Noche

Bernard Minier · Capítulo 26 de 50

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Noche

Martin

23

La madre naturaleza, esa perra sangrienta

 

Más adelante, nadie sería capaz de explicarse cómo se había podido filtrar la noticia tan deprisa. No se sabía si la filtración venía de la gendarmería, de la fiscalía o de la policía. El caso era que, antes de que el día concluyera, el rumor se había propagado por todos los departamentos, y se había enriquecido con diversas variantes que tenían, sin embargo, un sustrato común: un policía había liquidado a ese desgraciado de Jensen cuando se disponía a cometer otra violación.

Igual que en los cómics de Marvel o los DC Comics, donde unos justicieros enmascarados surgen in extremis de la noche para socorrer a los ciudadanos de bien de Gotham o de Nueva York.

Algunas versiones afirmaban que la violación se había consumado, y otras, no. Que Jensen había recibido una bala en la cabeza, o bien en el corazón, o incluso —en una de las variantes más atrevidas— que el justiciero había hecho estallarle primero los testículos. Todo el mundo estaba de acuerdo en afirmar que —aparte tal vez de su anciana madre— nadie en el mundo lloraría la muerte de ese canalla y que esta volvería, sin duda, el aire más respirable y los caminos más seguros para muchas mujeres de la región. Aun así, entre las filas de las fuerzas del orden crecía la inquietud, ya que el justiciero (nadie o casi nadie empleaba la palabra «asesino») era uno de los suyos, y los de Inspección General de la policía se lo iban a pasar en grande.

Además, en todas las conversaciones aparecía otro nombre.

Servaz.

Ningún policía de Toulouse ignoraba lo que había ocurrido en el techo de aquel vagón de tren, ni el coma en el que había entrado el jefe de equipo a causa del disparo de Jensen. Fue solo cuestión de horas que empezaran a circular las hipótesis más descabelladas. Con todo, en las filas de la Policía Judicial no había nadie que estuviera más preocupado y perturbado que Stehlin, el comisario de división. No paraba de repasar la conversación que había mantenido con Martin cuando este había salido del coma, en la que le había expresado su convencimiento de que había sido Florian Jensen quien había matado a la mujer de Montauban, basándose en esa historia ridícula del gato blanco al que le faltaba una oreja.

Además, no se le había escapado que Martin había cambiado a raíz del coma. Todo el mundo se había dado cuenta… aunque evitaran hablar de ello. Por lo menos delante de él, porque estaba convencido de que, a sus espaldas, pocos se abstenían de hacer comentarios. El que quiera guardar un secreto, más vale que no se lo confíe a un policía. Durante el coma había ocurrido algo, algo que hacía que el hombre que había salido del hospital de Ranguiel no fuera el mismo que había entrado. ¿Era posible que ese hombre se hubiera convertido en un asesino? A Stehlin le costaba creerlo… pero siempre persistía en él un resquicio de duda, y la duda es un veneno mucho más temible que todas las certezas, incluso las negativas.

Stehlin era consciente de que el Martin de antes jamás habría cometido un acto como ese. Pero ¿y el de ahora?

Había leído en alguna parte que, armados con un escáner y un ordenador, unos científicos habían logrado descodificar las ondas cerebrales que emitían varios individuos y reconstruir las imágenes de la película que visionaban; que otros científicos habían desarrollado una interfaz cerebro-ordenador que permitía reconstruir de la misma forma las palabras que leía un sujeto. «La siguiente fase consistirá en descodificar las palabras que imaginen las personas», había declarado uno de dichos investigadores. Faltaba poco para poder leerle el pensamiento a la gente… Una auténtica pesadilla: una vida sin secretos, sin posibilidad de mentir ni disimular. Sin la mentira o, cuando menos, algunas concesiones con la verdad, la vida pronto se volvería insoportable. Sin embargo, supondría un avance extraordinario para la policía. Con el inconveniente, claro, de que pronto podrían sustituir a los investigadores por máquinas y técnicos. Aun así, ese día a Stehlin le habría gustado disponer de esa tecnología.

Se sentía cansado y preocupado cuando salió de la comisaría al final de la jornada. Tenía que ir al tribunal regional para una de esas innumerables reuniones gracias a las cuales la administración francesa mantenía la ilusión de que se producían avances. Mientras salía del aparcamiento y tomaba la avenida de l’Embouchure antes de atravesar el canal del Midi en dirección a los bulevares, sintió aflorar de nuevo el veneno de la duda. ¿Qué había de verdad y qué de mentira en lo que le había contado Servaz? Si de algo no cabía duda era de que este se había desplazado a Saint-Martin-de-Comminges esa noche. Se había acercado a Jensen. Y esa misma noche, unas horas después, este último había sido abatido con un arma policial.

 

En las filas de la Policía Judicial no había nadie que estuviera más preocupado y perturbado que Stehlin, el comisario de división… exceptuando tal vez a Vincent Espérandieu y Samira Cheung. Como todo el mundo, habían oído los rumores. Jensen liquidado y Martin, que había ido a reunirse con él, solo, esa misma noche. Compartían despacho y, desde que aquellas historias habían llegado hasta sus oídos, evitaban cuidadosamente pronunciar ninguna palabra que guardara relación con los rumores. Pese a ello, era algo que invadía de continuo sus pensamientos.

