Noche

Bernard Minier · Capítulo 34 de 50

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Noche

31. Abandona todo orgullo, tú que penetras aquí

31

Abandona todo orgullo, tú que penetras aquí

 

Dejó a un lado el libro de Labarthe, decepcionado. Era una ficción basada en hechos reales, un falso diario, una obra mala sin ningún interés.

Todo lo que se narraba en ella había ocurrido de verdad. Sin embargo, Labarthe había añadido sus reflexiones personales, adoptando el punto de vista del asesino. El resultado era una novela rimbombante y pretenciosa, que se las daba de literatura.

Se acordó de lo que su padre le repetía siempre cuando escribía sus primeros textos: «Renuncia a las palabras cultas y sofisticadas cuando con las sencillas baste». Más adelante había descubierto que esa frase no era suya, sino de Truman Capote. Lo que tenía ante sí era un producto verboso, autocomplaciente y petulante.

¿Era posible que Hirtmann se hubiera dejado seducir por semejante lectura? El orgullo provoca ceguera. El retrato que Labarthe hacía de él en aquel falso diario era casi hagiográfico; se notaba la fascinación que ejercían los actos del suizo sobre el estudioso. Tal vez había soñado con hacer lo mismo sin atreverse a dar el paso. En todo caso, no eran los escrúpulos morales lo que contenían a Labarthe, sino más bien el temor a ir a la cárcel. Todo el mundo sabía lo que les ocurría a las personas como él en la trena, y a Servaz le daba la sensación de que Labarthe no era muy valiente. Entonces, ¿por qué había aceptado acoger a Gustav? ¿Por qué correr un riesgo como aquel? ¿Acaso el suizo los había presionado de alguna manera?

Servaz había descubierto ya dos conexiones: las fiestas sadomaso y el libro. ¿Habría otras? Kirsten dormía. Contempló un instante su perfil. Como sucede con muchos adultos, dormida tenía aspecto de niña, como si cada noche regresáramos a nuestros orígenes.

Cogió los prismáticos y se acercó a la ventana. Se quedó de piedra. En el chalet, Aurore Labarthe se había acercado a una de las ventanas del primer piso, la única donde aún había luz. Llevaba un traje de cuero negro superceñido —parecía una motera— y miraba hacia el hotel. Una cremallera que le bajaba hasta la entrepierna recorría por el centro la parte de arriba del traje. Servaz vio cómo llevaba los dedos hasta ella y la abría lentamente. Sintió que la garganta se le secaba. Y retrocedió para que no lo descubriera.

Cuando se bajó la cremallera hasta la altura del ombligo, Aurore Labarthe hizo deslizar el suave cuero a lo largo de la clavícula izquierda y dejó al descubierto el contorno de su hombro desnudo. Después se puso de espaldas. Servaz distinguió el triángulo del omóplato bajo la piel y la forma de las cervicales bajo la nuca, despejada por el moño. El cuero siguió bajando, liberó el otro hombro y la parte superior del brazo. Era como una mariposa emergiendo de la crisálida. Cuando todo el busto se hubo despojado de la envoltura de cuero, Servaz tragó saliva.

Aurore estaba desnuda de cintura para arriba. No obstante, el cuero proseguía el descenso por el efecto de la gravedad, y Servaz vio aparecer en el borde de la ventana, justo a la altura del alféizar, dos formas redondeadas idénticas, perfectas. Un fluido cálido le alcanzó el bajo vientre. Quiso humedecerse la lengua y el paladar, pero ya no le quedaba saliva. Fue entonces cuando ella se dio la vuelta otra vez. Tenía el pubis rasurado. Se colocó una mano entre los muslos y clavó la vista en el hotel.

«Un ritual —se dijo Servaz—. Alguien está mirándola».

¿El dueño?

El exhibicionismo era sin lugar a dudas uno de los placeres a los que se entregaba Aurore Labarthe en sus ratos libres. ¿Estaría al corriente su marido? Probablemente sí. Había sintonía entre ellos respecto a eso.

