Noche
17. Huellas
17
Huellas
Anochecía ya cuando los excursionistas llegaron al refugio. Eran casi las seis de la tarde y estaban a un grado bajo cero. Hacía varias horas que el sol se había ocultado detrás de las montañas… y hacía muchas más que habían empezado a seguir la pista blanca que se adentraba en el bosque. Avanzaban uno detrás de otro, rodeados de silencio, entre los árboles, en el ocaso del día: cinco figuras envueltas en anoraks de plumón, capuchas y gorros, bufandas y guantes voluminosos, que se deslizaban sobre los esquís. Trazando su camino. Solitarios en medio de aquel desierto blanco. Había sido un día largo, muy largo, y hacía rato que ya no hablaban. Estaban demasiado cansados. Se limitaban a respirar cada vez más deprisa, dibujando con el aliento figuras de vaho blanco frente a sus bocas.
La visión del refugio les infundió fuerzas. Su forma oscura posada en el claro nevado les dio un último empujón para seguir.
Tablones, pizarra, piedra, rodeado de abetos: era como si una postal de Canadá se aproximara a ellos —aunque eran ellos los que avanzaban— en la oscuridad naciente. Gilbert Beltran pensó en Colmillo blanco y en La llamada de la selva, lecturas de infancia llenas de aventuras, tierras vírgenes y libertad. A los diez años, había creído que la vida era eso: aventura y libertad. Luego había descubierto que los márgenes de maniobra son escasos, que, en cuanto uno se ha embarcado en una dirección, es casi imposible virar, y que, en general, todo resulta mucho menos estimulante de lo que parecía al principio. Había cumplido los cincuenta y acababa de dejar a su novia, que tenía veintiséis (o, más bien, había sido ella la que lo había dejado a él). Una joven derrochadora como pocas que, con las pensiones alimenticias que pagaba a sus tres exmujeres, había estado casi a punto de arruinarlo, y que antes de largarse le había hecho saber que no era más que un imbécil. En realidad, había sido más grosera todavía. Estaba al borde de la extenuación y los músculos le ardían, como también los pulmones, hambrientos de oxígeno. Se limitaba a respirar, y respirar de nuevo.
Estaba siguiendo una terapia en el balneario de Saint-Martin-de-Comminges, al igual que todos los integrantes de la excursión, para tratar una depresión acompañada de trastornos de sueño, y todavía no disfrutaba de una buena forma física, ni mucho menos. Recordó que, en los libros y tebeos de su infancia, los héroes —animales o humanos— eran siempre valientes, rectos y honestos. En la actualidad, solo veía series de televisión o películas cuyos héroes eran apáticos, mentirosos, manipuladores y cínicos. En la Bolsa de valores de la ficción, la rectitud, la valentía física y la elegancia moral se cotizaban muy a la baja.
La voz de mujer que sonó a su espalda lo sacó de su ensimismamiento.
—Estoy muerta.
Se volvió. Era la rubia. Guapa, sana, sin remilgos. De unos treinta y cinco años. Se le ocurrió que le habría gustado oírle decir eso en la cama. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, estaba libre. Esa noche intentaría un acercamiento. A condición de que tuvieran suficiente intimidad allí dentro, desde luego.
Advirtió que el refugio era más grande de lo que parecía. Por un lado, el techo descendía casi hasta el suelo, donde se habían acumulado ochenta centímetros de nieve desde el otoño. Por el otro, rozaba una alta pared rocosa coronada de abetos. La sombra se colaba entre ellos, creando un efecto de tinta mezclada con agua que parecía bajar del macizo montañoso. Estaba oscureciendo muy deprisa y la masa sombría del refugio que se recortaba entre todo aquel fondo gris azulado no le parecía más atractiva que los bosques.
De repente, se sintió igual que el niño que leía a Jack London en la cama. Pero ¿a qué venía tanta autocompasión? ¿De dónde salían esas bobadas de lecturas infantiles?