Al final, fue Samira la que se decidió a sacar el tema.

—¿Crees que pudo ser él?

Espérandieu se quitó los auriculares, en los que M83 desplegaba sus mezclas sonoras.

—¿Cómo?

—¿Crees que pudo ser él?

—Estás de broma, ¿no? —contestó con expresión airada.

—¿Te parece que bromeo?

Espérandieu se dio la vuelta en la silla.

—¡Joder, Samira! ¡Estamos hablando de Martin!

—Lo sé perfectamente —contestó ella, con irritación—. La cuestión es: ¿de qué Martin en concreto? ¿Del de antes del coma o del de después?

Vincent despachó el argumento con un gesto y se colocó de nuevo frente a la pantalla.

—Déjalo. No tengo ganas de oírlo.

—No me digas que no te has dado cuenta…

Espérandieu se volvió otra vez, con un suspiro.

—¿Cuenta de qué?

—De que ha cambiado…

—…

—No nos hace ni caso…

—Hay que darle tiempo. Justo acaba de reincorporarse.

—Y esa tía, ¿qué hace aquí?

—¿La noruega? Lo oíste igual que yo.

—De todas maneras, es como si solo existiera ella. No me digas que tampoco te has fijado.

—¿Estás celosa?

—Joder, mira que llegas a ser gilipollas a veces —contestó ella, malhumorada—. ¿No te parece raro que le tenga más confianza a una extranjera que a nosotros?

—No lo sé…

Samira negó con la cabeza.

—Estoy acojonada, superacojonada. Aunque no haya sido él, le van a cargar el muerto, joder. Se ve venir.

—A no ser que encontremos al culpable —dijo Vincent.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo vamos a hacerlo? ¿Y si descubrimos que ha sido él?

 

Al día siguiente, Olga Lumbroso, la sustituta del fiscal del tribunal regional de Saint-Gaudens, tenía el semblante agotado. No hacía esfuerzos para disimular el cansancio. Un caso como aquel era el sueño de cualquier juez de instrucción… pero precisamente la magistrada que cumplía dichas funciones en el tribunal regional de Saint-Gaudens no lo era. Lumbroso, una juez joven que solía ocuparse de casos de índole familiar, acababa de escuchar la declaración del gendarme que tenía sentado enfrente y de leer su informe, con la íntima convicción de que aquello la superaba. Había asumido las funciones debido a la ausencia de un verdadero juez de instrucción. A raíz de la reapertura del tribunal en 2014, un periódico regional de gran tirada había anunciado triunfalmente en primera plana «El retorno de la justicia a Comminges», sin embargo, a partir de entonces, aquel modesto tribunal había tenido que apañárselas con lo que tenía.

Once funcionarios en total. El volumen de trabajo no paraba de aumentar; los expedientes se acumulaban y entre unos y otros se los repartían como podían. Y ahora les caía encima ese suceso de enorme magnitud.

—¿Un policía, dice?

—O alguien que quiere hacerse pasar por policía —matizó Morel—. Aunque esta hipótesis es poco probable, porque ¿quién puede acceder a ese tipo de munición y lleva una funda en la cadera, aparte de los funcionarios de la policía?

—O de la gendarmería —señaló ella.

—Exacto.

Morel se abstrajo un poco. La mujer se volvió a concentrar en el informe. El jefe del Departamento de Investigación advirtió que tenía la marca, más clara, de una alianza en el dedo anular izquierdo, pero que el anillo en sí había desaparecido. Él ignoraba que la sobrecarga de trabajo y la dedicación de la magistrada habían acabado socavando su matrimonio. Y que las estadísticas de divorcios en el tribunal regional de Saint-Gaudens eran bastante estables: en torno a ciento sesenta por año, con un misterioso descenso en 2002.

—¿De modo que salió del bosque a las tres de la madrugada a varios grados bajo cero para disparar a ese individuo, Jensen, antes de esfumarse sin más?

Aquella parte del informe le había producido la misma sensación que cuando le leía un cuento de Perrault a su hijo.

—Lo sé, lo sé… Yo también pensé lo mismo. Dicho así, parece descabellado, pero es lo que ocurrió.

—Una especie de justiciero nocturno, vamos. Como en una de esas películas de tres al cuarto. Que interviene en plena violación… De lo más normal —comentó con un escepticismo evidente—. ¿Y no llevaba capa o mallas de colores, por lo menos?

Morel optó por no responder. Se acordó de la actitud que él mismo había mostrado cuando el capitán Saint-Germès le había expuesto los hechos. Además, el humor no era su fuerte.

La magistrada cerró la carpeta y posó encima y con firmeza las manos salpicadas de manchas, como si fuera a abrirse de nuevo en contra de su voluntad.