Hizo zoom sobre el sexo, donde los dedos de uñas largas y pintadas ya se movían entre los labios secretos. Después guio los prismáticos hacia la cabeza de la mujer, echada hacia atrás, y a pesar de que la imagen no era del todo nítida, Servaz se quedó conmocionado con la expresión de dureza que había en su rostro, con el destello salvaje que le ardía detrás de los párpados entornados. Era una cara de ave de presa, de bruja. Se acordó de Lhoumeau y su excitación se disipó de golpe. Toda aquella gente se sentía atraída por el corazón negro de la humanidad. Sintió una ligera náusea, lo asaltó el deseo repentino de encontrarse lejos de allí. ¿Hasta dónde serían capaces de llegar?

Ya había visto suficiente.

Se alejó de la ventana. Miró a Kirsten, que seguía durmiendo con el mismo sueño inocente. Como un refugio frente a sus pesadillas diurnas. Le pareció extraño, pero agradeció poder contemplarla así.

 

Se había apostado en la esquina del mercado Victor-Hugo, en un rincón oscuro donde su sombra se confundía entre las demás, de pie, detrás de una hilera de contenedores. Desde allí veía perfectamente el balcón, las cristaleras de la sala de estar y de la cocina, que estaban iluminadas, pero también los alrededores del edificio.

De vez en cuando, por la calle pasaba un coche, una pareja o alguien que iba solo paseando a un perro, entonces se hundía aún más en las sombras. Hacía rato que se había percatado de la presencia del tipo del coche, a una decena de metros. Como tenía el capó orientado hacia el portal de la escalera, no podía verlo, estaba de espaldas a él, pero también cabía la posibilidad de que mirase por el retrovisor. Por eso evitaba moverse.

Al parecer, a pesar de la muerte de Jensen, no habían interrumpido la vigilancia.

Los cascos vertían en sus oídos el primer movimiento de la Sinfonía n.º 7: Langsam, allegro risoluto, ma non troppo.

Pensó en Martin, que debía de estar en el hotel, y sonrió. ¿Se estaría follando a la noruega? Hirtmann habría apostado algo a que no. Mientras tanto, él observaba el balcón y las ventanas por detrás de las cuales pasaba, de vez en cuando, la silueta de Margot. Aún no había decidido cómo iba a actuar. Hacer lo mismo que con Marianne le parecía penosamente repetitivo. Además, la vigilancia lo complicaba todo.

El caso era que necesitaba a Martin. Iba a tener que presionarlo, de una manera u otra. Por Gustav.

«Bueno, vamos allá», se dijo.

Salió de su escondite y se puso a caminar por la acera con el paso presuroso de quien llega tarde, con una botella de champán en la mano. Pasó cerca del coche. Notó que el policía volvía la cabeza y lo miraba.

Había una fiesta en el último piso del edificio, es decir, dos plantas por encima del apartamento de Servaz. Desde la acera se oía la música, seguramente porque habrían abierto las ventanas. Hirtmann se detuvo delante de la puerta. Fingió que apretaba el botón del interfono y hablaba. En realidad, había memorizado hacía tiempo el código de la entrada, el día que una anciana lo había marcado delante de él cuando, vestido con un traje y una corbata impecables, hablaba por teléfono diciendo lo más alto posible: «Sí, soy yo. Dime el código, por favor, que el interfono no funciona».

Marcó los números y la puerta emitió un zumbido. La empujó. No vio a ningún policía en el vestíbulo.

Julian Hirtmann se dirigió al ascensor y lo llamó apretando el botón, pero subió por la escalera que se enroscaba en torno al hueco enrejado por donde pasaba el aparato. Había un policía en el segundo piso, sentado en una silla en la esquina del rellano, cerca de la puerta. El hombre levantó la vista del periódico y Hirtmann puso cara de sorpresa: no era muy habitual encontrarse a alguien leyendo el periódico en el rellano de una escalera.

—Buenas noches —saludó—. Eh… ¿dónde es la fiesta?

El policía señaló hacia arriba con un dedo, sin decir nada y con aire cansado. ¿Cuántas veces habría repetido el mismo gesto esa noche? Aun así, no perdió de vista su cometido allí y detuvo la mirada en él para observarlo.

—Gracias —dijo Hirtmann, y reanudó el ascenso.