Su guía, un joven rubio que tenía más o menos la edad de su exnovia, abrió la puerta del refugio y accionó un interruptor. Al instante, un charco amarillo franqueó la puerta y se proyectó sobre la nieve en la que había impresas sus huellas. Las suyas… y también otras, de raquetas y pies, recientes y más profundas, que rodeaban el refugio y se entrecruzaban y superponían. Alguien había pasado por allí antes que ellos. Seguramente para poner en marcha el generador. O para comprobar si aún había electricidad, a pesar del grueso colchón de nieve que cubría las placas solares. O tal vez para llevar a cabo alguna reparación antes del inicio de la temporada de invierno, cuando no había guardas en el refugio, a diferencia del verano, aunque los excursionistas sí podían encontrar allí colchones y mantas, platos y cazuelas, leña para la estufa y una radio de emergencia.
En todo caso, las huellas eran muy recientes…
Miró a su alrededor y detuvo la vista en el otro tipo, el raro, el que tenía una mirada algo demente y marcas de quemaduras en torno a la boca y en la mejilla izquierda, bajo la capucha que todavía llevaba puesta. En el balneario había oído decir que las quemaduras se las había hecho al electrocutarse con una catenaria. Beltran había escuchado también que, antes de ir a parar allí, había pasado semanas en una unidad para quemados graves y después en un centro de rehabilitación especializado en el tratamiento de cicatrices de quemaduras. En circunstancias normales, habría sentido compasión por alguien que tenía una parte de la cara desfigurada, pero había algo en aquel individuo que le helaba a uno la sangre casi tanto como la noche invernal. Quizá fuera aquella mirada medio de loco que se posaba en unos y en otros con ese algo que Beltran percibía como pura maldad. O esa manera de fijar la vista a la menor ocasión en el trasero y los pechos de las dos chicas del grupo, la rubia y la morena. O también la forma que tenía de lamer los cigarrillos enrollados con una actitud un tanto obscena, mirando a la gente directamente a los ojos.
Beltran se percató de que el tipo lo observaba bajo la capucha y lo recorrió un escalofrío. Él fue el primero en entrar. Lo agobiaba estar en medio del bosque ahora que empezaba a caer la noche; era el pequeño Gilbert que leía a Jack London bien tapado con un edredón. «Estás en plena regresión, pobre… igual que un viejo».
Emmanuelle Vengud sonrió al joven guía y sacó un paquete de cigarrillos del anorak. De pronto le pareció que lo mejor que podía hacer era fumarse uno en ese aire tan puro. Era un acto deliciosamente transgresor. Hacía una hora por lo menos que tenía ganas. Todo ese oxígeno con que se había llenado los pulmones durante las horas de esfuerzo la había embriagado, al igual que la altura. Experimentaba un estado de embriaguez general. De repente, un grito lúgubre, agudo y herrumbroso, como la mordedura de una sierra, desgarró la creciente oscuridad.
—¿Qué ha sido eso?
Matthieu, el joven guía, miró hacia el bosque y se encogió de hombros.
—Ni idea. No sé nada de pájaros.
—¿Seguro que ha sido un pájaro?
—¿Qué iba a ser si no?
Alargó la mano, enfundada en un guante, hacia el paquete de cigarrillos.
—¿Puedo?
—¿Un joven sano y deportista como tú fuma?
Quizá se había puesto a tutearle de una manera demasiado evidente. Bueno, qué más daba.
—No es mi único vicio —contestó él, mirándola.
Ella le devolvió la mirada. ¿Acaso era una insinuación? ¿O solo un juego inocente? Si se hubiera tratado de su marido, no habría tenido la menor duda. En el Scrabble mental de este último, la palabra «inocencia» no valía ni un punto… al contrario que «adulterio», «engaño», «revolcón», «coño», «pornografía» y sobre todo «traición». Palabra de ocho letras, para colocarla con el «ón» de «revolcón» si este estaba ya en el tablero. Esa sí podía granjearle un montón de puntos. «Traición». La palabra valía el doble, en realidad. Cuando tu mejor amiga se acuesta con tu marido, ¿a quién puedes recurrir? ¿Al animal de compañía? ¿A la cuñada? Aspiró el humo y lo condujo hacia las profundidades de los pulmones.
