia el chalet.

Servaz notó cómo se le alteraba la respiración cuando se abrieron las portezuelas del vehículo. Labarthe y su mujer se bajaron, solos. Gustav no iba con ellos… ¿Qué había pasado con el niño? ¿Dónde lo habían dejado?

En ese momento sonó el teléfono. No su móvil, sino el aparato grande, negro y antediluviano del hotel, el que había encima de la mesa que servía de escritorio. Descolgó antes de que despertara a Kirsten.

—Han dejado un sobre para usted en recepción —le informó el hotelero.

Labarthe… ¿Qué ocurría? De nuevo volvió a sentir que estaban dirigiéndolo con unos hilos invisibles, como a una marioneta. Una vez más, se le habían adelantado.

—Ahora bajo.

Irrumpió en el vestíbulo en menos de un minuto. Allí lo esperaba un sobre marrón, con el nombre del destinatario escrito a mano:

MARTIN SERVAZ

—Lo ha dejado el chalado ese —dijo el dueño del hotel.

La mano le tembló un poco cuando lo rasgó para sacar una hoja de papel plegada en cuatro.

Sintió que el vestíbulo del hotel empezaba a dar vueltas, que el universo entero iniciaba una rotación… Planetas, estrellas, espacio, vacío… toda la creación basculó en una sola fracción de segundo, en que el universo salió de su eje y se abolieron todas las referencias. En la nota ponía:

Gustav está en el hospital de Saint-Martin. Te espero. Ven solo. No habrá

Kindertotenlieder si aunamos fuerzas.

J.