—Esto es competencia del Tribunal de Apelaciones —dictaminó—. Aquí no disponemos de los medios técnicos ni humanos para llevar un caso como este. Voy a llamar a Cathy d’Humières, a Toulouse. En mi opinión recurrirán a la IGPN y a la IGGN.

La Inspección General de la Policía Nacional y la de la Gendarmería. La policía de la policía. Morel asintió, con cautela. Aquel caso olía a azufre, a cloaca y a problemas. A unas complicaciones monumentales. Y la sustituta que tenía enfrente era muy consciente de ello.

—¿Cuántas personas están al corriente del detalle de la funda del arma?

—Demasiadas —respondió él—. Había un montón de gente en el escenario del crimen. Procuramos limitar los daños, pero es imposible saber quién se enteró y quién no.

Morel vio cómo se le ensombrecía la expresión.

—Entonces, tarde o temprano, el asunto se filtrará a la prensa. —Cogió el teléfono—. Hay que darse prisa. Al menos para demostrar que no nos ha pillado desprevenidos y que hemos reaccionado enseguida…

Dejó la mano en suspenso un momento.

—Aunque, de todas maneras, no hay que hacerse ilusiones. El huracán se acerca y va a ser devastador. Un policía que se dedica a hacer de justiciero por la noche, menudo cachondeo… La prensa se va a divertir de lo lindo.

 

En Toulouse, Cathy d’Humières estaba comiendo en el Sales Gosses un huevo perfecto y pierna de cordero asada cuando le empezó a sonar el móvil dentro del bolso. ¿Qué era lo que decía el horóscopo? «Vas a tener que tomar una decisión urgente. Asegúrate de que tienes todas las cartas en la mano».

La presidenta del tribunal regional de Toulouse creía a pies juntillas en los astros y, en la medida de lo posible, hacía la carta astral de todas las personas con las que trataba en el trabajo, desde los magistrados hasta los policías. Había empezado desde abajo y había ido ascendiendo en el escalafón, de sustituta, a primera sustituta y a fiscal adjunta, y había empezado en la fiscalía de Saint-Martin-de-Comminges, donde el caso del caballo decapitado y el de la casa de colonias le habían reportado una fama pasajera. Pero Saint-Martin era demasiado pequeño y quedaba demasiado alejado de los focos de la actualidad para su ambición devoradora, de modo que en cuestión de unos años se había encumbrado hasta la cúpula de la fiscalía de Toulouse, donde ejercía una labor más acorde con el alcance de sus aspiraciones.

Desde el punto de vista físico, era casi un cliché: semblante severo, perfil aguileño, mirada aguda, labios finos y barbilla prominente. La mayoría de quienes no la conocían la encontraban intimidante, y los que la conocían la admiraban o la temían, a menudo ambas cosas a la vez. Existía una tercera categoría: la de las personas a las cuales había humillado —por lo general, unos incompetentes e ingratos —; estos la detestaban.

Cathy d’Humières sacó el teléfono y escuchó a la sustituta de Saint-Gaudens sin pronunciar ni una palabra hasta que hubo terminado.

—Muy bien, envíame el expediente —se limitó a decir.

En su frente había aparecido una arruga más.

—¿Su postre preferido? —le propuso el camarero.

Se trataba de una mezcla de banofee pie y de hojaldre con helado de caramelo.

—No, hoy no. Un café doble. No, triple. Gracias. Y si tiene una aspirina…

—¿Le duele la cabeza?

Sonrió ante la perspicacia del joven.

—Todavía no, pero no tardará en dolerme.

 

En The Lucifer Principle, Howard Bloom, un antiguo publicista convertido en especialista de los comportamientos de masas, presentó una hipótesis según la cual la madre naturaleza sería una perra sangrienta; la violencia y el mal formarían parte integrante de su plan, y, en un mundo que no para de evolucionar hacia formas superiores de complejidad, el odio, la agresión y la guerra serían motores, y no frenos, para dicha evolución. En tal caso, pensó Cathy d’Humières, que tenía siempre el libro de Bloom a mano en su biblioteca, la evolución debía de estar experimentando en los últimos tiempos un potente acelerón. En Toulouse, por ejemplo, la violencia había alcanzado un máximo inquietante con tres mil quinientos procedimientos en el curso del año anterior, entre los cuales destacaban las agresiones con arma blanca en el centro de la ciudad debidas en gran medida a que, al caer la noche, el alcohol y las drogas circulaban por las calles con la misma generosidad que EPO en las venas de Lance Armstrong. Y precisamente entonces, el número de magistrados había bajado de veintitrés a dieciocho en el tribunal regional. Había que tener en cuenta que el Ministerio de Justicia siempre había relegado a Toulouse al rango de jurisdicción provincial y que la fiscalía padecía una falta terrible de medios mientras que la demografía galopaba y la delincuencia aumentaba sin cesar. Como consecuencia de ello, el tribunal regional debía afrontar toda clase de desafíos insuperables, como por ejemplo el número insuficiente de audiencias para atender la inflación de los casos penales. Por falta de medios, la capacidad de los tres tribunales correccionales no bastaba para absorber su número creciente. A ello se sumaba el aumento de los casos civiles, que daban mucho más dinero a los abogados. Consecuencia: durante los últimos años, se había incrementado el porcentaje de sobreseimientos archivados, que en el caso de los robos con intimidación alcanzaba el 95%, y el 93% en el resto de delitos.

