Noche
3. Teleobjetivo
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Teleobjetivo
Kirsten y Kasper llevaban más de tres horas sentados frente al francés. Ella había elegido el espacio más neutro posible, un cuarto sin decoración ni ventanas, con el fin de que su interlocutor no tuviera distracciones y se concentrara en ella y en sus preguntas.
Primero había empleado un tono halagador para resaltar el carácter tan especial de la puesta en escena en la iglesia y lo había interrogado sobre su oficio de soldador. Después había dado un giro de ciento ochenta grados y había empezado a burlarse de sus puntos débiles, mofándose de la facilidad con que se había dejado atrapar y de los numerosos indicios que había ido dejando tras él.
Durante todo ese rato, el tipo no había parado de proclamar su inocencia.
—Esa ropa interior es de mi novia —repitió, gimiendo—. Me sirve para acordarme de ella y para… bueno, ya me entienden…
Kirsten lo observó. Le dieron ganas de abofetearlo al ver su mirada suplicante, húmeda, llorosa.
—¿Y la sangre? —dijo Kasper.
—¡Es sangre de regla, joder! ¡Con tanto científico, seguro que tienen la manera de comprobarlo!
Kirsten se lo imaginó olisqueando las bragas por la noche, en la litera, y la recorrió un escalofrío.
—De acuerdo. Entonces, ¿por qué has huido?
—Ya se lo he dicho.
—Pues repítemelo.
—¡Se lo he repetido diez veces!
—Pues con esta serán once —contestó, encogiéndose de hombros.
Permaneció callado tanto rato que le dieron ganas de espabilarlo un poco.
—Meto un poco de hachís a escondidas y lo reparto entre mis compañeros de a bordo.
—¿Traficas?
—No, se lo regalo.
—Deja de tratarme como si fuera gilipollas.
—Vale, sí. Un poco. Les hago un favor. La vida aquí dentro no siempre es fácil, pero ¡no soy un asesino, joder! ¡Nunca le he hecho daño a nadie!
De nuevo los sollozos y los ojos enrojecidos. Salieron de la habitación.
—¿Y si nos estamos equivocando? —preguntó Kirsten a su compañero.
—¿Bromeas?
—No.
Se alejó por el pasillo y subió la escalera que conducía al puesto de mando. Empezaba a orientarse en aquel laberinto. Christensen la miró al entrar.
—¿Qué tal?
—Tenemos que registrar las otras cabinas de los operarios que aún no han vuelto.
—¿Para qué?
Kirsten no respondió.
—De acuerdo —aceptó con desgana el capitán, presintiendo que aquella mujer era inflexible en cualquier circunstancia y que perdería el tiempo discutiendo con ella —. Los acompaño.
Lo encontró en la cuarta cabina.
Entre la ropa: un sobre de papel de estraza. Formato A4. Se lo acercó y lo abrió. Fotografías reveladas. La primera era un retrato de un niño rubio, de unos cuatro o cinco años. Le dio la vuelta. En el dorso había escrito «Gustav». Detrás de él se veía un lago, un pueblo y unas montañas nevadas. Examinó las otras fotos.
Se habían tomado con un teleobjetivo…
Un hombre. Siempre el mismo. En la cuarentena. Pelo moreno.
Kirsten las fue pasando. Había unas veinte. El hombre aparcaba el coche, se bajaba de él, lo cerraba. Caminaba por la calle, entre la gente. Aparecía sentado al lado de la ventana de un bar. Kirsten se fijó en la placa de una calle.
Aquellas fotos se habían tomado en Francia.
En una de las últimas, el hombre entraba en un gran edificio de ladrillo visto por una puerta semicircular de metal que daba acceso al vestíbulo. Arriba ondeaba una bandera de color azul, blanco y rojo. La francesa, en efecto. Y encima se leían las palabras «HÔTEL DE POLICE». Aunque no hablaba francés, Kirsten comprendió sin dificultad la última.
Police: «politiet».
En los primeros planos se apreciaba su rostro agradable, aunque parecía cansado, preocupado. Kirsten había advertido las ojeras bajo los ojos, el pliegue de amargura de la boca. A veces la cara era nítida, otras el cuerpo entero se veía un poco borroso… o bien se interponía un coche, unos arbustos o unos transeúntes entre él y el objetivo. Aquel individuo ignoraba por completo la existencia de la sombra que lo seguía a todas partes, que pisaba donde él había pisado.
Volvió a darle la vuelta a la foto del niño.
GUSTAV
La misma letra que la del papel que habían encontrado en el bolsillo de Inger Paulsen, en la iglesia.
El papel donde aparecía escrito su nombre.