Noche
36. H
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H
Había dejado a Kirsten durmiendo en el hotel. La sangre le palpitaba en las sienes, como si estuvieran inyectándole adrenalina. Conducía deprisa. Cuando dejó atrás las curvas, el coche derrapó y mordió el terraplén nevado, rozando peligrosamente la pendiente antes de volver a la calzada esmaltada de hielo.
Lo tenía obsesionado una frase: «No habrá Kindertotenlieder si aunamos fuerzas».
«Canciones a los niños muertos». Gustav Mahler. «J.». Solo una persona podía haber escrito la nota. Y le daba a entender que Gustav estaba en peligro de muerte. Que su salvación dependía de ellos. Se le ocurrió que podía tratarse de una trampa, pero descartó la idea. ¿Con qué objetivo? Hirtmann le había estado tomando fotos durante meses, a lo largo de los cuales había podido tenderle todas las trampas que hubiera querido. Además, un hospital no era el lugar más indicado para eso.
Cuando llegó a Saint-Martin, redujo la velocidad. Al ver el cartel con la «H», se desvió en la rotonda. Y al cabo de seis minutos, aparcaba en un lugar reservado al personal y se adentraba en el vestíbulo del centro.
—El horario de visitas ha finalizado —le dijo la persona que había sentada tras la recepción, sin apartar la vista del móvil.
Se inclinó por encima del mostrador y puso el carnet de policía entre la nariz de la recepcionista y la pantalla. La mujer levantó entonces la vista y lo fulminó con la mirada.
—Tampoco hay por qué ser desagradable —protestó—. ¿Qué quiere?
—Esta tarde ha ingresado un niño en Urgencias.
La mujer entornó los ojos, observándolo con desconfianza, antes de ponerse a consultar el fichero.
—Gustave Servaz —confirmó.
Notó que se le abría un abismo en el estómago al oír ese nombre asociado a su apellido por segunda vez. ¿Sería posible? Ahora que sus temores y sus esperanzas tomaban cuerpo, se preguntó qué deseaba: que Gustav fuera su hijo o lo contrario. Había, sin embargo, otra esperanza, más difusa y peligrosa, que se despertaba al mismo tiempo. Una esperanza extinta desde hacía años pero que había aguardado, en secreto, ese momento para reavivarse: Marianne. ¿Iba a saber por fin lo que le había sucedido? Su mente intentaba en vano ahuyentar aquella pregunta, relegarla a un recoveco oscuro, alejado de la luz.
La mujer le señaló la puerta de cristal de la izquierda.
—Siga el pasillo —le indicó—, y después el otro pasillo de la derecha.
—Gracias.
Se había vuelto a concentrar en el teléfono. Todavía turbado por la combinación de aquel nombre y su apellido, Servaz empujó la puerta oscilante.
Enfiló el pasillo.
Sus pasos resonaban en el suelo vitrificado. Silencio total. Otra puerta. Otro pasillo. Al fondo, el letrero luminoso: «URGENCIAS».
En el pequeño despacho abarrotado, con las paredes cubiertas de horarios con columnas llenas de etiquetas de colores, había una sola persona.
Una vez más, enseñó el carnet.
—Gustav —dijo, sin valor para añadir su apellido—. El niño que ha llegado esta tarde.
La mujer lo miró sin comprender nada. Parecía muy cansada. Después asintió con la cabeza, se levantó, salió de su exiguo despacho y le mostró una puerta.
—La tercera a la derecha.
En algún lugar sonó un pitido, que la indujo a alejarse en dirección contraria.
Servaz siguió andando, con las piernas tan flojas como las de un muñeco de nieve a medio derretir. Con un sentimiento de irrealidad persistente. La puerta que le habían indicado estaba a tan solo cuatro metros. Pasó dos carritos vacíos pegados contra la pared y un aparato con ruedecillas lleno de botones. Sofocó la voz interior que le susurraba que diera media vuelta y huyera.
El corazón le latía incluso en los oídos y sentía una oleada de pánico en la cabeza.
Tres metros.
Dos…
Sonidos de los aparatos de ventilación, la puerta abierta de par en par… Alguien en el cuarto, sentado en una silla, de espaldas a él… Y una voz de hombre que decía:
—Entra, Martin. Estaba esperándote. Bienvenido… Hacía tanto tiempo… Has tardado mucho… Nuestros caminos se han cruzado mil veces, y no me has visto ninguna de las mil… Pero por fin estás aquí… ¡Entra, no seas tímido! Acércate… Ven a ver a tu hijo…