Todo ello suponía un rompecabezas permanente para una presidenta de tribunal.

Cuando en medio de una tempestad, con un viento de sesenta nudos, uno está achicando una embarcación en la que entra agua por todas partes, lo último que necesita es recibir una ola gigante por estribor. Sin embargo, eso era justo lo que acababa de pasar, concluyó Cathy d’Humières tras leer el informe.

Metzger, el fiscal del Estado, estaba sentado delante de ella. Como siempre, iba de punta en blanco, con un nudo de corbata impecable y un corte de pelo reciente. Había tenido tiempo de leer el informe antes de reunirse con la presidenta, y en sus ojos se distinguía cierta avidez. Aquel cabrón estaba frotándose las manos. A Metzger, como a muchos de los fiscales del Estado, le encantaba el show mediático, leer su nombre en los periódicos y sobre todo salir por televisión. Se trataba de una notoriedad de pacotilla, que aun así atraía a todas las polillas que estaban ansiosas por quemarse las alas con la luz de los medios de comunicación.

—No me diga que se alegra, Henri —le dijo.

Él se irguió en el asiento, como si acabaran de insultarlo.

—¿Cómo? ¡Por supuesto que no! ¡Solo nos faltaba esto!

Resultó igual de creíble que un niño al que su madre acaba de sorprender con pegotes de Nutella alrededor de la boca antes de la cena.

—¿Quién le parece la persona más indicada para hacerse cargo de la instrucción? —preguntó ella con prudencia.

—Desgranges.

Asintió con la cabeza. Sí, Desgranges… ¿Quién, si no? Era una elección lógica. Entornó los ojos mientras observaba a Metzger: él y Desgranges se detestaban. Con el cabello blanco un poco demasiado largo, las chaquetas de vivos colores y un temperamento ardiente, Desgranges era la antítesis física y psicológica del fiscal. Se consideraba un defensor de la independencia de la justicia y veía a todo fiscal del Estado como un enemigo potencial. Metzger, por su parte, obsesionado con su carrera y su círculo de contactos, era la encarnación absoluta de todo cuanto aborrecía Desgranges. D’Humières no sabría decir cuántas veces habían irrumpido ambos en su despacho para quejarse del otro. Comprendía cuál era el propósito de Metzger: el caso era un regalo envenenado. De todas formas, Desgranges le parecía la persona más apropiada. Dirigiría la instrucción con rigor, aparecería ante los medios de comunicación como lo que era, un juez recto e independiente a ultranza, la encarnación de la justicia, una imagen que necesitaban dar en un momento como aquel. Además, Desgranges era sin duda el más competente de los jueces de instrucción con que contaba.

—Desgranges —aprobó—. Supongo que apelará a la IGPN de Burdeos.

La Inspección General de la Policía Nacional contaba con seis delegaciones: París, Lyon, Marsella, Lille, Burdeos, Rennes y Metz.

—No veo qué otra cosa podría hacer —convino Metzger con aspereza—. Y a la IGGN.

Seguramente Metzger se imaginaba ya las arenas movedizas que iba a tener que sortear su mejor enemigo en medio de aquel pantano judicial… de esos que dejan una marca duradera en el currículum.

 

—Vas a tener que reescribir el informe —dijo Stehlin, que acababa de volver de otra reunión en la fiscalía y había estado conversando con el fiscal del Estado.

Servaz guardó silencio.

—Tarde o temprano se fijarán en ti… y en los desplazamientos que hiciste esa noche. ¿Te imaginas las consecuencias que podría tener que descubrieran que fuiste a Saint-Martin y que omitiste hablar de ello?

—Ya lo sé.

—Es una suerte que todavía no haya enviado ese informe…

Servaz sintió cómo crecía su enfado. Había percibido de inmediato la desconfianza de Stehlin a su regreso del tribunal. Como si allí se hubieran dicho cosas que hubieran modificado su punto de vista. ¿No podría haberle concedido, en primer lugar, crédito a su subordinado, con quien llevaba años trabajando? Servaz se preguntó qué ocurriría si las cosas se ponían realmente feas. ¿Acaso Stehlin daría la cara por él o trataría de cubrirse, anteponiendo su carrera? Stehlin era una persona recta, no como Vilmer, su antecesor, y Servaz se llevaba bien con él, pero es en los momentos difíciles cuando se conoce la madera de la que están hechos los amigos, y también los jefes.

—Martin…

—¿Sí?

—La otra noche, en Saint-Martin, ¿lo viste o no?

—¿A Jensen? No. —Titubeó—. Bueno, vi una silueta… Te lo repito: corrí detrás de alguien que podría haber sido Jensen u otra persona. Lo único que vi fue esa figura, que me observaba desde el jardín público. Cuando me dirigí hacia ella, se fue. Y cuando eché a correr para perseguirla, desapareció en el bosque que hay detrás del balneario. Eran más de las doce de la noche. Volví a mi coche y encontré una nota en el parabrisas.