—¿A su marido no le gustan las excursiones con esquís?
Se estremeció… Lo tenía detrás y le había hecho la pregunta muy cerca del oído.
—No, no mucho.
—¿Y a usted le ha gustado?
Volvió a estremecerse, pero de una manera distinta esta vez. A causa de la voz… No era la de antes, la del joven guía. Aquella ceceaba y silbaba como… Se sobresaltó. Era el tipo de la cara quemada. El que tenía una mirada rara y cicatrices alrededor de la boca y en la mejilla izquierda. En ese momento se dio cuenta de que se habían quedado solos. De que el guía la había plantado allí y había entrado de nuevo en el refugio. El ambiente era frío y húmedo, pero de golpe notó calor en el cuello, las mejillas y la entrepierna. Un calor que no tenía nada de agradable. Una subida de adrenalina que le causó un poco de vértigo. Notó que el corazón le bombeaba la sangre con violentas sacudidas bajo el anorak y también que un aliento cálido le acariciaba el pabellón de la oreja. Evitó volver la vista para no caer en la tentación de mirarle las cicatrices.
—¿Por qué no ha venido tu marido?
Estaba sorprendida, por el tuteo y al mismo tiempo por la indiscreción evidente de la pregunta.
—Le gusta disfrutar de ciertas comodidades —respondió, encogiéndose de hombros—. No le va eso de dormir en un saco en medio de una sala común entre ronquidos. Además, repito, no es muy aficionado a las excursiones con esquís. Prefiere el descenso en pista.
«Y las peleas», pensó.
—¿Y qué hace mientras tanto?
Se puso rígida. Había ido demasiado lejos. «Se acuesta con mi mejor amiga», pensó. Quizá eso le callaría la boca. Además, se había fijado en la manera como el quemado le miraba los pechos y el trasero durante la excursión. Aunque lamentaba lo que le había ocurrido —fuera lo que fuese—, no dejaba de encontrarlo extraño y, para ser sincera, perverso. Se volvió y lo miró, sobre todo para dejar de sentir su roce en la espalda. El tejido cicatricial saltaba a la vista y le costó sostenerle la mirada.
—¿Por qué lo preguntas?
—Por nada… ¿Sabes que en este refugio pasó algo hace diez años? Algo horrible…
Emmanuelle se estremeció. Había pronunciado aquello con una voz rarísima: más baja, más grave. Una voz de goce… Sí, eso era. «Te estás imaginando cosas, bonita». Una brisa ligera acarició los abetos, que también se estremecieron y dejaron caer montones de nieve igual que una vaca inquieta deja caer boñigas. Cada vez estaba más oscuro. De repente, le dieron ganas de entrar.
—¿Y qué es eso tan horrible? —preguntó.
—Violaron a una mujer. Dos excursionistas, delante de su marido… Durante toda la noche, hasta que los dos tipos no pudieron más de cansancio.
El miedo le atenazó el vientre.
—Eso es horrible… —comentó—. ¿Y detuvieron a los agresores?
—Sí, al cabo de unos días. Los dos tenían un historial delictivo interminable. ¿Y sabes otra cosa? Se beneficiaron de una reducción de pena por buena conducta.
—¿Y la mujer murió?
—No. Salió con vida.
—¿Sabes qué fue de ella?
Negó con la cabeza en medio del telón de fondo gris que viraba a negro.
—Dicen que su marido se suicidó, aunque seguro que solo es un rumor estúpido.
A la gente de por aquí le encantan los rumores… Gracias por el cigarrillo —añadió con su voz suave y sibilante—. Y por lo demás.
—¿Lo demás?
—Nosotros dos, aquí, tranquilos… hablando con total libertad… Me caes bien.
Había vuelto a acercársele. Ella levantó la mirada hacia él y no le gustó lo que vio.