En lugar de pararse delante del piso donde se celebraba la fiesta, subió hasta una puertecilla de menos de metro y medio de altura que daba a un desván. Julian Hirtmann se sentó en el último escalón, descorchó el champán y se puso a beber directamente de la botella. Era un champán excelente, un brut blanc de blancs Armand de Brignac.

 

Al cabo de dos horas, le dolían las nalgas y las rodillas protestaron cuando se levantó. Después de sacudirse el polvo del trasero, volvió a bajar con paso vacilante, apoyándose en la barandilla, hasta la planta de Servaz.

—¿Aún essstá aquíii? —dijo con voz de borracho al agente, que entonces se tomaba una taza de café—. Perrro ¿qué coññño hae aquíii? ¿Vive aquíii?

El policía lo miró con cara de fastidio. Hirtmann se acercó a él, con la cabeza oscilante y paso incierto.

—¿Por qué se queda en la escalera? ¿Lo ha echado la mujer o quéee?

Soltó una risita idiota y se acercó un dedo a la nariz.

—¿Ssse va a passsar la noche aquíii, en serio? ¡Es increíiible!

—Señor, haga el favor de marcharse —dijo el policía, irritado.

Hirtmann frunció el ceño y se tambaleó aún más.

—¡Eh!, ¡eh! A mí no me hable así, ¿eh?

En la mano del policía apareció un carnet con los colores de la bandera.

—Tenga la amabilidad de seguir su camino, le he dicho.

—Ah, bueno. ¿Y quién vive aquí, joder?

—¡Lárguese!

Fingiendo que tropezaba, Hirtmann envió por los aires la taza de café que el policía tenía en la mano. En la camisa azul claro y la chaqueta gris del uniforme se formó una mancha marrón.

—¡Hostia! —gritó el hombre, y lo empujó con violencia—. ¡Te he dicho que te largues, gilipollas!

Hirtmann cayó hacia atrás, de culo. En ese momento se abrió la puerta del piso y Margot Servaz apareció, en bata y pijama, descalza y con el pelo alborotado. A pesar de las ojeras y el aspecto de cansancio, tenía un rostro fresco y luminoso como una mañana de primavera. El suizo le encontró cierto parecido con su padre, en la protuberancia de la nariz, por ejemplo.

—¿Qué pasa? —preguntó, con una mano en el picaporte de la puerta, mirándolo primero a él y después al policía.

Con un nerviosismo exacerbado, este desplazaba alternativamente la vista de Hirtmann a la hija de Servaz.

—¡Vuelva dentro! ¡Vuelva dentro! ¡Y cierre con llave!

Entonces, el policía empezó a hablar a través del Bluetooth mientras apuntaba a Hirtmann con el arma.

—¡Espabila! ¡Tengo un problema aquí!

Todavía sentado en el suelo, Hirtmann vio aparecer al otro agente al cabo de unos segundos. El del coche. Solo eran dos.

—¡Coge a este borracho y llévatelo fuera, joder!

 

El domingo por la mañana, Servaz y Kirsten se dieron cuenta de que había movimiento y se hacían preparativos en el chalet: esquís y tablas de snowboard en el techo del Volvo, ropa en el maletero, cesta de pícnic en el asiento trasero e idas y venidas entre la casa y el vehículo. Los Labarthe y Gustav se subieron al coche y Labarthe maniobró para dar media vuelta antes de pasar por delante del hotel.

Se iban a pasar el día fuera. Servaz y Kirsten intercambiaron una mirada.

—Muy mala idea —comentó ella.

Hacia mediodía, se formó una niebla densa y el chalet quedó reducido a una masa borrosa en la bruma gris. Servaz y Kirsten habían salido a pasear con raquetas por encima de la aldea, cerca del collado del Couret. El dueño del hotel les había asegurado que la capa de nieve era estable.

Servaz se detuvo en el linde del bosque, jadeante, y contempló los tejados apenas visibles que había más abajo. Luego miró a Kirsten.

—Con un tiempo así, seguramente volverán —comentó ella para disuadirlo, pues había descifrado su mirada.

—Coge el coche —dijo él—. Baja al valle y avísame si los ves pasar.

Servaz accionó el teléfono y le enseñó la pantalla.