—¿Una nota? No me hablaste de eso el otro día.

—Ya. Ponía: «¿Has pasado miedo?».

—Señor.

Parecía como si Stehlin hubiera visto el fantasma de su mujer, muerta hacía dos años.

—A Jensen lo liquidaron con un arma de la policía —dijo—. Cuando busquen el móvil, la persona que destacará entre todas serás tú.

Servaz se puso tenso. Se acordó de lo primero que había hecho después de enterarse de que a Jensen lo habían matado con una pistola de la policía: comprobar que la suya estaba en su sitio.

—¿Cómo? ¿Qué móvil?

—¡Por el amor de Dios, Martin! ¡Ese tipo te disparó una bala en el corazón y estuviste a punto de palmarla! Tú mismo me dijiste al salir del coma que estabas convencido de que era el asesino de la mujer de Montauban. Y luego lo exculparon y además amenazó a tu hija.

—Solo hizo una alusión a…

—Y tú te fuiste directo a Saint-Martin —lo interrumpió Stehlin—. ¡En plena noche, joder! ¡Y viste a Jensen unas horas antes de que lo liquidaran, maldita sea!

El director no tenía por costumbre hablar así. Debía de estar muy enfadado… o sentirse acorralado.

—Estamos de mierda hasta el cuello —añadió con tono sombrío.

Ya está, Stehlin había soltado lo que realmente le preocupaba. Había captado un trasfondo de miedo en la voz de su jefe. No era la primera vez que Servaz lo encontraba demasiado prudente, demasiado timorato… y sospechaba que para él era de suma importancia no verse envuelto en un escándalo. De pronto, tuvo el firme convencimiento de que Stehlin no dudaría en darle la espalda para salvar su pellejo. Lo miró. Su superior tenía la tez cenicienta; había vuelto a encerrarse en su concha.

—Asumiré las responsabilidades —declaró con firmeza.

—Quiero otro informe en el que quede todo claro —intervino Stehlin, alzando la vista hacia él, como si acabara de despertarse—. Debes contar exactamente lo que pasó.

—¿Debo recordarte que no fui yo quien tuvo la idea de no incluir en el informe mi visita a Saint-Martin? —replicó Servaz al tiempo que se levantaba, apartando la silla con demasiada fuerza.

Stehlin no contestó. Se había vuelto a quedar absorto. Debía de estar pensando en cómo iba a cubrirse las espaldas, previendo las consecuencias que aquel asunto tendría para su carrera, que hasta entonces había conseguido mantener en una bonita corriente ascendente.

En cómo cortar la rama podrida antes de que contaminara el árbol.

En cómo erigir un cortafuegos entre Servaz y él.

 

—¿Y qué? —preguntó Kirsten en la terraza del Cactus.

—Pues nada —respondió Servaz, tomando asiento—. Van a abrir una investigación interna.

—Vaya.

La última investigación interna de la que guardaba recuerdo en Noruega había sido la que se había abierto después de la matanza de Utøya —esa pequeña isla en la que Anders Breivik había matado a sesenta y nueve personas, adolescentes en su mayoría— para saber por qué la policía noruega había llegado tan tarde. Tras ser avisada de que se había producido un tiroteo en la isla, había tardado una hora y media en llegar, con lo que los jóvenes presentes habían quedado a merced de la furia asesina de Breivik. La policía tuvo que explicar por qué había llegado por carretera y por barco en lugar de en helicóptero y por qué el barco había sufrido una avería. (¡Era demasiado pequeño para el número de personas y el material que habían subido a bordo y había empezado a hacer agua!).

—¿Qué te ha dicho?

—Que tengo que rehacer el informe y explicar que me reuní con un tipo que fue asesinado con un arma de policía en plena noche apenas tres horas después, un tipo que me había mandado al hospital unas semanas antes, que amenazó a mi hija y a quien yo consideraba sospechoso de un asesinato sin resolver… En resumidas cuentas…

Había pronunciado aquellas palabras con fatalismo. Kirsten se abstuvo de comentar que los once mil agentes de la policía noruega no habían desenfundado el arma más que en cuarenta y dos ocasiones en el curso del año previo y que en total solo habían disparado dos balas. ¡Sin causar ni una herida! La última vez que la policía noruega había abatido a un hombre había sido trece años atrás…

—Voy a volver a Noruega —dijo—. Ya no tengo nada que hacer aquí. Estamos en un callejón sin salida.

Servaz la observó, al tiempo que tocaba instintivamente con los dedos la foto que tenía en el bolsillo, la de Gustav.

—¿Cuándo te vas?

—Mañana. Tengo billete para volar a Oslo a las siete de la mañana, con escala de una hora en Paris-Charles-de-Gaulle.

Asintió con la cabeza, sin decir nada. Ella se puso en pie.

—Voy a hacer un poco de turismo hasta entonces. ¿Cenamos juntos esta noche?