Era como si la noche que circulaba entre los troncos se hubiera colado de golpe en sus pupilas. Estas habían devorado todo el iris y se habían transformado en una mirada negra y mate, como un pozo sin fondo. De una concupiscencia tan pura y ávida que le hizo dar un paso atrás.
—Eh, eh, tranquilo —se oyó decir a sí misma.
—¿Tranquilo por qué, Emmanuelle?
La manera de pronunciar su nombre le causó la misma repulsión.
—Llevas un buen rato calentándome.
—¿Cómo?
Ahora había algo más violento y salvaje en la voz del quemado. Se le aceleró el pulso.
—¡¿Estás chalado o qué?!
Vio cómo la bestialidad daba paso a la ira en su mirada. Después volvió a esbozar aquella sonrisilla burlona. Entreabrió los labios, las cicatrices que los rodeaban se tensaron, y ella aguardó las palabras que iban a ensuciarla, a dejarla al nivel del suelo, pero no llegaron a salir de su boca. Se contentó con dar media vuelta para dirigirse a la entrada del refugio, después de encogerse de hombros.
Con el pulso acelerado, y percibiendo el latido del corazón hasta la garganta, Emmanuelle desvió la mirada hacia el bosque y después, hacia arriba, hacia el negro perfil de la montaña. Un ave volvió a ulular en el fondo de la espesura y el frío le recorrió la columna vertebral, desde la nuca hasta los riñones, y luego hasta el coxis, como un impulso eléctrico. Se apresuró a ir a reunirse con los demás.
Beltran observó a la mujer rubia, que se descalzaba en la entrada. Hacía más de cinco minutos que el quemado y ella estaban fuera, y ella había reaparecido tan de roja como los cuadros del mantel de la mesa en la que apoyaba el codo. Allí fuera había pasado algo, y no parecía que ella lo hubiera encontrado divertido, ni tan siquiera agradable.
—¿Todo bien? —le preguntó.
Ella le respondió asintiendo con la cabeza, pero su expresión decía lo contrario.
Emmanuelle Vengud extendió el saco de dormir en silencio, a un lado. No había suficiente sitio en las literas, y, por la noche, le costaba soportar los olores y los ronquidos. Además, no tenía ganas de dormir cerca del tipo de la cara quemada. Durante seis días a la semana era contable. Trabajaba en su casa, tranquila. Aquella era la primera terapia que seguía y la primera excursión que hacía en grupo. Creía que todo el mundo estaría cansado al llegar al refugio… demasiado cansado para hablar, en realidad… pero no paraban de charlar, sobre todo aquellos tres tipos.
—¿Y dices que la violaron delante de su marido? —preguntó el que tenía cincuenta y tantos años y se llamaba Beltran.
—Ajá, después de atarla aquí.
El quemado señaló la viga central, que soportaba el techo del refugio, y les volvió a llenar los vasos.
—Al poste de tortura, vamos —dijo el joven guía con expresión de asco, apurando su vaso como si fuera agua.
Emmanuelle se acercó a la estufa y sintió cómo el agradable calor que emanaba de ella le relajaba los músculos cargados de ácido láctico.
—¿Y cuándo ocurrió eso? —quiso saber Beltran.
—Hace diez años.
El quemado les dirigió una sonrisa sádica. No se había quitado la capucha, seguramente para ocultar un cuero cabelludo medio pelado o heridas más profundas, dedujo Beltran.
—Un diez de diciembre, exactamente.
—Hoy estamos a diez de diciembre —señaló con voz temblorosa la mujer morena de pelo corto y cara bronceada, que se llamaba Corinne.
—Es broma —dijo él, guiñándole un ojo.
A nadie pareció hacerle gracia y se produjo un silencio.
—¿Cómo sabes esa historia?
—Todo el mundo la conoce.
—Yo no —dijo la mujer morena—, y eso que soy de la zona.
—Me refiero en el mundillo de los guías y los montañeros. Tú eres dentista.
—Tal vez la tuve como paciente… ¿Cómo se llamaba?