—No hay problema. Tengo cobertura.

A continuación, Servaz se hundió en la bruma y bajó la pendiente a grandes zancadas.

 

Vio la masa negra del chalet, que iba perfilándose lentamente entre la niebla, todavía más imponente de lo que había previsto. ¿Cuántas habitaciones tendría? Lo rodeó por el lado contrario al hotel. Al observarlo de cerca, Servaz comprendió que se trataba de una antigua casa de montaña reformada: se reconocía la base de piedra que, en un principio, debía de haber albergado a los habitantes y los animales, y la estructura de madera de encima, donde almacenaban el heno y el grano.

Todo había sido transformado y rediseñado —probablemente por un arquitecto—, y le habían añadido grandes superficies de cristal para dejar entrar la luz, de acuerdo con las tendencias de las revistas de decoración y gracias a la inversión de una gran suma de dinero. Era el equivalente arquitectónico de la cirugía estética: todas las fachadas rehabilitadas acababan pareciéndose.

En determinadas localidades de los Alpes, una vivienda así habría valido millones de euros. No obstante, de cerca se apreciaba que la madera ennegrecida del revestimiento necesitaba una cura de rejuvenecimiento y los marcos de las puertas y ventanas lamidos por la niebla presentaban un estado lamentable. Incluso con un sueldo de profesor de universidad, la compra y el mantenimiento de un edificio como aquel debían de exigir un presupuesto faraónico. ¿Acaso los Labarthe tenían delirios de grandeza? ¿O tal vez contaban con unos recursos secretos? ¿Tendrían dificultades económicas? Servaz decidió que llamaría a sus colegas del Departamento Financiero al día siguiente.

Llegó al terraplén en el que descansaba la casa. El suelo estaba formado por unos cantos rodados gruesos y engastados en cemento. Después se subía un escalón y se accedía a una tarima de madera sin pulir que rodeaba todo el chalet. En los rincones había nieve; a un metro de él, una puerta de servicio de madera. Ningún sistema de alarma ni sensor a la vista. Había que reconocer que el solo hecho de llegar hasta allí constituía de por sí una hazaña.

Servaz miró a su alrededor. No había nadie. Tal como había hecho delante de la casa de Jensen, sacó las ganzúas del bolsillo del abrigo. A ese paso, iba a poder reconvertirse. Examinó la cerradura. A diferencia de la puerta, la habían cambiado hacía poco. Mejor, porque las cerraduras oxidadas daban más trabajo.

Al cabo de siete minutos y treinta y cinco segundos, estaba dentro. En un cuarto de la colada pequeño, equipado con una lavadora y una secadora, donde reinaba una temperatura acogedora y un olor agradable a detergente. Pasó por delante de unas estanterías metálicas y, tras recorrer el pasillo, fue a parar a una gran sala de estar catedralicia. Una chimenea piramidal presidía la estancia, suspendida por encima de un hogar abierto. En los días claros, los ventanales debían de abarcar unas vistas magníficas. Sofás de piel color cáscara de huevo, piedra, madera clara, fotos en blanco y negro, un entramado de vigas digno de una iglesia, focos: en cuestión de decoración, los Labarthe parecían ajustarse a los gustos de la mayoría.

Fuera, las volutas de niebla navegaban a través de la terraza como si se tratara del puente de un barco fantasma.

Dio varios pasos con prudencia. El silencio que reinaba allí tenía algo de irreal. Buscó el pequeño ojo rojo de un detector de movimiento. Pero no vio nada. Empezó a registrar la estancia evitando las ventanas del lado este, visibles desde el hotel, incluso con aquel tiempo.

Dieciséis minutos después, tuvo que rendirse a la evidencia: no había nada en el salón ni en la cocina.

Examinó y probó los tres mandos: el del gran televisor de pantalla plana de cuarenta y ocho pulgadas, el del decodificador de debajo y el del modernísimo equipo de música.

Nada digno de mención tampoco allí.