Él aceptó. Luego la miró mientras se alejaba. Sus bonitas piernas quedaban al descubierto por debajo del abrigo oscuro y sobrio, cuyo corte impecable le realzaba no obstante las caderas. Servaz pensó que, vista de espaldas, seguro que muchos hombres querían saber cómo era su rostro. En cuanto se hubo alejado, sacó el teléfono.

 

—La imaginación oscila entre lo normal y lo patológico. Los sueños, las fantasías y las alucinaciones entran en ese dominio… —explicó el doctor Xavier, sentado en su sillón.

—No hablo de alucinaciones, sino de amnesia —respondió Servaz—. La amnesia es lo contrario de la imaginación, ¿no?

Oyó cómo Xavier rebullía un poco detrás de él. Del lugar donde se encontraba el psiquiatra emanaba un tenue olor a jabón de Marsella.

—¿A qué te refieres exactamente?

Había tardado un segundo en formular la pregunta. Servaz tuvo la impresión de que el psiquiatra elegía las palabras igual que un pintor elegiría los matices entre una gama de colores.

—Supongamos… supongamos que yo hubiera venido una noche a Saint-Martin… y que creyera haber hecho una cosa cuando en realidad hice otra, mucho más grave, que hubiera olvidado…

Se produjo un breve silencio a su espalda.

—¿No puedes ser más preciso?

—No.

—Vale. Existen diversas formas de amnesia. Las que podrían corresponder a lo que describes, como mínimo teniendo en cuenta la poca información de que dispongo, son: la amnesia parcial, un trastorno de la memoria en un lapso de tiempo determinado, por lo general subsiguiente a un traumatismo craneal o a una confusión mental… ¿Sufriste un traumatismo craneal esa… mmm… noche especial?

—No. Al menos que yo sepa.

—Claro. En segundo lugar está la amnesia parcial que afecta a uno o varios hechos muy concretos. Lo mismo ocurre con la amnesia selectiva. Esta clase de amnesia se observa en pacientes que presentan una… mmm… neurosis o trastornos psiquiátricos. —Xavier hizo una pausa, y luego añadió—: Y luego está la amnesia de fijación, que es la imposibilidad de retener un recuerdo… Eso que crees haber hecho y olvidado…

—No, no. No creo haberlo hecho. Es una cuestión puramente teórica.

—Vale, de acuerdo. Y esa «hipótesis puramente teórica», ¿guarda relación con el hecho de que hace dos noches alguien abatiera cerca de aquí a un tipo con un arma de policía?

 

Eran las cinco de la tarde. Cuando salió del consultorio del doctor Xavier, la noche empezaba a instalarse ya en las calles de Saint-Martin y en el aire se mezclaban los aromas de los abetos de la montaña circundante, los fuegos de leña y el gas de los tubos de escape. En el aire frío revoloteaban algunos copos de nieve. Los balcones de madera tallada, las fachadas que imitaban las de las casas de montaña y las callejuelas oscuras pavimentadas de adoquines conferían a esa parte de la ciudad un ambiente entre infantil y siniestro de cuento de hadas. Había aparcado el coche cerca del río contiguo al paseo y, al aproximarse, notó que el frescor y la humedad ascendían de las aguas rápidas que había más abajo, en la oscuridad.

Una vez sentado frente al volante, se quedó quieto un segundo. ¿Qué era aquello? Había un olor dentro del habitáculo… como el rastro a loción para después del afeitado. Se volvió hacia el asiento trasero, pero no había nadie, como era de esperar. Se inclinó hacia la guantera… y el arma seguía allí, en su funda. ¿Acaso el olor provenía de afuera? ¿Habría entrado al abrir la puerta?

Encendió el motor y, tras rodear la plaza que había delante del ayuntamiento, avanzó por las calles adyacentes para tomar la avenida de Étigny y proseguir hacia la salida de la población. Estaba dando la vuelta a la segunda rotonda e iba a desviarse delante del letrero que indicaba la dirección de la llanura y de la autopista, cuando sintió un picor en la parte posterior de la cabeza. Pasó de largo. También dejó atrás el desvío siguiente, que conducía a los campings y el pequeño polígono industrial. Tomó el tercero. A los pocos metros, la carretera empezó a ascender. Después de trazar dos curvas muy cerradas, divisó los tejados de Saint-Martin, más abajo.

El picor se incrementó. Hacía años que no pasaba por allí. Estaba anocheciendo. En el valle, posadas sobre la sábana blanca de la nieve, las lucecillas de Saint-Martin parecían un collar de diamantes en el escaparate de una joyería, rodeadas por el terciopelo negro de las montañas. Se le ocurrió que aquel tipo de paisaje debía de resultarle familiar a Kirsten y, de repente, lamentó que no estuviera allí. Después, las luces desaparecieron y se encontró circulando por el bosque, bajo las copas de los árboles.

