Noche
38. Como lobo rodeado de corderos
38
Como lobo rodeado de corderos
—¿Tú crees que este niño nos lo envió alguien? ¿Crees en Dios, Martin? Me parece que ya te lo pregunté una vez. Sería un Dios francamente retorcido si existiera, ¿no?
Habían salido a respirar el aire de la noche y miraban caer la nieve. Hirtmann dio una calada al cigarrillo.
—¿Has oído hablar de Marción, Martin? Marción era un cristiano que vivió hace mil ochocientos años en Roma. Al observar lo que había a su alrededor, al observar ese universo cargado de sufrimiento, masacre, enfermedades, guerras y violencia, Marción, el hereje, llegó a la conclusión de que el Dios que había creado todo aquello no podía ser bueno, que el mal era un componente de su creación. Los guionistas de la cristiandad hicieron que la historia diera un giro bastante lamentable para responder a la cuestión del mal: inventaron a Lucifer. Sin embargo, la versión de Marción era bastante mejor: Dios es el responsable del mal, igual que de todo lo demás, y es el responsable también de la enfermedad de Gustav. El mal no solo forma parte de la creación, sino que es uno de sus instrumentos. Gracias a la violencia y al conflicto, la creación evoluciona hacia formas cada vez más perfectas. Fíjate en Roma. Según Plutarco, Julio César tomó más de ochocientas ciudades, sometió a trescientas naciones, hizo un millón de prisioneros y mató a otro millón de enemigos. Roma era una sociedad viciosa, con una tendencia marcada hacia la crueldad. No obstante, su ascenso facilitó la evolución del mundo, su imperio unificó naciones, permitió la circulación de ideas e inventó nuevas formas de sociedad.
—Tus divagaciones me cansan —señaló Servaz, sacando su propio paquete de tabaco.
—Soñamos con la paz, pero es un engaño —prosiguió el suizo, haciendo caso omiso de la interrupción—. La rivalidad, la competitividad y la guerra reinan en todos los ámbitos. William James, el padre de la psicología americana, sugirió que la vida civilizada hace posible que muchas personas pasen de la cuna a la tumba sin experimentar ni por un segundo el miedo auténtico. Esas personas no comprenden, pues, la naturaleza de la violencia, el odio y el mal de los que están rodeados. Es maravilloso ser un lobo rodeado de corderos, ¿no te parece?
—¿Qué hiciste con Marianne? ¿Cómo murió?
El suizo le lanzó una mirada breve, contrariado esta vez, como si considerase de mala educación que lo hubiera interrumpido dos veces.
—¿Te conté que, cuando tenía la edad de Gustav, golpeé a mi tío con un martillo? Estaba sentado en el comedor con mi madre. Había pasado con no sé qué pretexto mientras mi padre no estaba en casa y los dos estaban charlando. Todavía hoy soy incapaz de explicar por qué lo hice. De hecho, me había olvidado del asunto hasta que mi madre me habló de ello, al cabo del tiempo, en su lecho de muerte. No sé… seguramente fue solo porque el martillo estaba allí. Lo cogí, me acerqué a él por detrás y ¡pam! Le di un buen golpe en la cabeza. Según mi madre, le salió sangre.
Servaz hizo brotar la llama del mechero para encender el pitillo.
—Una de las últimas cosas que me dijo mi madre, unos momentos antes de que el cáncer acabara con ella, fue: «Siempre fuiste malo». Yo tenía dieciséis años. Le respondí sonriendo: «Malo como el cáncer, mamá».
De repente, sin que nada hubiera hecho prever su gesto, el suizo arrancó el cigarrillo de los labios de Servaz y lo arrojó sobre la fina capa de nieve de la acera. Acto seguido, lo aplastó con el talón.
—Pero ¿qué…?
—¿No sabes que los donantes no deben fumar? Es un poco tarde, pero, a partir de hoy, se acabó el tabaco —decretó Hirtmann, antes de dar media vuelta para dirigirse a la puerta—. ¿Tomas medicamentos para el corazón?
Servaz estuvo a punto de contestar, pero pensó en Gustav. ¿De verdad estaba pasando? ¿De verdad estaba hablando con el suizo de los medicamentos que tomaba?
—No son exactamente para el corazón —respondió—. No es como si me hubieran hecho un bypass o un trasplante. No necesito anticoagulantes ni medicación para el rechazo. Ya no tomo analgésicos ni el antiinflamatorio. No creo que hayan tenido demasiado tiempo para dañarme el hígado, si es eso lo que te preocupa. ¿Dónde está Marianne? ¿Qué hiciste con ella? —gruñó detrás del suizo mientras le daba alcance.
Las puertas se cerraron detrás de ellos. La entrada de servicio. Servaz miró a su alrededor. No había nadie.
—¿Dónde está? —insistió, cogiendo a Hirtmann por el cuello y proyectándolo contra la pared.
El suizo no opuso resistencia.
—Marianne… —repitió Servaz, con las facciones deformadas por la rabia.
—¿Quieres salvar a tu hijo o no? Suéltame. Lo sabrás a su debido tiempo, no te preocupes.
Siguió apretando. Tenía ganas de golpearlo, de darle una paliza, de hacerle daño.