El despacho de Labarthe resultó casi igual de decepcionante. Una habitación con ventanas en dos paredes, encajada como un rincón entre las dos alas del chalet. Las lecturas de Labarthe eran de prever, teniendo en cuenta sus aficiones: Bataille, Sade, Guyotat… y también Deleuze, Foucault, Althusser… Los libros de Labarthe figuraban en lugares destacados. Encima del escritorio había un Mac, una lámpara de arquitecto y un abrecartas con mango de piel. Un montón de facturas y de notas indescifrables, para las clases o bien para un futuro libro, quién sabe.

Del despacho salía un pasillo corto en cuyo extremo descubrió un cuarto de baño con sauna y una habitación transformada en gimnasio, con una máquina de remo, un banco para musculación, un saco de boxeo y un soporte para pesas.

Dio media vuelta. Y subió por la gran escalera. El primer piso estaba distribuido en tres habitaciones, un cuarto de baño y un aseo.

Las dos primeras estaban desocupadas; la tercera era la de Gustav… En la puerta había escrito su nombre en letras grandes y azules. Al empujarla, notó que le subía la temperatura corporal y que una mezcla de nerviosismo y excitación se adueñaba de él, allí, en el centro neurálgico de la casa silenciosa.

Estaba decorada tal como se esperaba que estuviera el cuarto de un niño.

Pósteres en las paredes, libros ilustrados en una estantería, un edredón estampado con montones de Spiderman que se balanceaban en todo tipo de posturas acrobáticas, juguetes y peluches… entre los que había uno de un metro de largo que representaba un alce o un caribú. Servaz se acercó y miró la etiqueta:

Made in Norway.

«No te quedes aquí».

Consultó el reloj. El tiempo pasaba rápido. Se acercó a la cama y la examinó, y también revisó la ropa del niño que había guardada en la cómoda. Acabó por encontrar lo que buscaba: un pelo rubio. Se le aceleró el pulso. Sacó una bolsa transparente de la chaqueta y guardó dentro el fino cabello. Habría querido registrar a fondo el cuarto, pero, como no sabía si le quedaba mucho tiempo, renunció a ello. Volvió a la escalera que conducía al piso de arriba. Le temblaban las piernas. Subió los escalones hasta un pequeño rellano. Tras una puerta abierta, vio la suite de matrimonio. Entró, pisando la moqueta tupida de rizo de color arena. Fuera, en el paisaje blanco y brumoso enmarcado en la puerta acristalada, Servaz se fijó en un gran abeto con las ramas cubiertas de nieve. Pensó en la vista que Hirtmann tenía desde su celda.

En aquel dormitorio casi todo era blanco: el revestimiento del techo inclinado, la cama, la moqueta. Se acordó de la túnica de color crudo que llevaba Aurore Labarthe la primera vez que la vio.

La cama estaba deshecha. Ropa tirada encima, y también en una silla. Se acercó y olisqueó las sábanas por ambos lados: ella dormía a la derecha. Su perfume, intenso, embriagador, impregnaba la ropa de cama. Abrió los cajones de las mesitas. Revistas, tapones para los oídos, un antifaz para dormir, un tubo de paracetamol y unas gafas de lectura.

Nada más.

Los vestidores contiguos —uno para ella y uno para él— tenían el tamaño de un apartamento para estudiantes. Vaqueros, vestidos, varios trajes de cuero blanco o negro para la señora, americanas, camisas, jerséis y trajes para el señor.

«Mierda».

Cuando estuvo convencido de que tampoco iba a encontrar nada allí, volvió a la planta baja. Entró en la cocina. Al lado de un frigorífico enorme había una puerta. Había reparado en ella antes. La empujó. Una escalera de caracol, hecha de cemento… Encendió la luz e inició el descenso.

El pulso se le aceleró mientras se adentraba en las entrañas de la casa. Quizá había dado con algo por fin…

La escalera conducía a una puerta metálica. Hizo girar el pomo y su ritmo cardíaco se aceleró aún más.

La puerta opuso una ligera resistencia y luego cedió con un chirrido. Nueva decepción: daba al espacioso garaje que se veía desde el hotel. El segundo vehículo era un pequeño SUV. Tras una breve inspección, salió y subió a la planta baja, presa de una frustración y una impaciencia terribles.

Miró fuera. El día declinaba. Se puso a pensar. De repente, tuvo una idea.