Atravesó una aldea compuesta por cuatro casas. Después, al cabo de un kilómetro, otra más, con los tejados blancos y los postigos cerrados… reflejo de la manía que tenían en ese país de encerrarse, de parapetarse en cuanto se hacía de noche, como si fuera los bandidos aguardaran el crepúsculo para abalanzarse sobre el mundo indefenso. En el cruce siguiente, torció a la izquierda y la carretera descendió con una ligera pendiente. Los prados nevados tenían un suave brillo azulado en la penumbra del anochecer, y sobre las hondonadas comenzaban a flotar ya los bancos de bruma. Al final de la pendiente, entró en un pueblecito algo más grande, pero igual de aletargado que los anteriores. Aparte del bar, donde advirtió a algunos parroquianos apiñados tras los cristales iluminados, no había un alma en las calles. Lo dejó atrás, para adentrarse de inmediato en el bosque.

Pronto los vislumbró a la izquierda de la carretera, a lo lejos, entre los árboles: los edificios en ruinas de la casa de colonias de las Gamuzas… pero el letrero oxidado que había en la entrada del camino había desaparecido. En el bosque, la oscuridad era cada vez más densa. Servaz sintió que un escalofrío le recorría la columna. Sin embargo, no había ido allí por eso. Pasó el desvío de la casa de colonias. Los faros perforaban un túnel de luz entre los abetos, perfilando como si fueran capas de papel superpuestas las ramas bajas cargadas de nieve que rozaban la carretera, horadando la niebla cada vez más tupida. La otra luz visible era la claridad azulada de los indicadores del salpicadero. Le pareció como si de improviso hubiera desaparecido cualquier noción de espacio y tiempo.

Aunque no la memoria…

Las imágenes le venían a la mente como si le hubieran instalado una pantalla dentro de la cabeza. Al poco, se adentró en un túnel tallado en la roca.

Se preguntó si el cartel seguiría aún allí, justo después. Y allí estaba. Fijado en el pretil del puentecillo que atravesaba el torrente: «CENTRO DE PSIQUIATRÍA PENITENCIARIA CHARLES WARGNIER».

Era como si, al tomar aquella carretera que ascendía temerariamente, con algunos zigzags entre los abetos, bordeados de montículos altos de nieve, y después, al salir de la masa arbolada, en la parte menos pendiente, con el telón de fondo de las montañas y los edificios en el centro, se hubiera subido a una máquina del tiempo.

El incendio que había provocado Lisa Ferney, la enfermera jefe, había dejado solo los tocones de las paredes y, tras bajar del vehículo en medio del aire helado de la noche, a la luz de la luna, le recordaron las piedras verticales de Stonehenge.

No quedaba ya gran cosa, pero se adivinaba el tamaño imponente del conjunto, como cuando uno se pasea por los restos del Foro Romano. Era una de esas edificaciones ciclópeas que se podían ver por todo el Pirineo, construidas durante la primera mitad del siglo XX: hoteles, centrales hidroeléctricas, instalaciones termales, estaciones de esquí… Aquellos muros no habían acogido a asiduos de los balnearios ni a turistas. El Instituto Wargnier había alojado durante varios años a ochenta y ocho individuos extremadamente peligrosos, que presentaban problemas de salud mental acompañados de violencia y criminalidad: pacientes demasiado agresivos incluso para una unidad consagrada a enfermos difíciles, detenidos cuyas psicosis eran demasiado graves como para dejarlos en la cárcel, violadores y asesinos declarados dementes por la justicia, que procedían de toda Europa. El Instituto Wargnier había sido un proyecto piloto. Los habían aislado entre aquellas montañas y los habían mantenido al margen del mundo. Habían probado en ellos toda clase de tratamientos más o menos experimentales… Servaz recordaba que Diane Berg, la joven psicóloga, los había comparado con «tigres en la montaña». Y, en medio de la manada, estaba el macho alfa.

El rey León.

El individuo instalado en lo alto de la cadena alimentaria.

Julian Hirtmann…

Servaz no había apagado las luces y, en los dos círculos brillantes que dibujaban los faros sobre la pared más cercana, distinguió unos grafitis. Por encima de las montañas inmensas y amenazadoras, la noche era clara y estrellada, de una frialdad indiferente… y aquellos ídolos de piedra que evocaban bajo la luna un pasado de locura y de muerte le recordaron sus lecturas adolescentes de Lovecraft. De golpe, notó que el corazón se le recubría de una capa de hielo al pensar en Gustav, que vivía cerca de uno de esos monstruos. Y en Jensen, abatido por un arma policial. En los fantasmas del pasado y en las sombras del presente. Su inquietud se acentuó. La maniobra era clara: alguien quería hacerle cargar con el muerto. ¿Con qué propósito?

Un crujido de madera seca brotó de las ruinas cuando se dirigía hacia ellas caminando sobre la nieve fresca. Se paró en seco, con los sentidos en alerta. Sintió cómo, bajo la ropa, se le ponía la piel de gallina al ser consciente de pronto de que era la única persona viva en varios kilómetros a la redonda y de que, después de la caída de la noche, ese lugar desierto debía de atraer a un montón de chalados y gente rara aficionada a las sensaciones fuertes. Aguzó el oído, inmóvil… pero todo estaba en silencio. Debía de haber sido un animal, como los que habían cruzado la carretera delante de los faros, en el valle.

