Noche

Bernard Minier · Capítulo 43 de 50

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Noche

40. Dos menos

40

Dos menos

 

Las altas llamas se elevaban hacia el cielo e iluminaban la noche mientras devoraban lo que quedaba del chalet. Las pavesas que subían se cruzaban con los copos de nieve que bajaban, como filas de hormigas luminosas. El resplandor del incendio rebotaba en el linde del bosque, un poco más arriba. Kirsten estaba apoyada en un coche de policía, envuelta en una manta isotérmica. Sostenía una taza llena de café que humeaba en medio del aire frío. A una decena de metros, las mangueras de los bomberos producían grandes columnas de vapor, que ascendían silbando cuando el agua entraba en contacto con las llamas y lo que quedaba del armazón de la casa. Cuando el fuego se apagaba en un lado, se reavivaba en el otro.

Kirsten contemplaba el espectáculo, con el reflejo danzante del fuego en las pupilas. Sabía que iba a tener que explicarse, que Martin le pediría cuentas. Había oído los alaridos en medio del incendio. Los gritos inhumanos que lanzaba Aurore mientras las llamas la devoraban, los ojos se le salían de las órbitas y la carne se le fundía como la cera. Había bloqueado la respiración, sintiendo la presión de los gritos en los tímpanos, y luego estos habían parado de golpe. Poco rato después, una parte del chalet se había venido abajo, y las sirenas de los bomberos habían sofocado cualquier otro sonido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó alguien a su lado.

Volvió la cabeza y lo vio.

—Los ha dejado abrasarse en el interior —dijo—. Ha debido de atarlos en alguna parte. ¿Dónde te habías metido?

—¿Y a ti qué te ha pasado? —quiso saber Martin, al ver la cara tiznada de la noruega.

—He intentado entrar. El incendio ya había comenzado…

—¿Para… salvarlos?

Lo miró con sorpresa.

—Sí, ¿y? No será porque…

—¿Y a Hirtmann, lo has visto?

—Sí —contestó con una mueca—. Se ha ido con Gustav. Justo cuando ha empezado el incendio y ya salía humo por el tejado.

Servaz la observaba fijamente.

—Sin arma, no he podido hacer nada. Para detenerlo, me refiero… Ha pasado delante de mí sin decir nada, con el niño de la mano. Lo ha subido al asiento trasero y se han ido.

Kirsten negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos.

—Los ha matado, Martin. ¡Y yo lo he dejado escapar!

Servaz siguió callado.

—No se queden aquí —advirtió una voz—. Aléjense. El edificio va a derrumbarse.

Regresaron al hotel. La terraza estaba llena de curiosos venidos del pueblo. De no ser por el frío húmedo que penetraba la ropa, cualquiera habría dicho que era la noche de San Juan.

Pasó un brazo alrededor de los hombros de Kirsten y esta se apoyó en él mientras caminaban.

—No te preocupes —dijo—. Pronto se habrá acabado.

El teléfono le vibró en el bolsillo. Lo sacó y leyó el mensaje que acababa de recibir. Un lugar, una hora… Y dos palabras: Ven solo.

Levantó la vista hacia Kirsten.

—Es él —le explicó—. Quiere que vaya solo.

—¿Adónde?

—Te lo diré más tarde.

A la noruega le cambió el semblante. Por un instante, Servaz captó la cólera ardiente en sus ojos y el rostro se le transformó, hasta el punto de que le costó reconocerla. Después adoptó una de sus expresiones habituales y asintió con la cabeza de mala gana.