Claro. ¿Por qué no se le había ocurrido antes?

Subió de nuevo al último piso. El pequeño rellano a la entrada de la suite de matrimonio. Levantó la cabeza: allí estaba… la trampilla del desván.

Fue a buscar una silla al cuarto de al lado, se subió a ella, alargó el brazo y cogió la manilla. Fuera del alcance de Gustav, pensó. La trampilla se abrió con un chirrido, como la boca de las tinieblas. Tras desplegar la escalera metálica, devolvió la silla a su sitio.

Subió los peldaños, que vibraron bajo sus pies. Había un interruptor cerca del hueco. Lo accionó. La luz de un fluorescente parpadeó un poco más allá; siguió subiendo y asomó la cabeza por la abertura.

Lo había encontrado.

La guarida secreta de los Labarthe, su «jardín de las delicias». No cabía duda. En la pared de enfrente, en letras góticas, había enmarcada una inscripción:

ABANDONA TODO ORGULLO,

TÚ QUE PENETRAS AQUÍ

ENTRA EN LA CRIPTA TIRÁNICA

NO TENGAS PIEDAD DE NOSOTROS

BUSCA SAPIENCIA Y PLACER

VUELVE EXQUISITA CADA HORA

SUFRE Y GRITA

GOZA.

Aquel escrito le produjo cierta consternación.

La inmensidad de los entresijos, los recovecos y las sinuosidades del espíritu humano daba vértigo. Aquella jerga, que en otras circunstancias podía provocar risa, adquiría allí un cariz siniestro.

Atravesó la abertura y pisó el suelo recubierto de un material plastificado, lavable sin duda. A primera vista, la estancia parecía una sala de baile privada. Sofás, una pista, una barra, un equipo de sonido, aislamiento para insonorizar el desván como en los estudios de grabación. Allí reinaba un calor sofocante y el olor dulzón del polvo recalentado.

También le llamaron la atención las espalderas que había en la pared del fondo; eran iguales que las de los gimnasios, aunque supuso que aquellas no servían para fortalecer los abdominales. Reparó en una polea y dos ganchos que había en el techo inclinado. Dos ganchos más en la pared. Una cámara sobre un trípode y más material de grabación en un extremo. Un poco más allá se erguía un armario grande y antiguo de madera de roble, con los espejos biselados, justo antes de un marco sin puerta que daba a otra habitación.

Avanzó hasta allí: azulejos traslúcidos, vestuarios y una ducha. Regresó a la primera estancia. Abrió el armario. Se sintió como un mirón cuando vio relucir en la sombra los reflejos lúgubres de los látigos simples, los de múltiples correas, las mordazas, pulseras de cuero, cadenas relucientes y mosquetones… alineados inteligentemente como si fueran herramientas de bricolaje. Allí dentro, los Labarthe tenían material como para equipar a un batallón. Se acordó otra vez de lo que le había dicho Lhoumeau a propósito de Aurore Labarthe y lo recorrió un escalofrío. ¿Hasta dónde llegaban los juegos que tenían lugar en aquel desván?

Consultó el reloj.

Llevaba casi una hora allí y aún no había encontrado el menor rastro de Hirtmann.

«Tienes que salir de aquí», pensó.

Se dirigía hacia la trampilla cuando lo oyó.

El sonido del motor.

Servaz se tensó. Se dirigían hacia el chalet… No, ya estaban allí. Acababan de parar el coche. «¡Mierda!». Oyó el ruido de las portezuelas, unas voces que sonaban fuera, amortiguadas por la nieve. Miró el teléfono. ¿Por qué no lo había avisado Kirsten? «¡No hay cobertura!». El desván debía de estar equipado con un inhibidor de frecuencias.

Se detuvo en el borde de la trampilla. Abajo, acababa de abrirse la puerta de la entrada y oyó tres voces… entre ellas, una clara y alegre, la de Gustav.

«Haz como si fueras una rata».

Con las manos sudorosas, tiró con la mayor suavidad posible de la escalera metálica y después de la trampilla. Justo antes de cerrarla, alargó una mano y apretó el interruptor.

Se esforzó por respirar con regularidad, a oscuras, aunque no lo logró del todo.