—Tu hijo morirá si no hacemos nada. No podemos esperar más. Ah, y otra cosa: por si acaso se te ocurriera que a Gustav pueden operarlo aquí… Piensa en Margot. Hace dos noches la vi en pijama. Derramé un café en la chaqueta de su guardaespaldas y ella salió a ver qué ocurría. ¡Es muy guapa!
Entonces sí le golpeó. La nariz del suizo reventó. Hirtmann empezó a rugir como una fiera cuando Servaz lo soltó. Se inclinó hacia delante, sacó un pañuelo y se lo presionó contra la nariz para detener la hemorragia.
—Podría matarte por esto —gruñó—. Sabes muy bien —continuó de todas formas— que es imposible proteger a tu hija de alguien como yo… A propósito de Margot, ¿no la notas cansada últimamente? ¿Has visto qué ojeras tiene?
—¡Eres un desgraciado!
Estaba listo para darle otro puñetazo. El corazón le latía peligrosamente en el pecho. Fue entonces cuando vio el letrero de la pared, cerca de la puerta corredera:
TODA AGRESIÓN FÍSICA Y/O VERBAL CONTRA EL PERSONAL HOSPITALARIO DE
SERVICIO SERÁ OBJETO DE ACCIONES JUDICIALES ARTS. 222-7 Y 433-3 DEL
CÓDIGO PENAL
Al fin y al cabo, se dijo, Hirtmann no formaba parte del personal del centro. Cogió las esposas en un visto y no visto.
—Pero ¿qué haces? —preguntó el suizo con la mirada centelleante.
Sin responder, Servaz cerró una de las manillas en torno a una muñeca del suizo y lo obligó a girar.
—Para. Esto es una estupidez.
Después de repetir la operación con la otra esposa, lo cogió por un brazo y lo llevó hacia la salida.
—Pero ¿qué coño haces? —le recriminó Hirtmann, furioso—. ¡Piensa en Gustav! En el tiempo que estamos perdiendo.
La voz del suizo, monótona y fría, le produjo la sensación de estar caminando sobre una capa de hielo demasiado delgada, a punto de quebrarse.
La enfermera los vio pasar desde su exiguo despacho e hizo ademán de salir. Sin volverse, Servaz alargó el carnet de la policía hacia ella y se alejó con el prisionero.
—Pareces alterado, Martin —dijo el suizo con voz malévola y burlona—. Te comportas como un gato que se ha pillado la cola en la puerta. Quítame esto. A tu hija no la toqué, ni la tocaré. Si haces lo que tienes que hacer… A fin de cuentas, todo… absolutamente todo… depende de ti.
—Cierra el pico.
Empujó la puerta oscilante que daba al vestíbulo y empuñó de igual manera el carnet en dirección a la mujer de la recepción… que se quedó mirando la cara ensangrentada de Hirtmann, las muñecas esposadas y la identificación con ojos desorbitados… Luego, Servaz se encaminó hacia la salida sujetando al suizo.
El aire frío los azotó al salir, pero Servaz ni siquiera se percató de ello. Después de bajar la escalera, se dirigió hacia el lugar donde tenía aparcado el coche.
—Piénsalo un poco —lo instó el suizo, que caminaba a su lado—. Van a acusarte de asesinato. Y la única persona que puede exculparte soy yo.
—Justo por eso. En este momento prefiero saber que estás en la cárcel y no fuera —le contestó, abriendo la portezuela del lado del acompañante.
—¿Y Gustav?
—De eso me ocupo yo.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo vas a hacer para donarle tu hígado desde la trena?
El suizo lo miraba fijamente, reclinado sobre el coche, con las muñecas esposadas encima del vientre. Servaz titubeó.
—De acuerdo, pero yo pongo las condiciones —repitió.
—¿Y cuáles son?
—Tú en la cárcel y yo fuera. Seguiré tus instrucciones. Iré a esa clínica. Donaré mi hígado. Salvaremos a Gustav, pero tú dormirás en la cárcel mientras tanto.
El suizo emitió un sonido entre una carcajada y un rugido.
—¿Crees que puedes imponer tus condiciones? No tienes alternativa, Martin. No tienes ninguna baza. Si quieres salvar a tu hijo. Y a tu hija… Aunque yo esté en la cárcel, piensa en lo que podrían hacerle los Labarthe… O, si no, otras personas como ellos, a las que conozco… Veo que te has puesto muy pálido de repente, Martin…
El desapacible aire que soplaba en la explanada se llevaba las palabras del suizo al mismo tiempo que su aliento condensado. Los ojos de Hirtmann eran meras rendijas, pero Servaz distinguía un brillo metálico entre sus párpados. No abrigaba la menor duda de que este ejecutaría su amenaza.
Le golpeó en el hígado, con todas sus fuerzas, y al suizo se le doblaron las rodillas, al tiempo que aullaba de dolor y rabia.
—Esta me la pagarás —afirmó furioso—. Tarde o temprano, me la pagarás. Pero no ahora.
Servaz le quitó las esposas.
Eran las cuatro de la madrugada cuando regresó al hotel. Enseguida vio que la luz brillaba en la ventana de su habitación. Kirsten estaba despierta.
Cuando entró, la vio sentada en la silla que había delante del pequeño escritorio, de espaldas a él, con el ordenador encendido.
—¿Dónde estabas? —preguntó sin darse la vuelta.
Servaz no respondió de inmediato. Kirsten se volvió y lo observó.
—¿Qué ha pasado? Es como si te hubieras echado diez años encima.