¿Por qué había ido allí? ¿Qué mosca le había picado? ¿Qué sentido tenía? ¿Qué esperaba encontrar? Reinaba una calma absoluta, pero, de repente, procedente del valle, percibió un ruido lejano y amortiguado. Como el zumbido de un insecto. «El ruido de un motor…». Debía de acercarse por la misma carretera por la que había llegado él. Dirigió la mirada hacia abajo, hacia la casa de colonias abandonada, y advirtió con sobresalto un breve destello entre los árboles… Primero una vez, y después otra, unos segundos más tarde.

Un coche se acercaba.

Aguzó la vista hasta el momento en que los faros reaparecieron en el bosque. Durante varios minutos, observó su avance parpadeante entre los árboles por la estrecha carretera; después los faros desaparecieron en el túnel y no volvió a verlos, porque esa parte de la carretera quedaba oculta tras la montaña escarpada.

Esperaba ver surgir las luces de un momento a otro, cien metros más allá, avanzando hacia él. ¿Quién podía circular por esa carretera a semejante hora? ¿Lo habían seguido? No había mirado ni una sola vez por el retrovisor durante todo el trayecto desde Saint-Martin hasta el valle. ¿Por qué tendría que haberlo hecho?

Regresó a toda prisa al coche, abrió la portezuela del lado del conductor, luego la guantera y extrajo el arma de la funda. Cuando la sacó, se dio cuenta de que tenía la palma de la mano sudorosa.

Mientras dejaba la funda de cordura en el asiento, oyó el ruido del motor que renqueaba por la pendiente, al otro lado. El zumbido se intensificó cuando ya no hubo más obstáculo que los abetos. Al cabo de un momento, vio cómo surgían los faros de entre los troncos. Los haces de luz le hirieron los nervios ópticos cuando, después de que el coche tomara la curva, se posaron sobre él con el mismo resplandor que la traca final de unos fuegos artificiales. Hizo que un cartucho pasara al cañón, quitó el seguro y mantuvo el brazo pegado al cuerpo.

El coche circulaba directamente hacia él. Con los baches, la luz de los faros bailaba delante de sus ojos descargando latigazos luminosos. Cegado, formó una visera con la mano que tenía libre.

Oyó el sonido del motor cuando el conductor apretó el acelerador.

Levantó el arma.

El coche avanzaba a toda velocidad en su dirección, pero la redujo de golpe. Servaz pestañeó a causa del sudor que le resbalaba hasta la córnea, y la vista se le nubló como si tuviera los ojos anegados en lágrimas. Ni siquiera estaba seguro de poder alcanzar al vehículo si disparaba: en toda la Policía Judicial no había tirador menos habilidoso que él. Se secó el sudor con un revés de la manga. «Maldito coma», pensó.

Bruscamente, el ruido del motor disminuyó, el conductor redujo de tercera a segunda, y el coche perdió velocidad hasta que se paró haciendo crujir la grava y la nieve. A una decena de metros. Aguardó, oyendo su propia respiración, pesada, trabajosa. Vislumbró la puerta que se abría, más allá del resplandor de los faros.

No distinguía nada aparte de una silueta que se recortaba sobre el fondo de la noche.

—¡Martin! —gritaron—. ¡No dispares! ¡Baja el arma, por favor! Hizo lo que le pedían. El vértigo que le produjo la brusca bajada de adrenalina lo obligó a apoyarse en el capó del coche, con las piernas temblorosas. La figura de Xavier se acercaba a él entre la luz de los faros, y su respiración producía una vaharada volátil.

—¡Uf, Xavier! —susurró—. ¡Menudo susto me has dado!

—¡Perdona! ¡Lo siento!

Xavier parecía sofocado, seguro que a causa del estrés que le había provocado ver el arma apuntándolo.

—¿Qué haces aquí?

Xavier siguió avanzando. Tenía algo en la mano, pero Servaz no alcanzó a ver qué era.

—Vengo a menudo.

La voz de Xavier había sonado extraña, tensa, vacilante.

—¿Cómo?

—Muy a menudo… al final del día… vengo a contemplar las ruinas… Las ruinas de mi gloria pasada, las ruinas de un sueño malogrado, muerto… Este sitio significa muchas cosas para mí…

Xavier seguía acercándose. Servaz bajó la mirada hacia la mano, en el extremo del brazo que pendía a lo largo del cuerpo. La que sujetaba un objeto cilíndrico. No lograba ver qué era. Xavier se encontraba ya a tan solo tres metros de él.

—Al ver que había alguien, he estado a punto de dar media vuelta. Ya me ocurrió una vez, y no fue un encuentro agradable: un antiguo interno… que seguía obsesionado con este lugar. Imagino que le sucede a más de uno, igual que a mí. Y después… he visto que eras tú…

Xavier levantó una mano, Servaz lo advirtió con nerviosismo. Y miró el objeto que se elevaba con ella. Una linterna.

—¿Por qué no damos una vuelta? —propuso Xavier, que la encendió y luego enfocó las ruinas—. Vamos, tengo que contarte algo.