—No lo sé.
—¿Podríamos hablar de otra cosa? —intervino de repente Emmanuelle.
Su voz transmitía una mezcla de irritación y algo más profundo: miedo. De repente, un estruendo sonó por encima de ellos, en el tejado. Emmanuelle y los demás levantaron la vista, sobresaltados. Todos salvo el quemado.
—¿Qué ha sido eso? —dijo ella.
—¿El qué?
—No me digáis que no lo habéis oído.
—¿Oído el qué?
—El golpe en el tejado.
—Será una placa de nieve —respondió el guía.
—Una placa de nieve no hace ese ruido.
—Entonces una rama que se ha roto con el peso de la nieve —aventuró la morena, lanzando una mirada desdeñosa a la rubia—. ¿Qué más da?
Se quedaron en silencio un momento. Fuera el viento silbaba entre los tablones del refugio; las llamas silbaban en la estufa. Emmanuelle imaginó el techo cubierto de un colchón grueso de nieve por encima de ellos, las ramas de los abetos por encima del techo, las cumbres silenciosas y heladas por encima de los abetos y las estrellas mudas por encima de las cumbres. Y ellos, minúsculos, insignificantes, agazapados en el fondo de ese valle… igual que los primeros hombres de las cavernas.
—No solo la violaron —prosiguió el quemado a la sombra de la capucha, con su curiosa voz ceceante y sibilante—. También los torturaron, a ella y a su marido. Durante toda la noche. Los dieron por muertos… Y al día siguiente los encontró un guía. Un amigo mío.
Emmanuelle advirtió que los ojos de la morena brillaban con curiosidad. Y también el deseo ardiente que le despertaba el joven guía.
—Es horrible —dijo.
Sin embargo, su voz escondía un mensaje entre líneas para el joven guía: «Es horrible lo mucho que me excita estar hablando de esto aquí contigo, saber que vamos a dormir uno cerca del otro…».
Tendría unos cuarenta y cinco años, melena corta y alborotada, casi como un hombre, la piel morena y los ojos de color avellana, un poco achinados. No paraba de rozar con el codo el brazo del guía y, según observó, hacía lo mismo con el pie por debajo de la mesa. Emmanuelle notó que se ponía colorada. ¡No pensarían hacerlo allí, esa noche, delante de todo el mundo!
—Lo peor —añadió el guía— es que…
—¡Ya está bien, joder!
Vio que los cuatro se volvían hacia ella. El joven guía sonreía con aire burlón.
—Lo siento —se disculpó.
—Me parece que estamos todos cansados —intervino Beltran—. ¿Y si nos fuéramos a dormir?
La morena lo miró con enfado. Aún no había coqueteado bastante con el guía.
—Buena idea —dijo el hombre de la cara quemada con su voz fría y aguda.
—Voy a fumarme el último antes de acostarme —anunció el joven guía, levantándose—. ¿Te vienes conmigo? —preguntó directamente a la morena.
Esta asintió con la cabeza, sonriendo, y lo siguió. Tenía quince años más que él por lo menos. Menuda puta, pensó Emmanuelle. El guía abrió la puerta y, por espacio de un segundo, todos oyeron el sonido del viento en las ramas de los abetos. Después cerró tras de sí.
—Esa historia da un poco de canguelo —reconoció la morena una vez fuera.
Él sonrió y sacó un cigarrillo del paquete. Ella alargó una mano para cogérselo, pero él lo apartó antes de ponerse a lamer el filtro de forma deliberada. Ella sonrió a su vez, con los ojos pendientes de los bonitos labios del joven guía, rojos como una fruta en medio de la barba rubia. A continuación, él le posó el cigarrillo en los labios y le acercó la llama vacilante del mechero, sin apartar ni un segundo la mirada.
—Te llamas Matthieu, ¿no? —preguntó.
—Ajá.
—No me gusta dormir sola, Matthieu.
