Noche

Bernard Minier · Capítulo 19 de 50

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Noche

16. Regreso

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Regreso

 

Conducía en silencio a lo largo de la autopista A-61 —la «Pirenaica»— sin dejar de pensar en la respuesta de Kirsten. «Una intuición». Era como un veneno lento — ricino o amatoxinas— que se extendía y terminaba por contaminar todos sus pensamientos. ¿Una intuición parecida a la que acababa de tener él cuando la directora de la escuela le había preguntado por su vínculo con Gustav?

Marsac… Claire Diemar, la profesora de civilización antigua que encontraron ahogada en la bañera, con una lámpara encendida en la boca. Las decenas de muñecas que flotaban en la piscina del jardín. Y Marianne, que lo había llamado pidiendo socorro porque era su hijo, Hugo, a quien habían encontrado acurrucado delante de la casa de la muerta. Sin duda, Servaz había perdido la cabeza durante el curso de aquella investigación. Había vuelto a tomar contacto con un pasado que ya lo había destrozado una vez y se había acostado con la madre del principal sospechoso. Había tirado por la borda todos sus principios. Y lo había pagado caro… Vaya que sí. Había tardado meses en recuperarse. Aunque tampoco tenía claro que se hubiera recuperado del todo…

«¿Y si… y si Marianne se hubiera quedado embarazada antes de que la secuestrara el suizo?». La idea lo inundó de terror, le produjo náuseas. Abrió la boca como si le faltara el aire. No, no podía ser. No era posible que hubiera ocurrido eso. Era impensable. No podía permitirse considerar esa posibilidad. Ya se lo había dicho el psiquiatra: estaba demasiado débil, era demasiado vulnerable.

Dejó vagar la mirada sobre los camiones a los que adelantaba. Había algo que no ofrecía margen de duda: Hirtmann había ido diseminando los indicios para ellos, como piedrecillas en el camino. Había pasado temporadas allí, eso era lo que le había dicho el abuelo a la directora: iba con regularidad a ver a su hijo cuando estaba de vacaciones… y los trabajadores de las plataformas tienen muchas vacaciones. Era, pues, probable que hubiera cambiado de aspecto para pasar inadvertido en Saint-Martin. A menos que hubiera recurrido al ingenio para no ser reconocido. ¿Y Marianne, dónde estaba?, se preguntó. ¿Seguiría aún viva? Así lo había creído cuando averiguó que el corazón de la caja isotérmica no era el suyo… pero en la actualidad empezaba a albergar dudas. ¿Por qué el suizo la habría mantenido con vida tanto tiempo? No era así como solía actuar. Además, aquello resultaba muy complicado desde un punto de vista material. Por otra parte, si estaba muerta, ¿no se lo habría hecho saber, de una forma u otra? Seguro que no habría mantenido en silencio un acontecimiento tan fundamental para su «amigo» policía.

Agarraba con los dedos tensos el volante, con la impresión de que le iba a estallar la cabeza.

—¡Eh, cuidado! —exclamó Kirsten a su lado—. ¡No corras tanto!

Miró el velocímetro. ¡Por Dios! ¡Iba a ciento ochenta kilómetros por hora! Levantó el pie del acelerador y el rugido del motor disminuyó.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó ella.

Martin asintió sin decir nada, con un nudo en la garganta. La miró de reojo. Lo observaba tranquilamente, con frialdad. Aunque tenía la falda subida un poco por encima de las rodillas, el abrigo oscuro la envolvía como un corsé, abotonado hasta arriba. El cabello rubio le caía a ambos lados de una raya, bien dibujada, en la que se intuían unas raíces oscuras, y las uñas nacaradas se veían impecables. Se preguntó qué ocultaba bajo aquella frialdad. ¿Sería común en Noruega hacer muestra de aquel temperamento rigorista y espartano? ¿O ella era así, un rasgo suyo que arrancaba en su infancia, fruto de su educación?

Parecía dar poca importancia al calor humano y al contacto. Había dicho que tenía cinco días por delante. ¿Qué esperaban conseguir los de la policía noruega en tan poco tiempo? Debía de tratarse de una cuestión de presupuesto, igual que allí. Mejor: no se sentía con fuerzas para soportar aquella presencia jansenista durante mucho tiempo más, pese a que él tampoco estaba, ni de lejos, muy dicharachero ni animado. Se sentía observado y analizado constantemente, y eso no le gustaba. Le recordaba a una maestra de primaria o a una jefa que debe hacerse respetar en un entorno masculino. ¿Sería así por naturaleza o estaba adaptando su comportamiento a la situación? En todo caso, cuanto antes volviera a Noruega, mejor.

—Es una pena —dijo de repente ella.

—¿Cómo? ¿Qué es una pena?

—Si ese niño es su hijo… es una pena.

Servaz meditó sobre ello. Sí, era una pena… aunque quizá había una posibilidad todavía peor.