Estaban muy cerca, aunque, a causa de los cigarrillos, no tanto como ella hubiera deseado. Estaba divorciada, libre, y no desaprovechaba la oportunidad de disfrutar de esa libertad cada vez que se presentaba la ocasión.
—No estás sola ni mucho menos —respondió él—. Tienes a tres hombres a tu alrededor…
—Quiero decir sola en el saco de dormir…
Apartaron los cigarrillos casi de forma simultánea y se acercaron. Ella notó su aliento a vino en la cara.
—Quieres hacerlo mientras los demás están sobando al lado —dedujo él—. Es eso lo que te excita.
No era una pregunta.
—Espero que haya al menos uno que no duerma —contestó ella.
—¿Y si lo hiciéramos aquí mismo, ahora?
—Hace demasiado frío.
Fijó la vista en los ojos del guía, en su mirada desenfocada e inexpresiva. Él ocupaba casi todo el campo visual de la mujer morena y, sin embargo, vio que algo se movía en la espesura, detrás de él, en el ángulo que formaban el cuello y el hombro: una sombra en movimiento… Se sobresaltó y sacó de repente a su cerebro del ritual de apareamiento.
—¿Qué ha sido eso?
—¿El qué? —preguntó el guía mientras ella salía del estrecho espacio que mediaba entre él y la pared.
—He visto algo.
El guía se volvió con desgana y observó el bosque oscuro.
—Ahí no hay nada.
—¡He visto algo! ¡Estoy segura! —repitió, y el pánico hacía que le vibrara la voz —. Allí, entre los árboles.
—Te digo que no hay nada. Habrás visto una rama que se movía con el viento, eso es todo.
—No, era otra cosa —insistió.
—Entonces sería un animal… Mierda, ¿a qué estás jugando?
—Vamos dentro —dijo ella, y lanzó la colilla a la nieve.
—Hay alguien fuera —anunció.
Todos la miraron y, a su espalda, el joven guía puso los ojos en blanco.
—He visto a alguien —insistió—. Había alguien.
—Sombras —aseguró el joven guía, que pasó por delante de ella para ponerse del lado de los otros—. Sombras en el bosque, árboles sacudidos por el viento. No hay nadie. A ver, ¿quién se quedaría fuera, en el bosque, con semejante frío? ¿Y para hacer qué? ¿Robarnos los iPhones y los esquís?
—He visto a alguien, estoy segura —repitió, molesta, y ya sin ninguna gana de coquetear con ese gilipollas.
—Vayamos a mirar —propuso Beltran—. ¿Hay linternas?
El guía suspiró y fue hasta su mochila; sacó dos.
—Vamos —dijo.
Los dos hombres se dirigieron a la puerta.
—Yo tenía razón —anunció el joven guía—. No hay nadie.
Los haces de las linternas ejecutaban entre los árboles una danza espasmódica, estroboscópica, que revelaba las profundidades inquietantes del bosque. Allí, la noche parecía no tener fondo. La noche, como la nieve, lo nivela todo, lo absorbe, lo oculta.
—Ahí se ven unas huellas. Parecen recientes.
El joven guía se acercó de mala gana. En efecto, había unas huellas de pasos, profundas, en el linde del bosque. A varios metros del refugio, en el lugar donde había más nieve acumulada, donde la morena había creído ver algo. La nieve relucía bajo los haces de las linternas.
—¿Y qué? Alguien ha pasado por aquí. Esas huellas podrían ser de ayer. Con este frío, nada se mueve y es posible que no sean tan recientes.
Beltran observó al guía en silencio. Aquello no le gustaba, pero el joven probablemente tenía razón. Además, ¿qué importaba? A lo mejor había una casa cerca de allí, una granja, por ejemplo. Eso de encontrar huellas en el bosque no era tan alarmante. De no haber sido por lo que les había contado el chalado ese, no estarían todos imaginando cosas raras.
—Bueno, ¿nos vamos? —preguntó el joven guía.
—Sí, volvamos.
—No hemos visto nada, ¿vale? Ninguna huella. No hay necesidad de asustar a los demás.